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Samuel, SAMUEL RUIZ (Jtatic Samuel o Don Sam) -- Javier Fernández Conde (Comité Óscar Romero de Asturias)

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Hace unos días me enteré por la radio de la muerte de don Samuel Ruiz (24.I.2011), obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico). Para mí es como si hubiera fallecido un familiar, un amigo entrañable y, sobre todo, una referencia señera de los testigos y profetas del mundo actual.

Destacado, de manera especial por su lucha en favor de los “insignificantes de este mundo”, lo pobres, los pobres del campo, indígenas mejicanos y del mundo entero. “Con Leónidas Proaño, decía Pere Casaldáliga, don Samuel pasará a la historia de la Iglesia como uno de los grandes obispos indigenistas de este siglo”.

Había nacido en Guanajuato el año 1924. Estudió teología en Roma, donde fue ordenado sacerdote el 1949. De vuelta a su tierra natal, y después de ocupar el cargo de rector del Seminario diocesano, recibirá la consagración episcopal en 1960, y su primero y único destino: San Cristóbal de las Casas, una de las regiones más pobres del país que comenzaba ya a emerger en la economía mejicana por sus recursos energéticos, mineros y madereros.

Desde los primeros años de episcopado en San Cristóbal, se puso al lado de los más desfavorecidos, primero para defender sus derechos conculcados por los terratenientes poderosos y después, ayudándoles a organizarse en comunidades cristianas, desde las que fuera posible organizarse a la hora de los terratenientes desalmados e injustos y hacer proyectos de liberación en nombre del Señor, un prerrequisito esencial a la hora de implantar en aquellas tierras el Reino de Dios. Para poder llevar a cabo sus proyectos humanizadores y, al mismo tiempo, evangélicos, comienza por visitar todas las comunidades de dilatada diócesis, haciéndose eco de la máxima agustiniana: nada se puede querer de verdad, si no se le conoce antes.

“Viajaba a caballo, en coche, en avioneta o a pie para visitar sus comunidades. Ordinariamente, los indígenas le recibían con fuegos artificiales. Compartía con ellos la vida, la comida y la plática. Siempre cerca; no se cansaba de hacer preguntas, profundizando logros y analizando problemas. Dormía en una banca o donde tocara” (C. Fazio, Samuel Ruiz el Caminante, México, 1994, p.148)

Pudo asistir a todas las sesiones de la segunda época del Vaticano II y se tomó muy en serio las dimensiones históricas y sociales de la evangelización de los hombres de su siglo y de los pobres de manera particular. Y fue fiel a esta orientación en los conocidos foros de Riobamba (Proaño), Medellín y Puebla Su primer mundo teológico, influído por los grandes maestros de la Universidad Gregoriana de Roma, experimentará un giro copernicano en contacto con la realidad de su pueblo.

Para él, aquella teología europea resultaba conceptual, abstracta e inconcreta: “Escudriñaba la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Magisterio para probar un catálogo de verdades preestablecido”, que había llegado a América con la colonización y seguía vigente en los siglos de la neocolonización. Se imponía un cambio hacia las reflexiones teológicas sobre “lo concreto”, los “acontecimientos”, “la realidad viva e histórica nuestra”. Una teología, en fin, humanizadora y liberadora que orientara una opción radical por los pobres, que para él eran los campesinos chapanegos.

Nada tiene de extraño que fuera mal visto por los poderes políticos. El presidente Zedillo (1994-2000) le acusará de promover la violencia revolucionaria por esas orientaciones teológicas. Y las altas autoridades eclesiásticas, que veían en los autores de la Teología de la Liberación, y Jtatic Samuel era uno de los más destacados, peligrosos atisbos de “marxismo”, también le miraron de reojo y con mucha difidencia.

Don Sam participó, a pesar de todo, en los conflictos socio-políticos de Chiapas, durante su largo episcopado, cumpliendo funciones de mediación pacífica, excluyendo siempre de la lucha liberadora contra el pecado de injusticia que impregnaba las estructuras sociales, la muerte y el odio. Su presencia fue decisiva al aparecer el Movimiento Zapatista de Liberación Nacional del Subcomandante Marcos, que trajo en jaque al gobierno federal mejicano durante varios años, especialmente en el 2000. Al fin y al cabo, este movimiento revolucionario, dotado también de sugestivas intenciones y de frescura novedosa, nace y evoluciona en muchos de los ámbitos diocesanos del obispo indigenista (Y. Le Bot, Subcomandante Marcos. El Sueño Zapatista, Barcelona, 1997).

El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas y de las Comunidades de Chiapas (FRAYBA), inspirado, apoyado y tutelado por D. Samuel y su colaboradores más fieles, entre los que se encontraba un grupo de dominicos de San Cristóbal, alguno asturiano, fue, sin duda, un instrumento muy eficaz para la prometeíca empresa de pacificación y promoción de Chiapas.

Tuve la suerte de conocer a Jtatic Samuel en Chiapas a mediados de los años noventa y tratarlo con asiduidad, cuando el Zapatismo estaba aún en auge y mucha gente miraba con esperanza aquel novedoso movimiento, que había sabido aprovecharse de las infinitas virtualidades de “Internet”, para organizar encuentros y actividades galácticas inverosímiles.

Quedé prendado muchas veces de la manera de ser de Samuel Ruíz, de su saber escuchar, de sus análisis de la realidad certeros y llenos de esperanza. También me admiró el profundo sentido de la historicidad que tenía: una de sus preocupaciones era precisamente la organización del archivo diocesano como fuente futura de información inagotable para conocer la lucha del campesinado chiapanego y el apoyo que había recibido de los responsables diocesanos aquellos años.

Don Samuel también es conocido en Asturias, que visitó el 2005 invitado por Cáritas y por el Comité Óscar Romero, para recoger el premio de Derechos Humanos, otorgado por el ayuntamiento de Siero. En Madrid de aquel año había tenido un encuentro con todos los Comités de España, donde realizó gestos de una sencillez tan seria y tan cristiana que todavía se recuerda hoy con emoción.

Allí manifestó, así mismo, una gran devoción a Arnulfo Óscar Romero, el santo-mártir de América latina. Le imitaba en su compromiso con los campesinos y leía con fruición sus homilías. Sólo le faltó seguirle en el martirio cruento, aunque su vida constituía ya un martirio verdadero, porque había sabido dar testimonio de un compromiso sin límites, desde la fe en el Señor, con los hombres y mujeres de su tiempo.

Creo que él, como otros obispos latinoamericanos de la época, dio cumplida realidad a aquella metáfora que predica Casaldáliga de si mismo: “soñar con la Iglesia/ vestida solamente de Evangelio y sandalias”.

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