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UN PUENTE ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE

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Taizé

Este verano, una vez más, centenares de jóvenes de Rumanía pasaron una semana en Taizé. La diversidad de los habitantes de este país era patente: ortodoxos, católicos de rito latino y bizantino, reformados, húngaros de Transilvania…

La mayoría de la población de Rumanía es ortodoxa y eso se nota en Taizé. Los rumanos son los únicos ortodoxos de lengua latina. Sienten que tienen una responsabilidad: servir como enlace entre Oriente y Occidente, ser «puente». Una o dos veces por semana se celebra en rumano la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo en la pequeña iglesia del pueblo. La Liturgia está en el centro de su vida de fe: todo se detiene por espacio de dos horas, como si el cielo tocara la tierra. Se presenta a Dios la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con sus preocupaciones y sus penas, y se sale «para llevar la paz». La tradición bizantina es rica y bella. Algunos jóvenes nos dicen que ha sido en Taizé donde paradójicamente han podido comenzar a redescubrir la belleza del tesoro que tienen y el deseo de profundizar en la fuente de esa vida y de esa alegría presente en el corazón de la alabanza del pueblo de Dios. Hemos recogido el testimonio de tres jóvenes de Bucarest.

Octavian: mi parroquia es mi familia

Lo bonito de mi parroquia es la paz, la serenidad, y el sentimiento de estar en casa. Es un lugar donde me siento cerca de Dios, también porque siento el apoyo de los demás. Es mi familia. Durante las grandes fiestas sentimos una inmensa alegría. La alegría de quienes vienen regularmente a la iglesia aumenta por la presencia de quienes vienen menos a menudo. Todos los espacios de la iglesia se llenan, incluso los más recónditos. Se llenan de nuevos rostros. Y en nuestra parroquia hay gente que se desvive para organizar bien su acogida.

Generalmente, en Taizé, los jóvenes no saben que Rumanía es ortodoxa en su gran mayoría. Pero rápidamente comprendemos que las barreras confesionales desaparecen, y lo que cuenta es que todos somos cristianos. La forma externa de orar es diferente, pero ya me lo esperaba antes de venir a Taizé por primera vez. Imaginaba que debía ser algo especial, diferente de lo que conocía donde vivo. Siempre me ha gustado conocer realidades diferentes a las mías, nunca he pretendido encontrar cosas similares en lugares lejanos. La diferencia me enriquece.

He tomado conciencia tardíamente de que la Iglesia me había protegido siempre. En un cierto periodo de mi vida, llegué a ver de la Iglesia sólo el lado formalista. Ayudado por otras personas, por un director espiritual, por algunos amigos, pude descubrir algo más. Ese periodo coincidió con mi primera visita a Taizé. Comprendí que se podía vivir la expresión de la fe de manera menos formalista. Habría podido descubrir eso en casa, pero en ese momento, mis ojos no estaban preparados para ello. Fue una coyuntura propicia para que me acercara de nuevo a la vida de mi parroquia. Una vez un sacerdote me dijo que no teníamos que ir a la iglesia porque nos gustara, ni para agradar a otros, sino para agradar a Dios. Si lo esencial es agradar a Dios, se relativiza el resto. El desafío consiste en descubrir lo que es Verdadero en gestos aparentemente rígidos.
Cristina: no juzgar y no sentirse juzgada

Taizé me ha enseñado a no juzgar y a no sentirme juzgada. En la iglesia, antes tenía miedo de hacer gestos incorrectos, de equivocarme. Si me siento cómoda en Taizé quiere decir que también puedo sentirme cómoda donde vivo. Pero de igual modo debo tener cuidado de no juzgar: creo que es eso, también, lo que ha cambiado a través de mi estancia en Taizé.

Daniel: una inmensa sed de Dios

En la Iglesia ortodoxa sentimos que existe como una filiación ininterrumpida con los Padres de la Iglesia. Hacemos constantemente referencia a ese tesoro. Nos sentimos en comunión con los cristianos de los primeros siglos. Hay una vida mística, una sed de búsqueda interior, que se vive al mismo tiempo que las actividades exteriores.

En Taizé he aprendido a buscar a Dios a través de una vida común. En las grandes ciudades el espíritu comunitario puede perderse. Resulta difícil para los sacerdotes conocer a cada parroquiano y a los fieles les cuesta sentir que pertenecen a una comunidad. En Taizé la diversidad es mayor, pero llegamos a sentirnos en comunión con todos. Nos abrimos más hacia todos, podemos comprender el amor de Dios hacia todos.

En Taizé he descubierto también una manera diferente de ser monje. Me esperaba otro tipo de monje: hombres más preocupados por buscar la paz interior que por acoger a los demás. Existe también en los monasterios de Rumanía un testimonio y una catequesis, pero se podría desarrollar más. Muchas personas visitan los monasterios, sobre todo el fin de semana, se siente que hay una inmensa sed de Dios.

En Taizé he descubierto la alegría de la oración muy sencilla, de la oración cara a cara… La gente reza también de este modo allí donde vivo, pero a menudo busca momentos de comunión con Dios fuera de las celebraciones comunitarias. Sería bonito que en las celebraciones se invitase a la gente a tener una relación personal así con Dios.

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