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Los sacerdotes casados, signo del espíritu (IX) -- Rufo González

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Moceop

“¡Hay que hacerles callar!” . Esta fue la consigna del Papa Juan Pablo II ante quienes planteaban el cambio de la ley celibataria.
“Demasiados hablan de replantearse la ley del celibato eclesiástico. ¡Hay que hacerles callar!”, les espetó a cardenales alemanes en una ocasión. Hasta el brioso cardenal Tarancón temía manifestar su opinión al respecto: “si digo lo que pienso, podría dejar de ser obispo de la Iglesia”, reconocía en un encuentro sacerdotal.

También obispos brasileños encontraron la intransigencia de Roma a la más mínima insinuación sobre el tema. ¿Por qué no hablan los obispos actuales, no solo españoles, sobre el asunto? Sencillamente porque fueron obligados a defender esta ley si querían ser obispos. Es muy triste que una ley eclesiástica, siempre coyuntural y con finalidad pastoral, haya llegado a dividirnos y no seamos capaces de superarla.

Ha surgido una palabra de esperanza

Todos los medios se han hecho eco. Es la palabra del nuevo Secretario de Estado, Pietro Parolín: “No es un dogma de la Iglesia y se puede discutir porque es una tradición eclesiástica… No se puede decir, sencillamente, que pertenece al pasado. Es un gran desafío para el Papa porque él posee el ministerio de la unidad y todas esas decisiones deben asumirse como una forma de unir a la Iglesia, no de dividirla. Entonces se puede hablar, reflexionar y profundizar sobre estos temas que no son de fe definida y pensar en algunas modificaciones, pero siempre al servicio de la unidad y todo según la voluntad de Dios. No es lo que me plazca sino de ser fieles a lo que Dios quiere para su Iglesia”.

“Al servicio de la unidad”

Sin respeto a los derechos humanos no puede haber unidad. Por tanto hay que crear en la Iglesia un clima de confianza. No puede existir el miedo a hablar, a escuchar a todos, a exponer con nobleza la opinión propia, a adelantar propuestas que no contradigan el Evangelio. Callarse por miedo no es humano y, por tanto, es inmoral, antievangélico. Debemos hablar nuestra fe, comunicarla, expresar lo que percibimos como “voz de Dios”, para contrastarlo con el Evangelio y la enseñanza de los concilios y de los pastores de la Iglesia.

La palabra de Dios no puede contradecir los derechos humanos

Creemos que “Él nos hizo y somos suyos”. Su voluntad de vida para todos es incuestionable. Ese fue el gran testimonio de Jesús, “la Palabra que era Vida”. Sus palabras y su conducta respetaban la vida y la promovían en todos los aspectos. Para los cristianos Jesús es el Hijo de Dios, “una palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola palabra y no tiene más que hablar… Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas.. Mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor, y afligido y verás cuántas te responde…” (Juan de la Cruz: Subida del monte Carmelo, libro 2º, capítulo 22, 5-6). Jesús “pasó haciendo el bien y curando a los atormentados por el mal”. A él le hicieron daño, pero él no respondía con la misma moneda. Incluso lo mataron y puso su vida en las manos del Padre pidiendo perdón por sus verdugos.

Hay que evangelizar la disciplina eclesial

La persona religiosa, también la cristiana y católica, está tentada por el fanatismo de normas y tradiciones. No es de extrañar que algunos católicos estén apegados a ciertas leyes y tradiciones, y las tengan como evangélicas, cuando en realidad no lo son. Necesitamos todos mirar a Jesús. Sólo desde la vida de Jesús podemos encontrar la unidad. La actitud respecto a la disciplina eclesial y sus tradiciones históricas necesita ser evangelizada. No puede en modo alguno sostenerse que “quien no esté de acuerdo con las normas disciplinares de la Iglesia, se vaya”. Esa actitud no es de Jesús, que fue libre de toda ley y tradición, desde el Amor divino. La ley y la tradición se han ido haciendo para el hombre, pero el hombre no ha sido hecho para ley ni tradición, sino para vivir la libertad del Amor. Las leyes humanas son relativas al bien humano. El cristiano está llamado a vivir unido en lo fundamental de la fe cristiana. La vivencia de la filiación divina y la fraternidad nos debería impulsar a abrir caminos para que los anhelos de todos los cristianos puedan realizarse, si no contradicen el Evangelio. Es la libertad de los hijos de Dios.

“Fieles a lo que Dios quiere para su Iglesia”.

Nadie niega que la vida en torno a la fe en Jesús, a sus obras, a la celebración de sus signos de vida, a la ayuda mutua…, necesita unas normas de funcionamiento. Jesús mismo orientó y constituyó a sus discípulos de forma comunitaria y con diversos servicios. Después la Iglesia ha ido elaborando otras normas de relación y comportamiento. Dichas normas tienen su importancia, pero no son inamovibles, sagradas, inviolables en toda situación. Son normas provisionales, al servicio del Espíritu de Jesús, pero mediadas siempre por la circunstancia, la cultura, la opinión comunitaria… Entre estas normas está, sin duda, la ley del celibato de la Iglesia católica occidental. Lo remachaba hace unos días el nuevo Secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolín: el celibato “no es un dogma de la Iglesia y se puede discutir porque es una tradición eclesiástica”. Curiosamente otro cardenal, Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación del Clero, cree que “el celibato es una ley sólo porque es una exigencia intrínseca del sacerdocio y de la configuración con Cristo que el sacramento del Orden determina…”. ¡Pobres sacerdotes de rito oriental católico que descuidan esta “exigencia intrínseca del sacerdocio y de la configuración con Cristo”! ¡Hasta dónde… por defender la ley!

Los sacerdotes casados son una voz del Espíritu

Una voz acorde con el Evangelio, que pide acoplamiento en la disciplina de la Iglesia. Hace años que vienen gritando: “luchamos por el derecho al celibato opcional, el respeto al derecho ministerial de las mujeres (vocación) y el derecho de los niños y niñas a tener un padre públicamente y que las mujeres no sean abandonadas por sus parejas que ejercen el ministerio ordenado” (Erman Colonia Figueroa, ICAC-Perú) . Es verdad que no todo tiene el mismo peso desde los derechos humanos. Pero lo cierto es que todo esto es evangélicamente admisible. Pero no puede realizarse sin cambiar la legislación eclesial. Necesitamos arbitrar fórmulas nuevas de servicio a las comunidades, sin más exigencias que la vocación (capacidad y voluntad) y la madurez cristiana. Por desgracia una parte de la Iglesia no quiere oír hablar de alternativas que cuestionen el actual modelo clerical. Se ha hecho lo posible por crear obispos miedosos, rayanos en la incompetencia intelectual, que priman más la obediencia que el amor pastoral, la rutina que la creatividad, la inactividad que el riesgo…

Leonardo Boff recordaba estos días la figura de Jerónimo Podestá, obispo católico casado, diciendo que: “fue un profeta anticipador de un futuro que vendrá para la Iglesia: que los ministros de la Palabra y del Sacramento puedan vivir como parejas y juntos servir a la comunidad y caminar hacia Dios”. Ha sido un modelo –otros obispos se casaron al secularizarse y no se sabe nada de ellos- del Movimiento de Sacerdotes Casados y de la lucha contra el celibato obligatorio en la Iglesia, junto con su mujer, compañera de toda la vida, Clelia Luro. “Nunca dejó de ser obispo, reconoce Boff… Tenía vigor en todas las cuestiones concernientes a la dignidad humana, a los derechos pisoteados, a la resistencia a la dictadura de los militares y también a la inflexibilidad de la institución de la Iglesia jerárquica”. Esto claramente “huele” a evangelio.

Oremos todos para que la volunta de Dios se haga realidad en este aspecto eclesial. Que “seamos fieles a lo que Dios quiere para su Iglesia”.

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