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Si Aristóteles levantara la cabeza… -- Antonio Gil de Zúñiga

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Con seguridad que volvería a su tumba, al comprobar que sus enseñanzas éticas y políticas (Ética a Nicómaco, Política) han caído en saco roto en nuestro país. Nuestros políticos, el gobierno central y el catalán, en ningún momento han tenido en cuenta aquello de que en la comunidad política las personas participan “de una vida en común para hacer posible la autarquía” y conseguir la felicidad (eudaimonía), fin y bien último de la polis (Étic. Nic. V, 6, 1134 a).

Lejos, muy lejos, está nuestra sociedad española y la catalana de esa ansiada felicidad. Y como se desarrolla el curso de los acontecimientos al día de hoy con más de mil empresas que han abandonado Cataluña, la prima de riesgo subiendo, el Ibex 35 bajando considerablemente… también peligran la autarquía y la eudaimonía de la polis, la que proporciona los bienes indispensables para satisfacer las necesidades de la comunidad, y permite a cada ciudadano no sólo vivir sino tener un buen vivir y una vida feliz, la cual supone para Aristóteles una vida virtuosa, además de los medios básicos para la existencia. Si hay unos ciudadanos virtuosos y felices, también lo es la polis en la que conviven. El propio filósofo se lo plantea: «Falta por decir, si debe afirmarse que la felicidad de cada uno de los hombres es la misma que la de la ciudad o que no es la misma. También esto es claro: todos estarán de acuerdo en que es la misma.» (Política, IV, 2, 1324, a).

Ahora bien, para el discípulo de Platón, es evidente que “el bien es aquello a que todas las cosas tienden”, y que “toda acción y elección parecen tender a algún bien”. (Étic. Nic. I, 1, 1094, a). El bien es el territorio de la ética. Y la pregunta, pues, más inmediata es si nuestros políticos, en todo este asunto catalán, han procedido desde un plano ético y político, el bien de la ciudadanía, o desde otros intereses, personales, de partido político, de clase social… Mucho me temo que en todo esto tiene que ver el poder y el dinero. El poder, en su más obsceno sentido de imponerse al enemigo, no al adversario, según aquel dicho de “puedo y quiero, luego lo hago”. Cuando la autoridad se ejerce desde el poder, uno de los efectos más inmediato es que no hay diálogo ni encuentro, es decir, según P. Laín Entralgo, el tomar conciencia de que “el ser de mi realidad individual se halla constitutivamente referido al ser de los otros”.

Otro elemento menos visible es el económico, la defensa a ultranza del status económico de las partes con unos ingresos superiores a diez veces el salario mínimo; si bien en la estrategia de los independentistas han fallado o están fallando sus previsiones de los efectos económicos en la sociedad catalana, como las que realizó hace algún tiempo A. Mas sobre la no huida de las empresas del territorio catalán. Aquí habría que aplicar lo que escribió el estagirita: “El régimen es una democracia cuando los libres y pobres, siendo los más, ejercen la soberanía, y una oligarquía cuando la ejercen los ricos y los nobles, siendo pocos” (Política, VI, 4, 1290, b). A unos y a otros, al gobierno del PP y al gobierno del PDC (antigua CIU) arropado por la CUP y ER, les interesa todo este proceso independentista, aun a costa de la fractura social, pues así la ciudadanía se desentiende de la crisis económica y de la corrupción, olvidando lo más inmediato que es la subsistencia, el bienestar y la paz social. Me parece muy interesante lo que responde A. Garzón de IU en una entrevista al diario.es: “Esto nos conduce a un escenario en el que no se debate de los elementos materiales y sociales. Se ha ocultado todo lo que tiene que ver con la corrupción, con la sanidad, la educación, el desempleo y la precariedad. Todo ha pasado un segundo plano. Y ves cómo aquellos que se movilizaban en Catalunya a favor de la educación pública y eran golpeados por los Mossos d’Esquadra de repente están haciendo una movilización a favor de los mismos mossos en un contexto en el que los que se lo están llevando a su terreno son los de siempre”.

Pero hay que preguntarse si los protagonistas de todo este embrollo dan la talla desde la ética política propuesta por Aristóteles. Mucho me temo que están a años luz. Un principio básico es la búsqueda del bien de la ciudadanía, “pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo” (Ét. Nic.,I, 2 1094b, 6-9). El filósofo griego pone en guardia ante las desviaciones y los peligros que se pueden originar en el político que no tiene este objetivo: “La bajeza de los seres humanos es una cosa insaciable (…) porque en su naturaleza el apetito es ilimitado, y la gran mayoría de la humanidad vive para satisfacer su apetito” ( Pol., VI, 4, 1267 b, 1-5).

Otro valor ético del político es que sea “virtuoso”, moralmente íntegro, prudente, ecuánime, ya que “cuando un individuo se encuentra falto de ética y ejerce el poder no mide el alcance de sus actos y puede cometer acciones irracionales o bestiales” ( Pol., VI, 4, 1267 a). Un político revestido de valores éticos es impensable que caiga en la idea maquiavélica de que lucha por alcanzar el poder y una vez conseguido mantenerse en él. Estos valores éticos del político no se alcanzan de un día para otro ni es tarea fácil, pues “llevar a cualquier persona a una disposición moral no es tarea para el primer venido al azar, antes bien, si es tarea propia de alguien, lo será del que conozca la cuestión, como ocurre con la medicina y las demás artes que requieren una cierta solicitud y prudencia” (Étic. Nic.,I, 2, 1180 b, 26-28).

Es un dato para la reflexión ciudadana a la hora de elegir entre candidatos a las responsabilidades políticas, cuando hoy más que nunca la “política” es terreno abonado para personas que les interesa más el espectáculo y las entrevistas televisivas que el compromiso por trabajar en favor de una sociedad justa, igualitaria; en favor del bienestar social y de la felicidad de los ciudadanos, pues, como ya he mencionado, “conducirse éticamente significa querer el bien por sí mismo. El bien es ciertamente deseable cuando interesa a un individuo pero se reviste de un carácter más bello y más divino cuando interesa a un pueblo”. (Ét. Nic., I, 2 1094b 6-9). Con estos mimbres se puede decir con el estagirita que el “hombre es un animal político”. Habría que indicar a los protagonistas políticos de la cuestión catalana que menos enfrentamientos y mentiras y más Aristóteles.

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