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UNA LECCIÓN DEMOCRÁTICA. Reyes Mate.

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El periódico

Decididamente el papa alemán no es el papa polaco. Ni una referencia a la unidad de España, ni un ataque directo a la política laicista del Gobierno socialista, sobre todo a esas leyes sobre matrimonios de gais y lesbianas o divorcio exprés. Cuando en sus discursos bordeaba el abismo, sea dirigiéndose a las autoridades políticas sea refiriéndose a al secularización de la sociedad española, los aplausos de un público adoctrinado daban a entender que ahí le esperaban para que ajustara cuentas al Gobierno socialista que está acabando con las esencias patrias.

PERO Benedicto XVI no se movía de su guión: venía a un acontecimiento pastoral, el quinto congreso mundial de la familia, y sus discursos se dirigían a creyentes católicos para recordarles la concepción cristiana de la familia e invitándoles a que lucharan en una sociedad que ya no es cristiana por la defensa y difusión de sus valores. Juan Pablo II no hubiera desaprovechado la ocasión para cantarle a José Luis Rodríguez Zapatero las verdades del barquero, a no ser que, como ocurrió en su ultimo viaje con José María Aznar, silenciara sus críticas a la guerra de Irak porque el Gobierno conservador estaba dispuesto a un trato de la enseñanza de la religión que no logró ni con ministros democristianos de la UCD.
Entre estos dos papados hay una diferencia de talante personal y también teológica. El papa polaco prefería el teatro a la cátedra, las emociones a la argumentación, la política a la teología. Lo contrario del Papa actual quien, sin embargo, no renuncia a la política ni a la representación, solo que lo entiende de otra manera. Tanto uno como otro con muy conscientes de que la religión no es un asunto privado, sino de interés público, por eso tiene que ver con la política y con los políticos.
El problema es cómo hacerlo valer: ¿exigiendo a los poderes públicos que conviertan en leyes la moral católica sobre la familia, como quieren los obispos españoles, o tratando de convencer a los políticos con argumentos comprensibles que la visión católica es una buena contribución al bien común? La respuesta medida de Benedicto XVI no deja lugar a dudas: «Invito a los gobernantes y legisladores sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía (léase la visión cristiana del matrimonio) aseguran al hombre y a la familia, centro neurálgico de la sociedad». Esta frase, la más política y más definitiva del viaje, debería tranquilizar a los restos nacionalcatólicos capitaneados por el cardenal de Madrid. Sobre la teatralidad del pontificado actual: Joseph Ratzinger se sabe no tan buen actor como su predecesor, casi un profesional, por eso ha buscado ayuda en el atrezo del que es maestro.
La visión religiosa que tiene el actual Papa tampoco avalaba la expectativa de un enfrentamiento político con el Gobierno. El teólogo Ratzinger prefiere las grandes visiones de la historia al protagonismo de los acontecimientos. De Teilhard de Chardin, por el que siente gran debilidad, aprendió que Dios es alfa y omega de la evolución del mundo. El hombre –o la familia cristiana– es una pieza de ese engranaje y fuera de él no tiene sentido. Su libertad es verdadera si la pone al servicio de ese plan divino. Para este tipo de pensamiento los acontecimientos puntuales, que sean Auschwitz o Valencia, son secundarios: no pueden cuestionar el plan divino y no conviene que tengan excesivo protagonismo.
El Papa tiene gran sensibilidad para esta gran visión cristiana de la historia y toca de oído cuando tiene que enjuiciar un acontecimiento. Por eso no entendió lo que significa Auschwitz cuando en vez de preguntarse «dónde estaban los hombres de Iglesia» se salió con lo de «dónde estaba Dios». Y un buen uso de la visita a Valencia significaba para él aprovechar la ocasión para explicar el papel de la familia cristiana en el contexto de una visión cristiana del mundo.

NADA MÁS ajeno, pues, a las expectativas beligerantes de la muchedumbre congregada por kikos, opusdeístas, legionarios y neocatecumenales que este discurso teológico. Pero como la reserva de aplausos había que colocarles en algún momento, ocurrió que asomaron en el momento más inoportuno, precisamente cuando el Papa hablaba de que la fe no es mera transmisión cultural, sino que es un don dirigido a la libertad del hombre que la puede aceptar o no.
En esa breve frase está encerrada la visión trágica de la vida que tiene el cristianismo. Resulta, en efecto, que, según el cristianismo, la felicidad de cualquier hombre consiste en conseguir una meta que está fuera de sus posibilidades (por eso necesita la gracia). A Unamuno ese planteamiento le sacaba de quicio y a los presentes en Valencia les provocaba el aplauso. Pero, ¿a qué aplaudían?
El Papa ha venido a España a dar una lección… a los obispos españoles. Ha venido, en efecto, a reconocer que esta es una sociedad muy secularizada y que la estrategia para hacerse presente no es exigir a los gobernantes, sino convencer a los suyos, y a través de ellos a la sociedad, de la importancia social de sus planteamientos morales. Ha sido una lección de lo que es la fe de una minoría en una sociedad plural y democrática.

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