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UNA IGLESIA CON TODOS SI ES POSIBLE. Julián Moreno Mestre

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Religión Digital

Ningún cristiano progresista, que no ande por el sector más recalcitrante, querría una Iglesia sin obispos o sin el Papa. Las figuras episcopales resultan ser importantes en la Iglesia. Si no tuviéramos obispos y al Papa, el caos organizativo y disciplinario que podríamos tener sería tremendo. Otra cosa muy distinta es que los obispos estén funcionando hoy en día correctamente, unos si y otros no.

Los Papas tradicionalistas e integristas del siglo XIX son los que han traído la peor herencia hasta el siglo XX en cuanto a entendimiento con la sociedad y los estados se refiere. Resulta curioso como tras el pontificado de Pío VII, con su secretario de estado Consalvi, bastaron tres pontífices para darle la vuelta a la tortilla y torcerlo todo desde un intento de entendimiento con la sociedad cambiante de su época, a un continuo rechazo. Bastó sobre todo el calamitoso pontificado de Pío IX, del que heredamos el Syllabus de Errores, el cual ha constituido para la Iglesia católica una lacra que ha tenido que superar a medias. Es de recordar esas prohibiciones pontificias en las que se prohibía participar en las elecciones democráticas, o colaborar con el Estado Italiano como fue el caso.

Por fortuna parte de ese nefasto Syllabus y su espíritu fueron superados, pero otra parte no fue para nada superado. Surgieron nuevas corrientes idealistas en el siglo XIX las cuales fueron abandonadas y atacadas por el catolicismo. Con ello se echó a perder la continua presencia de la Iglesia en todos los tinglados políticos que hasta la fecha ha habido. El comunismo y el socialismo podrían como ideologías haberse moderado y haberse bajado en muchos planteamientos del burro en el que estaban subidas. Pero ese clima de enfrentamiento al que los integristas siempre les ha gustado generar, ha dado hoy los peores frutos en forma de una secularización que parece imparable.

El concilio Vaticano II tubo un espíritu de reforma y de tolerancia promovidas por los Papas Juan XXIII y Pablo VI que sin duda han dado a la iglesia muchísimos frutos. Con este espíritu estuvo por poco casi por conseguirse la conversión de las ideologías de izquierda. Está claro que algunos cristianos de izquierdas cometieron errores graves, apoyaron teologías poco acertadas. Pero era necesario corregir y no castigar tal como impuso Juan Pablo II.

Consiguió Juan Pablo II acabar casi totalmente con la presencia de la Iglesia en los partidos de izquierdas europeos, y radicalizar y defenestrar a una iglesia progresista de América Latina. Los resultados en Europa no se han hecho esperar, la Europa cristiana está arrasada por ese desentendimiento entre Iglesia y sociedad, y la cosa pinta fea para los próximos años. Y la tan querida derecha de los obispos, esa que tanto se esforzaron por pedir el voto en sus homilías, está hoy deseando más quitarse esa imagen de estar con los obispos porque hasta la gente del centro y centro derecha no se sienten identificados ya con la Iglesia Católica. Tampoco están dispuestos a que unos obispos estén en ese grosero plan de exigirles a ellos reivindicaciones que se ven como impositivas.

Pues pienso que otra Iglesia es posible. Y yo no ando pidiendo cambiar los asuntos teológicos, no estoy pidiendo cambiar ceremonias ni sacramentos. No pido rosquillas en las Eucaristías, ni pido que los obispos o el Papa dejen sus cargos. Estoy pidiendo algo tan distinto como un clima de mayor comprensión y entendimiento. Pido una iglesia más tolerante, con un mejor ánimo de corregir que de condenar.

Por poner un ejemplo, ahora que se acercan las Romaxe en Galicia, lo que debiera hacer Don Julián Barrios es llamar al cura que celebre el acto eucarístico, pedirle corregir ciertos asuntos litúrgicos, buscar una fórmula adecuada y aceptable que permita esa alegre misa que reúne a cientos de personas en Galicia sin salirse previamente de los cánones. Incluso debiera indicar a los presentes un interesante recurso que he visto utilizarse para confesar entero a un templo en el que solo había tres sacerdotes para más de un centenar de personas, confesar únicamente los dos pecados más graves. Esta fórmula que me parece ideal para los alejados del sacramento de la penitencia. Esto es corregir, y corrigiendo, guiando y sobre todo mostrándose cercanos y no distantes, se pueden lograr muy buenos resultados.

Merecería mucho la pena una reconciliación de nuestros obispos con las comunidades de base populares, esas que son izquierdistas. Corregir excesos y tolerar a gente muy distinta en la Iglesia, castigar frutos no da.

Pero si hace caso a lo que algunos van exigiendo de prohibir, suspender, censurar, y en definitiva condenar, el resultado sería esa multitud de católicos en condena unánime contra el arzobispo y contra la Iglesia.

Pero que positiva es la tolerancia, el respeto, la comprensión y la sana corrección con un diálogo, que sanas son y que pocos quieren que eso mismo sea practicado en nuestra Iglesia. Esta es la Iglesia que quiero, y la que tristemente está faltando con no poco frecuencia a día de hoy. Y que lástima que algunos católicos propugnen siempre por agredir a una parte de la Iglesia, sea progresista o conservadora. Una reconciliación y un respeto es necesario que exista entre dos partes enfrentadas. ¿Acaso pido en esto poner o quitar dogmas? ¿cambiar o corregir el catecismo? ¿deponer o poner obispos? ¿excomulgar a alguien? No creo que sea mucho lo que pido.

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