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Juan Masiá, sj: «El problema de la bioética es si debemos hacer todo lo que podemos hacer» -- José Manuel Vidal

Publicado en

Religión Digital

El jesuita español es autor de «Cuidar la vida», primer libro de la colección RD en Herder
«En todo lo relativo a la sexualidad, la teología y la moral tienen una asignatura pendiente»
Tenemos una herencia de inquisición, de agresividad, de funcionar con una moral de respuestas hechas, de sí o no, blanco o negro, permitido o prohibido
Religión Digital ha salido a la luz pública del mundo editorial de la mano de un autor consagrado, un jesuita mundialmente conocido, una autoridad en el mundo de la bioética: Juan Masiá, que ha publicado con nosotros y con la colección Herder-RD el libro «Cuidar la vida, Cuestiones bioéticas».

La presentación del libro fue todo un éxito.

Me sentí muy a gusto, rodeado de viejos amigos. Lo que pasa es que a mi edad recuerdas las caras y olvidas los nombres u olvidas los nombres y recuerdas las caras.

¿Es satisfactorio sentirse querido, cuando a veces en Internet lo único que se reciben son ataques?

Bueno, hay gente que ataca y gente que lo acoge, pero creo que la agresividad de algunos blogs es una cosa episódica. No hay que entrar al trapo ni molestarse por ello.

¿Por qué decidiste publicar un libro sobre bioética con el título «Cuidar la vida»?

El título de este libro es un lema que en otros muchos que he publicado sobre bioética, en algún capítulo o de alguna manera, también sale. Porque el tema de la bioética, en los últimos 50 años del siglo pasado en que la humanidad ha avanzado tanto, sabemos más de la vida y, por consiguiente, podemos manejarla y manipularla más. Ése es el problema de la bioética: ¿Debemos hacer todo lo que podemos hacer? La tarea de cuidar la vida (de las personas, de los animales, del planeta…) se debe a que el futuro de la vida está en nuestras manos y es de todos. No sólo de un grupo de especialistas de medicina o de ética. De todos.

El libro anterior a éste, «Tertulias de bioética», nació precisamente de diálogos e invita, como éste (que recoge temas posteriores), al lector a prolongarlos. La idea principal es un grupo de personas que se reúne a conversar sobre el cuidado de la vida.

¿O sea que es una temática actual y asequible? ¿Es más una conversación que una gran teoría?

Sí. A veces ocurre en las mesas redondas que te invitan al lado de un cancerólogo, un neurólogo, un genetista… y al final te colocan a ti porque parece que si no ponen a alguien de la ética quedan mal. Cada uno dispone para hablar de 15 minutos, pero lógicamente todos los especialistas hablan 20, así que al llegar el turno del de la ética el moderador dice: «Usted perdone, pero sólo quedan 5 minutos…». Además, todos los ponentes han dicho previamente que ellos van a hablar de «lo suyo», y que la ética me la dejan a mí. Con lo cual, en esos 5 minutos, me toca decir que la ética no es de mi monopolio. Yo no tengo autoridad ni estoy cualificado para hablar de cirugía, pero los cirujanos que estarán en el público sí están cualificados para hablar de ética.

De esas conversaciones surgen los temas de este libro. De conversaciones entre especialistas en congresos y ponencias: el embriólogo y el pediatra dando su punto de vista sobre el comienzo de la vida, por ejemplo. Pero también surge de otro tipo de conversaciones, que no son académicas ni interdisciplinares. Conversaciones ciudadanas, cívicas, de un grupo de personas donde hay creyentes y no creyentes, que pertenecen a los dos extremos del colorido político del arco parlamentario… Es decir, un público plural y dialogante, que puede, debe y quiere hablar con serenidad sobre estos temas en los que estamos buscando respuestas que todavía no están encontradas, para las que hay que hacer una búsqueda en común.

¿Son temas que interesan a todo el mundo por ser fundamentales? ¿Por tratar de la vida y de la muerte?

Sí, nos afectan a todos. Y no en el plano individual, como el aborto o la eutanasia; sino globalmente, porque son cuestiones que afectan al mundo entero, como el problema del agua. ¿Cómo va a estar uno discutiendo horas y horas sobre aborto y eutanasia cuando existe un continente africano donde la mitad de las personas no tiene acceso a un agua no contaminada?

¿Hay bioética de la ecología?

Sí, ecoética.

¿O sea que ha hecho usted un libro de bioética para que lo entienda todo el mundo?

He hecho un esfuerzo por poner estos temas, que son difíciles y delicados, en un lenguaje lo más sencillo posible. Para que podamos hablar de ellos distintas personas, de distintos niveles, distintas edades, distintas mentalidades… Por ejemplo, el tema del final de la vida debería poder hablarse antes de que surja una enfermedad terminal. Hablarse en familia, o en vecindad, o entre amigos, cuando estamos sanos. Porque así, cuando llegue ese momento, tus seres queridos sabrán cómo te gustaría que te tratasen, respetando tu dignidad al morir.

¿Eso la gente lo habla, lo expresa?

Yo creo que hace falta hablarlo cuando estamos sanos, no cuando ya se ha presentado el problema. Yo recuerdo una vez, viniendo de Japón, cuando mis padres estaban ya muy mayores, y yo estaba preparando una conferencia sobre el final de la vida. Mi madre me pidió que se la leyera, y yo le dije: «Bueno, así lo ensayas». Y surgió una conversación, y mis padres me dijeron que ojalá ese día yo estuviera allí y no les pusieran muchos tubos en el hospital, y que les quitaran el dolor si les doliera… Eso era lo que fundamentalmente iba yo a decir en mi conferencia, pero mi madre me dijo: «Claro, pero si lo dices así no van a reconocerte como intelectual. Tienes que ponerlo muy difícil para que no se entienda».

Al final, cuando llegó el día de la muerte de mi padre y de mi madre, yo no me planteé si había que dar más tratamientos exagerados o no. Fue con toda naturalidad, porque cuando estaban sanos habíamos hablado y me habían dicho como querían afrontar la muerte.

El cardenal Martini tomó la decisión, en el último momento, de morir sin encarnizamiento terapéutico. ¿Por qué parece que en Italia, en ciertos sectores, esto suscita cierta polémica?

Esa misma decisión la quería tomar Juan Pablo II, y sin embargo, le hicieron la traqueotomía y todo eso.

¿Por qué sigue siendo un tema tabú?

Hay un miedo a lo que llaman la «pendiente resbaladiza», por donde viene la eutanasia. Cuando se presentó en España el proyecto de ley, que luego con el cambio de gobierno no llegó al Parlamento, no se le llamaba «muerte digna» sino «divinidad en el proceso de morir». Sin embargo, en seguida la oposición protestó diciendo que era «disimuladamente» una ley de eutanasia. Y no es así. Lo natural es rechazar todo lo que no sea bueno para tu propia calidad de vida, acompañar a le persona y aliviar el dolor.

El cardenal Martini tiene un libro en el que dialoga con un médico sobre todos estos temas de bioética. Y el cardenal Martini repite lo tradicional de la moral teológica, de Vitoria y demás.

¿O sea que el cardenal Martini y usted, que pasan por «discrepantes», en el fondo están siguiendo la tradición de la moral teológica?

Mira el caso de Eluana, la chica italiana que llevaba años en estado vegetativo. El padre tomó la decisión de suprimir la prolongación de la vida artificial, y dejar que llegara la muerte naturalmente, que era la mejor forma de respetarla a ella. Inmediatamente alguna autoridad vaticana de mucho peso, como si dijéramos en el mundo civil el Ministerio de Sanidad, dijo que no se debía, de ninguna manera. Curiosamente, un bioeticista que presume mucho de hacer «bioética laica» dijo lo contrario, que se debía a toda costa desconectarla porque era un vegetal, sin dignidad ninguna.

A mí me preguntaron con cuál de los dos estaba, y dije que con ninguno porque los dos son exactamente iguales. Porque el cardenal, con buenos criterios (respetar a la persona) ha sacado malas conclusiones (que no se debe desconectar); y el otro, con malos criterios (decir que no es una persona sino un vegetal) dijo en cambio que se debía desconectar. La razón la tenía el padre: se debía desconectar precisamente para salvar su dignidad.

Lo mismo pasa con las discapacidades. Un bioeticista australiano muy conocido me dijo una vez que tal persona con tal grado de discapacidad no tenía valor en la vida, y que se la podía dejar morir. Inmediatamente, otro experto muy religioso dijo que como persona tenía valor y dignidad, y por tanto no se podía prescindir de ella. No era ni lo uno ni lo otro: la persona tiene valor y tiene dignidad; pero hay que preguntarse cuál es la mejor manera de respetarla. ¿Hasta qué punto debemos llegar en los cuidados médicos para que no dejen de ser oportunos? Si tiene dolores, ¿cómo se los aliviamos?
La eutanasia no es matar a la persona en contra de su voluntad.

Da la sensación de que son temas tan delicados que un paso arriba o un paso abajo suponen cosas totalmente distintas.

Hay que pensar mucho ese paso, sí. Voy a decirlo de una manera muy vulgar: no es lo mismo comer un buen pescado fresco que congelado. Parece una comparación ridícula, pero verdaderamente hay dos éticas, dos morales: una es la de lo plastificado, lo congelado. Les presentes el problema que les presentes, abren el plástico y te lo dan. Y una vez descongelado ya no se puede hacer nada con eso. La otra ética es la de los procesos vivos.

Precisamente el Concilio Vaticano II dijo que no había que dar respuestas prefabricadas: «No piensen que la Iglesia tiene siempre y en todo momento las respuestas para todos los problemas en la Biblia». Lo que hay que sacar de la Palabra de Dios y de la teología es luz y fuerza para pensar y para buscar juntos las respuestas a los nuevos problemas.

¿Cuál es la razón de fondo por la que a la jerarquía de la Iglesia (o al menos a una parte de ella) le da miedo el tema de moral sexual y de la bioética?

Arrastramos una historia muy larga de estrechez de miras a la hora de ver estos temas. En tiempos de Pío XII, antes del Concilio Vaticano II, le preguntaban por la muerte, y Pío XII decía que la Iglesia lo único que pedía es que, si una persona no está muerta, no digan que está muerta. En cambio, al comienzo de la vida, da miedo decir eso mismo. Parece que con todo lo que de alguna manera se relaciona al tema de la sexualidad, la teología y la moral tienen una asignatura pendiente.

Cuando el actual Papa era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sacó en el año 87 un documento, por supuesto con el visto bueno de Juan Pablo II, donde daba un no tajante a la fecundación in vitro, incluso entre esposos y sin desaprovechar embriones. Y da la misma razón que para decir que no a los anticonceptivos: la inseparabilidad absoluta y total del aspecto unitivo y del aspecto procreativo. Es un tema que tiene bloqueada a la Iglesia, que no se puede tratar con flexibilidad, que es intocable.

En la presentación del libro dijiste que en temas de bioética no hay nada dogmático. ¿No cree la gente exactamente lo contrario?

El mismo Pablo VI lo decía: no es que el aborto esté mal porque la Iglesia lo ha dicho, es que no haría falta que lo dijese. La moral es protección de la vida. La Iglesia se une a lo que dice la moral más natural, y lo justifica con lo que para el creyente son motivaciones religiosas. No es que haya un club con unas reglas.

¿Pero usted no se considera un hereje por discrepar con algunas matizaciones en estos temas?

La herejía sólo se comete en cuestiones de dogma. Si yo dijera que Jesucristo no es Dios, sería un hereje. Un disidente. Pero sólo discrepo de ciertas cuestiones controvertidas que pienso que la Iglesia debería repensar. Justamente porque son controvertidas, es natural que haya opiniones diferentes.

¿Por qué en algunos ámbitos de la Iglesia actual cuesta tanto aceptar esta discrepancia?

No sé si culturalmente estamos menos preparados para el diálogo. Me gustaría que un psicólogo y un sociólogo me explicaran por qué algunas personas se ponen tan crispadas. A veces parece que está prohibido pensar, o expresar opiniones diferentes. Un ejemplo: imagínate un grupo de 5 personas discutiendo sobre el matrimonio homosexual (si se debe admitir legalmente, si se le debe llamar matrimonio…). Pienso, a lo mejor siendo muy optimista, que tanto un creyente muy tradicional y muy escrupuloso como otro que es todo lo contrario a conservador, tienen derecho a decir lo que piensan con toda naturalidad, sin enfadarse, dando razones.

Pero el tema es que, después de discutir, el grupo debe ser capaz de admitir que esas cuestiones son controvertidas y que, aunque ni el señor A ni el señor B van a ceder en su punto de vista, pueden estar todos de acuerdo en un punto: que no tienen derecho a discriminar a ninguna persona por razón de su orientación sexual. A la hora de lesgislar debería ser así: debatiendo democráticamente, y sin oponerse a la conclusiones en nombre de la religión o de la teología.

El cardenal Martini dijo claramente que era partidario de la familia más tradicional y de sus valores, pero no se sentía obligado, por eso, a salir gritando en contra de unas personas que optan por un modelo de familia más minoritario en la sociedad.
Si en España, por ejemplo, se vota una determinada ley de reproducción asistida, un parlamentario católico no se tiene que sentir obligado por su obispo ni por su conciencia religiosa a votar en contra. Es compatible, en una sociedad plural, tener unas preferencias personales, pero respetar lo que democráticamente ha decidido la mayoría.

¿Vamos hacia esa tolerancia, o todo lo contrario?

No tengo prejuicios en contra de mi país, pero creo que culturalmente aquí tenemos una transición todavía por hacer. Tenemos una herencia de inquisición, de agresividad, de funcionar con una moral de respuestas hechas, de sí o no, blanco o negro, permitido o prohibido. Si le quitas todos los colores al arco iris, te queda un código de barras. Efectivamente, en España hay una moral de código de barras. Y lo peor será que cojas una de esas barras para darle un porrazo al de en frente, que es lo que suele pasar entre el «equipo blanco» y el «equipo negro» (por no decir rojos y azules). Un cura, por ser cura, no tiene que ser antiabortista. Un progresista, por ser progresista, no tiene que ser proabortista.

¿Partimos siempre de ideas preconcebidas y de anatemas?

Parece que no hay término medio, cuando la cuestión realmente importante es cómo acompañar, médica y humanamente, el proceso de nacer y de morir.

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