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Alternativa liberadora del Nazareno a la crisis actual -- Benjamín Forcano, teólogo

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Con la crisis, ha empezado un tiempo nuevo.
Nos envolvía el marco plácido de la Democracia, de su experiencia entusiasta y de un bienestar arrollador y avanzábamos sin otear peligros de retrocesos. Nos habíamos quitado de encima muchos años de oscurantismo y atraso, de aislacionismo y dogmatismo. Nuestra Democracia era alabada como modelo de transición de una dictadura a una democracia.

Pero sobrevino la crisis económica, desconocida, sin avisada antelación y comenzó a sacudirnos sin que nos lo creyéramos. Y de una y otra parte llovían noticias que delataban insospechadas catástrofes, cada vez más cercanas y que, al final, parecían acometernos también a nosotros, pero sin probar todavía su magnitud destructora. Y, en unos años, pocos, nos acosaba por todas partes y sentíamos que las bondades conocidas y los logros acumulados se cuestionaban y se venían a abajo.

Y la ola embravecida nos acorraló con furia. La crisis venía de más lejos, no era sólo interior a nosotros, asomaban sobresaltos y destrozos por todas partes, nos desconcertaba, pero no cesaba de herir y de presagiar mayores males. Nadie lo sabía explicar, o nadie se atrevía a decir la verdad, y en la sombra avanzaba implacable el fantasma de una crisis, que mostraba conexiones y factores externos, más amplios y fuertes, que nadie, y menos que nadie los políticos, se atrevían a afrontar y resolver por sí mismos.

La crisis, he aquí la gran sima misteriosa, nos embestía desde fuera, fatalmente, como un rayo de fuego que insensatamente habíamos provocado. Ya no podíamos actuar nosotros, no éramos idóneos para tratar y manejar la crisis, debíamos dejarnos guiar, callar y obedecer. No lo podíamos entender, pero no nos quedaba más alternativa, la solución estaba pensada y servida, sólo los supersabios de la Economía conocían el secreto, y no había más que seguir sus dictados, porque lo que ellos dictaminaban era lo único válido para remontar y volver a progresar. Los supersabios nos inundaban con su lenguaje raro, sus cálculos y cifras, sus dogmas de acumulación , pérdidas o ganancias, sus ultimatums de cobrar deudas impagadas a los ciudadanos, sus excomuniones para quien osara cuestionar, discutir o alzar alternativas.

De golpe, pues, como si entráramos en otro mundo, se nos decía que el camino recorrido estaba equivocado, había que desandarlo, pues nos habíamos metido – o habían metido- ilusamente hacia niveles impropios y metas inalcanzables; gastábamos y consumíamos por encima de nuestras posibilidades reales, eran miles de millones de euros los que sin garantía habíamos dilapidado y había llegado el momento de levantar límites y volver atrás.

Los controladores de la crisis –empresarios, financieros, gestores públicos, políticos- pregonaban la austeridad por todas partes, a costa de restringir los derechos de la ciudadanía y saquear sus bolsillos.

Colocados por encima del bien y del mal, ellos seguían con sus lujos, supersueldos, monopolios y mandos, imponían austeridad, privación y sufrimiento, pero individual y corporativamente se eximían de todo deber de sacrificio y responsabilidad, la democracia los legitimaba, resultaban intocables y podían caminar erguidos como fieles cumplidores de la legalidad democrática.

Y, a la postre, sobre ellos caía férrea la voluntad de los supersabios economistas, encarnados en la Troika europea, en el imperturbable poder del FMI, de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo,…

El poder ya no era político ni democrático sino económico y dictatorial. Nuestra soberanía popular, nuestro protagonismo cívico, único supuesto sobre el que ellos podían actuar, quedaba cancelado y reemplazado. El proyecto se cambiaba de arriba a abajo y ya no eran los ciudadanos quienes, como sujetos de la vida pública, hacían valer sus derechos, sino las directrices de los supersabios del nuevo proyecto mundial y europeo.

La faz de la crisis al descubierto

Costó pero, finalmente, la ciudadanía pudo ver en su cruda realidad lo que se escondía tras la crisis: el capitalismo, en versión moderna, cínico. La crisis nos tocaba a todos, y a todos emplazaba a responsabilidades, pero se la encuadró en el más estricto marco neoliberal: el pueblo no podía seguir siendo sujeto sino objeto, la economía monetariza todo y trata de canjear mercancías, una más la de la persona; aquí no se juega con principios y derechos, dignidad y justos repartos, igualdad y solidaridad, sino con números y cálculos de rentabilidad y de beneficio, con competencia y fuerza, con eliminación de toda instancia externa reguladora (estatal, ética, religiosa).

La economía, en la lógica neoliberal, no es un medio para el bien y felicidad de las personas y de los pueblos, sino un fin para quienes, guiados por su egoísmo voraz, tratan de acumular para beneficio propio desvinculándola de la comunidad, de las necesidades reales y de su verdadero destino humano.

Para la economía neoliberal, todo vale mientras se salve su tradicional y hoy globalizado funcionamiento: acumular riqueza en manos de una minoría, que actúa con absoluta libertad, sin norma refuladora. Esta minoría se asienta en multitud de entidades financieras y políticas, en bancos y empresas, en multinacionales y corporaciones especulativas que conquistan los mercados y les imponen sus leyes y prácticas, al margen de todo mecanismo de control y de toda ley, sin importarles para nada la suerte del ser humano y especialmente de los más necesitados e indefensos.

La crisis actual ha hecho saltar la máscara del monstruo, que incluso pretende revestirse con ropaje de democracia: el capitalismo cínico. Sin ser economista, lo describía muy bien José Antonio Pagola en el XXXII Congreso de Teología: “ La dura experiencia de nuestra propia crisis no nos ha de hacer perder de vista la raíz de la crisis global. Es una ilusión pensar que estamos saliendo de la crisis, si no se regula la actual dinámica financiera, desvinculada de las necesidades de los pueblos y del bien común de la comunidad humana, si no se acaban los paraísos fiscales, elemento consustancial de la especulación financiera que domina la economía mundial, si no se establece una política de impuestos a las finanzas internacionales para una retribución más justa de la riqueza, si no se lucha eficazmente contra la impunidad y la opacidad de las especulaciones”.

La desigualdad eje del conflicto y de la opresión

Parecíanos, después de todo, estar abriendo los ojos y dar un paso de gigante:

-El capitalismo hace del dinero su dios, un ídolo monstruoso, en el que deposita su seguridad y confianza y que le empuja a acumular insaciablemente más y más bienestar.

-Tal ídolo deshumaniza a quienes lo siguen, crea continuas víctimas y ahonda cada vez más la desigualdad y, como consecuencia, acrecienta, la pobreza, la marginación, el paro, el sufrimiento.

– No supedita la economía al hombre sino el hombre a la economía, haciendo de ella fin y del hombre medio.

-Trata -y es su último asalto- de sustraer el poder a la Democracia y al Parlamento que es donde reside la voluntad popular.

Hoy el planeta tierra produce bienes, recursos y medios para todos, pero no todos tiene acceso a ellos porque el capitalismo los excluye y persigue otro otro modelo de sociedad y convivencia. Es otra su concepción sobre la dignidad humana, sus valores, derechos y deberes.

No se trata, por tanto, de estimular más medios, más técnicas , más recursos y más alianzas para promover y acumular más bienes. Todo eso hace tiempo que lo tenemos y ha ido creciendo imparablemente y, sin embargo, la realidad nos dice que no ha servido para acabar con la pobreza, la injusticia, la discriminación , el sufrimiento, los monopolios y privilegios, sino para aumentarlos y hacer más honda la brecha entre minorías superafortunadas y mayorías esclavizadas.

La indignación estalló y como un fantasma recorre el mundo.

Era de esperar el estallido y, como un relámpago que atraviesa de Norte a Sur, electrizó a la sociedad y ya nadie sabe lo que de esa sacudida puede salir. Quizás, lo más grande es que hemos despertado del sueño y hemos visto que ya no podemos volver al engaño y esclavitud que nos poseía.

“Cuando se acaban los caminos, comienza el viaje. Y salimos a la calle con nuestra perplejidad, con nuestro miedo, con el abismo al lado. Ahí fuera, esperándonos, estaban las otras, los otros. Llenos de vida. Nos abrazamos. Y en ese abrazo se nos pasó la angustia. Ahora sí podíamos entre todos, pensar en encarar el desastre. Con la multitud. Con nuestros iguales. Con los golpeados por la ira del 1 %. Con una libertad renovada. La que da la ruptura de los límites que nos encauzan. Decididas. Tercos. A desmontar sus mentiras. Juntos. En la calle. Juntas. Como en la Puerta del Sol. Un 15 de mayo. De pronto. El vaso desbordado. Nosotros el agua. Dormíamos. Despertamos” (Juan Carlos Monedero, Dormíamos y despertamos, Nueva Utopía, 2012, pg. 12).

Caía la niebla de la ambiguedad y de la mentira, de las promesas no cumplidas, de la soberbia de las élites dominantes. Descubrimos enfrentados dos modelos de convivencia antagónicos, unos a favor y otros en contra de la dignidad y liberación humanas. Y la solución capitalista es inhumana y sin futuro, levantada sobre un modelo de convivencia a base de explotación y marginación, exclusión y violencia, hostilidad y dominación.

La indignación no venía de la nada ni debe quedarse en sí misma.

Por fortuna somos historia y tenemos memoria. Hemos conocido la gama de injusticias, contradicciones y abusos del pasado, también las luchas y logros alcanzados, nos alumbra el ejemplo de mucha gente cabal e insumisa, de muchos pensadores y líderes emancipadores, de innumerables iniciativas, gestos y movimientos sociales (antirracistas, anticlasistas, antibelicistas, feministas, ecológicos, altermundistas,…) que denuncian, proponen y gritan la posibilidad de otro mundo más justo, solidario y pacífico.

La indignación era la explosión de frustraciones y mentiras sufridas, imprescindible, porque sin ella la vida y el progreso estarían muertos. Por ello, había que descubrir y cultivar es mina secreta, esa fuente sagrada de la que brotaba y que iba a alimentar el compromiso por otra forma de vida y convivencia.

Las revoluciones pasadas, la Ilustración, la experiencia de las dos últimas guerras mundiales, las conquistas de la Razón, de la Ilustración y de la Modernidad, la primacía de la dignidad y de los derechos humanos, todo había ido cuajando en nuevas resoluciones, principios, programas y medios para preservar la justicia y la paz.

Y ahí, están las Democracias, como un hito de esa lucha, de nuestros sueños y progreso. Y a muchos, personas y pueblos, se extendió un mayor bienesdtar, derechos y progreso.

Pero, a muchos más, los avances de la ciencia y de la tecnología, de la economía y de la política no les llegaba. La miseria, el hambre, la injusticia y la desigualdad, lejos de disminuir, aumentaban y se hacía más escandalosa la brecha entre ricos y pobres, opresores y oprimidos. Las democracias habían reportado bienes y derechos, pero no para todos y servían para que élites financieras y políticas concentrasen más el poder, la opulencia y despilfarro, el consumo insolidario, el armamentismo y la dominación.

Era el retroceso, la degradación de lo conseguido, la suplantación de unos principios y valores universales por otros de tipo economicista, racista y clasista.

Anidaba en muchas partes el fuego de la protesta, de la ira, de la indignación. Pero, en no pocos ámbitos del poder se consolidaban la hipocresía, la corrupción, el menosprecio y la arrogancia. Algo serio pervertía la marcha de la sociedad. Y eso que los mismos que manejaban la riqueza y el poder promovían como nunca cumbres, reuniones, programas, declaraciones, acuerdos y pactos en pro de la justicia, la libertad, de los derechos humanos y la paz.

Las manifiestas contradicciones entre lo prometido y lo hecho, fue subiendo hasta que la indignación hizo reventar el punto neurálgico de la falsedad financiera y política. Fallaban las personas, más que las instituciones; prevalecía el interés social sobre el interés comunitario; se pasaba por alto el incremento y desgracia de los pobres como efecto irremediable de una selección natural darwinística; la valía y el destino de las personas no son efecto de su libertad y responsabilidad sino de la marca genética y de lza estirpe. Resultaba, por tanto, quimérico aspirar a su recuperación y liberación.

Nos hicimos con la clave que aseguraba el cambio y la verdad.

Momento definitivo para no errar, ilusionar o desesperar. Por lo menos llegar a la certeza de que la clave existe, de que es humana y está al alcance de todos, de que sin ella no es posible el cambio, no tiene fundamento ni garantía de solución.

Como es lógico, la clave no se regala, ni es exclusiva de nadie. Es de todos, profundamente natural, la que más honda fermenta en el ser humano, un movimiento irreflenable de experiencia íntima universal que le hace sentenciar a cada uno: no soporto la injusticia, no soporto la desigualdad, no soporto la discriminación, no soporto el engaño, no soporto la humillación, no soporto el sufrimiento, no soporto la soberbia, no soporto la dominación; no los soporto, no soy indiferente, ni soy neutral; me rebelo, me comprometo y rechazo todo eso. Lo rechazo yo y lo rechazamos todos, porque todos somos lo mismo, porque maltratar a uno es maltratar a todos, y discriminar, humillar y despreciar a uno es despreciar a todos.

Pero, ¿por qué esa indignación? ¿Por qué esa insumisión? ¿Por qué ese compromiso?

Porque la vida del otro, de cualquier prójimo, es y vale como la mía.

Y la señal, la condición necesaria, el presupuesto de que esto es así es porque se me revuelven las entrañas cuando soy tratado injustamente, la sangre me hierve y el corazón se me agita cuando me quitan mi dignidad. Y cuando a otro, a un prójimo cualquiera, se le trata así también mis entrañas se revuelven, mi corazón sufre y mis sentimientos no me dejan tranquilo.

El profeta de Nazaret espejo y modelo inigualable de ternura y compasión.

La ternura y la compasión es algo que hemos descubierto como propio de todo ser humano, como expresión y garantía del amor, raíz y motor del cambio que ha de guiar nuestra acción individual y social.

Pero quiero aclarar un pérfido equívoco: no me confundan esta cualidad humana con una adicional y privada caridad religiosa, sin incidencia en la vida pública. No me la encierren en ámbitos quietistas de contemplación o de limosnas oficialmente bendecidas. Esa propiedad humana –irrenunciable y esencial- es la marca más excelsa del ser humano, la que alerta para distinguir dónde hay una verdadera ética, una verdadera religión, una verdadera economía y una verdadera política.

Para aclarar y profundizar este punto, nos va a servir mucho conocer la misión original del profeta de Nazaret.

Jesús no fue un economista, ni un político, ni un sacerdote del Templo, ni un maestro de la Ley. Sabía muy bien de qué iban unos y otros en la sociedad de su tiempo, qué buscaban y qué les preocupaba. Todos servían a un sistema, religioso o político, vivían de él y desde él actuaban sin franquear los límites señalados por el Imperio o el Sanedrín. No eran libres y, por encima de todo, trataban de asegurar su bienestar y triunfo personales y no la dignidad y derechos de los ciudadanos.

Jesús había elegido ser libre, sin doblegarse a nadie, para poder anunciar la novedad radical de su mensaje. Se colocaba fuera del sistema dominante, que no permitía la igualdad y libertad, con lo que se colocaba en contra. El no iba a hablar más de doctrinas y programas, de preceptos y leyes, de obligaciones y ritos , de culpas o pecados. No era eso lo que la sociedad necesitaba ni sólo con eso se iba a lograr un cambio bueno y superior para todos. Era preciso ir motor y compromiso de la vida de todos y, especialmente, de quienes pretenden guiar y formar la vida de los demás.

Hay otro modo de asegurar otra vida, de establecer una nueva convivencia, de acabar con la desigualdad y la injusticia, de vivir en respeto y en cooperación como hermanos.

Proyecto y principio operativo según Jesús de Nazaret

Está entre nosotros el Reino de Dios, un nuevo proyecto de convivencia

Jesús lo expresa con absoluta claridad. El tiempo se ha cumplido y ha comenzado lo que todos esperábamos: “Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmedad y creed en la Buena Noticia” (Mr 1,14). “Emendáos, que ya llega el reinado de Dios”, “Estoy con vosotros cada día, hasta el fín” (Mt 4,1 y 18, 19-20). “El Espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres” (Lc 4,14).

Dentro de su sociedad, Jesús habla de un reino que los judíos esperaban terminase con los poderes extranjeros. Pero él introduce novedades radicales: no habrá desigualdades, se cambiarán las relaciones sociales, la situación de los pobres y oprimidos cambiarán, serán ellos los dichosos. Tal reino es el reino de Dios, que quiere implantarlo en la tierra “está en medio de vosotros”, y en él cobran Vida y Justicia los pobres.

La Buena Noticia de este Reino es el anuncio de la igualdad y fraternidad en un mundo donde no haya lugar para los ídolos del dinero, del poder, del afán del domino, ni de instituciones religiosas, normas o leyes represoras. Jesús va a la raíz: este Reino es revolucionario, pero comienza por cada uno, por hacer nuevo su corazón y proyectarlo luego en prácticas y relaciones nuevas.

Dios es Dios de todos, pero no lo es sin justicia para los excluidos

Para Jesús, no pueden ser servidores de Dios quienes hacen del dinero el centro de su vida (ídolo) e instrumento de dominación: “No podéis servir a Dios al dinero” (Lc 16,13; Mt 6,24).

“La lógica de Jesús es aplastante. Dios no puede ser Padre de todos sin reclamar justicia para aquellos que son excluidos de una vida digna . Por eso no pueden servirle quienes, dominados por el Dinero, hunden injustamente a sus hijos en la miseria y el hambre” (José Antonio Pagola, XXXII Congreso de Teología, Madrid 2012).

El dinero, convertido en ídolo de la propia existencia, es insaciable, empuja a acumular riqueza, se adquiere injustamente, se concentra en pocos, divide y genera una sociedad injusta, corrompe y doblega a políticos, destruye las instituciones, reduce los seres humanos a mercancía, no busca el bien de todos.

Con toda razón, el imperio del capitalismo neoliberal es hoy el poder más radicalmente enfrentado al proyecto de Jesús.

El principio activo transformador de Jesús de Nazaret

“Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo” (Lc 6,36).

Jesús da un vuelco a las relaciones de los humanos entre sí, porque la da a la imagen de Dios. El no presenta a un Dios lejano: Juez, Inquisidor, Dominador, Competidor,… “La compasión, no el poder, es el modo de ser de Dios” (J.A. Pagola). Ese Dios, Amor, y no otro, es el que se comunica con nosotros, está en nosotros, se nos ha dado como fuerza indestructible y nos lleva a poder actuar como El, como hijos suyos, para hacer justicia en este mundo, humanizarlo y acabar con todas las tiranías.

El Dios de Jesús no tiene nada que ver con el poder, es Amor, actúa en la historia pero respetando las mediaciones humanas “Ante Dios y con Dios, estamos sin Dios” (Bonhöffer). En su convivir con nosotros, Dios adopta un modo de vida pobre y entregado al amor, al servicio, a la liberación de los oprimidos y a la denuncia de la dominación. La forma de Dios como esclavo entregándose a la liberación de los esclavizados con una radicalidad que le lleva a la muerte bajo la doble acusación de subversivo y blasfemo es única en la historia de las religiones.

Jesús acaba con todo particularismo religioso, establece una vinculación estrecha entre el amor a Dios y el amor a los hombres de toda raza y nación, asienta una unión consustancial entre la adoración a Dios y la práctica de la justicia entendida sobre todo como liberación de los empobrecidos.

La salvación última, Jesús la presenta unida a la penúltima en la historia: “Cuando no atendisteis a estos hermanos míos más pequeños: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados… a mí no me atendisteis” (Mt 25, 31-46).

Pasión de Jesús por la primacía de los últimos

La justicia evangélica, más que dar a cada uno lo suyo, consiste en dar primacía a la satisfacción de las necesidades de los últimos.Jesús tiene claro que la igualdad es fruto de la justicia y alcanza a las personas y sectores sociales más empobrecidos. Por ello, anuncia que “Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”. Para hacer realidad su proyecto ( el reino) hay que abolir que haya primeros y últimos. Tarea ésta imprescindible para los que quieren construir una sociedad más fraterna e igualitaria.

El Reino de Dios no se aviene a vivir con un orden que alberga la desigualdad y hace imposible la fraternidad. Sin igualdad no es posible la fraternidad. Y el camino para llegar a ella consiste en que “si uno quiere ser primero, ha de ser el último de todos y servidor” (Mr 9,35). Nada, pues, de riqueza ni de poder: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo” (Mr 10, 43-44). ¡El primero, esclavo; el esclavo, el primero! Una inversión de valores radical, para aquella situación judía interclasista y de esclavismo manifiesto del imperio romano. La situación colectiva de los empobrecidos y maltratados va a cambiar, serán saciados y recibirán consuelo, serán poseedores del Reino de Dios, porque ese Reino infunde dignidad y esperanza. (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26) .

Jesús se encara a los más fuertes opositores de este proyecto: “Ay de vosotros, los ricos, los satisfechos, los que reís” (Lc 6, 24-25). “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios” (Lc 16,19-31). Sentencia que se prolonga con igual dureza a los que dominan: “Sabéis que los que figuran como jefes de las Naciones las gobiernan tiránicamente y sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros” (Mr 10, 45). “Mi ejemplo ha consistido en servir y no en ser servido” (Mr 10,45).

Este modelo de vida lo practicaban las primeras comunidades cristianas: “Nadie consideraba suyo nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común” (Hch 2,44-45 y 4, 32-35). El apóstol Santiago, a finales del siglo I, escribe: “Los ricos viven con lujo y se dan la gran vida, son opresores y defraudadores del jornal de los braceros, asesinan a los inocentes, pero su riqueza se ha podrido, no dan lo necesario al hermano o hermana que no tienen que ponerse y andan faltos de alimento; su fe sin obras no vale, está muerta” (St 5,1-6).

Frente el reinado del dinero y del poder, Jesús introduce una pasión en la historia: que los últimos dejen de serlo , que se adopten comportamientos y se organicen políticas que les den la primacía para construir una sociedad sin últimos ni primeros o, al menos, con la menor desigualdad entre seres humanos convocados a ser hermanos.

Esta primacía de los últimos plantea retos radicales a una política humana con justicia para todos: en nuestra sociedad son más y mayores los bienes producidos y, sin embargo, en los países del Sur aumenta la pobreza extrema y aumenta el número de hambrientos (840 millones según datos de la ONU) y aumentan inconmensurablemente los gastos militares (más de cuatro mil millones de euros diarios).

No se aplican ni quieren aplicarse políticas de redistribución de la riqueza y pervive, casi como una fatalidad, la pobreza. Nuesta opción por los más necesitados requiere crear un bloque fuerte en recursos, energías y estrategias a su favor, lo cual no es posible a nivel nacional ni internacional sin poner en primer plano la solidaridad, única capaz de cambiar la situación actual . ¿A quién debe servir la economía mundial: al bienestar y seguridad del 20 % de los seres humanos o la totalidad de las personas y pueblos?

Nos está pasando en Europa, aunque no sólo. Dominamos gran parte de la riqueza mundial y la empleamos en consolidar el bienestar y seguridad nuestros, con controles y leyes insolidarios, menospreciando la situación de pobreza en que se hallan millones de seres humanos . Nuestro materialismo egoísta crea en cada uno un sujeto burgués y un modo de vida no universalizable, que restalla con la primacía solidaria debida a los excluidos nacionales y extranjeros.

Se construyen democracias que crean muros socio-económicos, que adoptan políticas de represión militar y policial contra aquellos seres humanos del sur que intentan traspasar las fronteras del norte rico pues buscan alcanzar la libertad de tener un mínimo sustento para no morir de hambre o para salir de la dictadura de la pobreza.

Por más que nos pese, nuestras democracias muestran una gran ausencia de solidaridad, que se esconde bajo la creación de un darwinismo social y que se coloca en las antípodas del cristianismo originario.

Lo peor de todo es que la represión de los trabajadores extranjeros, que constituyen el indicador más visible de la dictadura de la pobreza, que oprime a la mayor parte de la humanidad, requiere , además de la militarización de las fronteras y la prostitución insolidaria de la democracia, la alienación cultural y el envilecimiento moral de la sociedad.

Viabilidad de una política basada en la primacía de los derechos de los últimos

Este ideal de justicia , específico del cristianismo, requiere una voluntad colectiva, un trabajo ético-cultural y político, que implica la defensa de unos valores, la creación de una opinión pública, la educación de sentimientos morales, la opción de de una determinada política.

La difusión de la cultura evangélica de la primacía de los últimos constituye un factor de relevancia extraordinaria para políticas que verdaderamente quieran poner en el centro la lucha contra la exclusión social en el norte y el empobrecimiento en el sur, tiene un enorme potencial para crear una especial sensibilidad de insatisfacción y revuelta contra una sociedad que no se moviliza contra desigualdades nacionales e internacionales.

Los últimos deben ser objeto y sujeto de una discriminación positiva , siendo ellos quienes se muevan a buscar las mediaciones políticas y socio-económicas que hagan operativos sus valores. La primacía de los últimos debería llevar a dar prioridad a las políticas de solidaridad internacional: cooperación para el desarrollo, renegociación/condonación de la deuda externa, comercio justo, democratización y derechos humanos, desarme para el desarrollo, prevención de conflictos , fiscalidad para la redistribución de la riqueza norte-sur, etc. La construcción del internacionalismo solidario requiere la práctica de un nuevo pacifismo que vincule el trema del gasto militar, la política de armamentos y el empobrecimiento del sur.

La pasión por la primacía de los últimos debe alentar la búsqueda de una democracia económica a través de medidas que profundicen la redistribución de riqueza, sabiendo que tal búsqueda y profundización va a crear fuertes enfrentamientos con los poderes económicos.

La lógica democrática debería llevar a un gobierno político de la economía a través de leyes que con suficiente respaldo popular obligaran a destinar la riqueza a la satisfacción de una necesidad tan básica como es el empleo o a obtener recursos suficientes para financiar la política social destinada a aquellos que no pueden integrarse en el mercado de trabajo.

La política como servicio del amor

Es enormemente significativo el gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos. Lavar los pies era tarea propia de esclavos. Con este gesto Jesús manifiesta al Dios que se hace esclavo , que se entrega, que se dedica a emancipar a los esclavizados y oprimidos y recomienda a sus discípulos que sigan su ejemplo. El señorío y la gloria de Dios se manifiesta en el servicio a los últimos como muestra de un amor hasta el final, hasta dar la vida.

De ahí brota, en el cristianismo el valor central de un amor servicial, emancipatorio, comprometido, liberador con los últimos del mundo. Este amor -señal que identifica a los cristianos- les lleva a no separar el amor a Dios del amor al prójimo.

Para el cristianismo originario , la raíz de la lucha por la justicia y la igualdad es el amor. La realización de la justicia y la igualdad sin fraternidad termina engendrando nuevas formas de deshumanización. La construcción del amor y la fraternidad presuponen un tipo de sujeto humano, con unas determinadas actitudes, bien descritas en el Sermón de la Montaña ( Mt 5,6 y 7) y que deben fecundar y configurar las relaciones sociales.

El espíritu del cristianismo originario puede favorecer la expansión de los valores y actitudes ciudadanas que requieren ciertas políticas sociales, ecologistas e internacionalistas. Estas políticas requieren una cultura postmaterialista por la primacía de los últimos, de la desposesión, del acercamiento a los empobrecidos y de la búsqueda de la felicidad en la lucha por la justicia y la fraternidad.

El grito de las víctimas nos obligan a desmontar el cinismo del mercado

Lo primero que se requiere para desmontar este sistema es reaccionar contra una cultura que favorece el olvido de las víctimas. Tenemos como irrelevante su sufrimiento, nos aislamos de él, para poder seguir disfrutando de nuestro bienestar. Encerrados en la “sociedad del ienestar” ignoramos esa otra “sociedad del malestar”, la miseria y el hambre de millones de seres humanos los miramos como lejanos y nos convertimos en espectadores vacíos de compasión.

No sólo abrigamos la ilusión de que la marcha del mundo no es responsabilidad nuestra, sino que buscamos motivos de exculpación ante lo negativo del progreso y de méritos ante lo positivo. Y, en lo religioso, hemos logrado hacer memoria del Crucificado no reconociéndolo en los crucificados de hoy.

Ocultar el sufrimiento y los llantos de las víctimas es objetivo del sistema, pues sus gritos evidencian su enorme fracaso. El poder político, desentendido del sufrimiento de las víctimas, se pervierte y deshumaniza y se convierte en rehén del poder financiero. Una política sin compasión no puede ser liberadora.

Los que viven en la desigualdad no pueden ser tratados como si vivieran en la igualdad, equivaldría a equiparar una política solidaria con otra excluyente y opresora. Somos cómplices si, sabiendo que nuestra Tierra tiene recursos suficientes, dejamos que haya millones que mueran de hambre; lo somos cuando dejamos que sea la ley del más fuerte y no la compasión la que rija las relaciones entre los pueblos; lo somos cuando nos conformamos con un sistema que nos beneficia pero que produce mucho sufrimiento; lo somos cuando apoyamos un sistema de produción que nos sumerge en el mundo infantil de las necesidades supérfluas y nos aleja de atender a las elementales de todos.

Mandamientos del Nazareno contra la crisis

1.Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo

El sufrimiento es inaceptable para Dios. Dios, que Jesús anuncia, es Dios de amor y actúa con compasión y misericordia. La compasión es su modo de ser. Nos ha dotado de su propia misericordia y, en virtud de ella, actuamos solidariamente ante el sufrimiento y la humillación de las víctimas. Por la compasión reaccionamos ante los que sufren y abrimos camino para construir un mundo mejor.

2. Lo hecho a los más necesitados e indefensos, a mí me lo hicisteis.

Para conocernos de verdad y conocer el mundo que estamos creando el criterio es el de los excluidos y marginados. Ellos nos interpelan, nos exigen cambiar y nos salvan.

Hasta tal punto es esto verdad que, el veredicto final de la historia, Dios lo da a base de haber cumplido o no la norma de la ayuda práctica y solidaria a los que sufren. Esa norma es la única que tiene valor absoluto pues lo que se hace a los perdedores y maltratados se hace al mismo Dios: (Mt 25,31-46).

3. ¿Quién es mi prójimo? El amor a Dios pasa por el prójimo y prójimo es quien, ante mí, se presenta como necesitado.

Las categorías de nación, religión, lengua, color, sexo o condición social no sirven para decidir quién es mi prójimo. Hay una condición previa, que vale para quien quiera que sea. Jesús se lo ilustró muy bien al magistrado que le interrogaba: “Después de comprobar que el sacerdote, el levita y el samaritano pasaron ante el viajero robado y maltrecho, ¿quién crees tú que se comportó como prójimo? – El que actuó con él con misericordia. –Pues vete, y haz tú lo mismo.

Los últimos serán los primeros

La compasión demanda hacer justicia y esta debe comenzar por los últimos. Para hacer real y visible la vida, hemos de comenzar para quienes la vida no es vida. Son precisamente ellos, lo que no interesan a nadie, los que sobran en los imperios, los que no cuentan en los cálculos der la economía oficias, los que ocupan un lugar preferente en el corazón de Dios, tan preferente que serán los primeros.

Si miramos la realidad con la compasión de Dios, también para nosotros los últimos serán los primeros.

Nuestros compromisos en el seguimiento de un Jesús pobre y libre

Desde lo dicho, tenemos claro por dónde puede venir una solución a la crisis. No ciertamente de las decisiones y medidas del sistema financiero internacional, que se muestra ajeno a orientar la economía desde la realidad de los más necesitados e indefensos, administra el dinero injustamente repartiendo más a quienes menos lo necesitan y golpeando a quienes más carecen de ellos: inmigrantes, dependientes, asalariados, etc. , ignoran y ocultan las víctimas que el sistema produce, precisamente por que andan vacíos de compasión y pasan con indiferfencia ante los que sufren.

Seguir al Nazareno significa, primero de todo, que nada de lo humano le es indiferente ni queda fuera de su acción liberadora. Serían éstas nuestras actitudes básicas:

1.No serviremos al dinero.

Y, como consecuencia, adoptamos el compromiso de vivir con más solidaridad, compartir más lo que tenemos, “empobrecernos” compartiendo lo que nos sobra con los necesitados, elegir ser pobres y vivir amando, sirviendo y defendiendo a los pobres.

Liberados del dinero significa más redistribución, más justicia fraterna, revisar nuestro tipo de consumo, cuestionar nuestro bienestar y aspirar a no tener ni una sola cosa superflua.

De esta manera, estamos en disposición de abrir caminos al reino de Dios y a su justicia, a ser críticos y solidarios, a trabajar para que la comunidad eclesial encuentre su lugar social junto a las víctimas de la crisis.

2. Estaremos más unidos a los que más sufren.

La cercanía nos permitirá conocerlos mejor, establecer lazos de amistad, apoyarlos en la búsqueda de trabajo, ayudarlos en sus necesidades, incorporarlos a colectivos y protegerlos socialmente.

3. Defenderemos lo común.

Esta defensa asegura la igualdad e integración de todos. Y el camino que lleva a ello es el mantener un modelo der vicios públicos gratuitos parta todos, condición y medio para que todos puedan tener garantizado el logro de sus necesidades básicas.

Ser discípulo de Jesús es atenerse a la verdad que es centro de toda verdad y que es la que Dios quiere por encima de todo: hacer un mundo justo, más humano para todos.

Puede que a otros les posea otra preocupación u otro tipo de verdad. La de Jesús consiste en eliminar toda injusticia y sufrimiento. Priorizar otros objetivos, sin esta verdad, es andar engañado y dejarse atrapar por la mentira. “Yo he venido para dar testimonio de la verdad”, para ayudar a que nadie se equivoque y ser testigo de lo que a Dios le interesa por encima de todo, es la justicia y la felicidad de todos.

– No supedita la economía al hombre sino el hombre a la economía, haciendo de ella fin y del hombre medio.

“Cuando se acaban los caminos, comienza el viaje. Y salimos a la calle con nuestra perplejidad, con nuestro miedo, con el abismo al lado. Ahí fuera, esperándonos, estaban las otras, los otros. Llenos de vida. Nos abrazamos. Y en ese abrazo se nos pasó la angustia. Ahora sí podíamos entre todos, pensar en encarar el desastre. Con la multitud. Con nuestros iguales. Con los golpeados por la ira del 1 %. Con una libertad renovada. La que da la ruptura de los límites que nos encauzan. Decididas. Tercos. A desmontar sus mentiras. Juntos. En la calle. Juntas. Como en la Puerta del Sol. Un 15 de mayo. De pronto. El vaso desbordado. Nosotros el agua. Dormíamos. Despertamos” (Juan Carlos Monedero, Dormíamos y despertamos, Nueva Utopía, 2012, pg. 12).

“La lógica de Jesús es aplastante. Dios no puede ser Padre de todos sin reclamar justicia para aquellos que son excluidos de una vida digna . Por eso no pueden servirle quienes, dominados por el Dinero, hunden injustamente a sus hijos en la miseria y el hambre” (José Antonio Pagola, XXXII Congreso de Teología, Madrid 2012).

“Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo” (Lc 6,36).

1.No serviremos al dinero.

1.Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo

2. Estaremos más unidos a los que más sufren.

2. Lo hecho a los más necesitados e indefensos, a mí me lo hicisteis.

3. ¿Quién es mi prójimo? El amor a Dios pasa por el prójimo y prójimo es quien, ante mí, se presenta como necesitado.

3. Defenderemos lo común.

Anidaba en muchas partes el fuego de la protesta, de la ira, de la indignación. Pero, en no pocos ámbitos del poder se consolidaban la hipocresía, la corrupción, el menosprecio y la arrogancia. Algo serio pervertía la marcha de la sociedad. Y eso que los mismos que manejaban la riqueza y el poder promovían como nunca cumbres, reuniones, programas, declaraciones, acuerdos y pactos en pro de la justicia, la libertad, de los derechos humanos y la paz.

Caía la niebla de la ambiguedad y de la mentira, de las promesas no cumplidas, de la soberbia de las élites dominantes. Descubrimos enfrentados dos modelos de convivencia antagónicos, unos a favor y otros en contra de la dignidad y liberación humanas. Y la solución capitalista es inhumana y sin futuro, levantada sobre un modelo de convivencia a base de explotación y marginación, exclusión y violencia, hostilidad y dominación.

Colocados por encima del bien y del mal, ellos seguían con sus lujos, supersueldos, monopolios y mandos, imponían austeridad, privación y sufrimiento, pero individual y corporativamente se eximían de todo deber de sacrificio y responsabilidad, la democracia los legitimaba, resultaban intocables y podían caminar erguidos como fieles cumplidores de la legalidad democrática.

Como es lógico, la clave no se regala, ni es exclusiva de nadie. Es de todos, profundamente natural, la que más honda fermenta en el ser humano, un movimiento irreflenable de experiencia íntima universal que le hace sentenciar a cada uno: no soporto la injusticia, no soporto la desigualdad, no soporto la discriminación, no soporto el engaño, no soporto la humillación, no soporto el sufrimiento, no soporto la soberbia, no soporto la dominación; no los soporto, no soy indiferente, ni soy neutral; me rebelo, me comprometo y rechazo todo eso. Lo rechazo yo y lo rechazamos todos, porque todos somos lo mismo, porque maltratar a uno es maltratar a todos, y discriminar, humillar y despreciar a uno es despreciar a todos.

Con la crisis, ha empezado un tiempo nuevo.

Con toda razón, el imperio del capitalismo neoliberal es hoy el poder más radicalmente enfrentado al proyecto de Jesús.

Costó pero, finalmente, la ciudadanía pudo ver en su cruda realidad lo que se escondía tras la crisis: el capitalismo, en versión moderna, cínico. La crisis nos tocaba a todos, y a todos emplazaba a responsabilidades, pero se la encuadró en el más estricto marco neoliberal: el pueblo no podía seguir siendo sujeto sino objeto, la economía monetariza todo y trata de canjear mercancías, una más la de la persona; aquí no se juega con principios y derechos, dignidad y justos repartos, igualdad y solidaridad, sino con números y cálculos de rentabilidad y de beneficio, con competencia y fuerza, con eliminación de toda instancia externa reguladora (estatal, ética, religiosa).

De esta manera, estamos en disposición de abrir caminos al reino de Dios y a su justicia, a ser críticos y solidarios, a trabajar para que la comunidad eclesial encuentre su lugar social junto a las víctimas de la crisis.

De ahí brota, en el cristianismo el valor central de un amor servicial, emancipatorio, comprometido, liberador con los últimos del mundo. Este amor -señal que identifica a los cristianos- les lleva a no separar el amor a Dios del amor al prójimo.

De golpe, pues, como si entráramos en otro mundo, se nos decía que el camino recorrido estaba equivocado, había que desandarlo, pues nos habíamos metido – o habían metido- ilusamente hacia niveles impropios y metas inalcanzables; gastábamos y consumíamos por encima de nuestras posibilidades reales, eran miles de millones de euros los que sin garantía habíamos dilapidado y había llegado el momento de levantar límites y volver atrás.

Dentro de su sociedad, Jesús habla de un reino que los judíos esperaban terminase con los poderes extranjeros. Pero él introduce novedades radicales: no habrá desigualdades, se cambiarán las relaciones sociales, la situación de los pobres y oprimidos cambiarán, serán ellos los dichosos. Tal reino es el reino de Dios, que quiere implantarlo en la tierra “está en medio de vosotros”, y en él cobran Vida y Justicia los pobres.

Desde lo dicho, tenemos claro por dónde puede venir una solución a la crisis. No ciertamente de las decisiones y medidas del sistema financiero internacional, que se muestra ajeno a orientar la economía desde la realidad de los más necesitados e indefensos, administra el dinero injustamente repartiendo más a quienes menos lo necesitan y golpeando a quienes más carecen de ellos: inmigrantes, dependientes, asalariados, etc. , ignoran y ocultan las víctimas que el sistema produce, precisamente por que andan vacíos de compasión y pasan con indiferfencia ante los que sufren.

Dios es Dios de todos, pero no lo es sin justicia para los excluidos

-El capitalismo hace del dinero su dios, un ídolo monstruoso, en el que deposita su seguridad y confianza y que le empuja a acumular insaciablemente más y más bienestar.

El dinero, convertido en ídolo de la propia existencia, es insaciable, empuja a acumular riqueza, se adquiere injustamente, se concentra en pocos, divide y genera una sociedad injusta, corrompe y doblega a políticos, destruye las instituciones, reduce los seres humanos a mercancía, no busca el bien de todos.

El Dios de Jesús no tiene nada que ver con el poder, es Amor, actúa en la historia pero respetando las mediaciones humanas “Ante Dios y con Dios, estamos sin Dios” (Bonhöffer). En su convivir con nosotros, Dios adopta un modo de vida pobre y entregado al amor, al servicio, a la liberación de los oprimidos y a la denuncia de la dominación. La forma de Dios como esclavo entregándose a la liberación de los esclavizados con una radicalidad que le lleva a la muerte bajo la doble acusación de subversivo y blasfemo es única en la historia de las religiones.

El espíritu del cristianismo originario puede favorecer la expansión de los valores y actitudes ciudadanas que requieren ciertas políticas sociales, ecologistas e internacionalistas. Estas políticas requieren una cultura postmaterialista por la primacía de los últimos, de la desposesión, del acercamiento a los empobrecidos y de la búsqueda de la felicidad en la lucha por la justicia y la fraternidad.

El grito de las víctimas nos obligan a desmontar el cinismo del mercado

El poder ya no era político ni democrático sino económico y dictatorial. Nuestra soberanía popular, nuestro protagonismo cívico, único supuesto sobre el que ellos podían actuar, quedaba cancelado y reemplazado. El proyecto se cambiaba de arriba a abajo y ya no eran los ciudadanos quienes, como sujetos de la vida pública, hacían valer sus derechos, sino las directrices de los supersabios del nuevo proyecto mundial y europeo.

El principio activo transformador de Jesús de Nazaret

El profeta de Nazaret espejo y modelo inigualable de ternura y compasión.

El Reino de Dios no se aviene a vivir con un orden que alberga la desigualdad y hace imposible la fraternidad. Sin igualdad no es posible la fraternidad. Y el camino para llegar a ella consiste en que “si uno quiere ser primero, ha de ser el último de todos y servidor” (Mr 9,35). Nada, pues, de riqueza ni de poder: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo” (Mr 10, 43-44). ¡El primero, esclavo; el esclavo, el primero! Una inversión de valores radical, para aquella situación judía interclasista y de esclavismo manifiesto del imperio romano. La situación colectiva de los empobrecidos y maltratados va a cambiar, serán saciados y recibirán consuelo, serán poseedores del Reino de Dios, porque ese Reino infunde dignidad y esperanza. (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26) .

El sufrimiento es inaceptable para Dios. Dios, que Jesús anuncia, es Dios de amor y actúa con compasión y misericordia. La compasión es su modo de ser. Nos ha dotado de su propia misericordia y, en virtud de ella, actuamos solidariamente ante el sufrimiento y la humillación de las víctimas. Por la compasión reaccionamos ante los que sufren y abrimos camino para construir un mundo mejor.

Era de esperar el estallido y, como un relámpago que atraviesa de Norte a Sur, electrizó a la sociedad y ya nadie sabe lo que de esa sacudida puede salir. Quizás, lo más grande es que hemos despertado del sueño y hemos visto que ya no podemos volver al engaño y esclavitud que nos poseía.

Era el retroceso, la degradación de lo conseguido, la suplantación de unos principios y valores universales por otros de tipo economicista, racista y clasista.

Es enormemente significativo el gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos. Lavar los pies era tarea propia de esclavos. Con este gesto Jesús manifiesta al Dios que se hace esclavo , que se entrega, que se dedica a emancipar a los esclavizados y oprimidos y recomienda a sus discípulos que sigan su ejemplo. El señorío y la gloria de Dios se manifiesta en el servicio a los últimos como muestra de un amor hasta el final, hasta dar la vida.

Esta defensa asegura la igualdad

Está entre nosotros el Reino de Dios, un nuevo proyecto de convivencia

Esta primacía de los últimos plantea retos radicales a una política humana con justicia para todos: en nuestra sociedad son más y mayores los bienes producidos y, sin embargo, en los países del Sur aumenta la pobreza extrema y aumenta el número de hambrientos (840 millones según datos de la ONU) y aumentan inconmensurablemente los gastos militares (más de cuatro mil millones de euros diarios).

Este ideal de justicia , específico del cristianismo, requiere una voluntad colectiva, un trabajo ético-cultural y político, que implica la defensa de unos valores, la creación de una opinión pública, la educación de sentimientos morales, la opción de de una determinada política.

Este modelo de vida lo practicaban las primeras comunidades cristianas: “Nadie consideraba suyo nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común” (Hch 2,44-45 y 4, 32-35). El apóstol Santiago, a finales del siglo I, escribe: “Los ricos viven con lujo y se dan la gran vida, son opresores y defraudadores del jornal de los braceros, asesinan a los inocentes, pero su riqueza se ha podrido, no dan lo necesario al hermano o hermana que no tienen que ponerse y andan faltos de alimento; su fe sin obras no vale, está muerta” (St 5,1-6).

Frente el reinado del dinero y del poder, Jesús introduce una pasión en la historia: que los últimos dejen de serlo , que se adopten comportamientos y se organicen políticas que les den la primacía para construir una sociedad sin últimos ni primeros o, al menos, con la menor desigualdad entre seres humanos convocados a ser hermanos.

Hasta tal punto es esto verdad que, el veredicto final de la historia, Dios lo da a base de haber cumplido o no la norma de la ayuda práctica y solidaria a los que sufren. Esa norma es la única que tiene valor absoluto pues lo que se hace a los perdedores y maltratados se hace al mismo Dios: (Mt 25,31-46).

Hay otro modo de asegurar otra vida, de establecer una nueva convivencia, de acabar con la desigualdad y la injusticia, de vivir en respeto y en cooperación como hermanos.

Hoy el planeta tierra produce bienes, recursos y medios para todos, pero no todos tiene acceso a ellos porque el capitalismo los excluye y persigue otro otro modelo de sociedad y convivencia. Es otra su concepción sobre la dignidad humana, sus valores, derechos y deberes.

Jesús acaba con todo particularismo religioso, establece una vinculación estrecha entre el amor a Dios y el amor a los hombres de toda raza y nación, asienta una unión consustancial entre la adoración a Dios y la práctica de la justicia entendida sobre todo como liberación de los empobrecidos.

Jesús da un vuelco a las relaciones de los humanos entre sí, porque la da a la imagen de Dios. El no presenta a un Dios lejano: Juez, Inquisidor, Dominador, Competidor,… “La compasión, no el poder, es el modo de ser de Dios” (J.A. Pagola). Ese Dios, Amor, y no otro, es el que se comunica con nosotros, está en nosotros, se nos ha dado como fuerza indestructible y nos lleva a poder actuar como El, como hijos suyos, para hacer justicia en este mundo, humanizarlo y acabar con todas las tiranías.

Jesús había elegido ser libre, sin doblegarse a nadie, para poder anunciar la novedad radical de su mensaje. Se colocaba fuera del sistema dominante, que no permitía la igualdad y libertad, con lo que se colocaba en contra. El no iba a hablar más de doctrinas y programas, de preceptos y leyes, de obligaciones y ritos , de culpas o pecados. No era eso lo que la sociedad necesitaba ni sólo con eso se iba a lograr un cambio bueno y superior para todos. Era preciso ir motor y compromiso de la vida de todos y, especialmente, de quienes pretenden guiar y formar la vida de los demás.

Jesús lo expresa con absoluta claridad. El tiempo se ha cumplido y ha comenzado lo que todos esperábamos: “Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmedad y creed en la Buena Noticia” (Mr 1,14). “Emendáos, que ya llega el reinado de Dios”, “Estoy con vosotros cada día, hasta el fín” (Mt 4,1 y 18, 19-20). “El Espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres” (Lc 4,14).

Jesús no fue un economista, ni un político, ni un sacerdote del Templo, ni un maestro de la Ley. Sabía muy bien de qué iban unos y otros en la sociedad de su tiempo, qué buscaban y qué les preocupaba. Todos servían a un sistema, religioso o político, vivían de él y desde él actuaban sin franquear los límites señalados por el Imperio o el Sanedrín. No eran libres y, por encima de todo, trataban de asegurar su bienestar y triunfo personales y no la dignidad y derechos de los ciudadanos.

Jesús se encara a los más fuertes opositores de este proyecto: “Ay de vosotros, los ricos, los satisfechos, los que reís” (Lc 6, 24-25). “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios” (Lc 16,19-31). Sentencia que se prolonga con igual dureza a los que dominan: “Sabéis que los que figuran como jefes de las Naciones las gobiernan tiránicamente y sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros” (Mr 10, 45). “Mi ejemplo ha consistido en servir y no en ser servido” (Mr 10,45).

LA ALTERNATIVA LIBERADORA DEL NAZARENO

La indignación estalló y como un fantasma recorre el mundo.

La Buena Noticia de este Reino es el anuncio de la igualdad y fraternidad en un mundo donde no haya lugar para los ídolos del dinero, del poder, del afán del domino, ni de instituciones religiosas, normas o leyes represoras. Jesús va a la raíz: este Reino es revolucionario, pero comienza por cada uno, por hacer nuevo su corazón y proyectarlo luego en prácticas y relaciones nuevas.

La cercanía nos permitirá conocerlos mejor, establecer lazos de amistad, apoyarlos en la búsqueda de trabajo, ayudarlos en sus necesidades, incorporarlos a colectivos y protegerlos socialmente.

La compasión demanda hacer justicia y esta debe comenzar por los últimos. Para hacer real y visible la vida, hemos de comenzar para quienes la vida no es vida. Son precisamente ellos, lo que no interesan a nadie, los que sobran en los imperios, los que no cuentan en los cálculos der la economía oficias, los que ocupan un lugar preferente en el corazón de Dios, tan preferente que serán los primeros.

La crisis actual ha hecho saltar la máscara del monstruo, que incluso pretende revestirse con ropaje de democracia: el capitalismo cínico. Sin ser economista, lo describía muy bien José Antonio Pagola en el XXXII Congreso de Teología: “ La dura experiencia de nuestra propia crisis no nos ha de hacer perder de vista la raíz de la crisis global. Es una ilusión pensar que estamos saliendo de la crisis, si no se regula la actual dinámica financiera, desvinculada de las necesidades de los pueblos y del bien común de la comunidad humana, si no se acaban los paraísos fiscales, elemento consustancial de la especulación financiera que domina la economía mundial, si no se establece una política de impuestos a las finanzas internacionales para una retribución más justa de la riqueza, si no se lucha eficazmente contra la impunidad y la opacidad de las especulaciones”.

La crisis, he aquí la gran sima misteriosa, nos embestía desde fuera, fatalmente, como un rayo de fuego que insensatamente habíamos provocado. Ya no podíamos actuar nosotros, no éramos idóneos para tratar y manejar la crisis, debíamos dejarnos guiar, callar y obedecer. No lo podíamos entender, pero no nos quedaba más alternativa, la solución estaba pensada y servida, sólo los supersabios de la Economía conocían el secreto, y no había más que seguir sus dictados, porque lo que ellos dictaminaban era lo único válido para remontar y volver a progresar. Los supersabios nos inundaban con su lenguaje raro, sus cálculos y cifras, sus dogmas de acumulación , pérdidas o ganancias, sus ultimatums de cobrar deudas impagadas a los ciudadanos, sus excomuniones para quien osara cuestionar, discutir o alzar alternativas.

La desigualdad eje del conflicto y de la opresión

La difusión de la cultura evangélica de la primacía de los últimos constituye un factor de relevancia extraordinaria para políticas que verdaderamente quieran poner en el centro la lucha contra la exclusión social en el norte y el empobrecimiento en el sur, tiene un enorme potencial para crear una especial sensibilidad de insatisfacción y revuelta contra una sociedad que no se moviliza contra desigualdades nacionales e internacionales.

La economía, en la lógica neoliberal, no es un medio para el bien y felicidad de las personas y de los pueblos, sino un fin para quienes, guiados por su egoísmo voraz, tratan de acumular para beneficio propio desvinculándola de la comunidad, de las necesidades reales y de su verdadero destino humano.

La faz de la crisis al descubierto

La indignación era la explosión de frustraciones y mentiras sufridas, imprescindible, porque sin ella la vida y el progreso estarían muertos. Por ello, había que descubrir y cultivar es mina secreta, esa fuente sagrada de la que brotaba y que iba a alimentar el compromiso por otra forma de vida y convivencia.

La indignación no venía de la nada ni debe quedarse en sí misma.

La justicia evangélica, más que dar a cada uno lo suyo, consiste en dar primacía a la satisfacción de las necesidades de los últimos.Jesús tiene claro que la igualdad es fruto de la justicia y alcanza a las personas y sectores sociales más empobrecidos. Por ello, anuncia que “Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”. Para hacer realidad su proyecto ( el reino) hay que abolir que haya primeros y últimos. Tarea ésta imprescindible para los que quieren construir una sociedad más fraterna e igualitaria.

La lógica democrática debería llevar a un gobierno político de la economía a través de leyes que con suficiente respaldo popular obligaran a destinar la riqueza a la satisfacción de una necesidad tan básica como es el empleo o a obtener recursos suficientes para financiar la política social destinada a aquellos que no pueden integrarse en el mercado de trabajo.

La pasión por la primacía de los últimos debe alentar la búsqueda de una democracia económica a través de medidas que profundicen la redistribución de riqueza, sabiendo que tal búsqueda y profundización va a crear fuertes enfrentamientos con los poderes económicos.

La política como servicio del amor

La salvación última, Jesús la presenta unida a la penúltima en la historia: “Cuando no atendisteis a estos hermanos míos más pequeños: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados… a mí no me atendisteis” (Mt 25, 31-46).

La ternura y la compasión es algo que hemos descubierto como propio de todo ser humano, como expresión y garantía del amor, raíz y motor del cambio que ha de guiar nuestra acción individual y social.

Las categorías de nación, religión, lengua, color, sexo o condición social no sirven para decidir quién es mi prójimo. Hay una condición previa, que vale para quien quiera que sea. Jesús se lo ilustró muy bien al magistrado que le interrogaba: “Después de comprobar que el sacerdote, el levita y el samaritano pasaron ante el viajero robado y maltrecho, ¿quién crees tú que se comportó como prójimo? – El que actuó con él con misericordia. –Pues vete, y haz tú lo mismo.

Las manifiestas contradicciones entre lo prometido y lo hecho, fue subiendo hasta que la indignación hizo reventar el punto neurálgico de la falsedad financiera y política. Fallaban las personas, más que las instituciones; prevalecía el interés social sobre el interés comunitario; se pasaba por alto el incremento y desgracia de los pobres como efecto irremediable de una selección natural darwinística; la valía y el destino de las personas no son efecto de su libertad y responsabilidad sino de la marca genética y de lza estirpe. Resultaba, por tanto, quimérico aspirar a su recuperación y liberación.

Las revoluciones pasadas, la Ilustración, la experiencia de las dos últimas guerras mundiales, las conquistas de la Razón, de la Ilustración y de la Modernidad, la primacía de la dignidad y de los derechos humanos, todo había ido cuajando en nuevas resoluciones, principios, programas y medios para preservar la justicia y la paz.

Liberados del dinero significa más redistribución, más justicia fraterna, revisar nuestro tipo de consumo, cuestionar nuestro bienestar y aspirar a no tener ni una sola cosa superflua.

Lo peor de todo es que la represión de los trabajadores extranjeros, que constituyen el indicador más visible de la dictadura de la pobreza, que oprime a la mayor parte de la humanidad, requiere , además de la militarización de las fronteras y la prostitución insolidaria de la democracia, la alienación cultural y el envilecimiento moral de la sociedad.

Lo primero que se requiere para desmontar este sistema es reaccionar contra una cultura que favorece el olvido de las víctimas. Tenemos como irrelevante su sufrimiento, nos aislamos de él, para poder seguir disfrutando de nuestro bienestar. Encerrados en la “sociedad del ienestar” ignoramos esa otra “sociedad del malestar”, la miseria y el hambre de millones de seres humanos los miramos como lejanos y nos convertimos en espectadores vacíos de compasión.

Los controladores de la crisis –empresarios, financieros, gestores públicos, políticos- pregonaban la austeridad por todas partes, a costa de restringir los derechos de la ciudadanía y saquear sus bolsillos.

Los que viven en la desigualdad no pueden ser tratados como si vivieran en la igualdad, equivaldría a equiparar una política solidaria con otra excluyente y opresora. Somos cómplices si, sabiendo que nuestra Tierra tiene recursos suficientes, dejamos que haya millones que mueran de hambre; lo somos cuando dejamos que sea la ley del más fuerte y no la compasión la que rija las relaciones entre los pueblos; lo somos cuando nos conformamos con un sistema que nos beneficia pero que produce mucho sufrimiento; lo somos cuando apoyamos un sistema de produción que nos sumerge en el mundo infantil de las necesidades supérfluas y nos aleja de atender a las elementales de todos.

Los últimos deben ser objeto y sujeto de una discriminación positiva , siendo ellos quienes se muevan a buscar las mediaciones políticas y socio-económicas que hagan operativos sus valores. La primacía de los últimos debería llevar a dar prioridad a las políticas de solidaridad internacional: cooperación para el desarrollo, renegociación/condonación de la deuda externa, comercio justo, democratización y derechos humanos, desarme para el desarrollo, prevención de conflictos , fiscalidad para la redistribución de la riqueza norte-sur, etc. La construcción del internacionalismo solidario requiere la práctica de un nuevo pacifismo que vincule el trema del gasto militar, la política de armamentos y el empobrecimiento del sur.

Los últimos serán los primeros

Mandamientos del Nazareno contra la crisis

Momento definitivo para no errar, ilusionar o desesperar. Por lo menos llegar a la certeza de que la clave existe, de que es humana y está al alcance de todos, de que sin ella no es posible el cambio, no tiene fundamento ni garantía de solución.

No se aplican ni quieren aplicarse políticas de redistribución de la riqueza y pervive, casi como una fatalidad, la pobreza. Nuesta opción por los más necesitados requiere crear un bloque fuerte en recursos, energías y estrategias a su favor, lo cual no es posible a nivel nacional ni internacional sin poner en primer plano la solidaridad, única capaz de cambiar la situación actual . ¿A quién debe servir la economía mundial: al bienestar y seguridad del 20 % de los seres humanos o la totalidad de las personas y pueblos?

No se trata, por tanto, de estimular más medios, más técnicas , más recursos y más alianzas para promover y acumular más bienes. Todo eso hace tiempo que lo tenemos y ha ido creciendo imparablemente y, sin embargo, la realidad nos dice que no ha servido para acabar con la pobreza, la injusticia, la discriminación , el sufrimiento, los monopolios y privilegios, sino para aumentarlos y hacer más honda la brecha entre minorías superafortunadas y mayorías esclavizadas.

No sólo abrigamos la ilusión de que la marcha del mundo no es responsabilidad nuestra, sino que buscamos motivos de exculpación ante lo negativo del progreso y de méritos ante lo positivo. Y, en lo religioso, hemos logrado hacer memoria del Crucificado no reconociéndolo en los crucificados de hoy.

Nos envolvía el marco plácido de la Democracia, de su experiencia entusiasta y de un bienestar arrollador y avanzábamos sin otear peligros de retrocesos. Nos habíamos quitado de encima muchos años de oscurantismo y de atraso, de aislacionismo y de dogmatismo. Nuestra Democracia era alabada como modelo de transición de una dictadura a una democracia.

Nos está pasando en Europa, aunque no sólo. Dominamos gran parte de la riqueza mundial y la empleamos en consolidar el bienestar y seguridad nuestros, con controles y leyes insolidarios, menospreciando la situación de pobreza en que se hallan millones de seres humanos . Nuestro materialismo egoísta crea en cada uno un sujeto burgués y un modo de vida no universalizable, que restalla con la primacía solidaria debida a los excluidos nacionales y extranjeros.

Nos hicimos con la clave que aseguraba el cambio y la verdad.

Nuestros compromisos en el seguimiento de un Jesús pobre y libre

Ocultar el sufrimiento y los llantos de las víctimas es objetivo del sistema, pues sus gritos evidencian su enorme fracaso. El poder político, desentendido del sufrimiento de las víctimas, se pervierte y deshumaniza y se convierte en rehén del poder financiero. Una política sin compasión no puede ser liberadora.

Para aclarar y profundizar este punto, nos va a servir mucho conocer la misión original del profeta de Nazaret.

Para conocernos de verdad y conocer el mundo que estamos creando el criterio es el de los excluidos y marginados. Ellos nos interpelan, nos exigen cambiar y nos salvan.

Para el cristianismo originario , la raíz de la lucha por la justicia y la igualdad es el amor. La realización de la justicia y la igualdad sin fraternidad termina engendrando nuevas formas de deshumanización. La construcción del amor y la fraternidad presuponen un tipo de sujeto humano, con unas determinadas actitudes, bien descritas en el Sermón de la Montaña ( Mt 5,6 y 7) y que deben fecundar y configurar las relaciones sociales.

Para Jesús, no pueden ser servidores de Dios quienes hacen del dinero el centro de su vida (ídolo) e instrumento de dominación: “No podéis servir a Dios al dinero” (Lc 16,13; Mt 6,24).

Para la economía neoliberal, todo vale mientras se salve su tradicional y hoy globalizado funcionamiento: acumular riqueza en manos de una minoría, que actúa con absoluta libertad, sin norma refuladora. Esta minoría se asienta en multitud de entidades financieras y políticas, en bancos y empresas, en multinacionales y corporaciones especulativas que conquistan los mercados y les imponen sus leyes y prácticas, al margen de todo mecanismo de control y de toda ley, sin importarles para nada la suerte del ser humano y especialmente de los más necesitados e indefensos.

Parecíanos, después de todo, estar abriendo los ojos y dar un paso de gigante:

Pasión de Jesús por la primacía de los últimos

Pero quiero aclarar un pérfido equívoco: no me confundan esta cualidad humana con una adicional y privada caridad religiosa, sin incidencia en la vida pública. No me la encierren en ámbitos quietistas de contemplación o de limosnas oficialmente bendecidas. Esa propiedad humana –irrenunciable y esencial- es la marca más excelsa del ser humano, la que alerta para distinguir dónde hay una verdadera ética, una verdadera religión, una verdadera economía y una verdadera política.

Pero sobrevino la crisis económica, desconocida, sin avisada antelación y comenzó a sacudirnos sin que nos lo creyéramos. Y de una y otra parte llovían noticias que delataban insospechadas catástrofes, cada vez más cercanas y que, al final, parecían acometernos también a nosotros, pero sin probar todavía su magnitud destructora. Y, en unos años, pocos, nos acosaba por todas partes y sentíamos que las bondades conocidas y los logros acumulados se cuestionaban y se venían a abajo.

Pero, ¿por qué esa indignación? ¿Por qué esa insumisión? ¿Por qué ese compromiso?

Pero, a muchos más, los avances de la ciencia y de la tecnología, de la economía y de la política no les llegaba. La miseria, el hambre, la injusticia y la desigualdad, lejos de disminuir, aumentaban y se hacía más escandalosa la brecha entre ricos y pobres, opresores y oprimidos. Las democracias habían reportado bienes y derechos, pero no para todos y servían para que élites financieras y políticas concentrasen más el poder, la opulencia y despilfarro, el consumo insolidario, el armamentismo y la dominación.

Por fortuna somos historia y tenemos memoria. Hemos conocido la gama de injusticias, contradicciones y abusos del pasado, también las luchas y logros alcanzados, nos alumbra el ejemplo de mucha gente cabal e insumisa, de muchos pensadores y líderes emancipadores, de innumerables iniciativas, gestos y movimientos sociales (antirracistas, anticlasistas, antibelicistas, feministas, ecológicos, altermundistas,…) que denuncian, proponen y gritan la posibilidad de otro mundo más justo, solidario y pacífico.

Por más que nos pese, nuestras democracias muestran una gran ausencia de solidaridad, que se esconde bajo la creación de un darwinismo social y que se coloca en las antípodas del cristianismo originario.

Porque la vida del otro, de cualquier prójimo, es y vale como la mía.

Proyecto y principio operativo según Jesús de Nazaret

Se construyen democracias que crean muros socio-económicos, que adoptan políticas de represión militar y policial contra aquellos seres humanos del sur que intentan traspasar las fronteras del norte rico pues buscan alcanzar la libertad de tener un mínimo sustento para no morir de hambre o para salir de la dictadura de la pobreza.

Seguir al Nazareno significa, primero de todo, que nada de lo humano le es indiferente ni queda fuera de su acción liberadora. Serían éstas nuestras actitudes básicas:

Si miramos la realidad con la compasión de Dios, también para nosotros los últimos serán los primeros.

-Tal ídolo deshumaniza a quienes lo siguen, crea continuas víctimas y ahonda cada vez más la desigualdad y, como consecuencia, acrecienta, la pobreza, la marginación, el paro, el sufrimiento.

-Trata -y es su último asalto- de sustraer el poder a la Democracia y al Parlamento que es donde reside la voluntad popular.

Viabilidad de una política basada en la primacía de los derechos de los últimos

Y ahí, están las Democracias, como un hito de esa lucha, de nuestros sueños y progreso. Y a muchos, personas y pueblos, se extendió un mayor bienesdtar, derechos y progreso.

Y la ola embravecida nos acorraló con furia. La crisis venía de más lejos, no era sólo interior a nosotros, asomaban sobresaltos y destrozos por todas partes, nos desconcertaba, pero no cesaba de herir y de presagiar mayores males. Nadie lo sabía explicar, o nadie se atrevía a decir la verdad, y en la sombra avanzaba implacable el fantasma de una crisis, que mostraba conexiones y factores externos, más amplios y fuertes, que nadie, y menos que nadie los políticos, se atrevían a afrontar y resolver por sí mismos.

Y la señal, la condición necesaria, el presupuesto de que esto es así es porque se me revuelven las entrañas cuando soy tratado injustamente, la sangre me hierve y el corazón se me agita cuando me quitan mi dignidad. Y cuando a otro, a un prójimo cualquiera, se le trata así también mis entrañas se revuelven, mi corazón sufre y mis sentimientos no me dejan tranquilo.

Y, a la postre, sobre ellos caía férrea la voluntad de los supersabios economistas, encarnados en la Troika europea, en el imperturbable poder del FMI, de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo,…
Y, como consecuencia, adoptamos el compromiso de vivir con más solidaridad, compartir más lo que tenemos, “empobrecernos” compartiendo lo que nos sobra con los necesitados, elegir ser pobres y vivir amando, sirviendo y defendiendo a los pobres.

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