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Un obispo cordobés en el infierno -- Joana Socías

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San Francisco Javier
El Papa admira a los misioneros. Reparará en monseñor Aguirre, cuya misión ha sido saqueada en la República Centroafricana. «Han puesto precio a mi cabeza», dice
Monseñor Juan José Aguirre sabe que su cabeza tiene precio, pero eso no le impide alzar el tono de voz ante las lágrimas de su pueblo. Le buscan los fanáticos islamistas que hace seis días entraron «a saco» en su misión en Bangassou (sureste de la República Centroafricana), lo destrozaron todo y se llevaron cualquier cosa de valor que encontraron, incluidos los siete coches de la misión.

Los radicales -agrupados bajo las siglas de Seleka [Alianza en sango, idioma nacional]- no pueden soportar que este obispo de origen cordobés se haya convertido en el altavoz de su pueblo, acosado y atemorizado por las armas que nutren impunemente a los grupos armados del Sahel desde la caída de Libia.

A los extremistas que acosan la República Centroafricana les molesta la osadía de Aguirre, que no concibe bajo ningún concepto quedarse callado ante las atrocidades de esos «brutos y salvajes» que en tan sólo unos días han convertido un lugar de color y alegría en un escenario de llanto e inquietud. «Me buscan porque dicen que tengo dinero en la misión. Quieren la llave de la caja fuerte», cuenta indignado, pero con pasmosa tranquilidad a Crónica el religioso, que no cree que los radicales, si consiguen encontrarle, se atrevan a matarlo, pero sí a dejarle «muy lisiado».

Le han hecho saber que no cejarán en su empeño hasta expulsarle de la que ha sido su casa los últimos años. Cuenta el obispo que entraron con una violencia inaudita; destrozaron el quirófano montado por la misión, todos los instrumentos y el material, la sala de pediatría, la farmacia… También entraron sin compasión en la casa de los padres espiritanos, en la casa de las franciscanas, en el seminario menor y en el taller de mecánica y carpintería. El único consuelo es que no hubo que lamentar pérdidas personales.

Este hombre de voz dulce y piadosa vive desde hace 33 años en pleno corazón de África, en la frondosa e impenetrable selva centroafricana. Y sabe que en África la muerte es un fenómeno muy cotidiano, totalmente desprovisto de drama. «La muerte es barata aquí en África; se muere por muy poco y se muere antes», cuenta desde Bangui, la capital de la República Centroafricana, donde desde hace cinco días se refugia de los islamistas hasta que considere prudente volver con los suyos a Bangassou. «Mi gente en la misión me ha pedido que no vaya hasta que las cosas se calmen», dice al otro lado del teléfono.

Tras la invasión y saqueo, el pasado lunes, los fundamentalistas han cortado la única carretera que une la capital con Bangassou, donde ahora además las líneas telefónicas no funcionan. La incertidumbre es máxima y nadie sabe con exactitud la suerte que corren los religiosos y cooperantes (algunos de ellos españoles) que se han quedado atrapados en la región, de una extensión como toda Andalucía.

En la República Centroafricana, uno de los países más pobres y más desconocidos de África, monseñor Aguirre encontró su lugar en 1980 y desde entonces nunca se le ha pasado por la cabeza abandonar su misión, donde vive en condiciones muy duras, sin electricidad, sin agua corriente, sin demasiados alimentos y, por supuesto, sin medicinas.

El religioso es el único obispo español en el país, adonde llegó con tan solo 26 años, recién ordenado sacerdote comboniano (congregación misionera fundada en el siglo XIX por Daniel Comboni) tras diez años de dura formación física, espiritual e intelectual. «Querían que aprendiera muchos idiomas; que físicamente fuera robusto, capaz de soportar las condiciones de África; y que fuera fuerte en lo psicológico para poder salir adelante». Aprender a levantar la cabeza en situaciones como la que vive desde diciembre pasado, cuando los islamistas empezaron a estrechar el cerco sobre Bangassou, ciudad de 25.000 habitantes donde afortunadamente las frecuentes lluvias permiten que se cultive arroz, el principal sustento de la zona.

SU CRUZ ES DE MADERA

Tras ser ordenado en su parroquia española de Córdoba, la República Centroafricana se convertiría en su primera misión y desde que era un cura jovencito sólo le preocupa que una gran cruz de madera cuelgue de su pecho. Tras haber escuchado las noticias que llegan del Vaticano se siente orgulloso de poder decir que el Papa Francisco gasta la misma modestia y apareció por primera vez ante sus fíeles sin la tradicional cruz de oro al cuello. «Eso ya dice mucho del santo padre», que eligió llamarse así en honor a San Francisco Javier, patrón de las misiones, y a San Francisco de Asís, que renunció a todo para vivir en la más estricta pobreza.

No entiende su vida religiosa de otra manera que no sea la necesidad vital de estar junto a los más débiles, a los olvidados. Desde que le nombraron obispo en 1998 viste de forma sencilla, sin ropajes ni oropeles. Es su manera de sentirse junto a su gente, los pobres, a los que dedica todo su tiempo y energía. «El obispado es un servicio que pesa muchísimo sobre los hombros; no es ningún poder, ni una distinción», explica el obispo de 59 años, que sufre el azote de la selva en forma de ciática, hepatitis y cólicos renales.

Mientras vive acosado por la guerrilla islámica, monseñor Aguirre reflexiona en voz alta sobre todo lo que le diría al santo padre. Le pediría que por favor intercediera ante el Gobierno de Francia para que les ayude a librarse de estos salvajes que han sembrado el caos y el desorden en la región. «Como no podían pasar por Sudán del Sur [país con una fuerte presencia militar por su conflicto con Sudán], han elegido el eslabón más frágil de toda la zona para hacer entrar el mundo islámico en el corazón de África», cuenta monseñor Aguirre que denuncia que el único objetivo de los asaltantes de su parroquia es «imponer el islam más radical».

Según ha podido saber tras una breve conversación telefónica con la gente de su misión, los miembros de la facción de Seleka que atacaron Bangassou no hablan sango, el idioma del país. «Todos hablan árabe y atacan por sistema todo lo que huela a africano o a cristiano; no han atacado los comercios árabes ni la mezquita de Bangassou».

Un Gobierno débil que no puede impedir que los rebeldes islámicos, del mismo corte ideológico que los que combaten al Gobierno francés en el norte de Mali, campen a sus anchas por Bangassou, mientras monseñor se ve obligado a aguardar en Bangui que la tormenta amaine. Tiene decidido que regresará cuando lo considere prudente, pero no tiene miedo a su destino. Cree que su vida está en manos de la Providencia. No es la primera vez que mira de frente los ojos de la muerte.

Fue en febrero de 2012, cuando sufrió un infarto que no le dejó tieso en su parroquia de Bangassou, enclavada en plena selva africana, de milagro. Se pasó una semana medio muerto, rezando salmos de día y de noche, esperando que un avión le sacara del país y poder llegar a España para tratarse. Al otro lado de la línea, monseñor prefiere esbozar una escueta sonrisa cuando recuerda cómo fue su paso por el hospital de Bangui. Sólo recuerda que hacía muchísimo calor y que no había nada para comer.

Los médicos en Córdoba no daban crédito a que hubiera sobrevivido cuando le vieron aparecer por el hospital y tras una operación de urgencia le dejaron el corazón como el del un muchacho. Sin esperar a estar recuperado del todo, lo primero que hizo fue regresar de inmediato a su parroquia, un lugar inaccesible, donde la carretera que une la región con el resto del país es un infierno, sin un sólo kilómetro de asfalto. Una distancia total de 600 kilómetros entre Bangassou y Bangui, recorrido que requiere 28 horas de coche. Una verdadera paliza para el cuerpo y el alma. Con la llegada de los radicales, la carretera permanece cortada. No permiten que nadie entre ni salga de allí.

En la República Centroafricana a monseñor Aguirre le conocen como el obispo de los pobres. El mote se lo puso su madre en una ocasión, en la primera de sus dos visitas a la misión de su hijo. Su madre se quedó maravillada con su trabajo, orgullosa cuando le veía tocar a los leprosos, cuando observaba como les acariciaba y como les hacía la señal de la santa cruz en la frente. Su madre, a la que define como la almohada donde arrimar la cabeza, puso nombre a una inmensa labor del obispo en la diócesis de Bangassou, centro de la diócesis desde la que atiende las necesidades de un millón de católicos, el 25% de toda la población de la República Centroafricana.

diócesis de los refugiados

Su misión, además de vivir atemorizada por los radicales islámicos, soporta con terror los abusos del movimiento armado Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus siglas en inglés) del fanático Joseph Kony, en busca y captura internacional desde que en 2005 la Corte Penal de la Haya le acusara de crímenes de guerra y contra la humanidad. Su diócesis, fronteriza con la República Democrática del Congo, se ha convertido en el paño de lágrimas de los miles de refugiados que huyen de la violencia despiadada este iluminado que se comunica con Espíritu Santo y quiere imponer un régimen basado en los Diez Mandamientos.

«El Ejército de Resistencia del Señor lleva siete años obligándonos a ponernos de rodillas», cuenta el obispo, que describe la situación de la zona como «un calvario impresionante». «[Kony] está secuestrando a miles de niños, matando a cantidad de gente. Yo paso por los poblados, los veo quemados y veo su huella de maldad y no me puedo quedar callado», recuerda de nuevo el hombre que se define como la caja de resonancia de su pueblo.

La violencia y acoso de los fundamentalistas -musulmanes de un lado y cristianos del otro- no impide que este hombre se declare enamorado del continente. De África, monseñor admira sobre todo los tonos. Le encanta conducir por Bangassou, donde los colores típicos son el rojo de la tierra, el verde de la selva y el azul del cielo. Admira la sencillez de sus gentes, que los domingos acuden en masa a la iglesia para celebrar durante tres horas la eucaristía.

Pero ahora se siente triste, decepcionado al pensar que los islamistas se han llevado por delante el trabajo de muchos años, fruto que hace posible la ayuda a través de la Fundación Bangassou, presidida por su hermano, Miguel Aguirre. Toda su familia -otro hermano suyo es Jesús Aguirre, senador por Córdoba del Partido Popular- está implicada en hacer realidad la ayuda con el envío de ayuda a la misión.

El religioso, que visita España una vez al año para recaudar fondos, cuenta orgulloso que acaba de firmar un acuerdo con una empresa española para surtir el orfanato donde viven un millar de niños huérfanos. De los ancianos también se ocupa el obispo Aguirre, que ha fundado cuatro asilos porque recuerda que en países como República Centroafricana no existen seguridad social ni pensiones. Además, muchos mayores de Bangassou son acusados falsamente de brujería, de haber provocado mal de ojo o de haber motivado que alguien se infectara de Sida, con el macabro objetivo de quitárselos de en medio. Ahora todo ha quedado hecho trizas tras el paso de los desalmados.

Francisco de Jasso Azpilcueta Atondo y Aznares de Javier San Francisco Javier, nacido en 1506, dejó a los 19 años el castillo familiar en Navarra y soñando laureles literarios se fue a la Universidad de París. Allí conoció a Ignacio de Loyola, que no tardó en fundar la Compañía de Jesús. En ella se enroló Francisco y anduvo por Europa curando en hospitales, adoctrinando en las calles y mendigando. A petición del rey de Portugal, en 1541 dos jesuitas salen para el Oriente lejano y uno de ellos es Francisco Javier. Diez años anduvo entre los infieles de la India y del Japón. En la rada de San Choan; en la puerta misma de China; mientras inútilmente esperaba que algún navío lo llevara a Cantón, agonizó sobre la arena. / GONZALO UGIDOS

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