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La dignidad de la Iglesia: su imágen y sus víctimas -- José María Castillo, teólogo

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Con frecuencia nos enteramos de escándalos, cometidos por clérigos, mediante el abuso sexual de niños y jóvenes. Las noticias, que a este respecto difunden ampliamente los medios de comunicación, son cada día más frecuentes y alarmantes. Por supuesto, no es mi intención echar más leña al fuego. Lo que pasa es que las cosas son como son. Además, en no pocos casos, se trata de hechos debidamente comprobados y son delitos tan graves, que no vendría a cuento andar ahora ponderando más la maldad de lo sucedido. Tampoco pretendo, como es lógico, quitar importancia a lo que ha pasado o pueda pasar en el futuro, siempre refiriéndonos a esta penosa cuestión.

Precisamente porque, quienes hablan de estas cosas, unas veces lo hacen para destacar más la perversión de los curas; y otras veces para decir que todos somos pecadores o que la cosa no es para tanto, por eso me ha parecido que puede dar alguna luz, en esta cuestión, pensar (en voz alta) en algo que no se suele pensar cuando se comentan las noticias que nos llegan de nuevos casos de abuso de niños.

Ante todo, debo recordar que estos hechos no son cosa de ahora. Posiblemente, el abuso sexual de niños es tan viejo como la humanidad misma. En todo caso, lo más seguro es que estas prácticas aberrantes se vienen cometiendo en la Iglesia, y en la sociedad, desde siglos atrás. Pero, sea lo que sea de esta más que probable antigüedad, se sabe que, hace más de cuarenta años, en las oficinas del Vaticano se tenía noticia de estos hechos. Y además se procuraba ocultarlos. Por la red circula una información de la BBC según la cual, en 1962, la Santa Sede envió a todos los obispos del mundo un documento secreto, titulado “Crimen Sollicitationis”, en el que, entre otras cosas, se amenazaba con la excomunión a quienes dieran a conocer noticias sobre “actos obscenos (cometidos por clérigos) con jóvenes de ambos sexos”. Que yo sepa, hasta este momento, el Vaticano no ha desmentido esta información.

Es más, ya antes de 1962, se venían oyendo noticias y “rumores de sacristía” sobre documentos secretos amenazantes que las autoridades romanas enviaban a obispos y provinciales religiosos. Documentos confidenciales en los que se insistía en la vigilancia que se debía tener en colegios y seminarios menores. Vigilancia para que se evitasen estos hechos vergonzosos. Y también para que, en caso de producirse tales hechos, se mantuvieran en el más estricto secreto.

Sabemos, por tanto, que las autoridades eclesiásticas han tenido noticia de este tipo de abusos aberrantes y, desde luego, los han rechazado. Pero, durante muchos años que sepamos, ha pesado más el buen nombre y la buena imagen de la Iglesia que el respeto a los derechos de los niños. Esto es muy grave. Porque pone en evidencia que a muchos hombres de la religión les importa más el prestigio de la Iglesia que la dignidad de las personas. Es más, precisamente porque, durante tanto tiempo, los dirigentes eclesiásticos han hecho esfuerzos titánicos para mantener todo esto en secreto, sin duda por eso estas prácticas tan turbias no se han cortado con el rigor debido. Si los “hombres de Iglesia” hubieran ido a la cárcel por este tipo de delitos, es evidente que ahora no tendríamos que llevarnos las manos a la cabeza cuando nos enteramos de ciertas cosas.

Y tengo empeño en destacar aquí que la Iglesia no procedió siempre de esta manera. Sabemos con seguridad que, por lo menos hasta el s. XII, la Jerarquía eclesiástica no sólo no tenía el menor inconveniente en dar publicidad a los hechos vergonzosos que cometían los clérigos, sino que además ella misma castigaba públicamente tales hechos nada menos que con la expulsión de la dignidad sacerdotal o incluso episcopal. Y conste que los casos eran frecuentes. Así lo sabemos por los sínodos locales y los concilios generales del primer milenio del cristianismo. De forma que el “Decreto de Graciano” habla, no solamente de la “degradación” y “suspensión” de los clérigos que cometían hechos vergonzosos de cualquier tipo, sino que además se refiere al “despojo” del sacerdocio, a la “privación de la potestad” y hasta la “pérdida del orden”.

Es decir, incluso cuando se trataba de obispos, el delito se hacía público y al delincuente se le reducía a la condición de un ciudadano de tantos, sin oficio ni beneficio. Por supuesto, dada la mentalidad de aquellos tiempos, no se excluía el azote corporal, la multa, la degradación humillante y la cárcel. Podemos discutir la barbarie de algunos de estos castigos. Lo que no podemos discutir es que la Iglesia de aquellos siglos tomaba más en serio la honestidad ética que la intocable dignidad de su propia imagen social. Y es que, cuando uno va por la vida más preocupado de su propia imagen que del bien de los demás, semejante preocupación se paga muy cara. Jesús dijo, refiriéndose precisamente a los pequeños, que es preferible ahogarse en el mar con una piedra atada al cuello, que causar escándalo a esas criaturas.

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