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Después de la sentencia: La España fracturada -- José María Castillo, teólogo

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El Ideal

Jose María Castillo2.jpgLa cosa está clara. Mucha gente, quizá con más ingenuidad que lucidez, se imaginaba que, después de la sentencia del juicio por el atentado del 11 M, las cosas iban a quedar claras y los que, durante cerca de cuatro años han repetido mentiras e injurias, terminarían por reconocer su equivocación y las aguas del agitado mar de la sociedad española volverían a estar tranquilas. Pero no ha sido así. Todo lo contrario. Porque, a la vista de lo que dicen los políticos de uno y otro bando, se tiene la impresión de que la tensión es ahora más fuerte que antes de conocerse la sentencia. Y me temo que será más fuerte aún después de las elecciones generales, sea quien sea el vencedor en las urnas.

Decididamente, España se ha fracturado de nuevo. Creíamos que nuestra sociedad había superado sus antiguas rencillas y enfrentamientos. Pero no ha sido así. Es evidente que las cosas no han llegado a los excesos brutales de los tiempos de la II República, de la guerra civil y del franquismo. Pero ya tenemos datos suficientes para pensar que la semilla de la división ha vuelto a prender en nuestro suelo y crece cada día con más fuerza.

No es posible, en el reducido espacio de este artículo, recordar la historia y los motivos que provocaron el fenómeno de «las dos españas». Pero quiero hacer mención de un dato fundamental que ha sido determinante en la secular fractura de nuestro país. En España tenemos la marcada tendencia a mezclar religión y política, haciendo de los asuntos políticos una cuestión religiosa y viceversa. Ahora bien, cuando eso ocurre, estamos ante una situación preocupante, muy preocupante. Porque tanto la religión como la política nos remiten a problemas que pueden (y suelen) alcanzar una «totalidad de sentido», de forma que en ellos se ven implicados el bien y el mal absolutos. Con lo que la posición que cada uno adopta llega a ser vivida como lo definitivo, lo total y lo indiscutible. Cuando eso ocurre, se enciende una luz de alarma. Porque es algo peligroso.

De ahí, la necesidad apremiante de que los políticos sepan respetar a la religión. Y la necesidad también de que la religión sepa estarse en su sitio sin invadir terrenos que no son de su competencia. No le faltaba razón a Maquiavelo cuando, en sus ‘Discursos sobre la primera década de Tito Livio’, dijo: «Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben mantener las bases de su religión y, hecho esto, les será fácil mantener al país religioso, y por tanto bueno y unido» (II, 12, Alianza Edit., 2003, p. 72 ). Sinceramente creo que nuestros políticos no están cumpliendo esta sabia norma en la España actual. Los del PP porque se están aprovechando de los intereses de la Iglesia para sacar partido de lo que la religión les puede aportar. Y los del PSOE porque han sido cobardes ante la Iglesia y no han sabido poner a los obispos en su sitio. Porque también al PSOE le interesan los votos de los católicos.

Y es que, si desacertada está siendo la gestión de los políticos, más lo está siendo la de los obispos. Porque se han echado en manos del PP y no ven más enemigo en este país que el presidente Zapatero y cuanto el PSOE representa. Basta oír lo que se dice en la emisora de la Conferencia Episcopal. También en esto tenía razón Maquiavelo cuando, en la obra citada, decía que «los italianos tenemos con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía una mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido a nuestro país» (II, 12, Alianza Edi., 2003, p. 73). Pienso que no es ninguna exageración decir que, si esto era verdad en la Italia del s. XVI, lo está siendo más todavía en la España del s. XX y en lo que llevamos del XXI. Porque son muchos los españoles que cada día se intoxican ideológicamente con las cosas que oyen en la emisora de los obispos o en los sermones de tantos clérigos.

Después de oír semejantes cosas, son muchos los españoles que se vuelven «irreligiosos y malvados», como decía Maquiavelo. Pero, peor aún, es la fractura, el resentimiento y hasta el odio que se lleva la gente en el alma después de oír algunos programas de radio o determinadas predicaciones eclesiásticas. Que también los de la izquierda dicen cosas que llevan al odio y al resentimiento, ¿por supuesto! Y por eso son también reprobables. Quien genera fracturas y divisiones insalvables es un mal ciudadano y posiblemente también una mala persona. Pero si eso se hace con el permiso y el dinero de los representantes de la religión, entonces se cumple al pie de la letra lo que anunció Maquiavelo: todos nos hacemos, de alguna manera, irreligiosos y perversos. Y, sobre todo, nos dividimos hasta crear fosos insalvables para la convivencia pacífica.

Se pueden tener ideas políticas o religiosas distintas y hasta contrapuestas. Por motivos políticos, cada cual puede defender lo que crea más conveniente. Lo que no se puede hacer, al menos en nombre de Jesucristo, es crear divisiones y enfrentamientos, que sabemos en lo que terminan: en odios, en venganzas y en muerte. ¿No hemos tenido ya bastante en este país para volver a tropezar en la misma piedra? Y, por favor, que luego no nos vengan pretendiendo corregir los despropósitos y los oscuros intereses con rezos por aquellos a los que se ataca. Y menos aún, elevando a los altares a quienes fueron víctimas de una fractura y un enfrentamiento en el que, de una y otra parte, murieron brutalmente asesinadas demasiadas buenas personas. Ya está bien.

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