Tolerancia

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Dos Manzanas

Malta es una pequeña república insular (316 kilómetros cuadrados: algo menos que, por ejemplo, el término municipal de Elche; aunque la densidad de población es elevada, los habitantes del archipiélago maltés apenas superan los 400.000) situada en pleno centro del Mediterráneo, a poco más de 90 km al sur de Sicilia y a menos de 300 de las costas norteafricanas de Túnez y Libia. Aunque Malta forma parte desde 2004 de la Unión Europea, con estos datos –su insularidad, sus pequeñas dimensiones, su situación geográfica tan periférica respecto a Europa– bastaría para hacernos sospechar que la cultura y la sociedad de las islas maltesas deben de tener algunas peculiaridades respecto a lo que es habitual en la mayor parte de la UE.

Una de estas peculiaridades es, sin duda, el idioma: la lengua maltesa deriva del árabe medieval, y aunque a lo largo de los siglos ha incorporado numerosas palabras europeas (italianas especialmente, y también bastantes inglesas en tiempos más recientes), su base sigue siendo decididamente de origen arábigo.

Otra peculiaridad de Malta es la religión. Y no es que los malteses sean musulmanes, que no lo son, sino católicos (en un 98%), por más que a Dios le llamen “Alla” y a Jesús y a su madre les den, respectivamente, los títulos de “sultán” y “sultana”; la verdadera peculiaridad está en la elevada religiosidad de la población de las islas, que supera con mucho lo que es habitual en Europa, y especialmente en la parte occidental de ésta. Más de la mitad de los malteses acuden regularmente a misa, lo que supone uno de los índices más altos de la UE, y uno de cada cuatro o cinco malteses forma parte de algún movimiento o grupo católico. El principal de estos movimientos o grupos es el Camino Neocatecumenal, conocido en España popularmente como ‘los kikos’ por su fundador, el español Kiko Argüello: en Malta se da, según parece, la mayor concentración de ‘kikos’ por habitante de todo el mundo. La Constitución de la República de Malta refleja sin tapujos la gran influencia de la religión católica en las islas: en el artículo 2 del capítulo primero no sólo se proclama que “la religión de Malta es la católica, apostólica y romana”, sino que se establece que “las autoridades de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana tienen el deber y el derecho de enseñar qué principios son buenos y cuáles son malos.”

En este país tan religioso, ¿cuál puede ser la situación de los gais y las lesbianas? Hace unas semanas, buscando información por Internet antes de hacer un breve viaje a Malta, me encontré con que también allí se han celebrado recientemente elecciones generales (el 8 de marzo, un día antes que en España; volvió a ganar el partido que gobierna las islas desde 1987, salvo un paréntesis de dos años en los 90: el católico y conservador PN, Partit Nazzjonalista); también descubrí que, por primera vez en la historia de Malta, en esta ocasión se había presentado un candidato abiertamente gay y favorable a las reivindicaciones LGTB, Patrick Attard, por el partido verde y minoritario Alternattiva Demokatika (partido que obtuvo tan sólo el 1’3% de los votos; aun así, es la tercera fuerza de la muy bipartidista política maltesa desde hace casi dos décadas). Durante la campaña electoral, Attard había celebrado un mitin sobre cuestiones LGTB en uno de los escasos locales gais del país, un hotel y bar llamado Adam’s, inaugurado hace menos de un año en la localidad turística de San Ġiljan o St. Julian’s; una vez en Malta, descubrí que el local en cuestión no quedaba demasiado lejos de mi propio hotel y decidí visitarlo, junto con mi marido.

Era un martes a las nueve de la noche, así que no cabía esperar mucho ambiente: en realidad, estuvimos todo el tiempo acompañados tan sólo del dueño británico del establecimiento y de una pareja de chicos malteses que, según pudimos saber más tarde, formaban pareja. Al estar ‘en familia’ –el bar, además, era minúsculo– nos resultó fácil entablar conversación, especialmente con el propietario; los malteses eran más callados y parecían algo incómodos, no sé si por la lengua en la que se desarrollaba nuestra conversación, el inglés, o por el tema de ésta. Mi marido preguntó directamente a nuestros interlocutores cómo se vivía el hecho de ser gay en Malta, y quien respondió fue el dueño del local, que insistió varias veces en que la maltesa era una sociedad “muy tolerante”, añadiendo que cuando él había anunciado a sus amigos ingleses que se disponía a abrir un sitio gay en Malta, muchos le habían dicho que se preparase para lo peor, pero a la hora de la verdad no había tenido ningún problema y no había sufrido agresión alguna (también es cierto que St. Julian’s es de lo más moderno y ‘cosmopolita’ del país). Al proseguir la conversación pudimos saber también, por boca del mismo propietario del hotel-bar –y corroborado tímidamente por los malteses– que en Malta “todo el mundo se conoce” y muchos “tienen miedo de que les vean entrar en un local gay”. Es decir, que la ‘tolerancia’ de la sociedad maltesa tiene, en realidad, unos límites bastante estrechos: se ‘tolera’ lo que no se ve, se estigmatiza lo que sale a la luz.

“Nos estamos ahogando en la hipocresía”, escribía Patrick Attard en su blog poco antes de las elecciones. Y se preguntaba: “¿Por qué los jóvenes gais se suicidan hoy en este país? ¿Por qué los gais se exilian hoy de este país? ¿Qué tiene esto de ser gay que sea tan malo?” Attard no da cifras que permitan cuantificar esos suicidios y exilios fruto de la hipocresía social, esos dramas humanos que son el precio de la peculiar ‘tolerancia’ que reciben las personas homosexuales en su tierra… Pero sean los que sean, aún habría que añadirles otras cifras seguramente mucho mayores: las de los exilios interiores de quienes viven vidas clandestinas, desterrados al fondo de un lóbrego armario, y las de esos ‘suicidios’ que van por dentro, esas vidas frustradas de hombres y mujeres que se ven totalmente incapaces de desarrollar su personalidad en libertad y plenitud, que renuncian a ser quienes son realmente.

Por supuesto, sería también hipócrita por nuestra parte pretender que esas cosas sólo ocurren en aquellas islas pequeñas y remotas, y no en nuestro propio país. Por mucho que hayamos avanzado legalmente en la última legislatura, y socialmente en las últimas décadas, aún hay muchos gais y lesbianas en España para quienes la ‘tolerancia’ de su entorno no es más que una corta correa que les ata a una vida de hipocresía, de doble moral, de ocultación y vergüenza y frustración. También aquí se estila mucho esa ‘tolerancia’ que no sólo no tiene nada que ver con el respeto, sino que es más bien su contrario.

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