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RWANDA, DETRÁS DE LA FACHADA. Umoya

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Adital

El régimen ruandés parece gozar de buena salud. A juzgar por la imagen que con eficacia logra vender hacia el exterior, la estabilidad, el desarrollo, la paz y la reconciliación interiores representarían la imagen de la nueva Rwanda que renace después de la tragedia. En definitiva, un modelo a seguir.

Es la conclusión que sacaría un visitante que visitara la ciudad Kigali y se dejara guiar por un agente-propagandista gubernamental, como podría ser el caso de los responsables de un reportaje recientemente emitido por TVE2 sobre la participación de las mujeres ruandesas en el poder y en la ejemplar reconciliación que promoverían. La capital está en plena expansión urbanística, lo mismo que algunos núcleos urbanos. Han desaparecido los pobres y menesterosos, lo mismo que los vendedores ambulantes y sus improvisados tenderetes. Barriadas mugrientas dejan paso a bellas urbanizaciones y lujosas villas.

Una limpieza y orden que contrastan con el bullicio y caos tan habituales en las ciudades africanas. Las cifras expresan un crecimiento económico sostenido, gracias principalmente a ayudas del exterior que fluyen regular y generosamente; en febrero, por ejemplo, El Banco Europeo de Inversiones (BEI) ha firmado dos contratos, 10 millones de €, con el Banco Ruandés de Desarrollo (BRD) y el Banco Comercial de Rwanda (BCR), para impulsar las pequeñas y medianas empresas (PME). Se ha controlado la inflación, inferior al 10%.

La informatización de la administración se está generalizando. Se prevé la construcción de un nuevo aeropuerto en el Bugesera. Kigali se ha convertido en un lugar acogedor para reuniones o convenciones interafricanas. El presidente Paul Kagame es recibido puntualmente y con respeto por Bush y otros grandes dirigentes mundiales. Se trata de una fachada tan hermosa como engañosa; la realidad política, económica y social es muy otra y contradice esta imagen que se presenta como modélica.

Las instituciones políticas y administrativas se han estabilizado sólidamente bajo el implacable control, militar y policial por supuesto, de la cúpula dirigente del FPR La disidencia es erradicada de inmediato. No hay una oposición visible, el foro de partidos, el Parlamento, el Senado, son sólo cajas de resonancia y de obediencia a las consignas del FPR. La discrepancia desaparece y queda sustituida por la cárcel, el silencio y el miedo o el exilio.

Una tupida red de informadores-delatores cubre todos los rincones del país y nada pasa desapercibido al ojo y al oído del poder. El incauto que osa expresar su crítica, su enojo o simplemente una opinión «incorrecta» es rápidamente acusado de defender una ideología genocida y divisionista y amenazado con ser llevado ante los tribunales. Ha sido el caso de numerosos dirigentes del propio FPR. y de periodistas independientes. El miedo, la desconfianza y el silencio se adueñan y paralizan las conciencias.

Existen, sin duda, tensiones y fisuras en las altas esferas del poder. El encausamiento por parte del juez francés Bruguière de altos mandos del ejército ruandés por su presunta participación en el asesinato del presidente Habyarimana, ha sido considerado como una declaración de guerra, por lo que Rwanda ha roto con estrépito sus ya tensas relaciones con Francia.

Como no hay mejor defensa que un buen ataque, el presidente Kagame ha cargado sin miramientos contra el juez, al que califica de agente de «fuerzas agazapadas en el ejecutivo, entre los militares y servicios de inteligencia franceses», a la vez que ha reactivado la «Comisión nacional encargada de recoger pruebas sobre la implicación del Estado francés en el genocidio». El 7 de febrero llegaron a París tres miembros de esta comisión, dispuestos a interrogar a unos 30 militares. El Ministerio de Defensa francés no lo permitió porque «no reconocemos ni legitimidad ni competencia». Estos rifirrafes de consecuencias imprevisibles han podido quizás proporcionar a Kagame una aureola de orgulloso líder africano, capaz de plantar cara a la «colonialista» Francia, aunque difícilmente borrará la imagen bien real del presidente ruandés como fiel peón de la política norteamericana en África central.

Lo que sí ha provocado son no pocas tensiones en las cumbres del poder, ya que, al parecer, algunos de los encausados por Bruguière se mostraban dispuestos a colaborar en la aclaración definitiva de lo que significó el pistoletazo de salida de una horrible tragedia.

La negativa de Francia a conceder a la viuda de Habyarimana el estatuto de refugiada política, ha sido considerada por algunos como un gesto de acercamiento y de distensión hacia Rwanda. Sin embargo, Kagame, quiere algo más que gestos y reclama la extradición de Agathe Habyarimana, residente en Francia, para ser juzgada en Rwanda por su responsabilidad directa en la planificación del genocidio, en cuanto impulsora del Akazu, estructura semi-secreta del entorno del presidente que habría diseñado el exterminio tutsi. «Si los franceses no quieren entregárnosla, que la juzguen ellos mismos. Pondremos a su disposición un dossier abrumador». Por otra parte, dos abogados franceses han depositado, en nombre de una asociación ruandesa de víctimas del genocidio, ante el tribunal de Evry una querella criminal contra la viuda de Habyarimana. Un nuevo quebradero de cabeza para Francia.

La realidad del crecimiento económico, visible en la capital y en algunas ciudades, es también una fachada que no logra ocultar otras realidades como el empobrecimiento y hasta miseria en medios rurales del interior, habitados casi exclusivamente por hutu. Las desigualdades son escandalosas y van en aumento. Tras las cifras positivas se esconde el acaparamiento de la riqueza por parte de una minoría.

El progreso existe, pero para una elite restringida que reproduce viejos esquemas aristocráticos y elitistas. La gran mayoría de la población, formada sobre todo por campesinos, se ve excluida de este progreso y su nivel y condiciones de vida se deterioran con la misma progresión con que crecen las fortunas de unos pocos. Ni siquiera la comunidad tutsi en su conjunto, si bien favorecida a la hora de obtener un puesto de trabajo o una plaza escolar, es la principal beneficiaria del desarrollo; también dentro de ella existen «categorías» y grados en el acceso al poder y a las prebendas. Es indudable que, al margen de otras consideraciones, el reparto tan desigual de la riqueza y la ruptura social consiguiente sólo pueden generar focos de futuras y graves tensiones.

Los tribunales populares Gacaca, creados en principio para hacer justicia y promover a través de ella la reconciliación, se han convertido de hecho en eficaces instrumentos de control y amedrentamiento sociales. Según datos oficiales, los acusados alcanzan la cifra de 818.564, de los que unos 50.000 habrían sido ya juzgados en el mes de febrero por los 47.000 jueces. «Los trabajos van muy bien, a pesar de algunos problemas de seguridad para sobrevivientes, testigos y jueces», ha podido oír Cherie Blair complacida de labios de la Sra. Mukantaganzwa, secretaria del organismo rector de los Gacaca.

El pánico a ser convocado por el Gacaca de turno ha provocado la huida de miles de ruandeses, prueba indudable para el poder de que son culpables. Ante estos tribunales sólo los testigos de cargo tienen la palabra y no hay posibilidad alguna de defensa, porque si un testigo de descargo se atreviera a intervenir arriesgaría meses de cárcel, acusado de cómplice y mentiroso. Al menos un miembro de cada una de las familias que viven en el ámbito de actuación del tribunal debe acudir como espectador a los juicios semanales. De lo contrario la familia es multada y considerada desafecta al régimen. Así que, todo el mundo asiste en silencio y es testigo de delaciones, de acusaciones con frecuencia falsas, de arreglos de cuentas; un excelente método para incubar resentimientos y odios.

Las condenas son severas y alcanzan los 25/30 años de cárcel. Algunos que salieron de ella tras haberse autoinculpado, han vuelto a ingresar. La población carcelaria ha aumentado considerablemente, debido al «buen hacer» de los tribunales populares, que, según se anuncia, terminarán la tarea en el mes de junio.

Un panorama desolador tras una fachada engañosa.

* Federación de Comités de Solidaridad con África Negra

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