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Sobre el bus ateo -- Evaristo Villar

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-Una encuesta realizada en 1994 señalaba que el 22% de jóvenes entre 15 y 24 años se declaraba agnóstico, ateo o indiferente. El porcentaje en la actualidad aseguran que rondaría el 50% ¿Qué opinión le merece este dato?

En la cima del Abantos me encontré el pasado domingo a Silvia. Entre el gélido viento y la nieve incipiente, pronto descubrimos que ella es atea, a quien le “gustaría creer”, y yo, creyente, a mi modo, claro, como todos y todas los que creen. Se trata de un episodio gratuito que ilustra bien los datos de la pregunta.
Suponiendo que los datos reflejan una realidad (no tengo medios para verificarla), me merecen inicialmente respeto y luego una reflexión. Respeto porque solo uno es dueño la propia vida y, por eso, necesitado o libre de hacer con ella lo que quiera y pueda.

Y una reflexión, pues pienso que, por mucha relación que puedan tener las tres categorías señaladas, sería inexacto confundirlas. A mí, la que menos interés me merece es la «indiferencia”. Ni siquiera le inquietan las “grandes preguntas o enigmas” de la vida. Las otras dos me parecen actitudes muy positivas e interesantes. Tanto el “agnóstico”, que no se decide a creer porque sabe que nada puede saber sobre Dios y entonces se vuelca sobre el ser humano al que llega a considerar como fin absoluto en sí mismo. Más que de ateismo, quizás se trate, en este caso (que quizá sea el Silvia, la del Abantos), de un humanismo al que le interesa más la afirmación del ser humano que la negación de Dios. Como el verdadero “ateismo”, que parte de la negación expresa de Dios porque su existencia es algo que va contra la lógica, la razón y la misma ciencia. Esta actitud, tomada a consciencia, me parece profundamente humana, respetable y ética, siempre que no se permita caer en otro dogmatismo impositivo, como el que radicalmente critica.

Es probable que estas actitudes no sean originarias, como afirma el Vaticano II, sino que surjan como consecuencia de la presencia del mal en el mundo (estilo Camus), o del testimonio errado de los creyentes (Marx, Nietzsche y otros maestros de la sospecha), etcétera. Pero ahí están, y como tales, dignas del mismo reconocimiento y de los mismos derechos que las creyentes

-Este resurgir del ateísmo nos hace echar la vista atrás, cuando surgió otro fenómeno parecido como reacción a la dictadura que en aquel momento imponía como única la religión católica. ¿Qué piensa usted que hay detrás del ateísmo actual?

Lo que no creo que haya es ningún propósito definido de acabar con los creyentes, y más si son católicos, como a veces se lee por ahí. Es evidente que estamos en una sociedad que es cultural, sociopolítica, ideológica y religiosamente plural y diversa. Coexistimos los muy diversos en el mismo espacio cívico y sociopolítico. Es necesario partir del reconocimiento de este dato de la diversidad y la diferencia para buscar luego junt@s, creyentes y ate@s, la forma de caminar hacia la complementariedad, la interculturalidad, la interconfesionalidad, el mestizaje, etcétera. El “fenómeno Obama”, resulte lo que resulte al final, puede ser, como punto de partida, un buen paradigma. El límite siempre serán los otros. Sigue siendo válida, a este propósito, la sabia Regla de Oro de nuestros antepasados: “haz a los demás lo que quieras que hagan contigo; no hagas a los demás lo que no quieres que hagan contigo”.

Lo que ya no parece de recibo es que ni un nacional-catolicismo, obligando a todos los españoles a ser católicos -para ser buenos españoles- (“éramos la reserva espiritual de Europa”, “la unidad de destino en la universal” y otras lindezas así), ni el neocon-bushianismo, haciendo sus guerras en nombre de dios, sean hoy día paradigmas dignos de imitación. Esto, visto desde el humanismo sería un atropello y desde la religión, un sacrilegio.

-¿Por qué cree que esta campaña iniciada por los ateos y librepensadores, es considerada por algunos como un ataque directo hacia los católicos?

La buena voluntad no siempre está bautizada contra la equivocación. Se puede estar convencido de que el catolicismo, como su propio nombre indica, es universal y la única religión verdadera. Así se ha enseñado hasta no hace mucho tiempo. Se decía que todo lo demás, fueran ateos o creyentes de otras religiones, era falso, erróneo y rechazable. Pues bien, quienes siguen manteniendo, contra viento y marea, este discurso se sentirán atacados no solo por los ateos sino por los creyentes de otras religiones que piensan y creen de otra manera, y entre ellos muchos católicos.

Pero la exégesis bíblica, las ciencias de la religión, las sociologías religiosas y la misma teología ilustrada después del Vaticano II han venido a demostrar en conjunto varias cosas: que no se puede seguir afirmando con verdad que la católica sea la única religión verdadera (todos las religiones tienen parte de verdad y en eso se complementan); que al lado de los creyentes existen en nuestras sociedades otras muchas personas que, por las razones que sean, no pueden mantener una creencia metafísica; y también, que el actual dogmatismo de la Iglesia católica está recortando mucho su universalidad.

Traducido todo esto a lo que nos ocupa, quiere decir que la diversidad de modos de creer y de no creer está exigiendo, en un sistema democrático, un espacio común donde expresarse con legitimidad y éste no puede ser otro que el propiciado por la laicidad. Pero cuando se exige este espacio laico común (social, político ideológico) el católico, acostumbrado a ocuparlo como propio, se puede sentir atacado y aún, como han manifestado algunos con evidente exageración, “perseguido”. Solo cabría recomendarles a los que así se sienten atacados que lean detenidamente el Manifiesto por la laicidad de Redes Cristianas, hecho y apoyado justamente por católicos.

-Explíqueme por qué escribió hace unos días que “en la lucha por la dignidad del ser humano, creyentes y ateos podemos estar en la misma trinchera”…

Pues lo escribí inicialmente porque algunos medios me habían pedido mi opinión sobre lo que se ha llamado el “Autobús ateo”. Esta es la razón original.

Pero, pensándolo ahora, encuentro otras razones que inconscientemente influyeron en mi escrito. Una de ellas es sin duda la confusión que, bajo el encomiable respeto de su formulación, encierra, a mi modo de ver, el propio eslogan: Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida. Me refiero a que, veladamente o no, se quiera estar afirmando que la existencia de Dios te amarga la vida, no te permite disfrutar ni perseguir la felicidad aquí, sobre este maravilloso Planeta azul. Y, claro, si esa fuera la intención, yo no la podría compartir.

Por otra parte, creo que esta ha sido una idea genial que a todos, creyentes y no creyentes, puede ayudarnos a reflexionar, debatir y profundizar, con el máximo respeto a los demás, nuestras mismas convicciones, nuestra propia opción por la defensa del ser humano y su liberación. Y en esta opción, confío no equivocarme, espero encontrarme con buena parte de los ateos que tampoco pretenden ser dogmáticos. Considero que es un momento propicio para estas cosas.

-¿Cómo es el rostro de Dios?

Confieso que esta pregunta nos introduce en un terreno difícil, misterioso, cuya salida dependerá mucho del propio riesgo que uno quiera poner en juego, de la experiencia que vaya adquiriendo de Dios en la propia vida (es el caso de los místicos) o de algo inesperado e inexplicable que te ocurre y que no siempre es posible traducir en palabras.

Quizá, antes de afirmar nada, tengamos que empezar por una negación o deconstrución de tantas imágenes como sobre Dios se nos han venido imponiendo en la vida. La verdad es que, como bien captaron los antiguos judíos que tenían prohibido hacerse imágenes de Yahvé, Dios no tiene imagen, es algo que nosotros nos hacemos porque necesitamos agarrarnos a algo antes de quedar suspendidos en el vacío.

No podemos reducir a Dios a una imagen que siempre será antropomórfica. La imagen, en todo caso, no representaría más que lo que representa el andamio en la construcción: nos sirve para levantar el edificio, pero éste no se confunde con el andamio. Pues pasa algo parecido con la imagen de Dios: la imagen puede servirnos para acercarnos al Misterio, pedro no es el Misterio. El Misterio trasciende al cosmos, es “siempre mayor” y, a la vez, es inmanente, nada es ajeno a su presencia, ni siquiera el mismo infierno (si es que el infierno existiera). Pero, por ser más que el cosmos y estar en el corazón mismo de cada cosa, Dios es trasparente, como dirá Teilhard de Chardin: “El gran misterio del cristianismo no es precisamente la aparición, sino la transparencia de Dios en el mundo”. No se trata tanto de una teofanía, cuanto de una diafonía.

Y esa transparencia es más objeto de experiencia intima que de visión. Por eso dirá Jesús de Nazaret: “A Dios nadie lo ha visto”… Pero los cristianos aceptamos de buen grado, al analizar el reflejo que los Evangelios han recogido de la vida de Jesús, que “humanos como Jesús, solo Dios podría serlo” (L. Boff); o que “Jesús es la forma que tiene Dios de manifestarse cuando sale de sí mismo” (K. Rahner). Es decir, que a través de lo que dijo e hizo Jesús podemos intuir algunas cosas importantes del Dios en quien creemos. Por ejemplo, que es Padre y Madre de infinita bondad, que en él nos descubrimos hermanos y hermanas en la humanidad; que manifiesta una indiscutible predilección por los excluidos y marginados; que anima nuestras luchas por la liberación de todas las esclavitudes que afligen a la humanidad (sin excluir las sociopolíticas); que puede hacerse transparente y cercano aún en los momentos de mayor postración y abandono de los seres humanos, etcétera.

Madrid, 20 de enero de 2009

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