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RATZINGER ELIGE AL ACTUAL ARZOBISPO CASTRENSE, CON RANGO DE GENERAL, PARA DIRIGIR LA DIÓCESIS NAVARRA. FELDPFAFFEN. Mikel Arizaleta

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Rebelión

No deja de ser curioso. El hoy papa, Joseph Ratzinger, y otrora inquisidor general de la Iglesia católica acaba de nombrar a Francisco Pérez González, actual arzobispo castrense con rango de general en el estado español, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela. Monseñor Pérez sucede en el cargo a Fernando Sebastián Aguilar, de 77 años, que presentó a Benedicto XVI su renuncia por razones de edad.

¡Y todavía hoy son muchos los que siguen considerando el cristianismo como una asociación de paz, de amor al prójimo, de amor al enemigo y de buena nueva! Y lo que en los tres primeros siglos de cristianismo era grave pecado en la Iglesia, que portaba excomunión y condena, hoy, en esa misma Iglesia, es título de dignidad y arzobispado ser general del ejército y bendecir munición, guerra y soldados, y se considera más bien pecado ser insumiso y desertor.

La historia enseña que así comenzó, pero duró poco tiempo. En una orden de la Iglesia del siglo III el obispo romano Hipólito prohíbe el simple ingreso en el ejército: “Cuando un catecúmeno o un bautizado quiere ser soldado debe ser rechazado, ¡porque menosprecia a Dios!”. Y a continuación del soldado alude el obispo romano –situando a la misma altura- a la ramera, a los pederastas o a quien se castra o realiza cosas inarticulables. Todos ellos están “manchados” como el soldado. Hasta los cazadores deben dejar de cazar o de lo contrario no pueden ser cristianos. La prohibición de matar es general.

Todavía a inicios del siglo IV aparece el padre de la Iglesia Lactancio en su obra principal “Divinae Institutiones”, escrita antes de 313, como un pacifista decidido que rechaza toda participación en la guerra: “Si Dios prohíbe el matar no sólo se prohíbe el asesinato de hombres a estilo de los bandoleros; esto prohíbe también la ley estatal, es que además se prohíbe cualquier matanza de personas, también la que estuviera permitida por el derecho civil”. Pero en el siglo IV se opera un cambio radical y repentino.

En el año 313 Constantino, a cuyo hijo Crispo más tarde educaría Lactancio, dio entrada a palacio al cristianismo. Los padres de la Iglesia, supercontentos, se amoldaron inmediatamente al nuevo curso y vemos de la noche a la mañana en el puesto de los antiguos pacifistas cristianos a los curas castrenses, a los feldpfaffen de la Iglesia. Sin duda que a los obispos les resultó más fácil impartir su bendición a las tropas imperiales que prohibirles la guerra.

La investigación teológica acentúa que el cambio trascendental del paganismo al cristianismo se dio primero en el ejército, que Constantino fue conformando más y más el cristianismo como religión de soldados y de milicia, y Roma cedió en su oposición contra el oficio de soldado probablemente antes que otras comunidades cristianas. La guerra de Constantino contra Licinio se desarrolló, en cualquier caso, como una guerra de religión. El emperador marchó a la guerra con su tienda-capilla en la que antes de cada combate rezaba. Luego salía y mandaba atacar y en donde los soldados, como Eusebio cuenta, “noqueaban hombre a hombre”. Pronto al ejército acompañaron obispos, y el lábaro creado en el 317, el estandarte con las iniciales de Cristo en la punta de la bandera, guiaba a los soldados del primer emperador cristiano.

Al igual que hasta ahora los dioses paganos eran los ayudantes en las batallas, en adelante se combatiría también bajo la invocación del Dios cristiano todo lo que no se adecuaba al concepto político o eclesial de nuevo signo. Desde Constantino un generalísimo del ejército podía ser, como la cosa más normal del mundo, un cristiano. Cristo, María y algunos santos como Menas, Víctor, Jorge, Martín de Tours… se convirtieron en “dioses militares”, asumiendo la función de los dioses militares paganos. Y pronto conoce la historiografía que Dios incluso sugiere planes de batalla. Con Constantino la Iglesia abandonó de la noche a la mañana un ideal que había proclamado durante tres siglos basándose en Jesús. En el 313 Constantino garantizó a los cristianos la libertad de religión y en el 314 el sínodo de Arlés determinó la excomunión de los soldados que desertaban. Ahora quien arrojaba las armas era expulsado; antes en cambio era expulsado quien no las arrojaba.

La Iglesia se mostró tan voluble que ahora, como se ha comprobado de múltiples formas, los nombres de todos aquellos que sufrieron el martirio por no querer ser soldados fueron borrados del calendario cristiano para evitar efectos desagradables en el ejército cristiano. Piénsese que en los primeros tiempos se exigía a un soldado romano converso la baja inmediata del servicio militar; y la Iglesia preconstantiniana buscaba en general mantener a todos los creyentes de manera enérgica alejados de él. A pesar de la limpia por parte de la Iglesia, se conoce un gran número de insumisos cristianos al servicio militar. Varios sufrieron el martirio. Ahora la Iglesia, de pronto amiga de lo militar, tachó sus nombres de los calendarios y sustituyó a estos mártires insumisos por otros, encontrados y aliñados de tal manera que pudieran resultar en esta nueva situación edificantes para los soldados cristianos.

El hacer la guerra con la ayuda del amantísimo Dios, al igual que en la antigüedad con ayuda de los dioses, ha sido algo corriente en el Occidente cristiano hasta el día de hoy. Incluso los jefes no cristianos más convencidos apelaban a él para así asegurarse el seguimiento de su prosélitos creyentes. Las guerras de cruzada son ejemplo preclaro. El mismo Hitler pronunció su discurso al inicio del asalto a Rusia salpicado de una invocación al todopoderoso y concluyendo con una cita literal de la Biblia. Franco y el levantamiento militar del 18 de julio son ejemplo de casamiento Dios-Iglesia católica-guerra. Y muchos lectores habrán conocido al capellán castrense en su época de mili hablarles con lenguaje militar y exigirles trato “de estrella a estrella”.

No es de extrañar, por tanto, que el inquisidor de la Iglesia, el papa Ratzinger, elija como sucesor de Fernando Sebastián, con sabor a guerrero feudal, a un arzobispo con rango de general del ejército español. Es todo un signo de la Iglesia constantiniana, de la Iglesia de casi siempre.

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