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¿Una Iglesia Católica sin Papa, es Posible? -- Eduardo Hoornaert

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Reflexión y Liberación

El papado no está presente en el origen del cristianismo. El término ‘Papa’, por ejemplo, no aparece en el nuevo testamento…
El anuncio de la renuncia de Benedicto XVI me sorprendió, como a muchas personas. Me impresionó la sencillez con la que expone sus sentimientos y pienso que, de esta forma, el desbloquea la visión estática que tenemos sobre el papado y abre un espacio para las discusiones sobre el gobierno de la iglesia católica. Es lo que pretendo hacer en este texto. Mi pregunta es la siguiente: ¿Será que la iglesia católica necesita realmente de un Papa?


El papado

El papado no está presente en el origen del cristianismo. El término ‘papa’, por ejemplo, no aparece en el nuevo testamento. En cuanto a los versículos del Evangelio de Mateo («tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia»; 16, 18), que suelen ser invocado para legitimar el papado, hay que recordar que la exégesis actual es taxativa en afirmar que no se puede aislar un texto de su conjunto literario y convertirlo en oráculo. Sin embargo, los versículos de Mateo funcionan, al menos en la institución católica, como un oráculo. Para cualquier persona que lee los Evangelios poniéndolos en contexto, está claro que a partir de ese texto, no hay base para a imaginar que Jesús haya planeado una dinastía apostólica de carácter corporativo, basada en la sucesión de poderes. Las palabras «tú eres Pedro» no corresponden, ni fundamentan la institución del papado.

Fue el obispo Eusebio de Cesarea, teórico de la política universalista del emperador Constantino quien, en el siglo IV, comenzó a componer las listas de los sucesivos obispos de las principales ciudades del Imperio Romano, en muchos casos sin confirmar la veracidad de los nombres presentados, en un intento de adaptar el sistema cristiano al modelo romano de la sucesión de poderes. Este obispo-historiador es el creador de la imagen de Pedro-Papa.

Pero la investigación histórica apunta a otro horizonte y muestra que la palabra ‘papa’ (pope), que pertenece al griego popular del siglo III, es un término derivado de la palabra griega «pater (padre) y expresa el amor que los cristianos tenían por ciertos obispos o sacerdotes. El término fue penetrando en el vocabulario cristiano, tanto de la iglesia ortodoxa, como de la católica. En el interior de Rusia, hasta en los días actuales, el pastor de la comunidad se llamado ‘Pope’. La historia cuenta que el primer obispo que fue llamado ‘papa’ fue Cipriano, obispo de Cartago entre 248 y 258 y que el término ‘papa’ sólo apareció tardíamente en Roma; el primer obispo de esa ciudad que recibió oficialmente este nombre (según documentación disponible) fue Juan I en el siglo VI.

2-. El Episcopado

Contrastando con el papado, la institución episcopal, sí tiene sólidas raíces en los orígenes del cristianismo, porque se refiere a una función existente en el sistema judío de sinagogas. La palabra ‘obispo’ (que significa «supervisor») se encuentra varias veces en los textos del Nuevo Testamento (1 Tim. 3, 2; Tito 1, 7; 1 Pe 2, 25 y Hch 20, 29), así como el sustantivo «episcopado» (1 Tim 3, 1). En las sinagogas judías, el ‘epíscopos’ era responsable por el buen orden en las reuniones y las primeras comunidades cristianas no hicieron nada más que adoptar y adaptar el nombre y la función existentes.

3. La lucha por el poder

Desde el siglo III se desencadenó, entre los obispos de las cuatro principales metrópolis del Imperio Romano (Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Roma), una fuerte lucha por el poder. Esta pugna fue particularmente dramática en la parte oriental del imperio, donde se hablaba la lengua griega. Los obispos en disputa fueron llamados «patriarcas», un término que conjuga el ‘pater’ griego, con el poder político (‘archè’, en griego, significa «poder»). El patriarca es al mismo tiempo padre y líder político.

Al comienzo, Roma participaba poco de esa disputa, por estar lejos de los principales centros del poder de la época y utilizar el latín, una lengua menos universal (solo utilizada en la administración y en el ejército del sistema imperial romano). A su vez, Jerusalén, ciudad ‘matriz’ del movimiento cristiano, quedó fuera de la competencia, por ser una ciudad de poca importancia política.
Aún así, Roma hacía sentir su influencia en la parte occidental del imperio. El mencionado obispo Cipriano de Cartago reaccionó con energía ante las pretensiones hegemónicas del obispo de Roma e insistió; ‘entre los obispos debe reinar una completa igualdad de funciones y de poder’.

Pero el curso de la historia ha sido implacable. Los sucesivos patriarcas de Roma lograron ampliar su autoridad y levantaron el tono de voz, especialmente después de la exitosa alianza con el emergente poder germánico en occidente (Carlomagno, 800). Las relaciones con los patriarcas orientales (especialmente con el patriarca de Constantinopla) se volvieron cada vez más tensas hasta la ruptura de 1052. A partir de ahí comienza propiamente la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

4. El Papa se sitúa del lado de los más fuertes

Una vez ‘dueña del espacio’, Roma fue elaborando de forma sofisticada el ‘arte de la corte’ que ella había aprendido con Constantinopla. A lo largo de siglos, prácticamente todos los gobiernos de Europa occidental han aprendido en su oportunidad el arte diplomático con Roma. Se trata de un arte nada edificante, que incluye hipocresía, saber aparentar, habilidad para lidiar con el pueblo, impunidad, secreto, lenguaje codificado (inaccesible a los fieles), palabras piadosas (y engañosas), crueldad encubierta de caridad, acumulación financiera (indulgencias, amenaza del infierno, pastoral del miedo etc.). La imponente ‘Historia criminal del cristianismo’, en 10 volúmenes, que el historiador K. Deschner acaba de terminar, describe este arte eminentemente papal en detalle.

Fue principalmente a través del arte de la diplomacia, que a lo largo de la edad media, el papado tuvo éxitos fenomenales. Sin armas, Roma, ante los mayores poderes del occidente, logró salir victoriosa (Canossa 1077). Como resultado, la iglesia fue afectada, en palabras del historiador Toynbee, por la ‘embriaguez de la victoria’. El Papa fue perdiendo contacto con la realidad del mundo y pasó a vivir en un universo irreal, lleno de palabras sobrenaturales (que nadie entiende). Como bien observa Ivone Gebara, algunas de estas palabras están todavía en boga, como cuando se dice que el Espíritu Santo elegirá el próximo Papa.

Con el advenimiento de la modernidad, el papado perdió gradualmente espacio público. En el siglo XIX, especialmente durante el largo pontificado de Pío IX, la antigua estrategia de oponerse a los ‘poderes de este mundo’ ya no funciona mas. No trae más victorias, sólo registra derrotas. Entonces, el Papa León XIII decide cambiar la estrategia y lanza una política de apoyo a los más fuertes, una estrategia que funciona durante todo el siglo XX. Benedicto XV sale de la Primera Guerra Mundial al lado de los vencedores; Pío XI apoya a Hitler, Mussolini y Franco, mientras que Pío XII practica la política de silencio ante los crímenes de lesa humanidad perpetrados durante la Segunda Guerra Mundial, a costa de innumerables vidas humanas. Después de la breve interrupción que significó Juan XXIII, la política de apoyo silencioso a los fuertes (y de palabras genéricas de consuelo a los perdedores) prosigue hasta nuestros días.

5. Hoy el papado es un problema

Por todo lo anterior, se puede decir hoy que el papado no es una solución, es un problema. No se puede decir lo mismo del episcopado, pues éste registra, en los últimos tiempos, páginas luminosas. Además de los obispos mártires (como Romero y Angelelli) tuvimos aquí en América Latina una generación de obispos excepcionales entre los años de los años 1960 y 1990. Además, el Concilio Vaticano II ha avanzado la idea de la colegialidad episcopal, con el fin de fortalecer el poder de los obispos y limitar el poder del Papa. Pero ese esfuerzo se estrelló en un muro insuperable construido con una mezcla de pereza mental (la ley del menor esfuerzo), fascinación por el poder (Walter Benjamín), disponibilidad del débil ante el poderoso (Maquiavelo) y arte cortesano (Norbert Elias). Aún así, cabe recordar que el catolicismo es mayor que el Papa y que la importancia de los valores vehiculados por el catolicismo es mayor que su actual sistema de gobierno.

6. ¿Puede la iglesia católica subsistir sin Papa?

¿Puede Francia subsistir sin rey, Inglaterra sin reina, Rusia sin Zar, Irán sin ayatolá? La misma historia se encarga de dar la respuesta. Francia no terminó con la destitución del rey Luis XVI y ciertamente Irán no se acabará con el final del reinado de los ayatolas. Esto se aplica al cristianismo, como prueba la aparición del protestantismo en el siglo XVI.

Sin duda habrá resistencias y nostalgias, intentos de volver al pasado, pero las instituciones por lo general no desaparecen por cambios de su estructura de gobierno. El general, el movimiento de la historia hacia una mayor democracia y participación popular es reversible (al parecer). Tarde o temprano, la iglesia católica deberá enfrentar la cuestión de la superación del papado por un sistema de gobierno central más acorde con los tiempos que vivimos.

Dentro de esta lógica se puede decir que la obsesión actual en hacer predicciones sobre el futuro Papa, puede desviar la atención de lo que es realmente importante. Porque no se trata del papa, sino del papado como una forma de gobierno. Es comprensible que los medios de comunicación estos días se deleitan en centrarse en la figura del Papa. Pues, para los medios, el papa es negocio. El éxito del entierro del Papa Juan Pablo II, hace unos pocos años, mostró a los planificadores de medios de comunicación las potencialidades financieras de grandes eventos papales. Y con mucho gusto, los medios de comunicación se encargan hoy de dar a conocer los puntos básicos del Catecismo papal: el Papa es el sucesor de Pedro, el primer Papa; la elección de un papa, en definitiva, es obra del Espíritu Santo; que nadie se pierda la indulgencia plenaria concedida excepcionalmente por Dios en ocasión de la primera bendición del nuevo Papa. Eso es lo que veremos en las próximas semanas. Tal vez sea mejor no hablar mucho de la elección del futuro papa estos días, sino más bien trabajar sobre temas que preparen la iglesia del futuro.

Concluyo trayendo aquí dos ejemplos recientes alrededor de esta problemática. Pocos saben que, en los pasados años 1980, el Cardenal Aloísio Lorscheider llegó a discutir con el Papa Juan Pablo II sobre la descentralización del poder en la iglesia. No hay ningún registro escrito o fotografiado de esta discusión, pero parece que el Papa se mostró abierto a las sugerencias del cardenal brasileño, como consta en la encíclica «Ut unum sint». Este punto fue comentado por José Comblin en una de sus últimas obras; ‘Problemas de gobierno de la Iglesia’ (ver internet). Pienso que el Papa, sólo no avanzó, porque no percibía en la iglesia una real voluntad política de avanzar hacia la descentralización del gobierno. En este caso, es evidente que el problema no es el Papa, sino el papado.

Un ejemplo diferente, pero que apunta en la misma dirección, viene de otro obispo brasileño, Helder Camara. Llegando a Roma para participar en el Concilio Vaticano II (él no había viajado a Europa antes), el obispo brasileño se sorprendió por los comportamientos en la corte romana, hasta el punto de tener alucinaciones, como cuenta en sus cartas circulares. Cierta vez, en una sesión en la Basílica de San Pedro, tenía la impresión de ver al emperador Constantino invadiendo la iglesia, montado en un brioso caballo a pleno galope. Otra vez, soñaba que el Papa queda loco, lanzaba su tiara en el Tíber y prendía fuego al Vaticano. Él decía en conversaciones informales: el Papa haría bien en vender el Vaticano a la Unesco y alquilar un apartamento en el centro de Roma.

He podido comprobar personalmente en varias ocasiones que Don Helder detestaba el «sigilo papal” (uno de los instrumentos del poder de Roma). Al mismo tiempo, el obispo brasileño mantuvo amistad con el Papa Paul VI, lo que demuestra una vez más que el problema no es el Papa, sino el papado como institución.

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