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RDC: El Congo pariente pobre de la ayuda occidental

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Umoya

Las prometidas ayudas occidentales no llegan o llegan muy tarde. Por eso Kinshasa va a buscar la cooperación allí donde la encuentre, y el esfuerzo de reconstrucción no ha hecho más que empezar.
Hace apenas quince días los Kinois cruzaban los dedos: El propio presidente Kabila, al volante de un buldózer, daba la salida a los trabajos de rehabilitación de la avenida del 24 de noviembre, convertida en Avenida de la Liberación, una de las arterias más importantes de Kinshasa.

¿Se podría decir que las cinco obras de reconstrucción, prometidas desde hace tanto tiempo, por fin van a empezar?
Hay otras señales que animan a los más optimistas: Se han visto carpinteros chinos tomando medidas antes de emprender la construcción del bulevar periférico, que debería desatascar una capital paralizada por una circulación anárquica y una red de comunicaciones inexistente. En katanga también han empezado a trabajar maquinas chinas cerca de la frontera de Zambia, mientras que en Kivu Sur la carretera que une Bukavu con el aeropuerto de Kavumu pronto podría estar libre de agujeros.

Si se confirman estos hechos , podría alejarse la morosidad existente y devolver la esperanza a una población que nunca ha visto cumplidas las promesas que se le hicieron después de las elecciones . ¿alguien se esperaba esto?
Las promesas se multiplicaban, las hacían Louis Michel en nombre de la comunidad europea, Paul Wolfowitz que todavía dirigía el banco mundial, las cooperaciones bilaterales, belgas y británicos se disputaban la cabeza del pelotón.

Con gran amargura, un año después de nombrado el gobierno formado por Antoine Gizenga ,el Presidente de la Asamblea Vital Kamerhe reconoce que sólo ha sido entregado el 28% de la cantidad prometida por la Comunidad Internacional.

Todavía peor, mientras que el Congo pensaba alcanzar esta primavera el casi mítico “punto de terminación” de la iniciativa a favor de los países pobres y muy endeudados, (PPTE) en sus negociaciones con el Banco Mundial, lo que habría significado reducir una parte significativa de su deuda, “la zanahoria” ha vuelto a retroceder. Un consejero del Primer Ministro Gizenga se lamenta: “Los 8oo millones de dólares que desembolsamos anualmente para estos reembolsos, representan el 32% del presupuesto del gobierno”.

Este retraso es debido a patinazos provocados por gastos imprevistos:
Kinshasa a finales de 2007 tuvo que hacer frente a la rebelión del general Nkunda, al Este del país, lo que representaba un desafío evidente para la autoridad del estado; la ofensiva militar se saldó con una derrota en Mushake y la pérdida de material militar importante ( mucho más costoso debido a que el país está siempre sometido a un embargo de armas).

El compromiso con Nkunda fue desaconsejado por los occidentales que preconizaban más bien la neutralización de los grupos armados hutus. Doblegándose a los consejos , más bien a las presiones internacionales, las autoridades organizaron una ambiciosa conferencia de paz en Goma, que se concluyó con un acto de compromiso de desarme de todos los grupos armados. Victima de su éxito, esta conferencia ha reunido dos veces más participantes que las 550 personas previstas en un principio, y ha costado más de seis millones de dólares.
A pesar de sus promesas de apoyo, los proveedores todavía no han cobrado las sumas prometidas y los ordenanzas del Banco mundial sólo han podido constatar la realidad de la superación del presupuesto.

A estas carencias hay que añadir también algunos factores que competen a la soberanía nacional: mientras el gobierno afrontaba una serie de huelgas en cascada, (profesores, médicos, camioneros…) que protestaban contra sus salarios insuficientes, los diputados no han dudado en votar salarios parlamentarios de 4000 dólares al mes, a los cuales se añaden diversos gastos en dietas, y la concesión de vehículos oficiales. También hay que señalar la acostumbrada corrupción, tan difícil de erradicar en el seno del aparato jurídico, en los servicios de seguridad, e incluso en las altas instancias del estado.

Sin embargo estas realidades no son suficientes para explicar la lentitud del desembolso de la ayuda prometida. Las primeras razones esgrimidas son de tipo técnico: Los Congoleños tienen mucha dificultad en redactar informes que sean aceptados por los proveedores. La cadena de decisiones es muy lenta, los proyectos deben ser firmados por dos o tres ministros congoleños, después por diferentes estratos de la administración Nacional o internacional, formalidades que fácilmente toman de dos a tres años. El procedimiento de ofertas es tan sofisticado que sólo puede ser respondido por empresas no congoleñas. Y cuando finalmente arranca el proyecto, los salarios de los expatriados y sus gastos (casa, coche, personal) representan el 30% del gasto total.

Hay una voluntad de transparencia y de reducir los riesgos de la corrupción, pero es complicado cuando a un expatriado que gana de 3000 a 4000 dólares al mes , se opone su homólogo local que debe conformarse con 300 o 400 dólares. A esto hay que añadir otros condicionantes, como gobierno legal, respeto de los derechos del hombre, y una cláusula no escrita pero absolutamente real, el respeto a ciertas exigencias de los proveedores.
En lo que se refiere a este último punto está claro que las autoridades congoleñas salidas de las últimas elecciones, son muy celosas de su nueva legitimidad.

Así el primer ministro Gizenga, que se tomó dos meses para formar gobierno, (plazo muy criticado en su momento por M de Gucht) apartó a varias personalidades que le fueron sugeridas, porque eran citadas en diferentes informes de la ONU a propósito del robo de recursos naturales. Prefirió elegir hombres nuevos, que fueron rápidamente calificados de inexpertos por las cancillerías. Por otro lado varios personajes pertenecientes a antiguos movimientos rebeldes, y en particular al RCD-Goma, ( condenado por los electores) no han encontrado un hueco en las nuevas instituciones, a pesar de estar muy representados en el ejército, lo que ha creado el descontento de Ruanda, y de altas personalidades europeas y americanas.

A esto hay que añadir la reticencia de las autoridades a ver reconducido en el ejercicio de su poder, al Comité de acompañamiento de la transición ( CIAT) compuesto por embajadores occidentales reunidos con los representantes de China, Angola y África del Sur. El nuevo club de “amigos del Congo” que sólo reúne a occidentales, ya no disfruta de la misma audiencia ni del mismo acceso a la autoridad que el difunto CIAT. Y la propuesta belga de un mediador internacional para el Kivi Norte ha fracasado.

Refugiándose en el anonimato un oficial congoleño no esconde su decepción: “En Libera los británicos han pagado a los funcionarios durante el primer año después de las elecciones. En África Central los franceses han hecho lo mismo para mantener a François Bozizé. En nuestro país no ha ocurrido esto, las nuevas autoridades no han podido contar con ninguna ayuda excepcional,. Oficialmente las autoridades congoleñas han sido felicitadas por su preocupación por la transparencia, que les ha conducido a revisar los acuerdos mineros y a publicar las conclusiones de la Comisión gubernamental, asistida por el Centre Carter.

El descubrimiento de este robo “de guante blanco” que ha enajenado el 33,6 % del territorio debería conducir a serios replanteamientos de los acuerdos realizados con los mayores operadores mineros occidentales. Habría que plantearse si, oficiosamente, esta gestión será permitida por unos gobiernos que, generalmente, han protegido los intereses de sus operadores económicos.

Decepcionados por la lentitud de la ayuda occidental que sólo representa el 33% del presupuesto actual (frente al 52% durante la transición), constatando que el sector minero sólo había contribuido al6% del presupuesto del estado, presionados para empezar las obras de reconstrucción antes de organizar las próximas elecciones locales y de prepararse para el plazo del 2.011, las autoridades congoleñas han terminado por volverse hacia la China, para concluir “el acuerdo del siglo”: diez millones de toneladas de cobre contra ocho o diez millares de créditos diferentes y de obras de infraestructura (3.000 kilómetros de carreteras, 143 hospitales y centros de salud y cuatro universidades)

La apuesta por estos acuerdos presentados como “ganadores “es audaz , pero está marcada por un sentimiento de urgencia y señala también el flagrante fracaso de la ayuda al desarrollo llevada a cabo por los occidentales. Un fracaso todavía más paradójico puesto que llega después del gran éxito de la organización de las elecciones.
Colette Braeckman

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