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¿Se puede hablar de “moral sexual católica”? -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Evidentemente, se puede, porque eso se está haciendo todos los días, aunque no pienso que convenga ni sea pertinente. Y este artículo ha sido provocado por otro de RD que hace otra pregunta parecida: si la doctrina católica sobre sexualidad se puede adaptar a los tiempos modernos. (¿Habrá progreso doctrinal en la moral sexual católica?, firmado por Jorge Costadoat, sj). Pero habrá que preguntarse, entonces, si la manera de hablar del tema es el correcto, el adecuado, y, me atrevo a decir, si es algo evidente y lógico, o se supone que cae de sus peso, cuando, tal vez, no sea tan evidente ni lógico. Me temo que en este asunto nos dejemos llevar por prejuicios, y que los comentarios que hagamos o encontremos por ahí no dependen del presupuesto que deberían suponer, que no es otro que el fundamento bíblico y teológico, y que convirtamos, indebidamente, un asunto y debate moral en una polémica teológica, y, según las mentes, para mí enfermizas, de algunos, en un tema casi dogmático. Vayamos, pues, por partes:

¿Qué significa “Doctrina de la Iglesia”? No es lo mismo doctrina de la Iglesia, que enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Éste puede cambiar notablemente de una época a otra, y en los diferentes lugares, aunque esto nunca se diga ni se defienda. Pero recuerdo cómo un cura católico de Alabama me afirmaba, seguro él, y sin avergonzarse, que si no dejaban en su parroquia entrar a ningún negro era “porque las cosas no se ven igual en Europa que en el sur de Estados Unidos”. Es evidente que su obispo, y los obispos de esa zona, sabían lo que pasaba, y, de hecho, defendían, en la práctica, esa doctrina. Si bien en teoría no la ensañasen. De hecho, que el Magisterio es relativo a tiempo y lugar lo demuestran documentos como la bula papal “Unam Sanctam”, de Bonifiacio VIII, sobre la teoría de las dos espadas, (la divina, del Papa, y la humana o terrenal, del Emperador, abiertamente defendida en aquella época, pero que hoy sería fulminada abiertamente), o la teoría del Magisterio de que el orden social de finales del siglo XVII era de origen divino, y no se podía atacar, o la de la segunda mitad del siglo XIX, afirmando que la novedad de los sindicatos iba contra el “orden divino establecido en el mundo”. Los ejemplos de caducidad del Magisterio de la Iglesia son cientos. Pero sobre ninguna de estas cosas trataba realmente la doctrina de la Iglesia, sino la de unos eclesiásticos sujetos a todas las limitaciones y contradicciones de la Historia.

Algo parecido ha sucedido con la doctrina católica sobre la conducta sexual. O yo estoy muy, pero muy despistado, o no hay ningún pronunciamiento dogmático de la Iglesia sobre la moralidad de los actos sexuales. Lo que sí ha pasado es que se ha dado por supuesto, a partir de un cierto momento, y fruto de un estrechamiento de la moralidad sexual, -siempre en la teoría, porque, en la práctica, en ese tema lo que sucedía casi siempre era una relajación de los criterios éticos-, se ha supuesto, como digo, que los puntos importantes de la moral sexual tienen en la Revelación, en la Sagrada Escritura, la misma fuerza y densidad que en las preocupaciones morales humanas. Pero no tiene por qué ser así, y de hecho, no lo es. ¿Qué enseñanza medianamente válida sobre la moralidad de los actos sexuales podría tener el Magisterio de la jerarquía eclesiástica, cuando todos sabían la depravación y el libertinaje de los altos eclesiásticos hasta casi el final del siglo XIX, o las aberraciones de la pederastia, en el XX, por la que ha perdido perdón un compungido papa Francisco?

La moral sexual, y la moral en general, no es terreno propiedad de la Iglesia para su magisterio dogmático. Es lugar, terreno y sitio de la conciencia, y todos los seres humanos, aunque no hayan sido ayudados por la Revelación, son muy capaces de trazarse, ellos mismos, individual, y, sobre todo, social y organizadamente, sus normas, criterios, y pautas para un comportamiento sexual moralmente válido. Solo podemos invocar como auténtico magisterio de la Iglesia, válido en todos los lugares y tiempos, aquel que traduce, desarrolla, o profundiza un misterio revelado. Y no creo que hay hecho falta, a la debilidad y precariedad humanas, ninguna Revelación de lo alto sobre la moralidad de sus comportamientos sexuales. Éstos sí sometidos a la implacable relatividad que produce el paso de la Historia.

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