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CARLOS ALONSO PALATE. UNA PALOMA DE PAZ EN LA NOCHE. Xavier Pikaza

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Religión Digital

paloma de la paz.jpgHan encontrado el cadáver de Carlos Alonso Palate, bajo los escombros de la terminal 4 de Barajas. Encontrarán con seguridad otros cadáveres. Ha muerto de nuevo Jesús, ha muerto Dios: le han matado, le hemos matado. Le han asesinado los asesinos de la bomba y (en perspectiva cristianos), hemos colaborado todos aquellos que vamos tejiendo este mundo con hilos de injusticia y muerte. Ha muerto un hombre absolutamente inocente, alguien que no podía dañar a nadie, como los niños inocentes de Belén.

Ante su cuerpo destrozado siento rabia, rebeldía, impotencia; siento vergüenza por el asesinato de un hombre que sólo había buscado trbajo entre nosotros; quiero gritar y grigo ¡justicia! Al mismo tiempo, como cristiano, quiero pedir que su muerte, lo mismo que el asesinato de Jesús, pueda ser principio de justicia y de reconciliación y así elevo una paloma de paz, desde el centro de la noche, una esperanza de paz en medio del gran diluvio que nos amenaza(cf. Gen 8, 8-12), una paloma de buena voluntad, dirigida hacia Eduador-América, hacia todo el mundo. ¡Perdón Carlos¡ Ayúdanos a buscar la paz que te han negado, que te hemos negado, una paz con justicia, una paz de conversión

Quiero que los políticos, los de unos partidos y otros, y todos los que no somos solos políticos de ningún partido, nos pogamos al servicio de la paz, al servicio de los más pobres (como los trabajadores extranjeros), sabiendo que la única meta es la paz y el derecho de todos. Ciertamente, podemos defender un modelo de Estado o de otro, una nación unificada o diversas naciones relacionadas. Pero el modelo de Estado (de España o Ecador, de Euzkadi o de la Unión Europea) es secundario.

Lo que importa es la vida de los hombres y mujeres concretos, en especial la vida de los pobres como Carlos (hombres cuyo único estado nación es, al fin, el poder trabajar y vivir, al servicio de la familia lejana). Desde ese fondo quiero ofrecer algunas observaciones rápida, nerviosas, quizá poco precisas, dispuesto a mejorarlas, si hace falta, esta mañana triste en que han encontrado el cadáver de Carlos.

Le han asesinado los hombres y mujeres de la bomba y pedimos para ellos el juicio de Dios, que es conversión y trasformación: el juicio de Dios que, una vez más, se nos revela en Jesucristo muerto, cuando el sol de la vida se oculta y la tierra queda en tinieblas. Queremos el juicio y, mientras llega del Día final de la Vida, rogamos a Dios que les haga descubrir el abismo de muerte en el están hundiendo a otros y en el que se hunden ellos mismos (estrictamente hablando, no hace falta que otros les condenen a la cárcel; ellos mismos se encierran en la cárcel mucho más dura de su violencia y de su muerte).

Pedimos a Dios su justicia y, mientras tanto, nosotros quedamos en tinieblas, sin saber qué decir, pidiendo cambio y queriendo cambiar, como los discípulos de Jesús, ante la cruz, en plena oscuridad. Pedimos el juicio de Dios y queremos que se cumpla la justicia de los hombres, la mejor justicia, al servicio de la vida de todos.

También nosotros, al menos los que nos consideramos cristianos, hemos matado de alguna forma a Carlos, pues todos contribuimos a que este mundo sea como es, un avispero de violencia. Quizá hemos seguido celebrando casi indiferentes las fiestas del cambio de año, mientras los muertos yacían en las tiniebla de los escombros de una terminal de lujo, hecha para que los hombres corran y vuelen… sin saber todavía amarse. Le hemos matado de alguna forma todos, envueltos en discusiones y programas egoístas, mientras dejamos que el mundo de desangre, en medio del hambre y la violencia. Por eso pedimos a Dios la conversión, también para nosotros. Quiero indicar que ésta ha sido y es una reflexión “cristiana”, hecha desde la fe, no desde la pura justicia racional o desde la política de un grupo. No digo que todos seamos políticamente culpables (esa reflexión habría que hacerla en otro plano). Quiero decir y digo que somos “religiosamente culpables”, los que nos confesamos cristianos y, por tanto, responsables de la muerte de Jesús a quien “todos hemos matado”, como dice San Pablo. Pero, repito, éste es un argumento cristino, no político.

Ciertamente, pedimos justicia social, la mejor justicia de este mundo, la frágil justicia de la tierra, sobre los asesinos concretos de Barajas. Seguimos pidiendo justicia para el mundo entero y queremos comprometernos de nuevo por la paz, al menos nosotros, los cristianos, sorprendidos una vez por el amor y la impotencia de amor. Pero pedimos también diálogo y misericordia. Pedimos diálogo entre todos (aunque no todas las palabras tengan el mismo valor). Queremos un diálogo abierto a la justicia y a la reconciliación, creyendo que es posible la paz y que la muerte de Carlos (con la de Jesús) puede convertirse en principio de conversión y reconciliación.

Desde ese fondo quiero ofrecer una brevísima reflexión cristiana sobre el Dios de los que mueren.
Como he dicho ya, ésta no es una reflexión “política” de partido o de Estado, pues los políticos tienen que hablar en su plano, rompiendo pactos falsos, buscando alianzas buenas… a favor de la justicia, para todos. Lo que ofrezco ahora es una reflexión creyente, que sólo vale para creyentes sorprendidos de nuevo, cada mañana, por el sol que alumbra, a pesar de que en los escombros del mundo hayan encontrado a un muerto como Carlos Alonso Palate:

1. ¿Dios, donde estabas? Debilidad Dios. Con gran temblor me atrevo a decir que Dios no es poder indiferente, que actúa desde arriba, sino debilidad poderosa, amor que sigue encarnándose en la historia de los hombres. Así sufre por Jesús y por Carlos la muerte, penetrando en el dolor y fracaso de la humanidad. El prólogo del libro Job, Dios aparecía arriba, como un monarca fuerte, sentado en su trono, rodeado de su corte. Pues bien, ahora hallamos a Dios en (con) el hombre muerto de Barajas, un hombre sin culpa ninguna, esperando en un parqueadero (¡así dicen en Ecuador!), fuera de la ciudad, mientras van y vienen los aviones, mientras llega la bomba de los asesinos. Allí estaba y allí sigue estando Dios, llevando en sus brazos a Carlos, como a Jesús en el Calvario.

2. ¿Dios, donde estás? Un amor en tierra de bombas. Los cristianos estamos convencidos de que Dios regala por Jesús la Vida a los que mueren, sin discutir, en principio, si son buenos o malos, si han vivido en amor para los demás o si les han negado. Dios estaba y sigue estando allí, bajo los escombros de Barajas, a la vera del gran aeropuerto, para recoger a los muertos, un Dios que no es sepulturero, sino creador de Vida. Allí han trabajado, en nombre del Dios de la vida y de la justicia del mundo, cuadrillas de buenos obreros, removiendo los escombros, hasta encontrar el cadáver de Carlos. Pero Dios lo había encontrado primero en sus manos de cielo, para tomarlo con él en su Vida que nace del sacrificio de la muerte. Dios acoge a todos, incluso a los asesinos de Carlos, pero de formas distintas. Dios ama a todos, pero no de igual manera. Por eso pedimos que acoja en amor de Vida a Carlos y que transforma la “vida que es muerte” de sus asesinos, con su justicia fuerte.

3. ¿Por qué ha obrado Dios de esa manera? Tengo que empezar diciendo que no sé. Mi Dios es el que “no ha liberado a Jesús de la muerte”, sino que he permitido que muera en la cruz “por todos”, haciéndole así principio de resurrección. Este Dios no ha detenido la bomba, no ha sostenido las techumbres del parqueadero de Barajas, no ha hecho un “hueco” en torno a Carlos, para que respirara y viviera mientras llegaban los obreros del rescate… Al contrario, Dios “ha dejado” que la maldad siga su curso, que la cruz se mantenga en pie (hasta que muere Jesús) y que el techo de Barajas se hunda (matando a Carlos). ¿Por qué? No sé responder, no conozco a Dios, aunque le amo y sé que es amor (lo digo muy en silencio, quiero decirlo con mi vida y la vida de los cristianos, de todos los hombres, no con razones, que no las tengo). No sé por qué ha pasado esto, pero estoy convencido)de que en el fondo todo eso ha tenido y tiene sentido. Porque Dios ha muerto en la cruz con Jesús yo puedo ahora vivir con más confianza, pues sé que Jesús es semilla de vida. En esa línea, quiero que la muerte Carlos y de otros posibles en Barajas pueda ser principio de nueva reflexión, de un cambio más grande.

4. No sé por qué ha obrado Dios de esa manera pero sé (o barrunto) por qué han obrado así algunos hombres. El tema directo no es Dios, el tema son los hombres del terror, los que han puesto la bomba. Ciertamente, este dato de los asesinos de Barajas no “resuelve” todos los problemas, porque hay miles de muertos cada día, sin asesinatos directos (los muertos de hambre en medio mundo, los muertos de sida, los muertos de terremoto o maremoto…). Hay miles de muertos inocentes cada día. Pero hoy nos toca reflexionar sobre algunos muertos especiales, los de la bomba de Barajas. Y aquí sí que hay “razones”, razones de la “sin-razón”. No sé si los que han puesto la bomba han querido matar directamente o sólo han intentado asustar a las instituciones del Estado y al pueblo. No lo sé, ni necesito saberlo. En el fondo, desde una perspectiva cristiana y humana (no política) da lo mismo. Si se pone una bomba siempre hay riesgo de muerto y los que la han puesto han matado. No hay bombas inocentes.

No se puede disculpar la bomba diciendo que ha tenido “daños colaterales”. Los que la han puesto y los que han colaborado a ponerla son asesinos. Ellos, con todo su entorno, son culpables. No sé hasta dónde se extiende ese “entorno de la bomba”, como mancha de aceite… No sé dónde para la mancha… Los cristianos hablamos de un “pecado universal” (original), que nos ensucia a todos, desde el principio y, estoy convencido, de que ése es uno de los descubrimientos mayores de la historia humana. Pero estoy también convencido de que los grados de culpabilidad son muy distintos y de que este argumento no se puede utilizar directamente en política. Pos eso será bueno encontrar a los asesinos y hacer justicia, una justicia con misericordia (es cierto), una justicia abierta a la reconciliación final (a la re-educación, como dice Const. 25, 2), pero que sea justicia. En este nivel resulta absolutamente necesario “desmontar” las razones (sinrazones) de los asesinos directos, para que podamos dialogar todos, en una razón abierta al amor.

5. Quiero que la muerte de Carlos sea semilla de paz y de reconciliación. Pido por él, le pongo en manos de Dios, sintiéndome impotente, casi rabioso. Pido por sus familiares y amigos y quiero que se haga por ellos todo lo que humanamente puede hacerse: que se les ofrezca un generoso, generosísimo, auxilio con fondos de dinero español, de dinero de todos. Y así quedo en silencio, sin saber ya que decirles, atreviéndome, después de un silencio, a susurrar “Dios os guarde”. Pero, dicho eso, quiero que la muerte de Carlos y de sus posibles compañeros pueda abrir un tiempo de reflexión y cambio para los asesinos, para los políticos, para todos.

Quiero que los asesinos vean que nada se consigue con la muerte, que no hay atentado “limpio”, que no hay “bomba inocente”. Por la muerte sólo se va a la muerte, a la muerte propia y a la muerte de otros. Humanamente hablando, “quien a bomba mata a bomba muere”. Quiero que los políticos también reflexionen y dejen de buscar sólo las ventajas propias y miren al bien de todos, sabiendo que lo único que importa es la vida de los hombres y mujeres, en concreto, especialmente la vida de los inocentes, como Carlos. Ni el Reino de España, ni el posible Estado independiente de Euskadi valen lo que vale esta muerte. Todo se puede negociar, todo menos la vida de los hombres. Todo se puede pactar, menos la muerte de los inocentes.

6. Quiero justicia (¡plena justicia!) y perdón, no revancha. Tengo el convencimiento de que la muerte de Carlos y sus compañeros será semilla de paz. Me gustaría verlos un día, ya cercano, a la entrada de la terminal 4 de Barajas, en un monumento a la paz conseguida, una paz que ellos han contribuido a logar con su muerte. Sólo la muerte de los inocentes puede ser germen de reconciliación, sólo ante una muerte como ésta puede y debe detenerse para siempre la violencia. Así quiero decir que Carlos y sus amigos han muerto como Jesús, aunque no lo hayan sabido. Su muerte tiene que ser un momento que nos ayude a superar la pura ley de la venganza, para quedarnos en la ley de la justicia y en la misericordia, ambas cosas, justicia y misericordia. En este mundo, la ley tiende a ser revancha, una revancha que pone a las víctimas al servicio de un determinado sistema; de esa forma, sobre los sepulcros de los asesinados pueden alzarse los tronos de nuevos dictadores. En contra de eso, el Dios de la muerte de Jesús supera la espiral de acción y reacción, de asesinato y de revancha, de manera que la víctima inocente viene a elevarse como principio de reconciliación más alta, por la justicia y el perdón.

7. Todas las víctimas son iguales en cuanto víctimas, pero no todos los hombres tienen las mismas razones. Los asesinos y los representantes de un estado de derecho no pueden sentarse con iguales derechos sobre una mesa de negociaciones. Pero todos pueden y deben hablar, desnudándose de todo disfraz, liberándose de toda mentira, ante el cadáver de los inocentes como Carlos. Éste es un buen momento, el mejor momento para hablar, según ley y justicia… y para actuar, según ley (plano más político) y misericordia (plano más cristiano), sin que una cosa impida la otra. Empecemos por callar ante la muerte y después, después de haber callado, empecemos a hablar desde la vida, para la vida, a favor de todos, sabiendo que nada, ningún estado grande o pequeño, ningún partido, mayor o menor, vale lo que ha valido y sigue valiendo la muerte de Carlos. Por él mi oración, mi silencio tembloroso. Por todos mi deseo de conversión, cambio y justicia.

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