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LOS CRISTIANOS HAN DE SER DESERTORES. Xavier Pikaza

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Xavier Pikaza

Los primeros cristianos no fueron a la guerra, sino que desertaron de los diversos tipos de ejércitos. Más tarde, tras la unión de la Iglesia y el Estado, la Iglesia ha presentado como un “deber” la defensa militar de la nación, exaltando de esa forma un patriotismo militar. Ha llegado la hora de volver al principio y de decir a los cristianos que, en cuanto tales, ellos deben ser unos desertores. Ellos han de promover un movimiento fuerte de no-violencia activa, como hicieron los primeros cristianos conforme al testimonio escalofriante de Marcos 13

Abominación de la desolación: la paz de los desertores.

El texto anterior decía que los perseguidos (seguidores de Jesús) debían mantenerse firmes y responder con la palabra a la violencia de sus perseguidores, apareciendo como testigos de una “gratuidad” abierta a todos. Los violentos podían pactar siempre con otros violentos, buscando con ellos un reparto de poder, un equilibrio de fuerzas, en el interior de una guerra desigual entre opresores y oprimidos. Pues bien, el texto nos sitúa ahora ante una guerra muy distinta, de unos violentos contra otros, de manera que los portadores de la paz quedan indefensos en medio de ellos. ¿Qué pueden hacer? ¡Desertar, escaparse!

Esta invitación a la “huida” constituye un cambio esencial dentro de la política nacionalista de muchos judíos, que se sentían comprometidos a luchar por Jerusalén y a morir por defender su templo y sus instituciones. Pues bien, en este contexto, el evangelio supone que Jerusalén y su templo ya no son signo de Dios, ni hogar de los pobres, sino un poder violento entre otros poderes violentos del mundo. Por eso, los cristianos no pueden comprometerse a defenderla, sino que deben huir, aunque corran el riesgo de que otros judíos les llamen anti-patriotas. Ésta no es ya su guerra, pues ellos son defensores de una “no-violencia” activa, que no se puede aliar con ningún poder de violencia. Por eso, en este caso, su respuesta tiene que ser la huída:

Cuando veáis la Abominación de la Desolación estando allí donde no debe (quien lea entienda), entonces los que estén en Judea que huyan a los montes; el que esté en la azotea, que no baje ni entre a tomar nada de su casa; el que esté en el campo, que no regrese en busca de su manto. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Orad para que no ocurra en invierno. Porque aquellos días serán de tribulación como no la ha habido igual hasta ahora desde el principio de la creación que Dios creó, ni la volverá a haber. Si el Señor no acortase aquellos días, nadie se salvaría. Pero, en atención a los elegidos que él escogió, ha acortado los días (Mc 13, 14-20).

Este pasaje recoge, desde una perspectiva cristiana, el tema bien atestiguado de la lucha final de los pueblos paganos en contra de Jerusalén y de su templo. Recordemos que, conforme a la escenografía de conjunto del pasaje (Mc 13), Jesus y sus cuatro discípulos preferidos están sentados frente al templo (cf. Mc 13, 3), que el judaísmo normal toma como centro de la crisis decisiva de la historia, según el texto clave de Daniel 9, 27: “Cuando veáis la abominación de la desolación (=ídolo o altar abominable) estando allí donde no debe (= en el Templo…)”.
Ésta será la gran señal: la profanación y destrucción del santuario de Jerusalén. Esa destrucción del templo, que el Jesús de Marcos había expresado antes de un modo profético (cf. Mc 11, 12-26), viene a presentarse ahora como resultado de una invasión militar, de un conflicto político, anunciado en la Escritura: “quien lea entienda” (ho anagignoskôn noeitô: Mc 13, 14, cf. Dan 9, 27).

Huir, no entrar en la guerra

Ciertamente, esa destrucción, profetizada desde antiguo, anticipada por el gesto de Jesús (en Mc 11, 12-26) y realizada dentro de la lucha militar del mundo, es para Marcos la expresión suprema de la injusticia y violencia de los hombres, porque el templo ya no lo destruye Dios sino los enemigos de Sión, partidarios del ídolo abominable, en este caso, los romanos. Pues bien, el templo ya no es “lugar” de Dios, un lugar que debe defenderse aún a riesgo de perder la vida, sino que el templo del verdadero Dios son los pobres y perseguidos del mundo entero. Por eso, el Jesús de Marcos no quiere que sus discípulos se queden y defiendan con armas este templo de Jerusalén (ni éste, ni algún otro). Por eso les dice que escapan
En este contexto, lo más significativo del mensaje de Jesús y de todo el evangelio es la invitación a la huída.

Los cristianos no tienen que quedar en Jerusalén, para defender, hasta la muerte, la ciudad y santuario, como harán los celotas y otros judíos llenos de patriotismo, sino que el mismo Jesús les dice que “huyan” (pheugetôsan) a los montes, es decir, a las zonas deshabitadas. Ésta no es ya la guerra de Dios, a favor de una ciudad que sería suya, una ciudad donde (conforme a la apocalíptica normal: cf. 4 Es 13) debería manifestarse su Mesías y destruir a los enemigos de su pueblo. Ésta es una guerra política, en la que no deben tomar parte los cristianos. Jerusalén es una ciudad como las otras.

Desde ese fondo debemos afirmar que este pasaje es paradójico. (a) Por una parte utiliza una terminología sacral, de tipo israelita, en la línea de Dan 9, 27: así dice que colocarán el ídolo/altar abominable en el santuario de Yahvé, como hicieron en el tiempo de los macabeos, manchando así la sacralidad israelita. (b) Pero, en contra de la tradición judía, el evangelio no promete salvación al templo, ni a la ciudad, de manera que Jerusalén en su conjunto queda en manos de los poderes de destrucción de la historia. Tanto los celotas y sicarios judíos como los legionarios gentiles, que se enfrentarán de un modo implacable por el templo, en la guerra del 67/70 d. C., forman parte de los poderes de destrucción del mundo, no son testigos del evangelio. Los cristianos no pueden tomar partido en esa guerra, ni en ninguna: se les pide que huyan a los montes (que sean desertores).

Los cristianos como desertores

Ésta es una de las imágenes más fuentes del evangelio: estamos ante unos cristianos desertores, que abandonan la ciudad antes sagrada, en tiempos difíciles (¡también es difícil la huida!), con los riesgos añadidos que supone el frío o la presencia de mujeres (embarazadas o lactantes). Huir significa perder todo, quedarse sin nada, a la intemperie, en un mundo en el que todos los restantes luchan, unos contra otros. Huir es renunciar a la defensa armada de una ciudad donde otros, muchos otros, optarán por mantenerse con violencia.

Estos “desertores” de Jesús no son unos cobardes, sino los más valientes de todos, son hombres y mujeres que (como anunciaban los mejores textos de Jeremías) buscan una ciudad distinta (¡en este mundo, no fuera del mundo!), una ciudad que no está fundada en la violencia, aunque para ello tengan que abandonar todo lo que tenían dentro del sistema.
Leído así, el texto conserva un fuerte tono judío (vinculado, sobre todo a Jeremías), pero hay algo que desborda la ideología tradicional del judaísmo y de todos los grupos que quieren defender lo que tienen por la guerra.

Aquí no se habla de una lucha armada de los justos contra los injustos, ni se anuncia una “defensa sobrenatural” de Jerusalén contra los enemigos (como en muchos salmos). Ciertamente, el asedio a la ciudad «santa» ha sido traumático para los cristianos de origen judío, pues el Dios de Jesús (el Jesús Mesías de Israel) no ha venido a defender su ciudad, como habían creído muchos de sus seguidores, ni quiere que ellos, judíos mesiánicos, la defiendan con sus armas. A Jesús le mataron en la ciudad por razones políticas y la ciudad puede “caer” igualmente por razones políticas, conforme a la experiencia más radical de la Escritura.

Los seguidores de Jesús no pueden luchar por el santuario de Israel, no tienen ciudad que guardar, no pueden responder con violencia a la violencia. Su única respuesta es la paciencia y la huida. En esta situación se encuentran los cristianos del tiempo en que Marcos ha escrito su evangelio, presumiblemente en esos años (en torno al 70 d. D.). Ellos siguen escapando de Jerusalén y desde entonces viven sobre el ancho mundo, perseguidos por unos y por otros, sin ciudad que guardar (contra los celotas), sin patria o nación particular que construir (contra los judíos rabínicos). Así ha interpretado Marcos el evangelio de la paz de Jesús .

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