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Los samaritanos y nosotros -- José María Castillo, teólogo

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Los evangelios se refieren con frecuencia a los samaritanos. Porque las relaciones entre judíos y samaritanos, en tiempos de Jesús, eran tensas y hasta conflictivas. Samaría fue fundada por Omrí hacia el 880 (1 Re 16, 24). Después de la deportación del 772, su población era una mezcla de razas (2 Re 17, 3-6, 24). En el s. I, los samaritanos eran tratados como heréticos y se les tenía como legalmente impuros (Lc 9, 52; Jn 4, 9; 8, 48).

Uno de los motivos de enfrentamiento era el hecho de que los samaritanos no iban jamás al templo de Jerusalén porque ellos se habían construido su propio templo en el monte Garizín. De ahí la intolerancia mutua entre judíos y samaritanos.

No es ningún despropósito decir que los samaritanos eran separatistas y nacionalistas intolerantes. Y algo parecido les ocurría a los judíos en sus relaciones con las gentes de Samaría. De forma que, entre unos y otros, ni darse un vaso de agua, o simplemente dirigirse la palabra (Jn 4, 8-9). Y hasta se le negaba hospedaje en Samaría a cualquier judío que se dirigiera a Jerusalén (Lc 9, 52). Está claro que el rechazo y la intransigencia de aquellas gentes, en la Palestina del s. I, era más fuerte que todas nuestras intolerancias y nuestros nacionalismos de ahora. Con esta situación se encontró Jesús, que era judío y era visto como judío por la gente de Samaría (Jn 4, 9).

Pues bien, ¿qué hizo Jesús en una situación así? Cuando en un pueblo de Samaría se negaron a recibir a Jesús, los apóstoles Santiago y Juan querían que a las gentes de aquel pueblo les cayera un rayo del cielo y los aniquilara (Lc 9, 54). La reacción de Jesús fue tremenda: «se volvió e increpó» (Lc 9, 55) a aquellos dos apóstoles fanáticos e intolerantes. O sea, Jesús no sólo pasó por alto de aquella humillación, sino que incluso «increpó» («prohibió severamente» = epitimáo) a sus amigos más cercanos que buscaban castigo y venganza.

Pero lo de Jesús con los separatistas samaritanos fue mucho más fuerte. Uno de los episodios más populares y conocidos de los evangelios es la parábola del buen samaritano. El relato (Lc 10, 25-37) da que pensar.

Porque, si como bien explican los más entendidos (J. Jeremias, E. Biser, W. Harnisch, J.D. Crossan), a la parábola se le quita el envoltorio exhortativo al amor fraterno, que le puso el evangelista Lucas (Lc 10, 25-29; 36-37), y nos quedamos con la sola parábola, el relato original, tal como lo cuenta Jesús (Lc 10, 30-35), resulta que lo que esta historia les presentó a los judíos fue a un indeseable hereje, a un impuro samaritano, a un despreciable separatista, como el modelo de lo que es una buena persona que se compadece y se porta bien. ¿Con quién? Con quien fuera. A fin de cuentas, con un ser humano, que podía ser judío (lo más seguro, en el caso de «un hombre que bajaba de Jerusalén» (Lc 10, 30)).

Pero es que, para Jesús, eso daba lo mismo. Allí había un ser humano, que se veía necesitado. Y está claro que, para Jesús, lo que importaba no es de dónde era, sino quién era. Y si es un ser humano, se le quiere y se le ayuda, sea de donde sea y sea quien sea.

Pero la parábola va más lejos. Porque, como es bien sabido, el relato también habla de un sacerdote y de un levita, que vieron al necesitado, dieron un rodeo y pasaron de largo (Lc 10, 31-32). Es más, del sacerdote se dice que «bajaba de Jerusalén» (Lc 10, 30). O sea, no iba hacia el templo, sino que venía del templo. Con lo que Jesús estaba diciendo: el representante oficial de la religión (sacerdote), que vanía del centro oficial de lo religioso (templo), ése precisamente es el «anti-modelo», al que no hay que imitar. Mientras que el «modelo», al que hay que parecerse, es precisamente el más odiado y despreciado, el indigno samaritano.

Si Jesús escogio, para su relato a estos personajes, y si los presentó así en la parábola, sin duda alguna no lo hizo por mera casualidad. Ni por rechazo a los representantes de Dios. Jesús contó esta historia, como la contó, para que quedase claro, de una vez por todas, que no podemos ir por la vida aceptando a unas personas y rechazando a otras. Es evidente que Jesús estaba harto de enfrentamientos y divisiones, de desprecios mutuos y de conflictos, de amenazas y de insultos. Y por eso Jesús no dudó en ser provocativo. Para decir con fuerza ¡BASTA YA!. Lo primero es que todos somos seres humanos. Y todos nos necesitamos unos a otros. Y eso tiene que ser lo primero. Por encima de nacionalidades, colores, ideologías, intereses y presuntos derechos, que nadie sabe de dónde vienen.

Por eso Jesús no le ofreció agua a la samaritana, sino que le pidió agua a aquella mujer poco edificante (Jn 4, 7. 17-18). Y tuvo la libertad de decirle a aquella misma mujer de Samaría que se había terminado el tiempo de los templos que nos dividen a los humanos. Porque ha llegado el tiempo de adorar a Dios «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24). Jesús no era un estúpido que le pedía a la gente que renegara de su historia y de su cultura. Eso no se lo pidió Jesús a nadie. Lo que Jesús quería (y quiere) es que nos respetemos, nos aceptemos en nuestras diferencias, y que seamos capaces de dejar vivir. Sin pretender que todos piensen, sientan y quieran lo que yo pienso, siento y quiero. Nada tiene de extraño que los vecinos de aquella mujer le pidieran a Jesús que se quedara en su pueblo unos días. Y allí se quedó con ellos (Jn 4, 40).

Y todavía un detalle más. Cuando Jesús curó a diez leprosos (Lc 17, 11-19), resultó que uno de ellos era samaritano. Y mire Usted por dónde el único que volvió a darle las gracias a Jesús, por la salud recuperada, fue precisamente el samaritano. Los otros nueve, como eran judíos y fueron a cumplir con el trámite legal de acudir al templo, con eso vieron que habían cumplido. Mientras que el hereje samaritano, como no tenía más creencia que su propia humanidad, hizo lo que esa humanidad le pedía: ir a dar las debidas gracias al que lo había sanado. La cosa está clara: las religiosidades observantes y excluyentes nos deshumanizan. Mientras que quien no lleva más equipaje que su propia humanidad, ése es la persona que resulta entrañable.

A Jesús lo insultaron los dirigente judíos llamándolo «samaritano» y diciendo que llevada dentro un demonio (Jn 8, 48). ¡Qué malos son los sentimientos religiosos y nacionalistas que se traducen en desprecios e insusltos! ¡Qué peligro tiene todo eso! Decididamente, el Evangelio es posiblemente uno de los libros de mayor actualidad. Y, en todo caso, está visto que el Evangelio, antes que un libro de religión, es el mejor manual de la más humana convivencia.

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