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El sueño de reconciliación del cardenal Tarancón -- Braulio Hernández

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Atrio

En los tiempos que corren, se hacía difícil, casi impensable, creer que un Obispo, y menos el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, tuviera unas palabras, aunque tímidas, muy medidas, de pedir perdón por la actuación de la Iglesia durante la Guerra Civil y en la violenta posguerra. Era un gesto necesario. El gesto adquiere aún mayor relevancia coincidiendo con unas fechas tan señaladas como el 20 N.

Es de agradecer las palabras del abulense Ricardo Blázquez. Aunque muy posiblemente habrá católicos y eclesiásticos, y alguno medios afines a la derecha, que se rasgarán las vestiduras.

Yo me atrevería a decir, es una intuición, que el librito (en el fondo una “catequesis” o reflexión desde la fe), de su paisano abulense, Jesús López Sáez (Presidente y responsable de la Comunidad de Ayala), un antiguo compañero de Ricardo Blázquez, le haya ayudado al presidente de los obispos a ese tímido pero significativo cambio de actitud. Porque tengo constancia de que el libro MEMORIA HISTORICA ¿Cruzada o locura? , una reflexión crítica sobre el papel de la Iglesia durante ese largo período, le fue entregado, en mano, no hace mucho, por su autor al presidente de los Obispos.

Esta mañana, mientras viajaba a Madrid, a la oficina, sorprendido por las palabras que escuchaba en la SER mientras me levantaba, hilvanaba este pequeño resumen del libro, ya presentado en ATRIO el 4 de Bociembre de 2006. Recojo algunos de los puntos que considero claves de esta reflexión del cura Jesús López sobre el papel de la Iglesia. Por ejemplo:

Con la famosa Carta Colectiva (escrita a instancias de Franco, que necesitaba legitimación, sobre todo tras los bombardeos de Gernika), los obispos “justifican el alzamiento, la guerra y el movimiento nacional”. “Al parecer, los obispos tienen un doble consuelo. Los comunistas mueren reconciliados, los nacionales (a millares) mueren mártires: ‘Al morir, sancionados por la Ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres…” (págs. 31-32).

Sin embargo, hubo excepciones, como el cardenal Vidal y Barraquer, negándose a firmar la carta. Como es lógico, ayudado, tuvo que salir del país. También el obispo de Vitoria, Mateo Múgica, a quien lo nacionales expulsaron de la sede en octubre de 1936. Sin olvidar detalles del Vaticano: “El 23 de noviembre Pío XI convocó al embajador de Franco, Antonio Magaz, y le dijo: “En la España nacional se fusila a los sacerdotes como en la España del otro lado”. El embajador, contrariado, le contesta: “Santidad… sus palabras me producen una profunda pena”. “Embajador, o yo no me he explicado, o el señor embajador no me ha entendido” le replicó el papa. (p.34).

Es importante, por revelador, el testimonio de un capuchino, Gumersindo de Estella, testigo de tantas atrocidades en el bando de los sublevados y nada simpatizante con aquel alzamiento de sangre (es autor del libro Fusilados en Zaragoza). Gumersindo, denuncia la complicidad del clero: “No han sido pocos los sacerdotes que se han empeñado en acreditar con un sello divino una empresa pasional de odio y violencia…” (p. 39).

Poco edificante, y también muy revelador, fue el comportamiento, tan belicista, del Obispo de Teruel, Anselmo Polanco (beatificado por Juan Pablo II en 1995). El obispo Polanco “organizó y financió con fondos procedentes de la bula de la Santa Cruzada, una guerrilla desde Albarracín… para emprender actos de sabotaje…”. (p. 45).

Entre los testimonios que recoge el cura Jesús López destaco “este precioso testimonio” de Alfonso M. Thió, que fue superior de los jesuitas recluidos en la cárcel Modelo de Barcelona durante la guerra. Él estaba dando una tanda de ejercicios fuera de la ciudad, cuando una patrulla anarquista registró la casa. Él pudo escapar y esconderse en el bosque. “Él, allí, sólo en la noche, pensaba en las raíces de aquella persecución: ‘Era evidente que la nueva sociedad que surgía rechazaba de una manera rotunda a Jesucristo y sus ministros. Me preguntaba: ¿rechazan a los ministros por causa de Jesús o rechazan a Jesús por causa de sus ministros? La primera hipótesis es muy halagüeña, pero la segunda es también posible, y en el rechazarla de plano ¿no habrá nada de fariseísmo?” (p.49).

El 19 de mayo se celebró el glorioso desfile de la victoria. No se hizo la ofrenda, como los emperadores romanos, en un altar erigido a un dios pagano. Se hizo en la Iglesia de santa Bárbara… Al día siguiente, mientras sonaba el himno nacional, Franco se acercó al altar bajo palio, llevado por miembros de su Gobierno… Allí se fundió en un colosal abrazo con el cardenal Goma. “Una imagen vale más que mil palabras: según el testimonio de Ramón Serrano Suñer, el obispo de Madrid (Eijo y Garay), le dijo a Franco: ‘Nunca he incensado con tanta satisfacción como lo hago ahora con V.E.” (p. 52).

¿Acaso podemos dudar del papel cómplice la Iglesia? El cura Jesús recoge estas palabras del historiador Santos Juliá, Catedrático del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED: “(La Iglesia) Había sido, después de mártir, verdugo, por completo desprovista de conmiseración para los vencidos, todo lo contrario, no sólo vencedora, sino vengativa: sus clérigos habían asistido a la ejecución de decenas de miles de prisioneros una vez la guerra terminada, sosteniendo con su presencia y su palabra una estrategia de depuración y limpieza”. (p. 53).

En relación a las palabras del Presidente de la CEE, Ricardo Blázquez, pidiendo perdón, en el librito sobre la Memoria Histórica, su autor recoge que, sobre la reconciliación, un hito importante fue la Asamblea conjunta de Obispos y sacerdotes, celebrada en Madrid del 13 al 18 de septiembre de 1971, ya con el aire del Concilio. Allí se planteó la postura de la Iglesia durante la Guerra Civil. La ponencia primera incluía esta conclusión: “Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso y su palabra ya no está en nosotros” >(1 Jn 1,10). Así pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. A fin de cuentas, la palabra reconciliación, como señala Santos Juliá, había sido ya adoptada por casi todo el mundo (ya en 1942 el socialista Indalecio Prieto –en la línea con el planteamiento del partido Comunista en 1956–, aprovechó, para promover por primera vez una política de reconciliación, las palabras pronunciadas por el obispo Pla y Deniel, en su toma de posesión como primado de Toledo: “confesando la verdad completa y avergonzándonos de los crímenes propios y ajenos” (págs. 57-58).

Pero en la reconciliación se incluía el reconocimiento de culpa y una petición de perdón. “Y eso fue demasiado para 70 miembros de los presentes en la Asamblea de 1971”. No se aprovechó el momento. No hubo mayoría suficiente para aprobar la ponencia; a lo más que se llegó es a decir que “no siempre hemos sabido ser verdaderos ministros de reconciliación”. El carismático cardenal Tarancón –un paradigma al que mira Ricardo Blázquez, como queriendo recoger el testigo–, dice en sus Confesiones que era lógico que esa conclusión levantase una polvareda en el aula. Yo preveía eso, pero creía sincera y honradamente que era muy conveniente que esa voz sonase –aprobada por obispos y sacerdotes aunque no obtuviese los votos indispensables para ser aprobada– en una reunión de esa clase para ir despertando la conciencia de muchos”. (p.58 de Memoria Histórica. ¿Cruzada o locura?).

Braulio Hernández Martínez . Tres Cantos.

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