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Acabar ya con la ley del celibato -- José María Castillo, teólogo

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El duario Le Monde decía ayer que la única religión, que queda en el mundo exigiendo a sus ministros (obispos, sacerdotes) la obligación de renunciar al matrimonio, es la religión católica. Por otra parte, también es cierto que la única religión, que se ve en la penosa situación de tener que soportar tantas denucnias de curas que cometen abusos sexuales con niños y adolescentes, es también la religión católica. ¿Mera coincidencia? No puede serlo.

El asunto es demasiado grave y demasiado importante en la vida (tanto del que comete el abuso como, sobre todo, del que lo padece), que un hecho así, tan masivo, tan peligroso y tan repugnante, no puede ser el resultado de una simple coincidencia y, menos aún, de una pura casualidad.

Habría que estar ciegos para no darse cuenta de que el celibaro está haciendo mucho daño a la Iglesia. Y no digamos a quienes, desde tantos puntos de vista, están siendo víctimas del celibato. Por supuesto, que en la Iglesia ha habido siempre – y seguirá habiendo – cantidad de personas que, por motivaciones religiosas, renuncian al matrimonio. Es una decisión ejemplar para quien ve que ése es su camino en la vida. Para entregar esa vida, por ejemplo, a un trabajo que resultaría difícil teniendo que mantener una familia.

Quien vea que va a realizar mejor su vida y su destino a base de privarse del matrimonio, que lo haga. Pero otra cosa muy distinta es obligar a todo el que quiera ejercer el ministerio ecleiástico a que tenga que renunciar a casarse. Ni eso cosnta en el Evangelio. Ni eso se le pasó a nadie por la cabeza en los primeros siglos del cristianismo.

Aquí debo aclarar que la «ley del celibato» no se impuso a comienzos del s. IV, en el concilio de Elvira (Granada). Lo que en aquel concilio se impuso fue la «ley de la continencia» conyugal. Es decir, los sacerdotes podían estar casados. Y, de hecho, muchos lo estaban. Lo que no podían era cohabitar conyugalmente con su esposa. Esta legislación tan estrambótica se mantuvo así hasta el concilio II de Letrán (1139) que privó de oficio y beneficio a los «ordenados» (subdiáconos y diáconos) que intentasen contraer matrimonio. Pero, hablando con propiedad, hay que esperar hasta el concilio de Trento para encontrar una legislación exacta y precisa sobre el celibato en cuanto tal.

Pues bien, la Iglesia lo impuso, por razones que nada tienen que ver con la fe cristiana. El motivo fue la idea pagana según la cual la vida conyugal impurifica para caercarse a lo sagrado. Pero eso ya nadie lo defiende hoy con argeumentos que se tengan de pie. Si, por otra parte, vemos que se trata de una ley que hace mucho daño, ¿con qué argumentos se sigue manteniendo? Hay que tener la libertad y el coraje de pedir insistentemente a las autoridades de la Iglesia que supriman esa ley. Y dejen a cada cual organizar su vida, en este orden de cosas, como crea más conveniente

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