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Uruguay: Contestando al Padre Omar que ha escrito a sus lectores para que no voten al Frente Amplio -- P. Dabezies, Pbro.

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Omar:
recibí con asombro un mail con tu dirección, aunque indicaba que estaba “continuado” (Fw) de alguna parte. Pero tiene todo tu estilo, hasta gráficamente (aunque tal vez no lo creas miro “Con Fundamento” a ver qué cosa peregrina trae)
De entrada quiero manifestarte mi desacuerdo total y, sin exagerar las palabras, mi escándalo ante la decisión, de un flamante hermano del clero secular de Montevideo, de decirle a los laicos qué pueden votar y qué no en las próximas elecciones.

No es esa una práctica en uso, ni lo fue en general, en nuestro clero, más allá de identificaciones notorias con uno u otro lema. Por lo poco que sé, fueron proverbiales las calenturas de laicos blancos y cívicos con los pocos curas (en general en pequeñas parroquias, más bien del interior) que usaban su investidura para “indicar” qué votar.

Y por otra parte, gracias a Dios y a cómo se dieron las cosas en este país, contados eran y son los que necesitan de la opinión del cura para decidir cómo votar. Salvo cuando la opinión del ensotanado los conforta en su elección. Mucho me temo, para tu (in)tranquilidad, que con tu iniciativa vas a conseguir unos cuantos votantes más para el Frente, que de pronto estaba indecisos, pero que al enterarse que un cura le prohíbe votar así, se dirán “tomá pa vos”.

Tu pequeña campaña se une a la de mons. Corso en 1971, contra toda la Conferencia Episcopal, y a la de algún cura desubicado (y en este desubique no cuenta el cintillo) que más lejos o más cerca pretendió arriar políticamente a su grey y no recibió más que larga indiferencia y molesto, pero en general silencioso, rechazo de sus hermanos sacerdotes.

Pero, además de hacerte llegar mi calentura (¿qué mal paso habremos dado que nos ha ganado “orientadores éticos” como Ordoqui y vos ahora?), pretendo darte algún argumento sobre lo improcedente (para mí, pero estoy seguro que para la mayoría de nuestro clero) de tu súbita incursión político-partidaria (esa misma que nos vetan todos los documentos de la Iglesia).

1. A mí me han enseñado que los ídem (¡tampoco la Palabra de Dios!) no se deben aplicar sin las mediaciones pertinentes para que digan algo sensato y evangélico en una situación determinada. Citar trozos de documentos y pegarlos a otros documentos, dichos o declaraciones, sin más, sin atender a las realidades en que se inscriben, las coherencias o no con las prácticas, etc., no parece ser un procedimiento de los más rigurosos.

Así, para ti, el puro hecho de que la despenalización del aborto no esté en el programa de un partido o en las concepciones de su candidato, ya significa que no hay que plantearse nada más sobre lo que esa formación política efectivamente hace al respecto (por lo que ignorás olímpicamente que en las recientes y anteriores votaciones todos los lemas tuvieron dirigentes de mayor o menor importancia que se manifestaron a favor de la despenalización.

Que luego, vergonzantemente, hayan preferido salir de sala, u otra argucia, es otra cosa. Quedaron invictos. Lo de afuera, limpio). Difícil encontrar más crasa defensa de una casuística y conducta farisaicas, llevada al extremo cuando afirmás que antes el voto por el Frente no tenía éticamente problemas porque se sabía que Tabaré Vázquez vetaba la despenalización. Razonando por el absurdo, por más que todos los legisladores, de todos los lemas, estuvieran de acuerdo en votar algo éticamente reprobable, si contamos con la garantía de que finalmente esa ley no sale por algún resorte constitucional, todos tranqui, no pasa nada, ganamos. Ni qué hablar del operativo de agarrar un punto sólo, con olímpica prescindencia de los demás aspectos de los programas y las prácticas conocidas.

2. Algo de esto de mantener a salvo, impolutos, los principios, sin preocuparse mucho de qué es lo que pasa en la realidad de la vida de la gente, y de nuestra misma Iglesia, surge inevitablemente al espíritu, cuando después de reconocer tú mismo que la ley actual, de hecho no considera delito en muchísimos casos el aborto, pasás a otra cosa (vamos a no hacernos trampas al solitario, porque todos sabemos que a pesar del número limitado de causales, las que se refieren a “causas graves de salud” y a “razones de angustia económica” abren una puerta casi como la de la Ciudadela).

¿Por qué esta ley es buena, parece, y no contradice esos principios que para el momento de la elección no se ponen en ningún contexto? ¿Por qué el conservar con uñas y dientes esta ley (y esto lo hacen todos los partidos que sostienen y defienden el actual Código Penal, y la Iglesia) no plantea ningún problema? Si tuviéramos que mantener esa coherencia impoluta que desciende de los textos a la realidad sin pasar por nada, habría que rechazarla, deberíamos entrar, como católicos, en sedición.

O al menos, como le propuse a un grupo “pro vida” que me vino a presionar para que yo a mi vez presionara al diputado frentista que viene a misa a mi parroquia (¡que fue uno de los que más duramente cuestionó el proyecto de ley y votó en contra, mientras vos decís que estaban obligados a votar a favor! Informate), empezando por los obispos y los curas, ¿no deberíamos denunciar, con nombre y dirección las “clínicas abortivas” y a los aborteros / as, y eventualmente hacerles un buen escrache? ¡Ah, no! ¿Y la lógica pura y dura de los textos magisteriales? ¿Por qué en estos casos se pone en juego la prudencia?

Y además, ¿me podés explicar por qué una vez despenalizado o legalizado el aborto, ya no corre más eso de que éticamente no se puede votar a tal o cual partido, como lo demuestra lo que sucede en muchos países / Iglesias? Conozco bastante el caso de Francia, y más allá de que allí el aborto fue despenalizado por un partido de centro-derecha, a quien votó la gran mayoría de los católicos, sobre todo los practicantes (ahí estudian eso), nunca los obispos, ni antes ni después, pensaron que hubiera que prohibir el voto por algún partido. Francia, dirás, país sin moral. Pero, ¡oh sorpresa!, tampoco en Italia.

Ni en Polonia… ¿Qué les pasa a esos obispos (y a los nuestros) que no comparten la manera de plantear las cosas de nuestro especialista en ética? Y eso que están cerquita, al lado mismo, del Vaticano, bajo el ojo vigilante de la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿No estará también en juego la prudencia, pastoral digamos, que es una virtud muy importante?

3. Justamente, la prudencia, algún tipo al menos. Preguntémonos sobre los antecedentes que tenemos los católicos uruguayos para pronunciar dictámenes como el tuyo. ¿Conocés el documento de los obispos uruguayos en contra de la despenalización del aborto en la reforma constitucional de Terra, en 1934? Difícil, porque no existe. Solamente una carta pastoral de mons.

Aragone sobre “Graves males modernos; normas y remedios” (22/7/1935), en que el aborto forma parte de una lista con el divorcio, la escuela laica (males ya antiguos), y el cine y las modas estivales (los modernos, con el aborto. ¡Bravo para votar por esos días!). Después tenemos sí varios documentos específicos en diversas ocasiones, hasta llegar a los contemporáneos.

Dice la Iglesia, decimos nosotros como cristianos, que nos va la vida en el combate por la vida, no así nomás, en abundancia (Jn 10,10). ¿Conocés algún párrafo en el documento (1/1979) contra el proyecto con que intentó legalizar el aborto la última y sangrienta dictadura, en que la Conferencia Episcopal haya hecho alguna referencia, por más eufemística que fuera, a las otras directas agresiones a la vida que estaba practicando, entre otros, el proponente del proyecto de ley, coronel Linares Brum, ministro del Interior?

Tampoco lo podés conocer porque no existe. Prudencia, otra vez, y no lo digo peyorativamente (he estudiado bastante ese tiempo). Prudencia y cierta incapacidad, que tenemos todavía los católicos en ver en toda su globalidad el combate por la vida (tu texto es un ejemplo hasta grotesco). Conozco todas las explicaciones o más bien excusas, medio vergonzantes (la principal: en el caso del aborto se juega una vida totalmente inocente), pero con ellas no convencemos a nadie porque creo que en realidad no estamos convencidos nosotros que pueda argumentarse así y pretender hablar con autoridad de defensa de la vida, manteniendo, por ejemplo, la justificación de la pena de muerte (cf. “Catecismo de la Iglesia Católica”, 2266ss).

No puedo olvidarme tampoco de los guiños de Benedicto al criminal de guerra George W. Bush porque estaba contra el aborto y la experimentación con células madre. ¿Y Juan Pablo II con Reagan? Handicaps difíciles de levantar.

4. La calentura que me agarré con tu texto me provocó esta especie de incontinencia verbal. Es reacción en caliente, disculpá (estoy viejo y con pocas pulgas). No desarrollo este cuarto punto, que debería tratar del respeto debido a la madurez y capacidad de discernimiento de laicos y laicas, a quienes no tenemos que andar diciéndoles qué pueden hacer y qué no. Y de manera muy concreta en el tremendamente complejo campo de lo político. Por lo que sé, algunos de ellos te van a escribir.

Además, no contrabandeemos bajo capa de pureza doctrinal nuestras opciones políticas previas, esas que siempre son mezcla de tradiciones, emociones, afinidades personales, clase social de pertenencia y un poco de análisis político (incluyendo la ética). Dejo de lado otras cosas, para no alargar.
De todos modos, fraternalmente, con las disculpas del caso por algunas durezas tal vez innecesarias. ¡Vamo’ arriba el Año Sacerdotal!

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