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CARDENALES Y COMUNIDADES DE ENTREVIAS. Jorge Bisbe i Fábregas

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Somos IGlesia de Andalucía

Hemos leído y oído muchas críticas al Cardenal de Madrid y a su colega de Toledo. Ese dúo de manifestantes contra el Gobierno legítimo. Ambos hacen política común con el partido conservador. Uno y otro, en connivencia con la Conferencia episcopal, son reconocidos, aplaudidos o criticados por su indisimulada beligerancia política. Algo totalmente ajeno a la supuesta labor pastoral de los purpurados.

Su determinación de descalificar a las comunidades de Entrevías y clausurar la Parroquia de San Carlos no la comprende nadie. No la admite nadie, salvo paniaguados con apetencias de carrera eclesiástica, como podría ser el melifluo portavoz de la C.E. Purpurados y mitrados están profundamente equivocados. O no. Tal vez no. A la luz del Evangelio no tienen justificación las batallitas madrileñas. Desde la prudencia tampoco. Pero desde la historia eclesiástica los llamados “Príncipes de la Iglesia” y el alto clero mitrado no se han distinguido por difundir el mensaje de Jesús, “la buena nueva” sino como servidores políticos de la institución eclesial. Son embajadores, funcionarios de Roma entregados al engrandecimiento de la Iglesia: de su poder, influencias y riquezas. Ellos departen y pactan con gobiernos y jefes de estado. Comparten, como intereses comunes, el mantener y acrecentar el poder de cada uno.

Incluso personas muy conservadoras –muy romanas, muy apostólicas y muy católicas- comprenden que es útil tener una parroquia roja en el cinturón de miseria madrileña. Queda bonito. Eso justifica que miles de parroquias fueran de otro tipo, estén al servicio de la “gente bien”. Eso tranquiliza conciencias. Pues la Iglesia atiende a todas las clases sociales. Aunque la desproporción sea de una a mil. Algo así podríamos decir de la pobreza franciscana que equilibra el lujo, la molicie y las riquezas del Vaticano.

El sistema empleado para descalificar a curas beneméritos no puede ser más ruin. Sin una conversación fraterna. Sin delicadeza. Puro ordeno y mando, a golpe de báculo. Cardenales y curas no son hermanos en Cristo. Tampoco están en el mismo bando. Aquellos se dedican a las lujosas “misas de estado”. Estos reparten consuelo y comparten el pan y el vino de la injusticia y el dolor. Estos están con Jesús, el del Evangelio, el que comía con publicanos y pecadores, el que no tenía dónde reclinar su cabeza, el que afirmó que las prostitutas irían por delante en el Reino del Padre. Aquellos están más cerca del Templo judío, de los Sumos Sacerdotes, de los escribas y fariseos que… asesinan a Jesús todos los días.

Sres. Cardenales ¿Han leído todo el Evangelio? ¿Creen en él o les parece la utopía de un iluso? ¿Les duelen los pobres? A la luz del Evangelio ¿cómo y dónde se justifican los Palacios, las Catedrales, los lujosísimos ornamentos, la púrpura, el estatus principesco, la familiaridad con los ricos y poderosos? ¿Vds. se compadecen del necesitado?. ¿Qué hacen por las viudas y huérfanos? ¿Qué dolores comparten con los marginados?

No me digan que ese menester (con los menesterosos) lo confían al bajo clero del extra radio. No me digan que Vds. se dedican a la alta gobernación de la iglesia, a las bodas, bautizos y ceremonias de la clase rectora, a buscar dinero y operarios para mantener los ministerios, el boato de sus catedrales y el latín que volverá a resonar en las altas bóvedas.. Tampoco digan que “el celo de tu casa nos consume”. Si se refieren al esplendor del culto casi que vale, porque si se trata del celo en guardar a los que me diste, en humanizar a los hombres, en proteger a los desprotegidos, en compartir…en compadecer… en liberar… Todo eso tan evangélico está muy lejos de “sus otras altas preocupaciones” y otros rastreros contubernios.

Todos los cristianos –Vds. también- necesitamos una relectura del Evangelio, de la “buena nueva”, pero desde el punto de vista de los pobres, de los niños, de los limpios. Porque sólo a estos les abre el Padre la comprensión del Reino, de la tarea de Jesús, de la nueva sociedad y del nuevo hombre. Es el compromiso de las Comunidades de Jesús. Antiguas y actuales. Sin ese compromiso ni hay Cristianismo, ni Reino del Padre, ni mensaje vital de Jesús.

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