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Panel ético- teológico-político -- Benjamín Forcano, teólogo

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El Pais (Editorial). Más que un voto
Meléncho-Ramonet: ¿Por qué Chávez?
Benjamín Forcano: 1. Hugo Chávez otra vez en la diana
2. La revolución bolivariana en sintonía con el Evangelio

El derecho del lector a contrastar opiniones lo tiene hoy servido: le bastará con comparar lo escrito por El Pais, en su editorial (6 de octubre de 2012), con lo que dicen Melénchon y Ramonet con sus datos objetivos sobre la revolución bolivariana, que vienen a sustentar y refrendar lo que dice Benjamín Forcano.

MAS QUE UN VOTO (El Pais, 6 de octubre de 2012)

Más que una elección al uso, la crucial cita de los venezolanos con las urnas, primera en casi 14 años en la que Hugo Chávez no parte como absoluto favorito, es un plebiscito sobre la figura del presidente y la continuidad de su régimen autocrático. Un modelo de Gobierno basado en el carisma y la perversión de la democracia y financiado, tanto en sus masivos programas sociales como en sus excesos y descontrol, por la bonanza petrolífera.

Casi todos los sondeos otorgan a Chávez entre 5 y 10 puntos de ventaja sobre su joven rival Henrique Capriles, aglutinante de una oposición por fin unida. Pero el líder centrista, que pretende mirarse en el espejo de los socialdemócratas brasileños, ha ido cobrando fuerza en los últimos días y el amplio porcentaje de indecisos, en torno al 12%, puede resultar determinante en el resultado final.

Nadie puede considerar equitativa una campaña en la que Chávez ha dispuesto sin restricciones de los recursos públicos y de las instituciones del Estado para conseguir la reelección. Pese a ello, el caudillo venezolano se siente esta vez amenazado.

El aura de antaño ha ido esfumándose a medida que la cruda realidad (infraestructuras ruinosas, servicios públicos inexistentes, inseguridad rampante, incompetencia funcionarial) y la frustración se han ido imponiendo frente al fervor ideológico y la letanía retórica de quien se considera una reencarnación de Bolívar. El mayor desafío a la continuidad de Chávez no procede de la “burguesía reaccionaria”, sino del desgobierno, la corrupción y el despilfarro inherentes a un sistema que comienza y acaba en su persona, y que ha sido vaciado, pese a su regular legitimación en las urnas, de todos los contrapesos de la democracia.

Si Chávez renueva mañana su mandato, poco cambiará en Venezuela. Asumiendo la curación total de su enfermedad, podría gobernar durante 20 años consecutivos. Su derrota, sin embargo, abriría escenarios inéditos. El más inmediato y decisivo, la aceptación del resultado por parte unas Fuerzas Armadas moldeadas por el antiguo teniente coronel. Para un Capriles ganador, al frente de una dispar coalición, el reto sería titánico. Su triunfo tendría que ser convalidado por el chavismo antes de pasar por el calvario de intentar gobernar, al menos hasta las próximas elecciones parlamentarias, un país en el que todas las instituciones relevantes están en manos de sus adversarios.

2. ¿Por qué Chávez?

Jean-Luc Mélenchon e Ignacio Ramonet
*

Hugo Chávez es, sin duda, el jefe de Estado más difamado en el mundo. Al acercarse la elección presidencial del 7 de octubre, esas difamaciones se tornan cada vez más infames, tanto en Caracas como en Francia y en otros países. Atestiguan la desesperación de los adversarios de la revolución bolivariana ante la perspectiva (que las encuestas parecen confirmar) de una nueva victoria electoral de Chávez.

Un dirigente político debe ser valorado por sus actos, no por los rumores vehiculados en su contra. Los candidatos hacen promesas para ser elegidos: pocos son los que, una vez en el poder, las cumplen. Desde el principio, la promesa electoral de Chávez fue muy clara: trabajar en beneficio de los pobres, o sea –en aquel entonces–, la mayoría de los venezolanos. Y cumplió su palabra.

Por eso, este es el momento de recordar lo que está verdaderamente en juego en esta elección, ahora cuando el pueblo venezolano se alista para votar. Venezuela es un país muy rico, por los fabulosos tesoros de su subsuelo, en particular sus hidrocarburos. Pero casi todas esas riquezas estaban acaparadas por las elites políticas y las empresas trasnacionales. Hasta 1999, el pueblo sólo recibía migajas. Los gobiernos que se alternaban, democratacristianos o socialdemócratas, corruptos y sometidos a los mercados, privatizaban indiscriminadamente. Más de la mitad de los venezolanos vivía por debajo del umbral de pobreza (70.8 por ciento en 1996).

Chávez hizo que la voluntad política prevaleciera. Domesticó los mercados, detuvo la ofensiva neoliberal y posteriormente, mediante la implicación popular, hizo que el Estado se reapropiara los sectores estratégicos de la economía. Recuperó la soberanía nacional. Y con ella, ha procedido a la redistribución de la riqueza, en favor de los servicios públicos y de los olvidados.

Políticas sociales, inversión pública, nacionalizaciones, reforma agraria, casi pleno empleo, salario mínimo, imperativos ecológicos, acceso a la vivienda, derecho a la salud, a la educación, a la jubilación… Chávez también se dedicó a la construcción de un Estado moderno. Ha puesto en marcha una ambiciosa política del ordenamiento del territorio: carreteras, ferrocarriles, puertos, represas, gasoductos, oleoductos.

En materia de política exterior, apostó por la integración latinoamericana y privilegió los ejes sur-sur, al mismo tiempo que imponía a Estados Unidos una relación basada en el respecto mutuo… El impulso de Venezuela ha desencadenado una verdadera ola de revoluciones progresistas en América Latina, convirtiendo este continente en un ejemplar islote de resistencia de izquierdas alzado en contra de los estragos del neoliberalismo.

Tal huracán de cambios ha volteado las estructuras tradicionales del poder y acarreado la refundación de una sociedad que hasta entonces había sido jerárquica, vertical, elitesca. Esto sólo podía desencadenar el odio de las clases dominantes, convencidas de ser los legítimos dueños del país. Son estas clases burguesas las que, con sus amigos protectores de Washington, vienen financiando las grandes campañas de difamación contra Chávez. Hasta llegaron a organizar –en alianza con los grandes medios que les pertenecen– un golpe de Estado, el 11 de abril de 2002.

Estas campañas continúan hoy día y ciertos sectores políticos y mediáticos europeos se encargan de corearlas. Asumiendo –lamentablemente– la repetición como si fuera una demostración, los espíritus simples acaban creyendo que Hugo Chavez estaría encarnando un régimen dictatorial en el que no hay libertad de expresión.

Pero los hechos son tozudos. ¿Alguién ha visto un régimen dictatorial ensanchar los límites de la democracia en vez de restringirlos? ¿Y otorgar el derecho de voto a millones de personas hasta entonces excluidas? Las elecciones en Venezuela sólo ocurrían cada cuatro años, Chávez organiza más de una por año (14 en 13 años), en condiciones de legalidad democrática, reconocidas por la ONU, la Unión Europea, la OEA, el Centro Carter, etcétera.

Chávez demuestra que se puede construir el socialismo en libertad y democracia. Y convierte incluso ese carácter democrático en una condición para el proceso de transformación social. Chávez ha probado su respeto al veredicto del pueblo, renunciando a una reforma constitucional rechazada por los electores vía referéndum en 2007. No es casual que la Foundation for Democratic Advancement (FDA), de Canadá, en un estudio publicado en 2011, situara entonces a Venezuela en el primer lugar de los países que respetan la justicia electoral.

El gobierno de Hugo Chávez dedica 43.2 por ciento del presupuesto a las políticas sociales. Resultado: la tasa de mortalidad infantil ha sido dividida por dos. El analfabetismo, erradicado. El número de docentes, multiplicado por cinco (de 65 mil a 350 mil). El país presenta el mejor coeficiente de Gini (que mide la desigualdad) de América Latina. En su informe de enero de 2012, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, un organismo de la ONU) establece que Venezuela es el país suramericano que –junto con Ecuador–, entre 1996 y 2010, ha logrado la mayor reducción de la tasa de pobreza. Finalmente, el instituto estadunidense de sondeos Gallup ubica al país de Hugo Chávez como la sexta nación más feliz del mundo.

Lo más escandaloso, en la actual campaña de difamación, es pretender que la libertad de expresión esté constreñida en Venezuela. La verdad es que el sector privado, hostil a Chávez, controla allí ampliamente los medios de comunicación. Cada cual puede comprobarlo. De 111 canales de televisión, 61 son privados, 37 comunitarios y 13 públicos. Con la particularidad de que la parte de la audiencia de los canales públicos no pasa de 5.4 por ciento, mientras que la de los privados supera 61 por ciento… Mismo escenario para los medios radiales. Y 80 por ciento de la prensa escrita está en manos de la oposición, siendo los dos diarios más influyentes –El Universal y El Nacional–, adversos al gobierno.

Nada es perfecto, por supuesto, en la Venezuela bolivariana –¿dónde existe un régimen perfecto?–. Pero nada justifica esas campañas de mentiras y de odio. La nueva Venezuela es la punta de lanza de la ola democrática que, en América Latina, ha barrido con los regímenes oligárquicos de nueve países, apenas caído el Muro de Berlín, cuando algunos vaticinaban el fin de la historia y el choque de las civilizaciones como horizontes únicos para la humanidad.

La Venezuela bolivariana es una fuente de inspiración de la que nos nutrimos, sin ceguera, sin inocencia. Con el orgullo, sin embargo, de estar del buen lado de la barricada y de reservar los golpes para el malévolo imperio de Estados Unidos, sus tan estrechamente protegidas vitrinas del Cercano Oriente y dondequiera reinen el dinero y los privilegios. ¿Por qué Chávez despierta tanto resentimiento en sus adversarios? Indudablemente porque, tal como lo hizo Bolívar, ha sabido emancipar a su pueblo de la resignación. Y abrirle el apetito por lo imposible.

* Respectivamente: copresidente del Partido de izquierda, diputado europeo; presidente de la asociación Mémoire des Luttes (Memoria de las Luchas), presidente honorífico de Attac

3.HUGO CHAVEZ OTRA VEZ EN LA DIANA

Benjamín Forcano

Los corresponsales Ibsen Martínez y Luis Prado / Maye Primera, escribían ayer (1 Octubre 2012) en El Pais sobre las elecciones próximas en Venezuela.

Estos periodistas parecen ignorar que desde el año 1999, Hugo Chávez gana democráticamente las elecciones y gobierna legítimamente; libra con su revolución bolivariana a America Latina de seguir sufriendo el expolio de sus riquezas y su futuro por la tiranía del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional intentado mediante el Acuerdo de Libre Comercio para América Latina (ALCA); convierte al ciudadano en sujeto de la política mediante una democracia más justa y participativa creando políticas sociales populares (inversiones públicas, igualdad de acceso a la educación y al trabajo, redistribución de la riqueza, nacionalizaciones, reforma agraria, progresiva eliminación del analfabetismo y reducción de la pobreza en más de 20 puntos en una década y otros problemas en camino de solución como el empleo, la salud, una vejez más digna, la vivienda) ; es el puntal en alternativas al capitalismo y sigue adelante con los procesos de integración latinoamericanos (del Mercosaur al ALBA, de Unasur a la CELAC).

Sin embargo, en la campaña electoral presente, nos cuentan, “milagrosamente” la oposición saca a la calle en una gran fiesta a decenas de partidos que ocupan todo el espectro político, que logran una ventaja discreta sobre Chávez (A pesar de que las encuestas apuntan a una victoria de Chávez entre 10 y 18 puntos de ventaja. Pero, así, de perder, la oposición podrá agitar el fantasma del fraude). Y es que la gente, finalmente, se ha dado cuenta de que Chávez es un autócrata acogotante, un gran televangelista bolivariano que usa una retórica cada vez más vacía, se ocupa de fantasías ideológicas y no de los problemas reales de la gente. Ahora sí, la oposición va a gobernar sin revancha, sin odio, será más eficaz y lo hará sin autoritarismo, sin arbitrariedades y sin payasadas.

En nuestra sociedad, se puede escribir desde Venezuela o desde España o desde la Conchichina, pero la información ya no llega por un único canal ni cuenta con lectores ciegos y sumisos. La verdad exige no silenciar nada: ni los logros ni los errores de Chávez ni las actuaciones e intenciones clasistas e imperialistas de la vieja y resentida derecha. Informar es una cosa y otra filtrar deseos frustrados de muchos: volver al pasado, a la dependencia y al yugo capitalista.

4.LA REVOLUCION BOLIVARIANA EN SINTONÍA CON EL EVANGELIO

Benjamín Forcano

En apoyo y admiración a los venezolanos y su presidente Chávez que, creyentes o no, hacen suya la revolución bolivariana y le hacen tomar savia y fuerza invencible en el Evangelio de Jesús.

Me imagino la extrañeza, cuando no desconcierto, de muchos que puedan leer este título. Tan arraigada está la cultura tradicionalista de un idealismo teológico que separa lo espiritual de lo social, que resulta vano el intento de mostrar cuán alejado del Evangelio está ese planteamiento.

Recuerdo muy bien el encuentro que el presidente Chávez tuvo hace unos años en Madrid con unas cien personas. Había una gran expectación por oirle y , obviamente, aunque el auditorio le era favorable, no faltaban cabezas críticas que esperaban ponerlo en aprieto. Habló el presidente llano, directo, con gran agudeza y vi en el diálogo cómo las prevenciones casi ni asomaron. Al iniciar el acto me acerqué, pude saludarle y me dijo: “Padre, necesitamos de la Iglesia”.

¿Qué Iglesia?, pensé yo. Y la respuesta era única: la de Jesús, la que se pretende seguidora suya. Pero, en la historia, -siempre en la historia- se han hecho interpretaciones poco fieles a la enseñanza del Nazareno. Y se han hecho desde lo alto, desde la jerarquía, que se ha autoconsiderado sujeto exclusivo de la enseñanza y ha tenido al pueblo como objeto de la misma. Interpretaciones innegablemente políticas, inmersas en la lógica del poder y no del Evangelio. Dichas políticas han pretendido hacer una doble historia, la de la salvación y la profana, como si fueran distintas y aún contrapuestas, haciendo posible que la primera fuera abstracta, alienante , dominada o subordinada a los intereses de la profana. Siempre la Iglesia hizo política, pero muchas veces no desde la justicia y en defensa de los pisoteados de la historia sino desde el poder y en alianza con los que lo ejercían.

Hoy, el retorno al Evangelio, una mirada limpia a lo que Jesús enseño y practicó, nos devolvió otra visión de la historia: no hay más que una historia, y en ella sola se busca la verdad y la justicia o se cae en la mentira y la explotación. Jesus vivió en un momento de la historia, actuó en ella tomando partido por los sin voz, los insignificantes, los más pobres y marginados, denunció la falsedad y contradicciones de la religión establecida en Jerusalén , censuró la prepotencia y arbitrariedades del imperio romano, y ambos poderes, unidos, lo eliminaron. Jesús no fue un político, pero no fue neutral ante la política, se definió y la atacó en sus cimientos y por eso fue crucificado.

La historia es lo que es y ella es el escenario de nuestro vivir y convivir. Y en la historia del Occidente cristiano hay una larga trayectoria de opresión , despojo y dominación, hecha en nombre del cristianismo y contradiciendo las tesis básicas del Nazareno. Esa trayectoria nunca ha estado exenta de la voz auténtica de la Iglesia, de la comunidad de Jesús, que se profesa seguidora suya y le ha dado profetas, reformadores, mártires y una nube innumerable y anónima de santos.

La teología de la liberación hizo posible otra visión y otro quehacer dentro de la historia, acabó con el tabú o miedo de “politizar la fe degradándola” y ver en el clamor histórico de los pobres la voz del Dios sufriente en la historia y darles, como Jesús, a ellos los últimos, la primacía para rehacer la verdad, la justicia y la política.

Venezuela, con su revolución y su presidente Chávez, ha entendido que el seguimiento de Jesús se hace en cada momento de la historia, en la conyuntura concreta de cada pueblo, y es ahí donde hay que dar testimonio de verdad y justicia, declarando sujetos de la historia, de la vida y de la política a los que nunca lo fueron porque nos les dejaron que lo fueran.

Son apenas catorce años, pero la lucha, el cambio, el avance, la utopía –proyecto (el de la dignidad humana, de la justicia y de libertad con sus derechos inviolables) se ha visto libre y ha comenzado a caminar, correr y volar. Es el proyecto liberador, fundamentalmente de los pobres, de los que nunca durante tanto tiempo otras políticas –y hoy la cínica política neoliberal- quisieron oir ni hablar.

El escenario de la historia, de esa Venezuela hegemónica en la liberación del Tercer Mundo y de América Latina infunde temor a muchos, a los ricos, a los acomodados y bien satisfechos, a los que nunca han revisado su egoismo acaparador, – quién sabe si legitimado con plegarias y ceremonias en los templos- , pero a los pobres los conforta y da energía para mantener su lucha y esperanza liberadoras.

“Me llamarán subversivo. Y yo les diré: lo soy. Por mi pueblo en lucha, vivo. Con mi pueblo en marcha, voy”. ¿Qué bueno, cuán edificante y digno de alabanza, si todos los cristianos y, en especial nuestros pastores, sintiéramos en el alma como el obispo Pedro Casaldáliga en estas palabras el clamor de los pobres –ellos son los vicarios de Cristo- y estuviéramos activos, honestos, militantes en una política de justicia y liberación que rechaza volver al pasado, a las cadenas del clasismo, de la esclavitud imperial y colonizadora.

En España, los grandes medios han reflejado no poco la admiración de una oposición, que busca ese retorno al pasado, donde el privilegio, el monopolio y la impunidad camparon a sus anchas y que, ahora, le lleva a prometer hacer otra política. Otra política, ciertamente, pero no liberadora ni a favor de los más pobres. Eso, su modo de ser y de hacer, imprime carácter. Y eso no se cambia sin ser de verdad seguidor de Jesús.

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