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Respuesta al cardenal Sarah contra la posibilidad de sacerdotes casados (14) -- Rufo González

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celibatoNo es verdad que “el celibato revela la esencia misma del sacerdocio cristiano”
“El sacerdocio atraviesa una crisis… En la Iglesia, las crisis se han superado regresando a la radicalidad del Evangelio… La crisis del sacerdocio no se resolverá mitigando el celibato… `El sacerdote está llamado a vivir los consejos evangélicos según el estilo, es más, según las finalidades que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan´ (Juan Pablo II: PDV 27)…

El sacerdocio es un estado de vida que implica una existencia auténticamente entregada y consagrada.. El celibato revela la esencia misma del sacerdocio cristiano. Hablar de él como de una realidad secundaria es una ofensa para todos los sacerdotes del mundo. Estoy íntimamente convencido de que la relativización del celibato sacerdotal equivale a reducir el sacerdocio a una mera función, cuando en realidad el presbiterado no es una función, sino un estado de vida” (p.142-147).

Respuesta:

– Cierto que “el sacerdocio atraviesa una crisis”, pero la crisis aquí abordada viene del celibato obligatorio para el sacerdocio. Comparto que “las crisis se han superado siempre regresando a la radicalidad del Evangelio”. Así aparece en el llamado concilio de Jerusalén: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables” (He 15,28). El Evangelio no exige celibato para ministerio alguno. Luego deroguemos esta ley no evangélica, y “volvamos a la radicalidad del Evangelio”, la verdad: el celibato sólo puede ser opcional para todo cristiano y para todo servicio o ministerio.

– No es cierto que el sacerdote ministerial, por su ministerio, “está llamado a vivir los consejos evangélicos”. Los consejos evangélicos, y más en concreto el celibato, son una propuesta dirigida a toda persona seguidora de Jesús: “no todos entienden esto, solo los que han recibido ese don… El que pueda entender, entienda” (Mt 19,11-12).

– No es verdad que “el celibato revela la esencia misma del sacerdocio cristiano”. Lo dice claramente el Vaticano II: “No es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva y la tradición de las Iglesias orientales” (PO 16).

– El bautismo nos introduce en un verdadero “estado de vida”. El presbiterado no lo es propiamente. Es un oficio servicial a la Iglesia. Recordemos a san Agustín: “Para vosotros soy obispo. Con vosotros soy cristiano. Aquel es nombre del oficio recibido, éste es nombre de gracia; aquél, de peligro; éste, de salvación” (Sermo 340,1). “Oficio” puede llamarse también “función”. Por cierto bien necesaria, hermosa y decisiva en la Iglesia.

– ¿“El sacerdocio es un estado de vida que implica una existencia auténticamente entregada y consagrada”? Si por “sacerdocio” se entiende la vida del bautizado, sí. Es el sacerdocio fundamental del bautizado: un modo estable (“estado”) “de vida entregada y consagrada” por el Espíritu, que nos configura con Cristo. Las demás configuraciones espirituales (ordenados, religiosos, institutos seculares…) son secundarias. Claro que el “sacerdocio ministerial” supone el sacerdocio bautismal y, por tanto, “la vida entregada y consagrada”, pero no por el celibato que es opcional para todo cristiano.

“La vocación sacerdotal: una vocación a la oración”. Es el último apartado de “una visión enturbiada del sacerdocio”. En dieciséis páginas (p. 147-163), repite hasta la saciedad que el sacerdote necesita orar. Mejor sería sustituir “el sacerdote” por “el cristiano”. Esa es la propuesta de Jesús a todos sus seguidores. Es curiosa la cita de la oración de la misa antes de comulgar. Oración reservada al presidente de la eucaristía, y que éste debe recitar “en secreto”.

Es, sin duda, un ejemplo de clericalismo. Lo que se dice tiene perfecto sentido en nombre de todos: “líbranos de todas nuestras iniquidades y de todos los males; y haz que siempre estemos adheridos a tus mandamientos y jamás permitas que nos separemos de ti” (p. 148). Para el cardenal parece que solo el sacerdote ministerial es discípulo de Jesús: “El núcleo del sacerdocio es ser amigo de Jesucristo” (p. 150). “La misa es la razón de ser del sacerdote…, le confiere todo su sentido” (p. 151). “Pedid al Señor que unifique vuestra vida. El trabajo y la oración han de sostenerse mutuamente.

Si no permanecemos en comunión con Dios, no somos capaces de dar nada a los demás. Debemos descubrir continuamente que Dios es nuestra prioridad… `El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va desprendiendo progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen Pastor y Servidor de los hermanos´ -Benedicto XVI: homilía 03.05.2009- (p. 155). “Sin la fe y la oración, el celibato sacerdotal sería como una casa edificada sobre arena… Sin la oración y sin una fe viva, ¿cómo se puede comprender y vivir gozosamente el celibato sacerdotal?” (p. 156).

Respuesta:

– Casados y célibes son llamados a ser “otros Cristos”, otros sacerdotes existenciales como Jesús. “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca… El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena” (Mt 7,26). Y “todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).

– Sin fe y oración, la persona cristiana es una casa edificada sobre arena… Sin la oración y sin la fe viva, no se puede comprender y vivir gozosamente el seguimiento de Jesús”.

– Una cita incompleta: “San Pablo llama a Timoteo -y en él al obispo y en general al sacerdote- `hombre de Dios´ (1Tim 6,11). La misión fundamental del sacerdote consiste en llevar a Dios a los hombres. Ciertamente, solo puede hacerlo si él mismo viene de Dios, si vive con Dios y de Dios…” (p. 156). Pero calla que esta carta dice más sobre “el hombre de Dios”: `conviene que el obispo sea irreprochable, marido de una sola mujer, que gobierne bien su propia casa y se haga obedecer de sus hijos con todo respeto. Pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?´ (1Tim 3, 2-5).

“El verdadero fundamento del celibato solo puede quedar expresado en la frase `el Señor es mi parte de la herencia´… El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida… Hoy más que nunca, el mundo necesita el celibato sacerdotal… Cristo Jesús es sacerdote. Todo su ser es sacerdotal, entregado y ofrecido… El celibato es el sello de la Cruz sobre nuestra vida de sacerdotes. Es grito del alma sacerdotal que proclama el amor del Padre y la entrega personal a la Iglesia… El celibato es signo e instrumento de nuestra entrada en el ser sacerdotal de Jesús… No entendemos cómo se podrían alentar y proteger la identidad sacerdotal si se suprimiera en esta o en aquella región la exigencia del celibato tal como lo ha querido Cristo y como la Iglesia latina lo ha conservado… El celibato del clero no es una mera norma de ley eclesiástica (Juan Pablo II, PDV 50), sino `un don precioso de Dios´ (PO 16)” (p. 158-1661).

Respuesta:

– El verdadero fundamento del celibato cristiano está en el Evangelio: “no todos entienden esto, solo los que han recibido ese don… El que pueda entender, entienda” (Mt 19,11-12). Es “un don precioso de Dios”, que debemos respetar en quien lo tenga. Pero lo mismo hay que hacer con todo carisma, como la vocación ministerial.

– Se puede y debe “alentar y proteger la identidad sacerdotal” suprimiendo la exigencia del celibato tal como lo ha querido Cristo y como la Iglesia lo ha conservado celosamente en alguno de su ritos. “El Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más bien lo propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (Pablo VI, Encícl. Sacerdotalis Coelibatus, 5).

Leganés, 14 de mayo de 2021

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