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Un grito de aflicción ( … e indignación), y de atención ( … y protesta) -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

He escrito un artículo sobre asusnos de la Iglesia que me incomodan, y hasta indignan. Como resultaba muy largo lo he dividido en 5 partes. Os mando las dos primeras. Después os mandaré más, si os parece bien.
Un grito de aflicción ( … e indignación), y de atención ( … y protesta)
El grito es de protesta, y de indignación. No lo quería decir claramente por pudor, pero de eso se trata. No me gustaría, ni quiero, porque lo consideraría injusto, que se me interpretase como alguien que, decepcionado con la Iglesia por su historia personal, se pone crítico contra ella, y solo sabe ver las faltas, defectos y pecaos, sobre todo de la Jerarquía. No se trata de eso, sino, más bien, del amor que siento, en mi interior, hasta llegar a las entrañas, como tantas veces dice la Biblia en el Antiguo Testamento, (AT).

Como decían los clásicos de la generación del 98, «Me duele España», yo lo digo de la Iglesia: «Me duele la Iglesia», ¡y cómo!, a veces. No soy un advenedizo en ella. Dios mediante, el año 2018 celebraré mis bodas de oro presbiterales, es decir, mi cincuenta aniversario de cura, Pero en los últimos años he tenido un proceso que considero normal y nada original: si desde pequeño era crítico y un poco «mosca cojonera», por decirlo rápidamente, para mis profesores y formadores, hasta el punto que en segundo curso del bachillerato de entonces, con doce años, uno de los padres del seminario me llamaba «el protestante», esa veta se ma ha ido agrandando, ensanchando, con cuatro hitos fundamentales:

1º) el concilio Vaticano 2º, con lo que significó de liberación de una formación con protagonismo del retrovisor, mirando para tras, y una verdadera revolución litúrgica, bíblica, teológica, y, sobre todo, desclericalizante. Fue el Concilio el que nos permitió una formación teológico-académica verdaderamente liberadora, valiente, moderna, adaptada a los tiempos, e impulsora de una pastoral de cercanía, sin falsos e hipócritas protocolos, que tanto nos ayudó, a mí, y a tantos colegas ss.cc., a dedicarnos no solo con celo y responsabilidad a nuestra tarea pastoral, sino con gusto, con placer, y sintiendo verdadera alegría, a veces desbordantes, en nuestra dedicación.(Eso lo viví yo especialmente en mi época de Brasil, como diré más abajo.

2º), los estudios de Teología, en El Escorial, con tres referencias ineludibles, como son: el estudio serio, libre y profundo de la Teología Dogmática, con el padre Rodrigo, ss.cc.; la radical novedad de la orientación de los estudios bíblicos de nuestro joven, aguerrido y decidido profesor, P. Jesús Luis Cunchillos, ss.cc.; y, sobre todo, la impresionante «cosmovisión», es decir, una visión completa, desde todos los ángulos interesantes, de la realidad histórica, eclesial y mundana, del profesor de Historia de la Iglesia, Padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., capaz de combinar en esa visión de conjunto la Historia, la Teología, la Biblia, la Ciencia, el Arte, la Literatura, y hasta un sentido del humor afinado, normalmente sereno y amable, pero otras veces cáustico y punzante.

3º) Mi estancia en Brasil, en la que influyeron, sobre todo, dos realidades: el estilo y la idiosincrasia de los obispos, incuestionablemente, los mejores, intelectualmente, pastoralmente, y en su aceptación e identificación con el Concilio; y la madurez de as comunidades parroquiales que nos tocó dirigir, en la que tenían igual mérito y responsabilidad nuestros compañeros de los Sagrados Corazones, con el talante y carisma típico de la Congregación, y la permeabilidad característica, y en algunos casos, acompañada de una muy buen soporte intelctual y social, de la gente del Brasil, tan creativa, tan activa, y, al mismo tiempo, tan crítica, que no se conforma con medianías. Ser cura en el gran país sudamericano era, al mismo tiempo, fácil y comprometido. Fácil y alentador por la deferencia, cariño, y respeto, con el que te trataban. Comprometedor, por la confianza y sinceridad para hacerte ver, con fraternidad, pero con gran sinceridad, tus fallos y errores. Además, no había entre los curas brasileños, en general, la reserva, que puede legar hasta animadversión, que encuentro en los presbíteros españoles, en general también, y madrileños, en particular, a los movimientos eclesiales, a los que dan la impresión, pero a lo mejor es sólo eso, ¡falsa impresión!, de tener miedo porque puedan llegar a contestar, o, por lo menos, limitar la omnímoda autoridad de los clérigos.

4º) La elección, y subsiguiente actuación, del papa Francisco. Este ha sido el cuarto de los elementos que quería indicar como grandes responsables de mi actual sensibilidad eclesial, y, sin hacer juego de palabras, eclesiástica. Para la primera, la eclesial, no he tenido casi nunca problemas, porque mi intuición y mi propia manera de ser, me ayudaban a sentirme bien, llamado, es decir, vocacionado, como ahora está de moda decir con un tic de cursilería, a pesar de los problemas que ya desde el seminario menor, uno sospechaba e intuía que iría encontrado en la vivencia de la fe. Para la segunda, la eclesiástica, más relacionada con la percepción clerical de los acontecimientos y avatares de la Iglesia, sí que fueron apareciendo los problemas, en proporción directa con la madurez humana y psicológica, y con las dos principales causas de que esa madurez vaya incrementándose: la edad, y el bagaje intelectual, cultural, teológico, bíblico, psico-sociológico, ético, social, político, y de cualquier otro ámbito de la experiencia humana. Como es fácil comprender, la pura presencia de Francisco, con su estilo informal, callejero, y subversivo para ciertos cardenales impolutos en su atuendo, -no sabemos si también en su reservado interior-, los gestos liberadores de un espíritu clerical, para él, y para tantos en la Iglesia, ¡desde luego para mí!, de manera inequívoca, superados, han provocado que lo que ya se venía incoando, y casi hirviendo en mi interior, esté ya a punto de explotar.

Y antes de que esta implosión acontezca, he preferido que por ahora sea solo una explosión controlada, y se quede tan sólo en lo literario. Es lo que he querido insinuar con el título de este artículo, que como se ma ha ido hinchando irremediablemente, pretendo concluirlo mañana, o un día de éstos. Pero sì pido que no dejéis de leer lo que falta, que es, exactamente, lo que responde a un grito de «aflicción, indignación, alerta y protesta»

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Un grito de aflicción ( … e indignación), y de atención ( … y protesta)

Para mejor expresarme, y llevar un orden claro, llevaré el mismo orden del título, así que comenzaré por el estado, o sensibilidad, de aflicción, que tal vez, y en muchas ocasiones y personas, se convierta en angustia. Así que empiezo:

1º) Aflicción (indignación). Para que se entienda lo que quiero decir, trascribo primero la oración-colecta de la misa del Domingo pasado, 3º de Cuaresma.(La oración de la misa denominada «colecta» eitens la que sigue inmediatamente al acto penitencial, o al Gloria. (Se llama así porque el presidente de la celebración, el cura, invita con el «oremos» a todos a orar en silencia, y, después, recoge, colecta esas intenciones). El domingo pasado la oración era así de acusadora, negra, y pesimista: «Dios de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente, y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén» (Después diré por qué esta colecta es angustiante, teológicamente frágil, y, evangélicamente, negativa y desastrosa. Tanto es así que un portal católico que baja el esquema completo de todas las misas del año, la ha arreglado así: «Dios de misericordia y origen de todo bien, que en el ayuno, la oración y la limosna nos muestras el remedio del pecado, mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén».

(Lo subrayado es lo que está «arreglado» con buena intención.)

Lo menos que podemos afirmar de la oración original, no de la arreglada, que tampoco es un canto a la seguridad y a la confianza, es que se trata de una plegaria con aire y estilo puramente medieval, de aquellos que se flagelaban por las calles invocando «penitenciagite» (haced penitencia), porque los horrores que nos esperan en el infierno son terribles, tenebrosos, y angustiosos. Menos mal que se pide a Dios que «mire con amor a su pueblo penitente», para que «restaure con su misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas». Este hundimiento bajo el peso de las culpas es un magnífico sinónimo para nuestro estado de aflicción, tan pesada y cerrada que es verdadera angustia, que es lo que me/nos hace gritar. Y la indignación brota del cambio sustancial, en el que hemos salido perdiendo los creyentes, entre el verdadero sentido bíblico de pecado, siempre de alcance comunitario, y referido a la voluntad de Dios, de la que directa y conscientemente se aleja el pecador. Quiere este decir que sin esta referencia y aceptación, por la fe, de la voluntad de Dios, y de su Palabra, no hay pecado. Podrá haber desvío moral e incorrección ética, igualmente censurable para el creyente que para cualquier mortal, y, posiblemente, igualmente penosa y acongojante para ambos. Porque, y esto hay que tenerlo muy en cuenta, la falta y el desvío moral no es específico y exclusivo de los creyentes. Y mi indignación se produce, también, por haber reducido el pecado a su sentido puramente moral, o, peor, moralista, que ni siquiera tiene ni contenido, ni fundamento, en el sentido que nos ilumina la biblia a los creyentes.

Pero este tema es de tanto alcance y tan decisivo, que cada uno de estos apartados los trataré en una entrega diferente. Porque no se puede machacar a las conciencias de los humanos, en este caso, de los cristianos, además de con los problemas éticos y psicológicos, comunes a todos los hombres, con una carga intolerable de gravedad en nuestro pecado, esa carga, de los «terribles y horrorosos crímenes de los pecadores», que teníamos que reparar los buenos y los conscientes de la gravedad de ese mal, all´s por los años cincuenta y sesenta, en una calamitosa, triste, y pobre interpretación de la teología reparadora de la Congregación de los Sagrados Corazones. Y, a esta protesta por el cambio injustificable de la sensibilidad de pecado, sumaré también otro viraje insoportable: de la ley así dicha natural, a la Ley de Dios.

(Seguirá)

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