InicioRevista de prensaiglesia catolicaÓSCAR ROMERO: UN SANTO PARA EL SIGLO XXI

ÓSCAR ROMERO: UN SANTO PARA EL SIGLO XXI

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Atrio

Oscar RomeroA lo largo de la historia, tres obispos han sido asesinados en el altar de sus iglesias. El primero, San Estanislao de Cracovia, asesinado por denunciar los pecados personales del rey y defender la moralidad. El segundo fue Santo Tomás Becket de Canterbury, asesinado por defender los derechos y libertades de la Iglesia. El tercero, el arzobispo Romero de San Salvador, asesinado por defender a los pobres. Los dos primeros fueron canonizados en los siglos XII y XIII. El tercero debería serlo en el XXI.

EL ARZOBISPO ROMERO: Un santo para el siglo XXI

Texto de la conferencia pronunciada recientemente por Monseñor Ricardo Urioste, antiguo secretario del arzobispo Romero, en Westminster, Roehampton y Aylesford.

Conocí a Monseñor Romero a los pocos días de hacerse cargo del Arzobispado de San Salvador, el 22 de febrero de 1977. No había asistido a su toma de posesión porque no me parecía honrado estar allí dado que, como otros muchos, pensaba que no era el arzobispo que había esperado.

La primera vez que nos encontramos fue por pura casualidad, pero me dejó un recuerdo inolvidable. Chocamos físicamente cuando él salía y yo entraba en el Seminario. Por supuesto le dije “¡Hola!” y él me respondió con una sola palabra: “¡Ayúdeme!”, algo que no solamente me dijo a mí sino que lo decía a todo el que encontraba. Me impresionó su humildad, una característica que siempre le distinguió. Muchas veces, en privado o en público, solía pedir perdón por las equivocaciones que había cometido.

Su muerte tres años más tarde no fue una muerte común. Fue la muerte de un santo, de un profeta y de un verdadero cristiano. Fue un mártir de la fe y del magisterio de la Iglesia. Murió porque creía en Dios, a causa del evangelio, por la gente en la que veía a Cristo, y porque fue fiel a las enseñanzas de la Iglesia. Supo cómo mantener una doble lealtad en su vida –lealtad a Dios y a la persona humana– lo que debe ser el criterio que define a todo auténtico cristiano.

Recordarle veintisiete años más tarde significa hacer que viva nuevamente entre nosotros, no sólo para admirarle sino para seguir el ejemplo de su vida. Significa también a otros muchos de nuestro país junto con él: labradores, maestros, líderes obreros, sacerdotes y religiosos, un pueblo entero masacrado y crucificado.

MONSEÑOR ROMERO: UN HOMBRE ENRAIZADO EN DIOS

Recuerdo que Monseñor Romero me dijo una vez: “es tan sorprendente que Jesús, en sus enseñanzas, siempre tuviera presentes a los pobres de una manera preferente. En dos de sus discursos, el del Sermón de la montaña y en Nazaret, se refiere a los pobres y a los que sufren”. Así es como el Señor comienza su vida pública, teniendo presentes a las multitudes de pobres a las que curaba y daba de comer. Los impedidos, los ciegos, los leprosos y los necesitados siempre estaban con él. ¿No dice esto nada a su Iglesia y a sus pastores?

Monseñor Romero interiorizó esto perfectamente. No sé cuántos obispos en todo el mundo hubieran hecho lo que Monseñor Romero hizo una vez cuando era obispo en una diócesis rural antes de ir a la de San Salvador. Cuando se enteró de que los temporeros de la recolección de la cosecha del café, miserablemente pagados, habían estado durmiendo al aire libre en un parque local les abrió de par en par las puertas de su residencia episcopal para que tuvieran un techo bajo el que protegerse. Había aprendido esto de Jesús, el primer maestro de nuestra vida cristiana.

Un día dijo en una homilía:

“Dentro del corazón de cada hombre hay algo así como una celda íntima a la que Dios desciende para una conversación privada. Es allí donde el hombre decide su propio destino, su papel en el mundo. Vivimos demasiado fuera de nosotros mismos. Muy poca gente examina su interior, y por eso hay tantos problemas. Si todos lo que estamos cargados por tantos problemas entráramos ahora mismo en esa pequeña celda y desde allí oyéramos la voz del Señor hablándonos en nuestra conciencia, ¿cuánto podría cada uno de nosotros hacer para mejorar el medio ambiente, la sociedad y la familia en que vivimos?” (10 de julio de 1977).
Tuve varias oportunidades de darme cuenta de su gran espíritu de oración. En diciembre de 1979 el cardenal Lorscheider, de Brasil, y un importante miembro del gobierno de El Salvador, lo estaban visitando; yo también estaba presente. Estaban hablando entre ellos y, en un momento dado, el arzobispo Romero se disculpó y salió de la habitación. Los minutos pasaban y él no volvía. Pensé que los visitantes no habían venido a verme a mí, sino a él, de manera que al cabo de unos minutos yo también me excusé y fui a buscarlo. Fui a su habitación y no estaba. Fui a la sala de visitas y allí tampoco. Lo busqué en un pequeño jardín del hospital y no lo pude encontrar. Decidí volver a la reunión y, de repente, se me ocurrió mirar en la capilla. Allí estaba el arzobispo, arrodillado en el tercer banco, ante el Santísimo Sacramento que estaba expuesto. Me acerqué a él y le dije: “Monseñor, esos señores lo están esperando”. “Sí, voy enseguida”, dijo. Pienso que había ido ante el Señor para consultarle cómo responder al cardenal y al representante del gobierno y que nunca decía ni hacía nada sin antes consultarlo con Dios.

Después de su asesinato, llegaban delegaciones de varios países que admiraban mucho al arzobispo Romero. Algunos preguntaban si era cierto que había sido manipulado, bien por un grupo de sacerdotes, o por la izquierda, o por algunos jesuitas. Y yo solía contestar que sí, que era cierto que fue manipulado, pero solamente por Dios que hizo con él según su voluntad.

Seguir a Cristo es, por supuesto, ser uno con Él. Pero, como sabemos, la espiritualidad significa tener un espíritu de oración y la compasión de Jesús cuando dio de comer a los que tenían hambre y cuando dijo que no hay mayor amor que el amor que demuestra el que da la vida por sus amigos.
Monseñor Romero también tenía el espíritu de Jesús porque oraba profundamente y compartía el sufrimiento de las multitudes hambrientas, abusadas y asesinadas.
Así es como aprendió de las enseñanzas de Jesús.

Otro ejemplo de su espíritu de oración ocurrió cuando le acompañé a Roma cuando visitó a Pablo VI en marzo de 1977. Fue a explicar la situación en la archidiócesis con ocasión de la misa celebrada para el entierro del Padre Rutilio Grande. Llevaba poco más de un mes de arzobispo.
Cuando llegamos a Roma eran las 8,30 de la mañana; habíamos estado volando toda la noche sin dormir nada. Fuimos a la casa sacerdotal cerca del Vaticano. Fui a mi habitación, deshice el equipaje. Estaba mirando mi cama deseando descansar un poco cuando alguien llamó a la puerta. Abrí y allí estaba Monseñor Romero. Me dijo: “¿Te gustaría caminar un poco?” “Sí, Monseñor”, dije. Salimos de casa y fuimos directamente a la Basílica de San Pedro, caminamos por la nave central y lo primero que hicimos fue arrodillarnos ante el altar de la confesión de San Pedro y otros papas. Yo también me arrodillé. Después de unos siete minutos me puse de pie y lo vi orando con tal devoción que me dije: “Este es un hombre a seguir, porque él está siguiendo a Dios”.

El miércoles 30 de marzo fue recibido por el Papa y Monseñor Romero le explicó cómo estaba intentando llevar a la práctica el Evangelio y el Concilio Vaticano II, la Conferencia de Medellín y lo que él mismo, Pablo VI, había propuesto en la Populorum Progressio. Salió animado por las palabras del Papa: “Ánimo, adelante, Vd. Está al frente”.

MONSEÑOR ROMERO: UN HOMBRE PARA EL PUEBLO

La archidiócesis, escribió Monseñor Romero, estaba atravesando una “hora pascual”. En su trabajo pastoral Monseñor Romero estaba intentando dar vida a lo que el papa y los obispos latinoamericanos habían urgido en su reunión en Medellín en Colombia. “Que la Iglesia en Latinoamérica debía manifestarse de una manera crecientemente clara como verdaderamente pobre, misionera y pascual; separada de todo poder temporal y valientemente comprometida con la liberación de todas y cada una de las personas”.

Creo profundamente que era fiel y libre. Ser fiel y libre no es fácil, pero él fue fiel a Dios y fiel a la gente. Esa es la doble fidelidad de la gente de Iglesia. Amó a Dios con total intensidad y vio las cosas y los acontecimientos con los ojos de Dios. No siempre vemos con los ojos de Dios.

Creo que murió por ser fiel al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia en cuestiones sociales. Es un mártir de estas enseñanzas sociales. Si la Iglesia, en sus documentos, no enseñara lo que enseña, él no habría sentido el apoyo que encontró en ellos.

Y fue fiel a la persona humana que el Evangelio y la Iglesia han colocado como el culmen de la creación de Dios, a su imagen y semejanza. El vio con claridad que en su país de El Salvador la gente no se parecía a Dios y no era tratada como si fueran su imagen. Eso oprimía su corazón y no podía llevarlo dentro, a diferencia de otros que saben cómo almacenar dentro hasta las mayores infamias. Cuanto más guardamos silencio más ‘prudentes’ somos. Hemos hecho de la prudencia la reina de las virtudes cardinales, y la justicia y la fortaleza las hemos subordinado a ella. Por eso Monseñor Romero se sentía libre, porque Jesús nos dijo: “Si vivís de acuerdo con mis enseñanzas, sois verdaderamente mis discípulos; entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.”

Además de los Padres de la Iglesia de los primeros siete siglos, que defendieron con decisión a los pobres en sus escritos, Monseñor Romero estaba familiarizado con la sistematización de la enseñanza social de la Iglesia, que incluye encíclicas tales como la Rerum Novarum de León XIII y la Quadragesimo Anno de Pío XI. Más tarde, el Vaticano II y los documentos del papa y los obispos latinoamericanos de Medellín y Puebla, le proporcionaron la necesaria base para su labor pastoral.

Un día lo estaba visitando en sus habitaciones. Tenía un libro en sus manos. “Lee esto”, me dijo. Y yo leí: “¿Quieres honrar el Cuerpo de Cristo? Entonces no lo ignores cuando lo encuentres desnudo en los pobres. No lo honres en el templo con ropas de seda si al salir lo abandonas en su fría desnudez. Porque el mismo que dijo ‘esto es mi cuerpo’ y con sus palabras convirtió en realidad lo que dijo, también afirmó: ‘cada vez que no lo hiciste a uno de estos pequeños, no me lo hiciste a mí’. ¿Es bueno adornar la mesa de Cristo con vasos de oro si el mismo Cristo está muriendo de hambre? Primero da de comer al que tiene hambre y entonces, con lo que sobre, puedes adornar la mesa de Cristo”. Después de que lo hube leído me dijo monseñor: “Es de San Juan Crisóstomo, del s. IV, fue canonizado, es un santo. La Iglesia necesita santos como él”, dijo.

Monseñor Romero llegó a ser uno de esos santos. Amó a Dios y a la gente, especialmente a los pobres.

Si Monseñor Romero no hubiera sentido el gran apoyo de estos documentos sociales se hubiera sentido menos equipado para desarrollar la enorme labor en defensa de los pobres que desarrolló en su ministerio pastoral. Cuando fue nombrado obispo auxiliar en 1970, el lema que escogió para su episcopado fue “Sentire cum Ecclesia”, sentir con la Iglesia, o ser uno con la Iglesia.

Para él, ser uno con la Iglesia podía significar tres cosas. En primer lugar, significaba continua cercanía por medio de la oración constante y fervorosa. Confesaba que en Dios encontraba la fortaleza para continuar. En segundo lugar, significaba amor y servicio a los otros, sin mirar las consecuencias, incluyendo el ofrecimiento de la vida en el altar de Dios por la gente a la que quería y defendía hasta la muerte. Tercero, para él significaba fidelidad filial a las enseñanzas que emanaban de la Iglesia.

En la homilía del 2 de julio de 1978 dijo:

“Es fácil hablar de doctrina social, pero es difícil llevarla a la práctica. (Aquí se estaba refiriendo, sin duda, a la diferencia entre ortodoxia y ortopraxis). Los católicos aceptamos el Evangelio. Aceptamos los documentos del Vaticano II y los diferentes documentos de las enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, una cosa es aceptarlos teóricamente y colocarlos en las estanterías de nuestras bibliotecas y otra muy distinta decir que si el Evangelio y el magisterio me dicen ciertas cosas sobre la pobreza, la injusticia y la dignidad humana, voy a hacerlas mías y predicar sobre ellas, y que denunciaré la injusticia y defenderé a los pobres.”
Fue el Vaticano II el que dijo: “Las alegrías y las esperanzas, el dolor y la angustia de la gente de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y afligidos, son también las alegrías y las esperanzas, el dolor y la angustia de los seguidores de Cristo” (Gaudium et Spes, p. 1). Monseñor Romero interiorizó esto, vio la realidad de su pueblo y se dijo: “Si el evangelio me está pidiendo esto, lo aplicaré a la realidad de miseria, injusticias y pobreza de mi pueblo.”

Siempre tenía presente las enseñanzas de la Iglesia resumidas en el Vaticano II, en los documentos de Puebla y Medellín y en Evangelii Nuntiandi. No obstante, por su actitud, se encontró con grandes dificultades en Roma. Así que el 11 de noviembre de 1979 dijo: “Quiero aseguraros a todos, y pido vuestras oraciones para permanecer fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi gente sino que encararé con ellos todos los riesgos que mi ministerio exija”.

Monseñor Romero siempre estaba dispuesto a escuchar. Escuchaba a Dios, las enseñanzas de la Iglesia, a la gente, especialmente a los más pobres. Escuchaba a Dios, la principal fuente de su inspiración y su vida. A la Iglesia, para tener siempre presentes sus enseñanzas; y a la gente, que era la razón de su servicio.

Reflexionando sobre cómo escuchaba a la gente, recuerdo una ocasión en la que convocó a todas las mejores mentes de la archidiócesis para una consulta. Entre los presentes había especialistas en pastoral, moralistas, teólogos y canonistas. Cada uno dio su opinión sobre lo que se le preguntó y monseñor Romero atendía y tomaba notas. Después de casi dos horas de reunión, cuando salían del lugar en el que había sido celebrada, una persona que parecía un mendigo estaba allí. El arzobispo se le acercó y creí que le iba a dar algo al hombre, pero, para mi sorpresa, le preguntó lo mismo que había preguntado a cada uno de los expertos en la reunión. Así es como él escuchaba a la gente en la que veía a la Iglesia. Esta era para él la Iglesia de la calle.

Una carta que escribió el 24 de junio de 1978 al cardenal Baggio, entonces Prefecto de la Congregación de los obispos en Roma, define con claridad su pensamiento y actividades como arzobispo. Escribió:

“He intentado proclamar la fe sin separarla de la vida, ofrecer el rico tesoro de la Iglesia en su totalidad a todos, y mantener firmemente la unidad de la Iglesia. Durante muchos años mi lema ha sido ‘ser uno con la Iglesia’, ‘sentir con la Iglesia’, y siempre será así. Con frecuencia me he dicho a mí mismo: Qué duro es tratar de ser totalmente fiel a lo que la Iglesia proclama en su magisterio y qué fácil, por otra parte, olvidar o dejar de lado ciertos aspectos. Lo primero trae consigo mucho sufrimiento; lo segundo produce gran seguridad, paz y ausencia de problemas. Lo primero provoca acusaciones y desprecio; lo segundo, progreso esperanzador y alabanzas. Esto me confirma lo que el magisterio, por medio del Concilio, dice a los Obispos: ‘Enseñad la doctrina cristiana de manera que tenga en cuenta las necesidades de los tiempos, que responda a las necesidades y problemas que afectan a los hombres y a las mujeres y se refiera a esa misma doctrina para enseñar a los fieles a defenderla y propagarla. Al enseñarla, manifiesta la solicitud maternal de la Iglesia por toda la Humanidad, creyente o no, dedicando un cuidado especial a los pobres a los que el Señor os envió para darles la Buena Noticia”.
Este documento me parece muy importante porque nos permite conectar la muerte de monseñor Romero con el Evangelio. En él habla de la fe, pero de una fe que no se debe separar de la vida diaria. Él habla de las enseñanzas de la Iglesia, pero también de la necesidad de tenerlas en cuenta en su totalidad. El habla de unidad, y recuerda lo que ha sido el lema de su vida: ser uno con la Iglesia.

Monseñor sería más tarde más explícito acerca de su adhesión a las enseñanzas de la Iglesia, diciendo especialmente dos cosas: Qué difícil es ser completamente fiel a lo que la Iglesia proclama en tantos documentos –justicia, los pobres y derechos humanos– y cómo esto resulta difícil porque conlleva un gran sufrimiento.

Lo experimentó personalmente como objeto de acusaciones, desprecio y calumnias y, finalmente, con la ofrenda de su propia vida en martirio mientras celebraba la eucaristía.

En la Biblia (Amós 3,3) el profeta dice: “En verdad, el Señor nada hace sin revelar su plan a sus siervos los profetas”. Se afirma que Dios revela sus secretos al profeta. Por tanto, la referencia a “nada” en Amós, significa “acontecimiento, situación, realidad”. Todo el mundo ve acontecimientos y situaciones. Sin embargo, la mayor parte de la gente tiende a mirar los acontecimientos desde fuera, su apariencia exterior. El profeta, por el contrario, penetra el exterior y alcanza el centro profundo que contiene su secreto y su significado. En otras palabras, ve el plan de Dios que se va a llevar a cabo en los acontecimientos.

Se dice del arzobispo Romero que cambió drásticamente a raíz del asesinato del Padre Rutilio Grande y que su conversión tuvo lugar menos de un mes después de llegar a arzobispo. No creo que eso sea así. Creo que monseñor Romero fue alguien que a lo largo de su vida buscó la conversión. Fue algo similar a lo que Marcos nos dice acerca de cuando Jesús curó a un ciego: Cuando llegaron a Betsaida le trajeron a un ciego que suplicó a Jesús que lo tocara. Jesús tomó al ciego de la mano y lo sacó del pueblo. Poniendo saliva en sus ojos colocó las manos sobre él y le preguntó: “¿Ves algo?”
Levantando la cabeza el hombre replicó: “Veo gente que parecen árboles caminando”.
Entonces Jesús puso las manos sobre sus ojos una segunda vez y el ciego vio con claridad. Recuperó la vista y pudo ver todo” (Mc 8, 22-25).

Monseñor Romero también comenzó a ver gradualmente, según iba descubriendo más el evangelio y la dolorosa situación de su pueblo. Todo esto le cambió. Nunca habló de sí mismo en términos de conversión; él hablaba de evolución. Por este motivo escribió: “Disposición a cambiar: el que no logra cambiar, no conseguirá el Reino”. Esta es la razón por la que añade: “Cuando huimos de la realidad, huimos de Dios”.

A lo largo de la historia, tres obispos han sido asesinados en sus iglesias. El primero, San Estanislao de Cracovia, en Polonia, fue asesinado por llamar la atención por los pecados personales del rey, es decir, por defender la moralidad. El segundo fue Santo Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, que fue asesinado por defender los derechos y libertades de la Iglesia. El tercero, el arzobispo Romero, apoyado por los evangelios y las enseñanzas de la Iglesia, fue asesinado por defender a los pobres.
Los dos primeros obispos han sido canonizados.

Finalmente, quiero citar de la homilía de monseñor Romero del 2 de julio de 1978, en la que dijo:

“He confirmado una vez más que moriré, Dios mediante, fiel al sucesor de Pedro. Es fácil predicar las enseñanzas en teoría, seguir las enseñanzas en teoría. Pero cuando se trata de vivir estas enseñanzas salvadoras, de encarnarlas y hacerlas reales en la historia del pueblo que sufre, como el nuestro, es entonces cuando surgen los conflictos. No que haya sido infiel, ¡nunca¡ Por el contrario, creo que hoy soy más fiel que nunca porque experimento la prueba, el sufrimiento y la profunda felicidad de proclamar (y no sólo con palabras y con los labios) una doctrina en la que siempre he creído y amado. Estoy intentando convertirla en vida para la comunidad que el Señor me ha confiado. Os suplico, queridos hermanos y hermanas, que si realmente vamos a ser católicos, seguidores de un verdadero y, por lo tanto, muy difícil evangelio; si queremos realmente honrar la palabra de los seguidores de Cristo, no debemos tener miedo de extraer sangre, vida, verdad e historia de esta doctrina. Tomadas de las páginas del evangelio, se hacen actuales por la doctrina de los concilios y de los papas que tratan de vivir las vicisitudes de su pueblo como pastores” (2 de julio 1978).
Monseñor Romero extrajo sangre, vida, verdad e historia de lo que la Iglesia le enseñó. Murió fiel a Dios, fiel a la persona humana y a las enseñanzas de la Iglesia. Por esto, creo, lo afirmo y lo mantengo, que fue un mártir por la causa del Evangelio, por las enseñanzas del Evangelio y por amor a los pobres.

ARZOBISPO ROMERO, DEFENSOR DE LOS DERECHOS HUMANOS

En una de sus reuniones con un grupo de sacerdotes, el arzobispo Romero pidió a uno de ellos que llevara un diario de lo que estaba sucediendo en la Iglesia y en el país. Un mes más tarde, durante la siguiente reunión le preguntó al sacerdote a quien había encomendado el diario, cómo iba. El sacerdote le respondió diciendo: “Soy un poco desorganizado y no he comenzado todavía”. Monseñor dio un golpe en la mesa y dijo: ‘Con la Iglesia nadie puede ser desorganizado”.

Pasaron los meses y nadie oyó más sobre el diario. Cuando monseñor Romero murió fuimos a su habitación y, para sorpresa nuestra, encontramos que el 31 de mayo de 1978, él había comenzado un diario que había dictado cada día en magnetofón, sin decir una palabra a nadie. Se han publicado varias ediciones de ese diario en castellano y ha sido traducido al inglés, francés, italiano y portugués. De modo que el fallo de una persona es la razón por la que ahora tenemos este tesoro. No es posible conocer la esencia de monseñor Romero sin leer su diario.

Estoy recordando a propósito este asunto del diario para hacer ver que su primera entrada es sobre la protección de los Derechos Humanos. En ese primer día dice literalmente: “La reunión más importante hoy ha sido una con abogados y estudiantes de Derecho que habíamos convocado para explicarles las dificultades a las que se enfrenta la Iglesia y para pedirles ayuda legal en tantos casos de abuso de los derechos humanos”.

Para Monseñor Romero los derechos humanos eran también derechos divinos. Los hombres y mujeres creados a imagen y semejanza de Dios deberían ser respetados porque son seres humanos y son criaturas de Dios. “Tengo que ir por ahí recogiendo cadáveres”, dijo un día, en medio del terror y un período de gran conmoción en el país. Y viéndose a sí mismo ante todo este dolor, comentó: “El arzobispo tiene que estar donde esté el sufrimiento”.

Monseñor Romero fue de hecho el primer ombudsman (defensor del pueblo) en la historia de El Salvador y su pueblo. Fue un ombudsman que sabía cómo combinar la ética y la verdad del Evangelio con la defensa legal y la denuncia pública. Fue un ombudsman que buscó dentro del limitado marco legal disponible, algunos medios de promover la democracia; uno que siempre hizo uso de la solidaridad, de la justicia, en su ministerio de acompañamiento a su gente. Actuando como lo hizo, monseñor Romero unió a la mayor parte de los salvadoreños en la causa de los derechos humanos. Nadie, antes que él, había sido capaz de hacer esto en El Salvador. Ni nadie después de él lo ha hecho tan eficazmente como él lo hizo en esos turbulentos años que precedieron al estallido de la guerra.

En la historia de la humanidad, monseñor Romero tiene un sitio entre los grandes defensores de los Derechos Humanos, tanto por su teoría como por su práctica. Su influencia es salvadoreña, centroamericana y global. Mientras vivió, su voz se oyó por todo el mundo, y sus homilías de los domingos, proclamadas desde la catedral de San Salvador, lo convirtieron en un paradigma internacional para la promoción y defensa de los derechos humanos. Cada domingo solía emplear más de una hora en temas teológicos, interpretando las lecturas de la liturgia de esa semana, comunicando un mensaje de reconciliación a una sociedad ensangrentada y dividida por la violencia. Solía dedicar tanto tiempo como fuera necesario a relatar los acontecimientos más importantes que hubieran tenido lugar aquella semana. En ese “periódico dominical”
hablado contaba lo que los medios dominicales nacionales –controlados y censurados por un Estado autoritario y represivo– no podían contar.

Muchos de los acontecimientos que monseñor Romero contaba en sus homilías eran graves violaciones de los derechos humanos dirigidas contra los salvadoreños más pobres. Que un arzobispo relatase estos hechos públicamente, con frecuencia con gran detalle, resultaba algo sin precedentes. Era la respuesta de un humanista, un demócrata y un cristiano, y, por supuesto, había muy pocos que se atrevían a dar semejante respuesta pública en el peligroso El Salvador de aquellos años.

El énfasis de monseñor Romero en denunciar violaciones de los derechos humanos tuvo un impacto masivo en la comunidad nacional y despertó el interés de la comunidad internacional, especialmente de aquellas organizaciones que se especializaban en la defensa, promoción y protección de los derechos humanos.

En 1978 la Federación Internacional de Derechos Humanos llegó a El Salvador, atraída por las denuncias de monseñor Romero. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó El Salvador en 1979, atraída por la voz de monseñor Romero. Amnistía Internacional escogió El Salvador como destino para su primera misión a gran escala en Centroamérica por monseñor Romero.

Desde Ginebra, la Comisión Internacional de Juristas, dedicada a promover el orden de la ley y la justicia por todo el mundo, visitó El Salvador para escuchar al arzobispo. Una delegación del Congreso de los EEUU hizo su primera investigación de violación de los Derechos humanos, motivada por las valientes palabras proclamadas por monseñor Romero desde la catedral. También desde Ginebra, las Iglesias Protestantes y otras denominaciones cristianas unidas en el Consejo Mundial de las Iglesias animaron a su Comisión para Asuntos Internacionales a acompañar a M. Romero en su labor.

Poco antes de su asesinato, el Parlamento Británico presentó a M. Romero como su nominado para el premio Nóbel de la Paz.

Para terminar, quiero recordar lo que escribió en su último retiro espiritual, treinta días antes de morir:

“Otro temor mío se refiere a los riesgos de mi vida. Es difícil aceptar una muerte violenta que, en estas circunstancias, es muy posible. El P. Azcue (su confesor) me ha dado ánimo diciéndome que mi disposición debería ser dar mi vida por Dios, fuera cual fuera mi final. La gracia de Dios me ayudará a atravesar esas circunstancias desconocidas. Él ha ayudado a los mártires y, si es necesario, lo sentiré cerca de mí cuando exhale mi último suspiro. Pero lo que es más importante que el momento de la muerte es darle toda mi vida, vivir para Él”.
Dos semanas antes de su muerte, en una entrevista en la publicación mexicana Excelsior, decía:

“He sido amenazado de muerte con frecuencia. Debería decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin la resurrección. Si me matan me levantaré de nuevo en el pueblo salvadoreño. Digo esto sin ninguna presunción, con la mayor humildad. Como Pastor, estoy obligado por orden divina a dar mi vida por aquellos a quienes quiero, es decir, por todos los salvadoreños, incluso por aquellos que me maten. Si tienen éxito en sus amenazas, desde ahora ya obedezco a Dios, ofrezco mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios que no creo que merezca, pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de liberación y una señal de que la esperanza pronto será realidad. Mi muerte, si es aceptada por Dios, será para la liberación de mi pueblo y un testimonio de esperanza en el futuro. Podría decir que, si me matan, perdono y bendigo a los que lo hagan”.
Este es el hombre que amó a Dios por encima de todo, que amó al pueblo doliente y que ofreció su vida por amor de Dios y de los hombres. Fue un profeta, un mártir y un santo para el siglo XXI.

[Traducción del original inglés al español hecha por JM para ATRIO.org]

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