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UNA IGLESIA BELIGERANTE DEMUESTRA QUE ESTÁ DESORIENTADA. F. L. Chivite

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Religión Digital

El Papa de Roma ha hecho recientemente una declaración afirmando que la suya es la única religión verdadera. Y luego, al enterarse, tanto los judíos como los protestantes se han enfadado y han expresado su malestar. Pero bueno, ¿por qué? Todo el mundo sabe que las religiones son así. Fundamentalmente exclusivistas.

Y que todas ellas, desde la más altiva a la más humilde, aspiran a lo mismo: ser la única verdadera. De hecho, de eso se trata. De elaborar una verdad más o menos aceptable y creer en ella. Y no está mal, claro. Creer, de por sí, es algo bonito. Además es necesario creer en algo. La sociedad necesita creyentes, de lo contrario se desmoraliza y se hastía. Se empieza dejando de creer en Dios y se acaba descreyendo de los políticos, del libre mercado y hasta de las vacaciones en familia.

Incluso mi dulce amigo, el amargo Cioran, cuyas píldoras de escepticismo sigo tomando con regularidad homeopática llega a decir que, por cuestiones prácticas y aunque estemos convencidos de que la vida carece de sentido, debemos hacer un esfuerzo por vivirla como si en realidad tuviera aún algún sentido. Es encantador.

Así pues, un poquito de autoengaño y otro poquito de paciencia (que según Goethe es el principal ingrediente de la fe en lo imposible), y uno puede creer en cualquier cosa. Me suena que hace unos años, no muchos, un equipo de científicos americanos demostró que la fe alarga la vida. Es decir, que los creyentes viven más tiempo y con menos depresiones. Y eso sin contar la vida eterna. De modo que creer está bien. Aunque sólo sea desde un punto de vista interesado.

Pero, cuidado. No hay que pasarse. Nunca hay que pasarse. Cuando uno cree demasiado en algo lo destroza. Peor todavía: se destroza a sí mismo. Y a veces también intenta destrozar el mundo. Ejemplos recientes no faltan. Además, uno de los primeros efectos del creer demasiado en algo es la pérdida automática del sentido del humor. Y lo que eso conlleva: el afán de sacralizarlo todo.

Si hay algo que últimamente da miedo es el auge del fanatismo. La intolerancia: sea del signo que sea. Nuestra cultura se está transformando muy rápidamente. El sistema de la antigua tradición con su eficaz repertorio de símbolos ya no sirve para explicar una sociedad cada vez más heterogénea y compleja.

Y eso parece haber descolocado a los líderes religiosos. No sé por qué, pero me da la impresión de que la Iglesia católica está de nuevo adoptando una actitud beligerante. Y no es que dé miedo. Nada de eso. Más bien, demuestra cierta desorientación. Cierto no saber qué hacer ante la nuevos desafíos. El fundamentalismo siempre ha tenido problemas con la razón. Y siempre acaba pidiendo perdón demasiado tarde.

(El Correo)

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