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Relaciones Iglesia-Estado -- Antonio Vergara Abajo

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Moceop

Vuelve a estar sobre el tapete las relaciones entre la Iglesia y el Estado sobre todo desde dos vertientes: la económica y la enseñanza. No faltan espíritus bélicos que les gustaría emprender una nueva cruzada para defender a la Iglesia o una nueva revolución para defender al Estado. No hay por qué hacer ni luchas ni defensas, sino penetrar en la esencia del Evangelio y tomando a Cristo como ejemplo, colocarse cada cual en el lugar que le corresponde.

1º.- EL PROBLEMA DE LA FINANCIACIÓN.

Desde mi experiencia como ex Secretario Técnico de la Diócesis de Huelva me creo un poco capacitado para opinar sobre este aspecto.

Ya en los tiempos de la UCD se firmaron unos acuerdos entre el Estado Español y la Santa Sede que en algunos aspectos invalidaban el Concordato de 1953. Éste no había llegado a 25 años de vida y siempre con problemas. En la introducción a dichos acuerdos, ya se dice que “el Estado no puede ni desconocer ni prolongar indefinidamente obligaciones jurídicas contraídas en el pasado. Por otra parte…. resulta necesario dar nuevo sentido tanto a los títulos de la aportación económica como al sistema según el cual dicha aportación se lleva a cabo.”

En el Artº II, 2 “el Estado podrá asignar a la Iglesia un porcentaje sobre la renta de carácter personal por el que el contribuyente manifiesta su deseo”. En el nº 4 dice que este “ proceso de sustitución se llevará a cabo en el plazo de tres años…” Y en el nº 5 “La Iglesia Católica declara su propósito de lograr por sí misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades.” La Iglesia Española post conciliar era una iglesia con soplo de Pentecostés, el Espíritu empujaba en todo el territorio Nacional hacia un cambio con una gran generosidad. Era un clero que no quería privilegios, buscaba la separación de Iglesia y Estado y si por una parte le enseñaban que era segregado de la sociedad, por otra parte se consideraba encarnado en la misma.

El Concilio Vaticano II le había dado alas para volar y los Obispos se sentían también empujados por el mismo espíritu. Esto dio lugar a la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, en septiembre de 1971, que hoy muchos quisieran olvidar y de hecho la han enterrado, como ha sucedido con el Concilio, en un profundo silencio para que acabe en el olvido. Ya en cierta ocasión, me contó D. Rafael González Moralejo, Obispo de Huelva, que dirigiéndose al Cardenal responsable de migraciones, en presencia del Papa, le dijo: – “Noi lavoriamo in sieme nella constitutione Gaudium et Spes-” A lo que contestó Juan Pablo II: – “questo é stato il nostro gran peccato”.

Aun sabiendo que el Papa Juan XXIII al anunciar el Concilio dijo que no quería fuera un concilio dogmático, no dejan de ser dolorosas estas palabras del Papa Juan Pablo II. A pesar de todo muchos creyentes no han olvidado el consuelo del Concilio y siguen defendiendo una Iglesia distinta, aunque el cardenal Rouco prohíba a los centros religiosos de Madrid, dar cobijo a las asambleas de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y tengan que reunirse éstos en un Centro de Comisiones Obreras para hablar de Dios desde otros ángulos y perspectivas.

Surgieron en aquellos años muchos sacerdotes que renunciaron a la subvención que recibían del Estado, aunque fuera a través de la Conferencia Episcopal, y muchos de ellos comenzaron a trabajar en empresas, encarnados en el mundo de los trabajadores, para vivir de su salario imitando a San Pablo (1ª Tes. 2,9) y sirviendo a la Iglesia con su vocación de servicio. De ello tenemos buenos ejemplos en Huelva. Esta Asamblea de la que venimos hablando, en la Ponencia V, nº 7 reconoce que la aportación económica de la Administración Pública no debe restarle a la Iglesia libertad evangelizadora ni ser discriminatoria respecto a las demás confesiones religiosas. Y en el número 8 dice: “Sin embargo, es preciso que se arbitren los medios para llegar, cuanto antes, a la independencia económica de la Iglesia”. (2ª votación. Nulos 0. Sí 149. No 42. I.M. 0. Blancos 3.)

Es posible que hoy alguien diga que aquello fue producto de un entusiasmo debido a circunstancias políticas del momento y a cabezas calenturientas. Decir o pensar eso parece que es querer apagar la voz del espíritu. Era el deseo de prolongar el Concilio en los signos de los tiempos, en la vida de cada día. Negar la acción del Espíritu es reducir a la Iglesia a un grupo de célibes funcionarios de lo religioso, que afirmando el celibato por el reino de los cielos, desconocen la esencial significación evangélica que implica: no identificarse con el poder (con ninguno) y la gloria de este mundo (Lc. 4,6) no buscar la seguridad del dinero (Mt. 6,24) ser libre apostólicamente (Hech. 5,23) Y pensar de otra manera es dejar en muy mal lugar a los obispos que con los sacerdotes participaron en aquella Asamblea y que también emitieron su voto. ¿Podríamos decir que es antievangélica esta proposición de la cuarta parte número 51? Dice así: “… la Asamblea juzga anticristianas todas las manifestaciones de lujo, gastos superfluos y afán de lucro, tanto de las personas como de las instituciones eclesiásticas o civiles”.

Y en el número 44 de esta misma parte dice: “La Iglesia debe ser plenamente independiente del Estado y de cualquier sistema político-social; por lo cual las relaciones entre las personas que ejercen autoridad en la Iglesia y en la sociedad civil deben ser tales que eviten todo confusionismo”. (Gaudium et Spes, 76)” Esta proposición tuvo 205 votos a favor, 32 en contra, 7 en cierto modo y 3 en blanco. Y en la 33: “… es tarea de la Iglesia promover entre los españoles la superación de todo rencor y la construcción de -la unidad en el amor, ley básica del Evangelio, por encima de las inevitables discrepancias de los pluralismos políticos, sociales y generacionales-” (Com. Epis. De Apostolado Social, 1-1-70) Aprobada con 227 votos a favor, 17 en contra, 2 en blanco y 1 nulo. No estaría mal que la COPE tomara nota de estos sentimientos en lugar de echar leña al fuego. A propósito, a Pablo Iglesias todos los trabajadores le deben mucho y cuando la COPE lo insulta llamándole “jenízaro” no hace falta que nos remita al diccionario de la RAE, los pocos trabajadores que la escuchan se sienten ofendidos porque en España esa palabra se entiende como un insulto.

Este sistema de votaciones es el que había seguido el Concilio. ¿Jugaba la Iglesia a democracia o pensaba que este era el sistema adecuado para ver la voluntad divina? Que en el nº 16 de la segunda parte pidiera esta asamblea “Respeto y promoción de los legítimos derechos de las minorías étnicas y de las peculiaridades culturales de los diversos pueblos de España” y esto el año 1971 es algo que nos debe hacer pensar.

Entre la Biblia, fundamentalmente el Evangelio y todo el Nuevo Testamento, el Concilio Pastoral, no dogmático, Vaticano II y esta Asamblea de Obispos y Sacerdotes preparada con mucho afán en todas las diócesis de España, implicándose en ella todos los sacerdotes con sus respectivos prelados y mostrando las lógicas discrepancias que siempre quedaron en claras minorías, y alentada con la participación y ejemplo de nuestros obispos con sus correspondientes discrepancias también y aprobaciones, nos llevan al recuerdo de aquel llamado primer Concilio de Jerusalén entre quienes querían abrir una Iglesia al mundo entero y quienes querían mantenerla en el seno del pueblo judío. Venció la apertura, la renovación, los odres nuevos, la fuerza del Espíritu que deseaba implantar un Reino de Dios distinto del reino tan mezquino y egoísta que se nos quiere presentar hoy.

Cuando en 1963, a causa de un accidente de circulación tuve un proceso judicial, se personó en la clínica el Sr. Juez para un interrogatorio y me dijo que para el proceso que había de seguirse necesitaba la autorización del Prelado de la Diócesis según el Concordato. Le contesté que renunciaba a ese privilegio ya que si del proceso se derivaba alguna responsabilidad yo la aceptaba como cualquier otro ciudadano, y no comprendía porque tenía que diferenciarme del caso similar que le ocurriera e otra persona. No era una postura aislada, éramos muchos sacerdotes los que pensábamos de la misma manera. Era una defensa de la libertad aunque pareciera lo contrario. Me consta que el Sr. Juez quedó altamente edificado y sorprendido de aquella postura mía.

Hoy que están las aguas revueltas es necesario que los cristianos volvamos los ojos al origen de nuestra fe, a nuestro maestro y modelo, y sepamos convivir en medio de una sociedad tan diversa y polifacética, siendo fermento que sazone la masa, y ganando para ese reino que queremos conseguir, las voluntades de los creyentes en Jesucristo una a una, sin códigos, ni imposición de leyes, ni coaccionando a la voluntad política para que legisle según nuestros principios. El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza… a la perla escondida… a la lavadura… (Mt. 13) y con nuestra conducta acatando la legislación civil como ciudadanos de este país, dando a nuestra vida un talante distinto como consecuencia de nuestra fe, conseguiremos que otras ovejas que no son de nuestro redil escuchen nuestra voz y vengan.(Lc. 15)

El año 1977, siendo obispo de Huelva D. Rafael González Moralejo, comenzamos a estudiar la autofinanciación de nuestra Diócesis mirando a la legislación que se avecinaba. Y estábamos convencidos de que eso era posible y la vida de los sacerdotes, principales agentes en este cambio, seguiría siendo digna y edificante. Pero algo falló. Por parte de los respectivos gobiernos han continuado incluyendo en sus presupuestos las sustanciosas cantidades de ayuda a la Iglesia Católica, y aquel deseo de cambio quedó suspendido. Lo que se hubiera conseguido con suavidad por parte de todos llegará un día en que se consiga con violencia, por la fuerza, y entonces se querrá demonizar a alguien.

Sin embargo hasta que esto no suceda no habrá una respuesta generosa de los fieles como la hay en Irlanda o Polonia por poner unos ejemplos. Es necesario que la Iglesia cambie su talante para que ese 32% que señalan en sus respectivas declaraciones de renta su deseo de ayudar a la Iglesia aumente. Es necesaria más transparencia y más comunicación de bienes entre las mismas Diócesis. Unos eclesiásticos que tienen tanto miedo a que se disuelva la unidad nacional entre regiones, autonomías, nacionalidades o naciones, debieran comenzar por ellos mismos a romper las enormes diferencias entre iglesias diocesanas ricas e iglesias diocesanas pobres, por encima de la autonomía e independencia que los obispos tienen como sucesores de las Apóstoles.


2º.- FORMACIÓN RELIGIOSA.

También vuelven a estar en el candelero los problemas de la enseñanza de la religión. Y nuevamente habría que aclarar qué entendemos por enseñanza de una religión. Hay algunos docentes de la religión que defienden estas enseñanzas por defender su peculio personal; otros más sinceros han reflexionado sobre el tema y piensan que un centro docente público no es el lugar más apto para esta clase de enseñanza.

En los tiempos post conciliares, cuando la Iglesia toda, de modo especial la española, trataba de liberarse del lastre que traía de la dictadura y del llamado Nacional Catolicismo, la revista católica “Vida Nueva” publicó un chiste: “¿En qué se diferencian un profesor de religión y un catequista? –En que el profesor de religión cobra y no evangeliza, y el catequista evangeliza y no cobra”. Las clases de religión tal y como se han practicado son clases de cultura religiosa católica. En los tiempos que la dictadura estaba férreamente ligada a la Iglesia, en los Centros llamados de Segunda Enseñanza, además del profesor de religión había un Director Espiritual subvencionado también por el Estado. Este era el encargado de las catequesis, culto y todo aquello que tuviera que ver con el desarrollo de la vida espiritual de los estudiantes, señal clara que la educación en la fe no le correspondía al profesor de religión como tal.

En los Centros de Primera Enseñanza era el párroco del lugar quien tenía siempre abiertas las puertas de los colegios para poder ejercer su apostolado catequético, cosa que molestaba a veces a algunos maestros. No era raro encontrarse con alumnos que no entendían por qué se les obligaba a este estudio como materia reglada y cuya nota evaluaba como las demás en orden a llevar el curso con holgura o la posible solicitud de beca. La experiencia ha demostrado que después de muchos años de enseñanza religiosa a todos los niveles, incluso, alguna vez, el universitario, no hemos sido capaces de conseguir una sociedad más creyente, y si notamos que ha aumentado la religiosidad, esto, posiblemente, no es debido a la enseñanza, sino al fenómeno misterioso y místico del sentido religioso que radica en el alma humana. Esto se da en todas las culturas y se manifiesta de muy distintas maneras. Pero una cosa es la religiosidad y otra la fe y la formación religiosa en el conocimiento y seguimiento de Jesús

Otro fenómeno de nuestra sociedad, fruto del pasado, es situar a lo que llamamos “Derecha” como católicos e “Izquierdas” como enemigos del cristianismo. En la mayor parte de los estados la religión y la sociedad civil caminan por sus respectivos senderos y sin problemas. El Estado Francés legisla para una sociedad laica, aconfesional, y la Iglesia convive en paz advirtiendo a sus fieles los preceptos morales que deben observar. Y no por eso considera el Papa (por poner la máxima representación de la Iglesia) que sean mejores los españoles que los franceses. Lo mismo podemos decir de otros países europeos en los que la Iglesia tiene un gran peso y sin embargo están perfectamente delimitados los campos de lo civil y religioso sin interferencias de ninguna clase

La evangelización de las personas tiene que venir por otros derroteros que están en el Evangelio y que no se ve sea práctica habitual de los pastores actuales que más bien trabajan por mantener lo que tienen y con frecuencia como funcionarios de lo religioso. Lo de la oveja perdida parece que no lo tienen mucho en cuenta, y se mantienen en una pastoral de entretenimiento, en un lastimoso conservadurismo ya que ellos mismos ven la pérdida del sentido cristiano. Lo lamentan, pero no hacen nada por arrastrar a la fe a quienes no son o no están en este redil, echando la culpa de ello a las instituciones políticas, como si la fe o la práctica de la moral cristiana, dependiera de leyes del poder civil que premien o castiguen a quienes no observen las normas legales o disciplinarias de lo que va marcando la Jerarquía Católica. La fe y la observancia de los preceptos que se derivan de la fe, no pueden venir por imposiciones legales. Esto traería un tufillo a tiempos de la inquisición.

Termino con una aclaración: es necesario reconocer el mensaje de caridad de tantos cristianos, sacerdotes o no, aquí o fuera de nuestras fronteras. También aquí tiene gran importancia la enseñanza, la enseñanza global, toda clase de enseñanza que es el principio para la liberación del hombre y totalmente necesaria para aquellos niños o mayores, aquí o acullá, que no tienen acceso a una escuela. En la práctica de la caridad hay que reconocer el esfuerzo de algunos pastores y fieles por llegar a una atención específica y organizada a favor de los más pobres, sobre todo de los emigrantes, en nuestro país, que es un fenómeno que nos está tocando vivir. Vemos a personas concretas que además de la práctica de la caridad luchan abiertamente contra la falta de justicia que provoca estas situaciones. Sería bueno que esta lucha por la justicia fuera más clara y más fuerte.

Hasta aquí escrito en octubre de 2004 y publicado en MUNDO, páginas de Huelva. Podría actualizar algunos conceptos, pero prefiero dejarlo así, tal como se publicó y añadir una sola cosa: La historia hace que los niños infieles vengan a España en busca de una vida màs digna. Nuestros queridos misioneros pensarán que aquí sus hermanos aprovecharán esta facilidad que Dios pone a su alcance para la evangelización de muchos niños. Pero estos niños de emigrantes en general sólo encuentran un pupitre en nuestros colegios públicos, menos mal.

Este trabajo ha sido publicado en el periódico MUNDO, páginas de HUELVA, los días 8, 9 y 10 de diciembre de 2004, y en la revista nacional TIEMPO DE HABLAR, nº 103, 4º trim. De 2005.

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