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PREGUNTAS DE CURAS CASADOS A MILINGO. Fausto Martinetti

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Atrio

La agencia ADISTA de Roma publica la carta que Fausto Martinetti, escritor, antiguo misionero en Brasil, ha dirigido a monseñor Emmanuel Milingo en nombre de un grupo de sacerdotes casados. Sus dudas y perplejidad sobre si la decisión tomada por el obispo africano va a propiciar un cambio de la Iglesia en el sentido deseado, creo que son compartidas por muchos curas casados y cristianos que quieren otra Iglesia, más evangélica. A continuación el texto completo.

NUESTRA BATALLA ES SÓLO UN PASO EN LA LUCHA POR OTRA IGLESIA.
LOS SACERDOTES CASADOS ESCRIBEN MILINGO.

Querido hermano Emmanuel,
Te enviamos un cordial saludo, deseándote la paz y la alegría del Señor. Te escribimos de hermanos a hermano, abriéndote el corazón, hablándote también de las dudas y perplejidad que su iniciativa provocó en nosotros. Sabes que en Italia y en el mundo existen diversas asociaciones de sacerdotes casados y movimientos laicales que, deseando una reforma de la Iglesia romana, sostiene la hipótesis del clero casado.

Partiendo de diferentes presupuestos teológicos, se llega a diferentes maneras de considerar el sacerdocio/ministerios en la Escritura. Como cada grupo parte de esta o aquella perspectiva bíblica, teológica y pastoral, es muy diferente el juicio que se hace de tus opciones públicas y de tus propuestas. Este documento representa “un” punto de vista de “un” grupo de sacerdotes casados italianos, que respeta puntos de vista diferentes, así como pide respeto por el suyo propio. Te quedaremos muy agradecidos si quisiera tener cuenta nuestras preocupaciones.

No podemos ciertamente ignorar la buena voluntad que te empuja a hacerte “apóstol” de los 150.000 sacerdotes casados de la Iglesia latina. Nos parece, sin embargo, que no es suficiente, porque nuestro fenómeno no es sino la punta del iceberg, síntoma de una malestar general, no su causa. Nuestra Iglesia, como cualquier otra, hoy más que nunca, está llamada a convertirse al pueblo de Dios; a hacer una acto de fe en los laicos “crecidos en edad y en gracia”; a redescubrir el sabor de servir y de hacer comunidad con las características de los primeros cristianos: “Entre ellos no hay indigente; compartiendo todo en común; un solo corazón, una sola alma (Hechos 2, 42ss). En definitiva, la Iglesia está llamada a consumirse por la salvación del mundo, no por su propia sobrevivencia. Y después el problema de fondo: en la Escritura habla no jamás de sacerdotes, sino de ministros (servidores); jamás de sacerdocio, sino de ministerios. ¿Consideras tú, hermano Emmanuel, que la Iglesia romana (latina) se reformará evangélicamente sólo con retomar en sus filas a sus reservistas, los 150.000 sacerdotes casados dispersos por el mundo?

Las Iglesias no católicas tienen pastores con la familia y mujeres-pastores, pero también ellas parecen lejos, a veces, de una práctica evangélica que debe mostrar con las obras la misión de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Me manda a anunciar a los pobres una buena noticia, la liberación de los pueblos esclavos…” (Lc 4, 18). ¿No tendríamos por eso que aspirar a una jerarquía de servicio, que deje de ser verticalista, sagrada, patriarcal, aliada con los poderosos? ¿O hemos pensado que a nosotros los pastores nos toca predicar el evangelio y a los fieles ponerlo en práctica? ¿Es suficiente evangelizar a los infieles sin dejarnos evangelizar de los “pueblos empobrecidos”? ¿No nos quedamos con demasiada frecuencia satisfechos con alguna obra de caridad y de culto espectacular, devocional, impidiendo a los hombres ver la justicia y la virtualidad del evangelio? ¿Los explotados por los pueblos de blancos y cristianos no tienen derecho a saber de qué parte estamos?

En fin, querido hermano, nosotros retenemos que el problema del sacerdote con familia se puede afrontar adecuadamente sólo desde la perspectiva de otra Iglesia, es decir, más fiel al Evangelio, más comprometida para testimoniar al mundo la profecía de la paz, de la justicia y de la solidaridad.
Para poder acoger tu llamamiento, nosotros te pedimos, por lo tanto, que aclares las dudas, la perplejidad o los prejuicios que nos mantienen inquietos y vacilantes.

1- Las preocupaciones antes mencionadas ¿son también las tuyas? ¿Te interesa sólo solucionar el problema de los sacerdotes jubilados antes de tiempo o quieres realmente un “nuevo inicio” del pueblo de Dios?

2- ¿Cuáles son tus relaciones con Sun Myung Moon y la Iglesia de la Unificación? ¿Doctrinales, económicos? Aunque Roma haya cometido la injusticia de no haber reconocido tu carisma, ¿justifica este hecho tu conexión a una Iglesia diferente de aquella en que has crecido y que dices querer seguir sirviendo?

3- ¿Ha habido alguna constricción en tu casamiento? ¿Ha sufrido presiones Maria Sung?

4- Estamos de acuerdo contigo en que “ayudar” a los hermanos en la dificultad es una obra de justicia. ¿Pero qué fondos piensas obtener para ello? ¿Si a las capitales de Moon, qué te pide él a cambio?

5- La elección del fasto, las coreografías costosas, la caja de la resonancia de los medios, ¿no van en sentido contrario al “sin zurrón” y al “puñado de levadura escondida en la masa de harina”, de que habla el Evangelio?

6- ¿No sería sido oportuno trabajar para que los sacerdotes con familia reflexionaran en grupo sobre sus experiencias y que el resultado sea ofrecido al pueblo de Dios para hacer madurar una cultura del servicio ministerial cómo estaba en el principio? “El pastor sea irreprochable, marido de una sola mujer; sobrio, prudente, digno, hospitalario, pacífico y desinteresado ” (1 Tim 3, 2).

Para todo ello te sugerimos a ti, a nosotros mismos y a todos los hermanos, algunas líneas maestras:
1 – Profundizar, desde el de punto de vista histórico y doctrinal, cómo y porqué la Iglesia Católica latina ha vinculado el presbiterado ministerial al celibato, reflexionando en la praxis de las Iglesias Católica orientales que admite el clero casado;

2 – ¿Por qué ha considerado la corporeidad como un “mal necesario”? ¿De dónde viene tanto temor a la mujer, tanta represión de la sexualidad? ¡No ciertamente del ejemplo de Jesús! ¿No es contradictorio por una parte exaltar el amor conyugal y por otra superexaltar el celibato?
¿Por qué la esfera de las pulsiones está considerada como un mero “mecanismo genital” y no más bien como la realización de la persona humana sexuada incitada ante todo por el resorte del amor hacia el otro/otra, por la búsqueda de la plenitud personal y por la voluntad de perpetuar la especie?
¿Acaso no hemos nacido del sagrado abrazo conyugal de un hombre y una mujer, no de los ángeles?

3 – La experiencia del nuestras 150.000 familias –ellas mismas, lo sabemos, no perfectas– ¿no podría servir de ayuda para una pastoral familiar a menudo incapaz de decir palabras significativas? ¿No podrían ser útiles a los novios y a los esposos en dificultad nuestros testimonios, en absoluto librescos y asépticos, sino derivados de la experiencia vivida?
¿Y nosotros mismos no podríamos aprender de los “laicos” casados?

4 -¿Acaso nuestro nuevo estado no nos obliga a bajarnos quizás del pedestal de la persona sagrada (que produce mitificación y dependencias peligrosas) y de la casta clerical, ayudándonos a ser más capaces de acoger la realidad terrena? ¿Por qué no hacer florecer otra vez los variados ministerios confiados por las comunidades locales a personas célibes y casadas, varones y mujeres?

5 – ¿Cómo hablar de la libre elección del celibato con una educación, en los seminarios, que todavía demasiado presenta a la mujer a menudo (en el pasado, casi siempre) como “tentadora” y ” ocasión del pecado”? ¿Y el síndrome de la fuga en el momento de la “tentación”? ¿Cuánta obsesión nos ha marcado a muchos de nosotros, impidiéndonos una elección libre y voluntaria?

6 – ¿Y qué decir del escándalo de una Iglesia-Madre que se ensaña contra nosotros hasta faltar gravemente a la justicia?
¿Cómo aplica los derechos humanos hacia quien hasta ayer era llamado hermano en Cristo y ahora es demonizado, encontrándose en la calle, sin la casa, ni trabajo, ni apoyo psicológico?
¿Por qué muchos de nosotros continúan a ser señalados con el dedo como traidores o fracasados, por los fieles y, a menudo, por la jerarquía eclesiástica?

7- Hermano Emmanuel, también tú sabes de situaciones aún más precarias y dramáticas: los millares de ex-monjas abandonadas a sí mismas; las mujeres secretas de los sacerdotes, esclavas de un amor imposible; los sacerdotes gays marginados. ¿Y las tragedias de los sacerdotes-pedófilos? ¿Y los sufrimientos de los sacerdotes alcohólicos, en tratamiento del psicoterapeutas, etcétera? Por qué no ayudamos a nuestra Madre-Iglesia a ser “samaritana” y a descubrir el oleo y el vinagre para curar las heridas de quienes, sean lo que sean, continúan siendo nuestras hermanas y nuestros hermanos?

Queremos subrayar que, en la base de la experiencia, la primitiva comunidad pone las condiciones precisas a quien pretende ponerse al servicio del pueblo de Dios:
–que sea de edad avanzada “irreprochable, marido de una sola mujer; sobrio, prudente, digno, hospitalario, pacífico y desinteresado “;
–que sea elegido por los fieles, entre los que ellos han dado prueba de sabiduría;
–que sea educado entre las hermanos y hermanas y no segregado en una cultura de apartheid.

Expresando el augurio de que estas prerrogativas se restauran y valgan de inmediato para todos los ministros, en ejercicio o no, renovamos el nuestro sinceros saludos y deseamos un trabajo provechoso que ayude al pueblo de Dios y, en él, a la jerarquía eclesiástica, a mirarnos con los mismos ojos de los primeros hermanos en la fe y de amarnos con el corazón de Cristo. Para que, juntos, en el camino de la misericordia y a la luz del Evangelio de Jesús, podemos consumir nuestras vidas en la tarea de compartirla con los humillados de la historia y con los empobrecidos del mundo.
Para que el mundo crea.

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