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Javier Baeza: “Hay que abrir nuestros espacios al mundo de la exclusión social” -- Oscar Chaves

Publicado en

Diagonal

Desde el compromiso vital con los excluidos, el más joven de los curas de Entrevías critica con dureza la hipocresía de la Iglesia y el “aburguesamiento” de algunos grupos de cristianos de base. El periódico Diagonal entrevista a Javier Baeza, sacerdote de la Comunidad San Carlos Borromeo de Entrevías: Tras el intento de cerrar San Carlos Borromeo en 2007, ¿Cómo son actualmente las relaciones con el Arzobispado de Rouco?

JAVIER BAEZA: Igual que antes. No tenemos ninguna relación. Ellos no se meten. La verdad es que no entiendo muy bien a esta institución, por qué quisieron cerrarnos cuando Enrique [de Castro] llevaba años haciendo lo mismo. Nunca hemos dejado de decir que la Iglesia sigue estando ausente en la denuncia de la implicación del poder en la no atención al mundo de la exclusión social.

D.: El conflicto de 2007 se resuelve con la conversión oficial de la parroquia en centro pastoral. ¿Qué ha supuesto esto en la práctica?
J.B.: Para nosotros nada. La única diferencia es que ahora no tenemos los libros de bautismos y de bodas. Seguimos viviendo con los chavales, seguimos teniendo el grupo que tanto le preocupaba [a Rouco], donde se estudia y analiza el evangelio, sigue habiendo el curso de islamismo-cristianismo, seguimos celebrando [la misa] sin revestirnos, con pan, bizcochos, o lo que surja.

D.: ¿Por qué preocupaba ese grupo?
J.B.: Porque comenzamos a estudiar un libro de José Antonio Pagola que se titula Jesús y fue condenado por la Conferencia Episcopal. Todo lo que sea profundizar en las razones de nuestra fe perturba a la Iglesia. De alguna manera, pensar qué significa hoy creer en la buena noticia de Jesús te lleva a una crítica feroz a la institución religiosa.

D.: ¿Os sentís parte de la Iglesia de los Rouco y los Benedicto XVI?
J.B.: No. Antes pensaba que estábamos en el mismo barco diferentes mentalidades, pero ahora veo que no porque algunos creen que el barco es suyo y se empeñan en echarnos a otros. Durante el conflicto, cien curas firmaron una carta solicitando a Rouco un proceso a divinis, es decir, que nos inhabilitase. A nosotros nunca se nos ha ocurrido solicitar que se eche a nadie. Algunos pensamos que el Evangelio sigue siendo una noticia fresca, un revulsivo, un cuestionamiento, y otros creen que es una doctrina dogmática que hay que seguir. Y mal que bien si se siguiese…[risas].

D.: ¿Y de la Iglesia de base y de espacios críticos como Somos Iglesia?
J.B.: Sí, formamos parte. Tenemos una relación en lo afectivo muy profunda, e incluso en lo ideológico, pero muchas de estas plataformas se siguen moviendo desde un planteamiento un poco burgués. Unos, en el sentido de “vamos a tomar el poder para hacerlo mejor, que somos de izquierdas”. Y otros, en el de “vamos a reorganizarnos y luego ya compartimos”.

El recorrido del Evangelio es a la inversa: vamos a compartir los espacios del mundo de la exclusión y desde ahí vamos a anunciar, a vivir y a disfrutar. En la medida en que me he ido desvinculando de la institución eclesiástica y participamos más en la vida de las personas de la exclusión social ha vuelto a recobrar en mí frescura el Evangelio. Lo que nos descuelga de estos grupos es esa falta de praxis de la ideología. Hay que abrir nuestros espacios.

D.: ¿Ha cambiado mucho la población con la que trabajáis desde los ‘80, cuando la droga golpeaba con fuerza a barrios obreros como Entrevías?
J.B.: Ahora a aquello, que continúa, se ha sumado la inmigración y los menores. La droga ya no está tan de moda y los recursos que se dedican son cada vez menos, pero sigue viniendo gente muy tiradilla que está consumiendo. Los programas con metadona se han convertido en abrevaderos porque no hay recursos.

D.: ¿Seguís trabajando con presos?
J.B.: Claro. Esto es una locura. De los 74.000 presos que hay en España, el 80% sigue siendo de sectores sociales pobres, con familias muy desestructuradas. Esas personas tienen muchas dificultades para iniciar un proceso de reinserción porque, si no tienes un lugar donde pasar los permisos carcelarios, no te los dan. Y se comen la condena a pulso. Semanalmente recibimos entre siete y diez cartas solicitando un aval, y no sólo de personas presas, sino de los mismos servicios penitenciarios.

D.: ¿Por qué San Carlos Borromeo se ha ido separando de algunos espacios de los movimientos sociales como Rompamos el Silencio?
J.B.: Por la exigencia de organización que nosotros no tenemos: reuniones, manejo de nuevas tecnologías… Y porque Rompamos el Silencio se ha visto como una semana de acciones reivindicativamente muy chulas, pero sin mucho más. Siempre estamos buscando cosas muy tangibles. Somos gente de poca organización y mucho compromiso personal. En estos años ha habido una necesidad de volver a nuestro espacio, cuidarlo y cuidarnos. El estar continuamente mirando hacia fuera nos llevó a descuidar un poco a los chavales, a las propias madres, cuando la realidad nos daba más muertes de chavales [por VIH-Sida o drogas] y gente presa. Sólo en el último mes, de gente del círculo, hemos enterrado a cinco chavales.

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REFERENTE DE LA IZQUIERDA
En 2007, cuando Rouco trató de cerrar la parroquia, una miríada de colectivos sociales y organizaciones de izquierda de todo el Estado se movilizó para impedirlo. Era el fruto de años de contactos y denuncias compartidas, siempre desde posturas anticapitalistas. En 1989 la ‘iglesia roja’ acoge el primer encierro de inmigrantes en el Estado y, nueve años después, Enrique de Castro promueve la Primera Semana de Lucha Social Rompamos el Silencio. Bajo su techo no es extraño ver una asamblea altermundialista o una charla contra la tortura. Con la red Ferrocarril Clandestino, la parroquia centra hoy buena parte de su acción en el apoyo a las personas sin papeles.

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