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Un Dios para el parque de atracciones -- Carlos Osma

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Lupa Protestante

Hace unas semanas pasé un día en familia en un conocido parque de atracciones. Fue un grave error no comprar el pase VIP que nos hubiera evitado hacer colas interminables en cada una de las atracciones. Además, tuvimos que organizarnos el día para poder comer sentados y no coincidir con el resto de visitantes en las horas punta. Pero valió la pena, porque pudimos disfrutar en carne propia lo que se siente cuando te dejan caer al vacío desde cien metros de altura, o en que consiste pasar de cero a ciento treinta y cinco kilómetros por hora en tres segundos.

Después del fantástico, aunque agotador día, saqué una clara conclusión: ese parque de atracciones es un calco de nuestra sociedad. El poder del dinero, la utilización de una inteligencia práctica, el individualismo, la búsqueda incansable de nuevas sensaciones y la rapidez, son elementos que podrían definir el mundo occidental.

No voy a decir nada que no sepamos todos, el señor don dinero no sólo permite colarnos en el parque de atracciones, también es el que controla hacia donde va el mundo, o incluso quién tiene derecho a vivir y quién no. Por encima de cualquier otra discriminación, la pobreza es la que determina quien no tiene derechos. Sin euros en los bolsillos no eres nadie para los vigilantes del parque, incluso los VIP$ ni se darán cuenta de que existes.

Y aunque algunos nos vendan que el conocimiento humano trabaja para superar todas estas desigualdades, la realidad es que nuestros logros científicos están muchas veces orientados a fines no muy loables. Por poner un ejemplo: es más rentable investigar para conseguir fármacos que hagan que una enfermedad sea crónica, que descubrir la forma de curarla definitivamente. ¿Dónde quedarían los beneficios de las farmacéuticas? Nuestra razón, tiende siempre a buscar el propio beneficio. El primero que fue listo en el parque, encontró sitio y comió sentado en una silla, mientras otros, tuvieron que hacerlo de pie.

Tampoco es nuevo decir que cada día vivimos más aislados, no importa que vivamos en ciudades de cientos de miles, o incluso de millones de habitantes. Algo que nos diferencia de nuestros antepasados, es que el individuo, que es el centro de todo, cada vez tiene menos relaciones significativas. Quizás sea por eso que en el parque, aunque rodeados de miles de personas, las experiencias que tenemos en las atracciones son individuales. Buscamos sí, estar arropados por la masa, pero tendemos a vivir dentro de ella, perdidos e incomunicados. Ni siquiera internet, que nos permite hablar con cualquier parte del mundo, nos salva de la soledad.

Sensaciones, queremos sensaciones, y cada vez más fuertes. Si antes nos impresionábamos al subir a una gran noria, ahora eso nos da risa, es cosa de niños. Tenemos la necesidad constante de tener nuevas y mayores emociones. Los programas de televisión más vistos son los sensacionalistas, incluso los informativos tienen que servirnos imágenes realmente duras, para que podamos entender la magnitud de lo que ocurre. No nos conmueve igual que nos digan que ha habido una agresión xenófoba a una joven ecuatoriana, que poder ver claramente las imágenes de la joven recibiendo una patada de kárate en la cara.

Y que decir de la velocidad. Comida, coches, sexo, triunfo…todo es mejor si es rápido, no hay tiempo para más. Si nos demoramos unos instantes, alguien nos adelantará y ya no seremos nadie. Lo que importa es lo instantáneo, los atajos, la enfermiza necesidad de alcanzar lo antes posible nuestra meta de hoy, para pasar mañana a otra diferente. No hay nada peor que una conexión a internet con pocos megas, en unos segundos perderemos los nervios, no podemos esperar. Parece que nuestro mundo está montado en una especie de Dragon khan, si a veces vamos más despacio, tenemos la impresión de habernos caído de la atracción.

No hay mundo sin dios, aunque reniegue de Dios, tampoco el nuestro. Pero no es en eso en lo que pensé ese día, sino en el dios de los que decimos sí creer en Dios. Y me percaté enseguida de que esas características tan nuestras, parecen haber deformado nuestra visión sobre Él. Justo sería decir que es casi imposible evitar este peligro, basta leer ciertos pasajes de la Biblia para observar que nuestros antecesores ya lo hicieron. Aplicaron a Dios morales, costumbres, formas de pensar o de actuar, de los hombres y mujeres, sobre todo los primeros, de su tiempo.

Y ahora, el dios que se impone en nuestra sociedad es el que nos ayuda a no ser pobres, a tener en abundancia. El que nos obliga a dejar la razón fuera de las puertas de nuestras comunidades, para utilizar dentro de ellas la más absoluta arbitrariedad, una invitación evidente a la esquizofrenia. Un dios que nos llama individualmente para vivir una experiencia solitaria con él, rodeados de otros cristianos solitarios e individualistas con los que compartir únicamente sensaciones espirituales, místicas… que son ante todo inmediatas. Que no llenan, sino que más bien producen cierta adicción. Si hoy he sentido el espíritu, mañana tendré que hablar en lenguas angélicas, y pasado mañana, ser sanado de una grave enfermedad. Y todo esto a un ritmo desenfrenado, porque el dios de nuestro pequeño universo va muy rápido, tanto como yo lo necesito. Porque a este dios, las reglas se las marcamos nosotros.

No, no es fácil aproximarnos a La Divinidad, o dejarnos aproximar por Ella, sin quedar atrapados por nosotros mismos. Quizás la única posibilidad que tengamos para no estar completamente determinados por nuestra inmediatez, sea la de evitar hacernos imágenes de Dios, o estar preparados para romperlas en cualquier momento. Es posible que así el Dios verdadero, el que no depende de nosotros, pueda llegar a liberarnos de este callejón sin salida. Porque si no fuese así, Dios no tendría ningún sentido, y únicamente sería, nuestro Yo divinizado.

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