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El grupo Esperanza de Jerelesgay celebra una Eucaristía por Pentecostés

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Algo está cambiando en la Iglesia Católica, y también por tanto, en los católicos de Jerez.
No todo es Rouco, Cañizares o García-Gasco. La Iglesia es más. Somos más. Tan grandes y a la vez tan pequeños. Como el grano de mostaza.
En estos días he tenido una experiencia especial. Me invitaron a una Eucaristía con motivo del Día de Pentecostés, organizada por el Grupo Cristiano Esperanza de Jerelesgay.
Una ceremonia sencilla, con miembros del propio grupo, amigos y familiares.

El sacerdote tomó las lecturas correspondientes al día en el que los cristianos celebramos la llegada del Espíritu Santo.
Hacía tiempo que no celebraba una Eucaristía de esta manera. Intima, participativa, sentado literalmente a la mesa del Señor.
Una mesa, como con mucho acierto dijo el sacerdote, en la que cabíamos todos y todas. Como hizo Jesús. Nunca rechazó a nadie de su mesa. Sólo uno se fue, Judas Iscariote, por los motivos que todos sabemos.

El perdón.
Nos sentamos a la mesa los invitados con las manos limpias. Es inprescindibles por higiene a la hora de comer. Los cristianos igual. Las manos limpias. La paz interior.
Y como cuando los cristianos nos reunimos en torno a la mesa, nos sentimos hermanos e hijos de Dios.

Pedimos.
Pedimos al Padre. Pero no una petición al uso de dámelo ya. Pedimos porque queremos dar. Pedimos descubrir lo que ya tenemos. Pedimos por los hermanos que sufren, sobre todo a causa de su orientación sexual. Pedimos por nuestros hermanos, que no comprenden, que no entienden la diversidad de las personas, que todos somos iguales. Pedimos por los hermanos que por diversos motivos no podían sentarse a nuestra mesa.
Luego llega el milagro. El sacerdote. El hombre, que con sus palabras y sus manos, convierte el pan y el vino, en la presencia real de Jesucristo.
“Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”
Nos pasamos el pan de unos a otros, bebemos el vino. Nos hacemos uno. Tenemos una común unión. Comulgamos.
Después de comer, nos retiramos y damos gracias. Cada cual, desde su circunstancia, desde su momento de vida.
Es emotivo vivir una Eucaristía de esta manera. En las catacumbas. Sin que nos puedan ver.
Las palabras de Pablo retumban en mi mente:
Sólo sé que el Espíritu Santo en cada ciudad me anuncia que me aguardan cárceles y tribulaciones. Pero la vida, para mí, no vale nada.
Lo que me importa es llegar al fin de mi carrera y cumplir el encargo que recibí del Señor Jesús: anunciar el Evangelio de la gracia de Dios.

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