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Una nueva forma de entender la Iglesia (cap. 1) -- José María Castillo, teólogo

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Fe adulta

Jose María Castillo3.jpgEl concilio Vaticano II dijo, repetidas veces, que la Iglesia es “sacramento universal de salvación” (LG 1, 2; 48, 2; 59, 1; GS 45, 1; AG 1, 1; 5, 1).
Esta designación conciliar de la Iglesia como sacramento fue una novedad en la doctrina de Magisterio eclesiástico. En las enseñanzas oficiales, anteriores al Concilio, jamás se había dicho que la Iglesia es “sacramento”.
Esta idea se venía utilizando, por algunos teólogos centroeuropeos, en los años que siguieron a la segunda guerra mundial. Seguramente el más destacado a este respecto fue O. Semmelroth, cuyas enseñanzas sobre este asunto fueron decisivas en el Vaticano II. Y también autores de la talla de K. Rahner, E. Schillebeeckx, H. De Lubac, E. Mersch, entre otros.

Como es lógico, si estos autores fueron los promotores de esta forma de comprender a la Iglesia, eso quiere decir que, al hablar de la Iglesia como sacramento, estamos ante una de las ideas renovadores (provenientes de Centroeuropa), que asumió el Vaticano II, frente a las ideas conservadoras, que tenían sus más eficaces defensores en los teólogos de la Curia Romana.

¿En qué estuvo aquí la novedad o, mejor dicho, la innovación? Como es bien sabido, los teólogos de la Curia Romana habían preparado, antes del Concilio, un “Esquema” sobre la Iglesia en el que ésta era presentada como “sociedad perfecta”. La preocupación fundamental que se expresaba en el “Esquema” de la Curia se centraba en afirmar la autoridad de la Iglesia y el significado de salvación que tiene el aparato institucional de la misma.

Dicho de otra forma, lo que se pretendía era presentar a la Iglesia como una institución que tiene dos características determinantes: lo autoritativo y lo jurídico. De ahí que los seres humanos (según esta idea) podemos alcanzar la salvación en la medida en que nos sometemos al ordenamiento jurídico de la autoridad eclesiástica romana.

Esto es lo que los teólogos de la Curia Vaticana pretendían conseguir del Concilio. Ahora bien, esta manera de entender a la Iglesia fue rechazada por el Vaticano II, ya que no se aceptó el “Esquema” de los teólogos de la Curia.

Y (lo que es más importante), en lugar de dicho “Esquema”, el Concilio aprobó la propuesta de los teólogos centroeuropeos, concretamente de los obispos alemanes, que presentaron a la Iglesia como “sacramento de salvación”.

Como es lógico, si la idea de la Iglesia como sacramento fue la alternativa a la idea de la Iglesia como sociedad autoritaria y jurídica, eso quiere decir que la nueva forma de entender la Iglesia, tal como la presentó el Vaticano II, no va por el camino que lleva al poder autoritario, sino que presenta a la Iglesia desde otro punto de vista. Se trata de la Iglesia que se ha de entender, no desde lo jurídico, sino a partir de lo sacramental. Pero, ¿qué nos viene a decir esto?

El “ser” y el “hacer” de la Iglesia

Para comprender correctamente lo que representa y lleva consigo la afirmación de la Iglesia como sacramento, lo primero que se debe tener presente es lo que ya indicó el gran especialista en esta materia, O. Semmelroth. Al decir que la Iglesia es “sacramento de salvación”, el concilio Vaticano II no pretendió ofrecer una definición de la esencia de la Iglesia, sino más bien indicar cómo debe ser su modo de actuar.

Es decir, lo que está en juego, en esta afirmación conciliar, no es tanto lo que la Iglesia es en sí, sino el modo de su actuación en este mundo. Sin olvidar que esto, en última instancia, afecta y determina lo que es la esencia misma de la Iglesia. O sea, el “ser” se comprende aquí a partir del “actuar”.

La Iglesia es lo que tiene que ser cuando actúa como tiene que actuar para que los humanos encuentren salvación y solución para sus vidas. Lo cual quiere decir que, a partir de la comprensión de la Iglesia como sacramento, no cabe decir que la Iglesia tiene un ser predeterminado ontológicamente, que siempre ha sido, es y será el mismo.

Una Iglesia que actúa de forma que en ella los hombres no encuentran solución a sus problemas últimos y definitivos, no encuentran solución a sus preguntas más determinantes, y no ven en ella esperanza alguna, esa Iglesia no es que actúe mal, sino que no es ya la Iglesia que Dios quiere, es decir, la Iglesia que tiene su origen en Jesús y que prolonga en el tiempo y en la historia la presencia de Jesús en el mundo.

Dicho más claramente, la Iglesia deja de ser la Iglesia cuando actúa en esta vida de manera que en ella la gente ya no ve un signo de esperanza y de futuro, la esperanza y el futuro que se refiere a esta vida, pero que también trasciende esta vida y es capaz de dar un sentido pleno a la vida de las personas.

No existe, por tanto, una esencia permanente e inmutable de la Iglesia. Porque la historia de los hombres no es inmutable, sino cambiante. De ahí que la Iglesia, por más que tenga el deber de conservar un pasado y una tradición que le ha sido dada, nunca puede olvidar que su ser está siempre orientado a un fin que históricamente cambia, se modifica, sufre profundas transformaciones y, por tanto, exige modificaciones y las debidas adaptaciones.

Cuando el papa Juan XXIII habló en el Concilio del necesario aggiornamento de la Iglesia, se refería a una cuestión en la que estaba, y sigue estando, en juego el ser o no ser de la Iglesia.

Porque una Iglesia que se queda trasnochada y que resulta anacrónica y, por eso mismo, inadaptada a la cultura y a la capacidad de comprensión de los hombres y mujeres de cada tiempo y de cada cultura, por eso también deja de ser la Iglesia que Dios quiere y pierde su razón de ser, por más que visiblemente y ante determinados sectores de la población continúe teniendo plausibilidad y hasta éxitos más o menos engañosos y, en todo caso, efímeros.

He aquí la consecuencia inevitable, y al mismo tiempo altamente esperanzadora y exigente, de la comprensión de la Iglesia como sacramento.

(LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN)

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