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Jurar por la Biblia y la Cruz -- José Arregi

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Atrio

El día despierta en Arantzazu. Todo es y respira. Y todo -el aire fresco, la lluvia copiosa, el zarcero cantor- es como un gran Amén de Dios a cuanto es y respira.
También los nuevos ministros y ministras del Gobierno de Rodríguez Zapatero dijeron Amén. El lunes juraron sus cargos. Pero nos dicen que no “juraron”, sino sólo “prometieron”, pues no tomaron como testigos la Biblia y la cruz, sino solamente la Constitución.

No sé muy bien cómo interpretar el matiz semántico: promesa frente a juramento. ¿Será porque solamente ante la Biblia y la Cruz se puede jurar y no ante la Constitución? ¿O porque ésta vincula menos que aquellas? ¿O porque la Biblia y la cruz son más sagradas que la voluntad de los pueblos? ¿O será que hay perjurio sólo ante Dios y no ante los ciudadanos? ¿O será que seguimos imaginando a Dios como el gran ojo sin pudor que todo lo mira desde arriba y desde fuera, tomando acta para tomar cuentas? Pues ¡qué pena de Dios! Quiero decir también: ¡qué pena la de Dios!

Me parece muy bien que las ministras y los ministros rehúsen jurar ante la Biblia y la cruz. Por una razón muy simple: porque en ellas no se sienten representad@s tod@s l@s ciudadan@s. Yo no sé si habrá algo que represente de verdad a tod@s l@s ciudadan@s, y dudo que esta Constitución represente a tod@s -sin ir más lejos, una gran mayoría de ciudadanos vascos nunca la aprobaron, y a varios millones que llamamos extranjeros nunca se les ha preguntado siquiera si la aprueban o no, como si no se ocupara también de ellos-. Pero una Constitución está para representar a todos con sus miedos y deseos.

¿Y la Biblia y la cruz? ¡Oh sí, ellas sí que quieren -o habrá que decir “quisieron”- representarnos a todos! A todos sin excepción, pues el Dios de la Biblia está más allá de todos los nombres y creencias y ritos particulares, y el Jesús de la cruz está con todo viviente allí donde sufra. Pero de hecho, durante siglos y milenios, hemos encerrado a Dios en la letra. Y la cruz… hemos convertido la cruz en bandera, hemos acompañado la cruz con la espada. Y así es que representan a menos ciudadanos que la Constitución, a muchísimos menos. Y es lógico que las señoras y señores ministros, para pronunciarse en nombre de todos, hayan eludido hacerlo en nombre de la Biblia y de la cruz. Así lo recomienda una sana laicidad. Así es mejor.

Pero, entonces, ¿para qué figuraban allí, en la mesa de la solemne promesa? ¿Por qué pusieron allí una Biblia y una cruz? No las debieron poner. Cuando la Biblia y la cruz -bien a su pesar- se han convertido en símbolos particulares de una religión contra otras o por encima de otras, entonces es mejor retirarlas de la mesa de los juramentos públicos, a menos que les devolvamos (a la Biblia y a la cruz) la universalidad del aire y del arcoiris, la universalidad de la vida y del sufrimiento, la universalidad de las Bienaventuranzas y de los cuatro puntos cardinales. Donde no se sienten representados tod@s, allí no está representad@ Dios. Donde no están atendidos todos los heridos, allí no está presente Jesús, el buen Samaritano. ¿Y qué le importa a Dios que no esté la Biblia, si está la vida? ¿Qué le importa a Jesús que no esté la cruz, si está la compasión?

Yo me pregunto, más bien, cómo la Biblia y la cruz han podido aguantar durante siglos y milenios sobre el altar del templo o la mesa del palacio, forzadas a ser testigos de tantos juramentos falsos, de tantas alianzas de poder contra la vida, lo mismo cuando se trataba de consagraciones episcopales que de tomas de posesión ministerial. Yo me imagino que el lunes, en la Zarzuela, la Biblia y la cruz se sintieron muy incómodas, mucho más que las ministras y los ministros ante ellas. Yo me imagino que hubieran preferido desaparecer y hubieran querido que sus piedras preciosas volvieran a las entrañas de la tierra madre y sus hojas doradas al tronco del árbol y el blanco marfil al África negra, para que sea libre. Pero allí fueran retenidas, como siempre lo fueron en templos y palacios.

¡Que vuelvan a ser libres la palabra y el crucificado! ¡Que sean universales como el Dios Infinito y el buen samaritano! Y si las señoras ministras y ministros cumplen su palabra de servir a todos, siempre tendrán de su parte al Dios de todos los seres. Representarán al Dios de la Biblia y al Jesús de la cruz. Más allá de todos los nombres, Dios es aquel misterio de confianza originaria que sostiene la incierta fidelidad de nuestras palabras y promesas. Dios es la Carta Magna de la libertad y de la vida. Dios dice Amén a todo cuanto es y respira, y todo respira. También a ti, Dios te dice Amén. Pone su mano sobre tu frente y te dice como Jesús decía: “Yo estoy contigo. Respira en paz. Siempre estaré contigo y te llevaré en Mí. Te lo prometo por lo más sagrado: por cuanto es, por cuanto goza y sufre, por ti, por Mí. Pues somos uno”.

¡Que respires la paz de Dios!

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