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Sin los otros -- Cristina Ruiz Fernández

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Alandar

Nos ha hecho falta una crisis para tomar plena conciencia de que todas y todos estamos interconectados. Que me afecta la bancarrota de una inmobiliaria estadounidense o la carencia de arroz en China. Que cambia mi vida el hecho de que Rumanía entre en la Unión Europea o que haya un boom en el mercado del arte hindú. Que me atañe directamente el problema del narcotráfico en Sinaloa y también que liberen a Ingrid Betancourt. Que, de alguna manera, el movimiento de cada una de las personas de este planeta, tiene consecuencias sobre mi vida.

En otras palabras, es lo que cuenta Sergio Arau en su película “Un día sin mexicanos”. Una fábula que transcurre en una ciudad cualquiera de California donde, una mañana, desaparecen sin dejar rastro todas las personas de origen latinoamericano –llamados mexicanos, aunque sean salvadoreños o peruanos, por pereza mental de los estadounidenses–. Restaurantes, tiendas y mercados se quedan sin personal. Colegios sin profesores, calles sin coches, matrimonios sin maridos, televisiones sin presentadores… Un tercio de su población desaparece; en total, 14 millones de personas. De pronto, la gente toma conciencia del papel fundamental que los latinos tenían en su vida y de cómo, sin ellos y ellas, el ritmo de la sociedad se desmorona.

Aunque nos quieran vender el valor de la independencia, dependemos unos de otros. Compartimos planeta y, hoy por hoy, eso no es un espacio muy grande. Y, desde luego, no está en absoluto dividido en compartimentos estancos. Cada vez menos.

Me parece maravilloso sentir cómo, gracias a este fenómeno, mi ciudad se transforma al mismo tiempo que mi cultura y mi forma de ver la vida. Redibuja nuestras calles, nos enseña nuevas formas de comer, nuevas fiestas, nuevos bailes, nuevas maneras de entender a Dios. Nos acompaña, nos atiende, nos asiste, nos enamora, nos interpela, nos hace, a veces, pasarlo mal. Siento que esta inmigración que llega –pese a todos los problemas asociados que nos hacen creer que tiene–, nos enriquece extraordinariamente y que, poco a poco, se irá haciendo imprescindible. Si no lo es ya.

¿Qué pasaría dentro de cinco años si, una mañana cualquiera, desaparecieran de España todos los latinos –mexicanos incluidos–?, ¿o todos los magrebíes?, ¿o todos los rumanos? Con toda seguridad sería una catástrofe económica y social terrible. En lo personal, la vida seguiría, la vida sigue casi siempre cuando se pierde a alguien, aunque sea triste, aunque surjan nuevas dificultades.

Independientes pero dependientes, porque no podemos vivir sin los otros. Afortunadamente.

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