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Alboroto en Nazaret por el hijo de José -- Juan Masiá, teólogo

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La Comunidad

Midrash de Evangelio-ficción para la homilía del 27 de enero
El clan saduceo, espías del Yunke fenicio, protestó pateando
Este Jesús progre presume de hermeneuta, se salta el castigo y solo habla de gracia y perdón. No obedece al magisterio de la sinagoga
El rabino jerosolimitano Ananías Buscamante escribió en el portal InfoGalilea un post contra Jesús titulado: «El Nazareno insulta a Isaías».

«Jesús, este jovencito recién llegado, se arrogó reinterpretar las Escrituras. Acusó a Isaías por predicar un Dios castigador y, al citarlo, se saltó una línea: la que anuncia ‘el día de la ira de Dios’. Este Jesús progre presume de hermeneuta, se salta el castigo y solo habla de gracia y perdón. No obedece al magisterio de la sinagoga», bramaba en su blog el infogalileo.

El fariseo Emeterio comentó en su blog: «Si Jesús piensa así, debería salir de la sinagoga. Lo intolerable es que siga dentro y nuestros sumos sacerdotes no le excomulguen».

Yusef Vidal, cronista de BD (Biblia Digital), cabalgó desde Jericó para grabar la homilía. Lo cuenta así en You Tube: «Jesús comentó a Isaías: ‘Dios de parte de los pobres. Dios con nosotros cuando trabajamos por la liberación’.

El clan saduceo, espías del Yunke fenicio, protestó pateando. Armaron jaleo desde las primeras filas los de Simón Cireneo (popularmente llamados cirenaicos o cirene-quicos). Pero el record de indignación fueron los escribas de Cafarnaúm.

«Parece mentira, el hijo de José no le salió al padre, se contagió con los exaltados del Bautista y los radicales celotes, hay que acabar con él», decían, y corrían gritando tras Jesús para despeñarlo por el barranco.

Santiago y Juan se interpusieron a puñetazos y le dio tiempo a Jesús para escapar a la grupa de Malena, que había pedido prestada una yegua a un cliente legionario.

El médico escritor Lucas, en la edición palestina de El País Semanal, describe así los hechos con su acostumbrada sublimación para la posteridad:

Con la rapidez de dejarse llevar en volandas por la fuerza del Espíritu (en griego, «en te dynámei»), Jesús dio media vuelta y regresó («hypéstrepsen») a su patria chica. La voz se corrrió imediatamente por todos los móviles de Galilea. El hijo de María y José hablaba en las redes sociales de la zona y todo el mundo se hacía lenguas de él.

Llegó a Nazaret, donde se había criado y donde seguían viviendo su madre viuda, amenazada de deshaucio por impago de hipoteca, con sus hermanos y hermanas menores, que estaban en el paro por culpa de los recortes de Herodesjoy . El sábado entró en la sinagoga, según costumbre, y se ofreció para leer. Le entregaron el tomo de Isaías. Lo desenrolló, fingiendo pararse al azar en un pasaje, que coincide justamente con el programa reformador del Galileo.

Dice así el profeta:

El espíritu del Señor no cesa de empujarme para que camine y hable.

Me envía a dar una buena noticia a las víctimas empobrecidas,
a proclamar liberación para el pueblo aprisionado, a abrir puertas de claridad a quienes no ven la salida de las tinieblas,
a deshacer las ataduras del pueblo encadenado, a proclamar que ha llegado la hora favorable de recibir la gracia (Is 61,1-2).

Enrolló el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él, y empezó a comentar reinterpretando para hoy: ‘Hoy se ha cumplido (peplérotai) la proclama del profeta, ha de hacerse realidad aquí y ahora para vosotros («en tois osín hymón»).

Todo el mundo se extrañó y se pusieron en contra, no les cabía en la cabeza esta manera de leer las Escrituras, citando el discurso sobre la gracia y saltándose las palabras sobre la ira. ‘¿No es el hijo de José? Pues no le ha salido a su padre. ¡Qué vergüenza! Se pasó al socialismo.‘

Él les repuso: A ningún profeta lo aceptan en su tierra…
Todo el mundo se puso furioso y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo y lo condujeron hasta un barranco, para despeñarlo.

Pero él se abrió paso a codazos, pasó entre el gentío y con ayuda amiga pudo escapar a la grupa de una yegua».
(Lc 4, 14-30).

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