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LO QUE APORTA EL EVANGELIO A LA PACIFICACIÓN DE EUSKAL HERRIA. Juan María Uriarte, obispo de S. Sebastián

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Tabira

Homilia de Monseñor Uriarte en Loiola por la festividad de San Ignacio…
VERSIÓN EN CASTELLANO DE VARIOS FRAGMENTOS DE LA HOMILÍA
El surco abierto por la vida y obra de Ignacio contiene lecciones nada desdeñables para nuestra vida cívica. Nuestra sociedad no está en su mejor momento. Los problemas se agolpan. En primer lugar, una grave decepción afecta a la gran mayoría de este pueblo que ha visto desfallecer paso a paso una acariciada expectativa de paz.

El retorno de ETA a la amenaza y al uso de las armas; la distancia creciente entre el pueblo y los responsables políticos; la desconfianza y las invectivas continuas entre los partidos son algunos de los indicadores y motivadores de la decepción antedicha. Nos afecta también tanto sufrimiento provocado por esta inacabable confrontación en las víctimas, en los amenazados, en los presos, en los exiliados. Nos preguntamos cuándo de una santa vez todos los ciudadanos podrán, en santa paz, gozar de todos sus derechos cívicos.

Como responsable de Iglesia me viene con frecuencia a la mente esta pregunta punzante: ¿qué puedo hacer, qué podemos hacer para aliviar, mejorar y superar esta situación? La Palabra de Dios, la oración y el consejo de mis asesores me ayudan a entrever cuatro vías de intervención.

La primera consiste en superar la decepción con el aliento de una esperanza inquebrantable. Lo merece y lo necesita nuestro pueblo. La paz no es un puro horizonte utópico inalcanzable. La paz es posible. Es posible recortar nuestros desacuerdos de tal manera que podamos convivir en paz. Creemos que la palabra, en su aparente debilidad, es más resistente que la violencia. Estamos convencidos de que el anhelo de paz es más duradero que el grito instintivo que conduce al enfrentamiento tercamente sostenido. El camino de la paz y del entendimiento político está resultando demasiado largo y penoso. Sólo el coraje de la esperanza puede sostenernos en el recorrido. Los pueblos que pierden su esperanza mueren irremisiblemente. Los cristianos llevamos en nosotros por el Bautismo y la Confirmación un manantial inagotable de esperanza. Activémoslo.

La esperanza ha de ir de la mano de la ética. Los obispos del País Vasco hemos propuesto sin desmayo los criterios éticos que deben inspirar una confrontación como la nuestra. Seguiremos recordándolos, fundamentándolos, actualizándolos. La ética reclama, entre otros requisitos, que la violencia que mata, hiere y provoca miedo quede enterrada desde ahora y para siempre. Nadie tiene derecho a someter a otro a la amenaza de su vida, de su integridad, de su seguridad. Este pueblo no quiere ni necesita «tutelas» de nadie para ser él mismo. Quien no lo reconoce ni lo manifiesta pierde autoridad moral para denunciar otras injusticias.

La ética recuerda a los partidos y a las instituciones públicas que la finalidad que justifica su existencia consiste no en su autoconservación o en su robustecimiento, sino en su aportación al bien común. Es bien noble el cometido de la política. Por eso producen desilusión y frustración tantas operaciones al parecer incoherentes con la voluntad popular y con frecuencia encaminadas, según los indicios, al propio fortalecimiento y al debilitamiento del adversario. Comprendo que la política no sea una batalla de flores, pero tampoco un intercambio de arcabuces en forma de improperios.

La ética postula el respeto escrupuloso de aquellos derechos personales intangibles. Tales derechos persisten incluso en aquellos que tienen sus manos manchadas por las más graves acciones delictivas. Ni el oportunismo político ni el temor a la opinión pública ni cualquier consideración utilitaria y calculadora ni siquiera las mismas leyes autorizan la violación de tales derechos.

Esperanza y ética deben ir acompañadas por un sólido sentimiento de pertenecer a la misma comunidad. Somos un solo pueblo plural. Los bienes que tenemos en común son más amplios que las legítimas particularidades de cada uno de los grupos. El sentimiento de pertenencia es el resultado natural de nuestro patrimonio común. Tal sentimiento nos lleva a respetar todas las legítimas tradiciones. El respeto habrá de abrirse a la colaboración entre unos y otros ciudadanos.

La pertenencia común habrá de plasmarse en una actitud empática y activa con el sufrimiento de todos. Obsesionados por nuestros problemas personales o familiares o sumidos en la superficialidad o el egocentrismo, podemos «pasar» del sufrimiento generado por tantos años de confrontación. Podemos también ser extremadamente sensibles al sufrimiento de «los nuestros» y apáticamente indiferentes al sufrimiento de «los otros». La sintonía en el sufrimiento es generadora de cohesión social. Los cristianos sabemos que Jesús llevó sobre sus hombros el sufrimiento de todos los disidentes y los atropellos de todos los enemigos.

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