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Teología de la Esperanza. Entrevista a la teóloga Bárbara Andrade -- Gregorio H. Chávez y Rafael Espino

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La reflexión teológica no puede soslayar por ningún motivo el tema de la esperanza. ¿Por qué? Porque es la esperanza lo que atraviesa toda la reflexión en torno a la salvación del hombre en Jesucristo.
A continuación presentamos una entrevista hecha a la teóloga Barbara Andrade, quien de forma amena, nos expone los ejes vertebrales de lo que ella ha llamado“Teología de la Esperanza”.

P. Gregorio: Barbara: si vamos a hablar de Teología de la Esperanza,
primero hemos de precisar ¿qué entendemos por esperanza?

Barbara Andrade: En la estructura de la persona humana hay una realidad que yo he llamado“horizonte de esperanza”: todo lo que llegamos a entender, a experimentar, a vivir y anhelar se condensa en la esperanza –o mejor dicho en las esperanzas– capaces de cumplimiento, según nuestros propios parámetros culturales, estructuras de personalidad, experiencias de vida.

Un ejemplo que a veces doy es éste: en la medida en la que crecen las limitaciones de una persona con la edad, con condicionamientos, con las enfermedades, se va encogiendo el horizonte de esperanza. Lo que me ha llamado mucho la atención es cómo puede llegar a hacerse tan puntual en un moribundo: para él su horizonte de esperanza comprende nada más el despertarse a la mañana siguiente y ver una sonrisa y un rayito de luz…

En el ambiente social de México ustedes ven con toda claridad la diferencia de los horizontes de esperanza. Los indígenas, por ejemplo, esperan cosas muy inmediatas, tales como: que se les den cobijas, una despensa, etc. Todo es de acuerdo a los diferentes estratos sociales. Muchos esperan puestos superiores, ingresos, compras de coches nuevos…, cosas todas éstas, que demuestran la movilidad y maleabilidad del horizonte de esperanza. Es decir que aquí se descubre lo que los teólogos medievales llamaron “potentia obedentialis”, un punto esencial en el humano para la esperanza teologal. Si la esperanza de la fe no tuviera inserción en la experiencia del ser humano, carecería de sentido hablar de ella.

Yo diría que la esperanza del creyente –no necesariamente la del practicante– que ha tenido una experiencia creciente de su fe, es una esperanza desbordante e infinitamente ampliada; porque esa esperanza no se basa en las expectativas de una vida humana, sino en la promesa del Dios vivo, en la promesa del Shalom; es decir en la plenitud de convivencia de todos para con todos, de alegría, de suficiencia, de armonía con la naturaleza, comprensión, salud. Algo que los griegos hubieran llamado precisamente “armonía”.

Yo me inclino a poner el acento en que la esperanza es una virtud teologal, es decir, es propiamente materia de teología, de espiritualidad y acompañamiento pastoral… y también tiene su propio punto de inserción: en la miseria de la gente, en las vivencias atroces de violencia de las personas. Donde pareciera no quedar ningún espacio para la esperanza, queda la dimensión fiducial, la de la fe, que es la confianza en Dios.

P. Gregorio: En la esperanza hay una dimensión materialista, histórica,
pero también una concepción idealista, utópica, escatológica, ¿es así?

Barbara Andrade: La dimensión materialista de la esperanza es una proyección, como lo fue en el marxismo y lo es en muchos socialismos, sobre todo los socialismos trasnochados de nuestra época, que son producto de corrientes históricas. Muchas veces, sin embargo, vuelven a presupuestos anteriores que ya se han mostrado como no procedentes; allí más que elementos utópicos son ideológicos.

La esperanza utópica tiene muchos antecedentes históricos, como la versión de Santo Tomás Moro, o la de Joaquín de Fiore en el siglo XIII, o el Milenarismo… que eran utopías; sin embargo, en lo concreto, también las utopías son proyecciones a partir de determinados presupuestos que se aceptan sin cuestionamientos (como el nazismo, por ejemplo, que fue una utopía milenarista, manifestada sobre todo en su eslogan de “el reino de mil años”)…

Ahora bien, las utopías tienen el mismo valor que las esperanzas materialistas. Si hubiera sido cierta la posición de Marx sobre el papel del proletariado, quizás hubiera funcionado el marxismo, pero como la premisa era cuestionable, se cayó. Lo mismo le pasó al reino milenario de los nazistas: la premisa era una saga utópica del norte de Europa, sobre la pureza de las razas, pero como ésta no tiene inserción en la realidad, entonces se tenía que caer por sus propios abusos; se llevó a sí misma al absurdo.

Contra este tipo de utopías destaca la dimensión escatológica. Y allí está el nexo con la pregunta anterior: la escatológía es comprensible en el campo de la fe. Tiene rasgos utópicos también, en cuanto que se basa en experiencias vividas, experiencias de encuentro, místicas, de acompañamiento en la fe y de experiencia en la comunidad, pero es sobre todo experiencia de perdón, perdón incondicional que es el punto de toque de lo que llamamos la gracia de Dios, o experiencia de Dios.

Aquí se me hace muy importante una observación que procede de Martín Lutero. Él dijo que del verdadero pecado nadie sabe nada; o que el verdadero pecado es desconocido para todos. De esto hay muchas pruebas en el Antiguo Testamento, pues sólo en la experiencia del perdón de Yahvé es como Israel cae en la cuenta de su pecado de idolatría. Lo mismo se da en el Nuevo Testamento: el encuentro con Jesús invariablemente es perdón. Pensemos, por ejemplo, en el encuentro con el paralítico (Mc 2): lo primero que hace Jesús no es curarlo, esto hubiera sido el acto de un taumaturgo (que también se ha discutido en estos contextos), sino que lo primero que hace es perdonarlo. Es el perdón lo que cura. Y a causa del perdón se levanta, toma su camilla y se va… Y es en el perdón en donde nos damos cuenta de nuestra realidad, que en ocasiones es una contradicción con lo que nosotros pensamos de nosotros mismos y de otros.

A mí me llama mucho la atención la Antropología Bíblica de Xabier Pikaza, donde el punto central es que el creyente no juzga sino que entiende y perdona. ¡Imagínense que nosotros pusiéramos esto en práctica! ¿Qué pasaría con la prohibición que se les hace a los divorciados vueltos a casar de participar de la Eucaristía? ¿Y qué pasaría con el perdón condicionado, aquél que realizamos en situaciones en las que te tengo que perdonar pero a costa de una comprobación de que eres digno de mi misericordia?

Hay grandes problemas que se nos atraviezan e impiden que entendamos bien la esperanza escatológica con matices de utopía: ¿es que somos nosotros los que podemos determinar quién o qué es ser digno del cielo? Al parecer nuestro cielo tiene sillas de peluche reservadas para personas importantes; personas que merecen… ¿cómo quedaría nuestra fe y nuestra esperanza escatológica si fuera así? ¡Qué maravilloso sería que tan sólo confiáramos en que el perdón de Dios es incondicional!

Aquí quiero introducir una importante afirmación del jesuita alemán Peter Knauer: que “Dios no puede abarcarse con ninguno de nuestros conceptos: ni con el de la justicia, ni con el de la misericordia, ni con el del amor, ni con el del perdón, ni cualquier otro… porque todos esos son conceptos nuestros y Dios es sólo diferente; Él es misterio”.

Es lo mismo que sostiene Rahner. Si Dios no cabe en ningún concepto, entonces no tiene sentido mantener u opinar sobre él (no digo creer, porque esto no tiene nada que ver con la fe), si puedo merecer estar con Dios, o si puedo acercarme a Dios. Lo que explica Peter Knauer es que estamos, desde la creación, insertados en el abrazo del amor eterno entre el Padre y el Hijo; ese abrazo que es el Espíritu Santo.

Si por alguna circunstancia nosotros pudiéramos ganarnos la perdición (perdición entre comillas) estaríamos diciendo que somos capaces de cometer un pecado que sea mayor que la misericordia o el perdón de Dios, y esto es herético y pone en entredicho el acostumbrado discurso sobre el infierno.

Veamos las cosas desde otro ángulo: ¿somos nosotros realmente capaces de un pecado tal, que ese pecado estuviera a la altura de Dios? ¿No estamos siendo demasiado soberbios? Puede uno preguntarse incluso si alguien como Hitler o Stalin hubieran podido tener un tipo de pecado así; si están reconocidos como psicópatas, es decir tenían una enfermedad mental, ¿quién puede contestar a esta pregunta? El creyente vive en la única promesa de Dios que hemos aprendido de Jesús; piensen en Juan 1,18: “Nadie ha visto a Dios jamás, sólo el Hijo que es quien nos lo ha contado”. Y ¿qué nos ha contado Jesús? Sin temor a equivocarnos afirmamos que Jesús nos revela la misericordia sin medida de su Padre. No por nada el nombre de Dios por excelencia en el Antiguo Testamento es “misericordia sin medida”.

Me viene una imagen muy bonita que tiene que ver con el cuento de Elías y la viuda, donde la viuda tiene nada más que un poco de arroz y lo pone a hervir. Luego (encimando un cuento de hadas) el hada (o Elías) le dice a la viuda que siempre va a tener arroz, solamente debía aprenderse la palabra mágica para apagar la olla. El hada se va y a la viuda se le olvida la palabra mágica. Entonces el arroz hierve, hierve, hierve, hierve y llena la estufa, llena la cocina, se sale por el pasillo y llena la calle, y llena la ciudad entera. Ésta es una imagen exegética de la misericordia de Dios. El hesed, que no cabe en ninguna medida humana, simplemente se desborda. Ésta es precisamente la esperanza escatológica.

En este contexto sale una pregunta muy interesante que en su último libro de escatología ha mencionado Moltmann: ¿cómo nos imaginamos la convivencia en el cielo de una víctima al lado de su asesino? Porque lo que dije anteriormente parece significar que Dios perdona a todos por igual: al asesino tanto como a la víctima, a todos los pecadores, mediocres o no. A mí me parece que éste es el meollo de la esperanza escatológica. Si nosotros quisiéramos pensar en que Dios hace diferencias entre la víctima y el asesino, estaríamos de nuevo proyectando nuestras propias ideas sobre Dios, porque nosotros no podemos menos que hacer esta diferencia. Dios sabe cómo se las arregla pero él perdona al asesino, como Jesús les perdonó. Eso para nosotros es inimaginable; por eso hay que tomar bien en serio esta Teología de la Esperanza Escatológica.

P. Gregorio: Así que, ¿esa relación que se da entre esperanza,
realización histórica y escatología es muy importante?

Barbara Andrade: Por supuesto que sí. Incluso si quisiéramos profundizar en el tema hemos de preguntarnos de dónde viene la insistencia de la Iglesia a través de tantos siglos en asegurar la “existencia” del infierno o de la muerte eterna. A mí siempre se me ha hecho increíble pensar que por los pecados miserables y mediocres que cometemos nos toque un castigo “dizque justo” de muerte eterna. Y no faltan libros de escatología que proponen detalles de extrapolación sobre lo que es la vida eterna y la muerte eterna. Tales propuestas son arriesgadas, porque los datos bíblicos sólo insisten en que la única salvación está en Cristo Jesús.

P. Gregorio: Pero, ¿y la Biblia…?

Barbara Andrade: Si nos fijamos en las enseñanzas del Nuevo Testamento, sobre todo en las parábolas donde los personajes no aparecen debidamente vestidos y son echados fuera, donde hay llanto y rechinar de dientes: esos son signos de frustración.

El sentido de estas parábolas no es una amenaza, sino el sentido es que la única salvación posible es el Banquete que ofrece Cristo. Por cierto, ese es el verdadero sentido del Pecado Original.

La razón por la cual se han dado esas elaboraciones indebidas sobre el infierno arranca con el pensamiento de San Agustín (y su herencia introyectada, sin mala voluntad, en toda la Edad Media), en su doctrina sobre el Pecado Original. Y es que es una tentación casi irresistible humana, la de construir situaciones paralelas a la misericordia divina: a lo bueno de Dios le corresponde lo malo del infierno.

P. Gregorio: Haciendo un recorrido a las preguntas anteriores, me permito
hacer la siguiente cuestión: ¿por qué o para qué estructurar una Teología de la Esperanza?
¿Cómo surge dicha teología?

Barbara Andrade: La Teología de la Esperanza, de acuerdo a lo ya expresado anteriormente, surge con la promesa de Dios, de su misericordia sin medida. Los ejemplos que hemos visto anteriormente ilustran esta idea. Esta promesa debe estar insertada en el horizonte de vida de todo ser humano; pues una persona sin horizonte de esperanza no tiene otra alternativa que la muerte; por eso se dice que la esperanza sólo se puede apagar con la muerte.

A este propósito menciono una frase de Rahner que, en ese mismo contexto, ha sido recogida y repetida una y otra vez por diversos teólogos: “La última esperanza del hombre es la confianza de que cuando muere su único destino es caer en los brazos del Padre de Jesús”. Ese es el meollo de nuestra esperanza cristiana. Y debería ser también el meollo del mensaje cristiano. Sobre todo en el trabajo pastoral. El meollo del cristiano no es: “si te portas bien, te va a ir bien”; “si te portas mal, te toca infierno, castigo”… Este no es de ninguna forma el mensaje cristiano. El mensaje que nos comunicó Jesús se limita a un mensaje de esperanza: ¡y no existe otro!

Todas las imágenes de muerte eterna son también una expresión cultural de la época de Jesús. Por eso se enfatiza que la única bienaventuranza que hay es la que nos ofrece Jesús de parte de su Padre; creer en este mensaje es sencillamente estar “llenos del Espíritu Santo”, tal y como lo revela Jesús en el evangelio de Lucas.

P. Gregorio: Tú sueles usar en tus escritos y conferencias la frase
“Esperar contra toda esperanza”. ¿Cómo debemos entender dicha frase?

Barbara Andrade: La frase “Esperar contra toda esperanza”, tal como han querido titular esta entrevista, es precisamente el mensaje del apóstol Pablo (como también la cita es de él: Rm 8,24).

En síntesis, a las preguntas que ustedes me han hecho yo daría una respuesta muy breve: “la Teología de la Esperanza se construye porque no hay otra teología cristiana”. Por ello, en la medida en que nuestro mensaje sea un mensaje de esperanza, seremos fieles al Evangelio, así de sencillo.

La prueba de lo que les digo es que hay muchas situaciones tan desesperadas –en México y en el mundo– que sólo se pueden iluminar con un mensaje de esperanza. Precisamente con esta raíz profunda y misteriosa de la “esperanza contra toda esperanza”, que se realizará definitivamente porque el nombre de Dios es “misericordia sin medida”, en hebreo hesed.

A todo cuanto les he dicho quisiera agregarle unos pequeños detalles de signos de esperanza. ¿Por qué lo hago? Pues porque nadie puede vivir con esperanza si no ve sus signos o manifestaciones anticipados en la vida diaria: una sonrisa, cuando esperábamos indiferencia; cuando pasamos por la contaminación increíble de la ciudad de México y vemos las flores de las jacarandas y el tapete azul o morado que dejan en la calle; cuando vamos en medio del tráfico, en ajetreo desesperado, y alguien nos da el paso; cuando vemos la alegría y el asombro de una pobre mujer de las llamadas “marías” y le soltamos no solamente una pequeña moneda, sino un billete; una consolación que hayamos podido dar o recibir… todos estos son signos que superan las esperanzas concretas que solemos encontrar (y por muy pequeñas que parezcan), son signos que simplemente nos causan el deseo de decir: “Gracias”.

Estos signos solemos contemplarlos con asombro. Recuerdo a una persona que no me quería, que se mostraba totalmente indiferente y con cierta distancia; pero un día, con un poco de recelo ante mí, viene con una gran sonrisa y me ofrece un libro, una agenda para el año nuevo. Yo casi me caigo del asombro…

Todos estos signos de esperanza a los que me he referido, hay que cuidarlos y hay que aprender a leerlos, ya que nuestra cultura y nuestra religión por lo regular nos enseñan a dar, pero pocas veces a recibir. Y el recibir siempre es antes que el dar.

Resumiendo mi respuesta, y siendo un poco repetitiva, la única teología cristiana es necesariamente una “Teología de la Esperanza Escatológica”, que se nutre de signos de esperanza de los que debemos estar agradecidos.

P. Gregorio: ¿Quiénes consideras que sean los autores
más representativos de la Teología de la Esperanza?

Barbara Andrade: Yo he puesto mi particular atención en dos autores. El primero es Jürgen Moltmann, y el segundo es Johann Baptist Metz. Éste último, con unos grandes alcances en la Alemania de los ochentas, con su teología política, donde proponía regresar a las narraciones del Antiguo y Nuevo Testamento (sobre todo el Nuevo); convertía los relatos bíblicos en narraciones nuevas y vivas. Lo que Metz vió en dichas narraciones es la esperanza de la que venimos hablando en esta entrevista.

No obstante, el primero en lanzar una Teología de la Esperanza, aunque un poco a tientas, fue Moltmann. Al final de su libro Dios en la Creación, se distingue una muy importante y profética visión del Shabat de toda la creación: algo muy ligado a la imagen del Shalom, que es maduración de la Teología de la Esperanza.

También hay un teológo que ha elaborado la Teología de la Esperanza de una manera muy sensata:Medard Kehl (jesuita de Frankfurt). Él introduce su escatología en los años 90 con diferentes imágenes de la esperanza. Imágenes que son tomadas de su experiencia pastoral: de creyentes, de moribundos, de niños… Una autora que siguió esta línea de pensamiento: fue Elisabeth Kübler-Ross (aunque se le haya considerado como la defensora de la llamada muerte natural).

Rahner, por supuesto, también profundiza en la Teología de la Esperanza, sobre todo en sus artículos sobre el purgatorio. Hans Urs von Balthasar también nos insiste en reformular la “apocatástasis”, la reconciliación de todas las cosas al final de los tiempos, propuesta por Orígines y condenada en el año 553.

En nuestros días la esperanza ha perdido lugar en la teología católica, sobre todo a partir de la romanización y el refuerzo de acentos jurídicos (y a su vez la influencia de la filosofía del neoplatonismo) que condicionaron culturalmente a San Agustín, y, con él, a toda la Iglesia.

P. Gregorio: ¿Desde dónde estructuras tu aporte a la Teología de la Esperanza?
Barbara Andrade: El punto de arranque de mi discurso teológico es que “toda gracia es perdón incondicional”. Todo cristiano, todo creyente, es alguien incondicionalmente perdonado y amado por Dios; es alguien insertado en el abrazo entre el Padre y el Hijo, es decir en el Espíritu Santo. A esto yo le hago un gráfico y le llamo “la casita trinitaria” (acerca las palmas de las manos tocando los dedos y la parte baja de las manos dejando un espacio abierto al centro) pues representa la Trinidad. En el espacio que resulta entre el abrazo del Padre y del Hijo nos encontramos nosotros, como una pequeña esfera, es decir que nos movemos y permanecemos en el Espíritu Santo, (en medio del amor entre el Padre y el Hijo).

Por consiguiente, no tiene sentido decir que necesitamos acercarnos a Dios, o que llegamos a alejarnos de él, pues en él nos movemos y somos, como diría San Pablo. Permanecemos en Dios. La diferencia está en darnos cuenta o no de esta realidad; es decir, en reconocer que la esperanza y el perdón son realidades teologales que orientan nuestra vida.

Éste es mi punto de partida, pero a este punto clave se le debe agregar la manera como se practica el perdón entre nosotros, los seres humanos. En el desarrollo de este argumento yo me he valido de investigaciones de psicología y psiquiatría. Analizando las estructuras internas de la persona cuando ejerce el perdón, he descubierto cosas maravillosas. Todo este planteamiento lo tengo publicado en las conferencias que impartí en la Bienal Teológica de la UITCAM (Unión de Instituciones Teológicas Católicas de México), y también viene explicado con lujo de detalle en mi libro Pecado Original.

Juan Alfaro ha subrayado, en este sentido, la dimensión fiducial de la fe. Una dimensión que curiosamente se encuentra ya en el Concilio de Trento, en su documento sobre la justificación. Quien reconoce que vive en medio del abrazo trinitario es alguien que se siente seguro, porque es amado y perdonado incondicionalmente. Aquí se fundamenta la llamada alegría cristiana, de la que mucho habla San Ignacio de Loyola.

Cuando vivimos en este abrazo no necesitamos angustiarnos. Es obvio que tenemos limitaciones, y es obvio que cometemos cosas inexcusables, pero el abrazo de amor incondicional de Dios es superiora todo ello; él se las arregla.

P. Gregorio: Finalmente, ¿cómo y en qué ayuda la Teología de la Esperanza al hombre contemporáneo?
Barbara Andrade: Yo no sé si es la Teología de la Esperanza (la teoría) la que ayuda, pero sí sé que la ayuda concreta es el testimonio de la esperanza, los signos compartidos de ella.

Las experiencias de abandono en las que vive el hombre de hoy son extremas. Vean el testimonio siguiente: en unos ejercicios espirituales amaneció un joven que parecía muy trastornado y muy angustiado y que no entraba bien en la dinámica de los ejercicios. Por ello buscó acercarse al director de los ejercicios de ese momento y le expuso el dilema siguiente:

“Mira, yo soy un sicario. Y he matado equis cantidad de personas. He estado con equis banda de extorsionadores; pero busco algo nuevo”.

El joven (que buscaba la misericordia sin medida para cobijarse en ella) estaba desesperado con su situación, porque no tenía escapatoria: si se quedaba dentro de la banda de sicarios se iba a morir; y si se salía de la banda también se iba a morir.

En esta historia se descubre un signo de esperanza. Te preguntarás por qué. Pues valdría la pena haber visto la reacción de las personas que escucharon esto en una sesión de grupo. ¿Cómo imaginar a aquel joven que se llenó de esperanza y regresó con la banda? ¿Se puede pensar que el testimonio de esperanza que el joven experimentó también cambió el sentido de vida de la banda a la que regresó? No es probable. No sé si murió o no, pero su vida cambió de sentido.

Yo sugiero, a partir de lo que les comparto en esta entrevista, que hagamos cadenas de narración entre las comunidades, donde se compartan signos y testimonios de esperanza, donde se compartan testimonios de Dios. En estos espacios, se lo aseguro, veremos muchos signos de esperanza que ayudarán sin duda a la existencia del hombre de hoy, sobre todo porque emanan de un perdón compartido y apuntan hacia un agradecimiento por la vida.

Acerca de la teóloga

Barbara Andrade nació en Alemania (1934), cursó filosofía y teología en Heidelberg y Frankfurt (Sankt Georgen) que amplió en Madrid, Paris y Nueva York, donde se especializó en literatura. Allí se casó con un profesor mexicano (de quien tomó su apellido: Andrade), con quien tuvo cuatro hijos. Una vez radicada en México fue nombrada en 1982 como Directora del área de Teología y Religiones en la Universidad Iberoamericana (de la Compañía de Jesús). A la fecha ha publicado infinidad de artículos en revistas y diversos libros, en castellano y alemán. Entre algunos de los más representativos destacan: Encuentro con Dios en la historia, Sígueme, Salamanca 1985; El camino histórico de la salvación, Iberoamericana, México 1989; ¿Creación? ¿Pecado?, Iberoamericana, México 1992. Su libro más significativo se titula Gott mitten unter uns. Entwurf einer kerygmatischen Trinitätstheologie, Lang, Frankfurt 1998, reelaborado con el título Dios en medio de nosotros. Esbozo de una teología trinitaria kerigmática, Secretariado Trinitario, Salamanca 1999. Su propuesta teológica es verdaderamente reconocida a nivel nacional como internacional.

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