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Que el Espíritu me ayude a preocuparme siempre de los demás -- Francisco Javier Sánchez González, Capellan Carcel de Navalcarnero y Parroco Sagrada Familia en Fuenlabrada

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Estas eran las palabras que el pasado sábado, Santi, un muchacho en prisión desde hace casi cinco años, decía, ante el obispo en el momento de ser confirmado. Fue un día especialmente bonito para todos, y sobre todo un día abierto a la esperanza, y abierto a Dios, abierto a un Dios que hablaba por los labios de Santi y que nos volvía a decir que la vida merecía la pena, que todo se puede cambiar, que no hay nada que no tenga solución. El sábado Santi se confirmó y como cada día en nuestra cárcel fue un día para celebrar, para recordar y para saborear, fue un día donde de nuevo, en la cárcel, se respiró profundamente el aire de un Jesús encarnado en él, en su vida, en sus gestos… y en el de todos los que estábamos allí en esa mañana.

Era la fiesta de San Pedro y San Pablo, y tuvimos primero como todos los sábados una misa, con cinco de los módulos de la cárcel de Navalcarnero; esa primera misa también fue impactante porque ellos, cuando hablábamos del papa, no paraban de decir lo importante y lo diferente que estaba siendo para todos el papa Francisco: sus gestos de cercanía, su cariño… decían que era un papa diferente, como tenía que ser decían algunos, “ es muy cercano y se le ve diferente”, decían otros; recordaban el gesto que había tenido Francisco el día anterior, al parar su coche ante una niña discapacitada y en camilla, y cómo les había conmovido que se acercara a ella. Y es que los muchachos de la cárcel son capaces de captar todos estos gestos de cariño hacia los demás, gestos de humanidad de nuestro papa.

La primera lectura que leímos de los Hechos de los apóstoles era un pasaje donde dice que San Pedro estaba en la cárcel y un ángel del Señor abrió la puerta de la celda y lo liberó; cuando lo leímos nos reímos, porque pensaban que ojalá también fuera asi allí, que también Dios abriera las puertas de sus chabolos… pero luego caímos también en la cuenta de que nuestra única cárcel no era la de Navalcarnero, que esa cárcel era dura pero que sin duda pasaría, pero que el problema era sentirse libre realmente de todo tipo de ataduras, y que en la vida todos podíamos tener cárceles más duras que Navalcarnero de las que teníamos que liberarnos. Incluso que estando en este horrendo lugar de sufrimiento que es nuestra cárcel podíamos sentirnos libres; les mencioné la figura de Nelson Mandela para decirles que él, en sus 28 años de cautiverio injusto, se había sentido libre profundamente, a pesar de estar encerrado en aquella celda ínfima y lúgubre, y les hablé de la oración que este hombre recitó durante sus años de cautiverio para demostrar y decir que se sentía libre, la oración que Mandela recitaba cada noche, antes de acostarse, de rodillas, y que le hizo sentirse además de vivo, liberado y con ganas de seguir hacia adelante. Y al nombrar a Mandela, fue César, un muchacho con una vida especialmente dura, y sin nadie que en este momento le espere, con muchos años de prisión, el que dijo que se estaba aprendiendo él esa oración y que se sabía la primera parte, que si la podía recitar; le dijimos que sí, y con muchos nervios la recitó:

“De la noche que me cubre, negra como el vacío de poste a poste. Agradezco a cualquier Dios, por mi alma inconquistable. En las malignas garras de la circunstancia no me ha estremecido o gritado en voz alta…”
Escucharla en la voz de César también fu impresionante, porque todos conocemos su vida… la recitó nervioso, pero a la vez con entusiasmo, y sobre todo con mucha ilusión… y se notaba que al hacerlo ha había meditado ya también muchas veces… no fue algo improvisado, le salió desde lo más profundo de su corazón… y quizás ese “cualquier Dios” a que se refiere habló a través de él… ese cualquier Dios que en toda la Eucaristía respiramos, sentimos y abrazamos juntos en esa mañana de sábado.

El Salmo que recitamos entre todos y luego cada uno fue repitiendo en voz alta de modo personal las palabras que le parecían más impactante, hacia alusión a que sentimos la protección de Dios, a que sentimos que El nos acompaña, nos entiende y nos guía en cada momento. Como siempre escucharles decir en voz alta frases como “ayúdame a reconocer la verdad, a no autoengañarme… si no vivo en la verdad no podre cambiar porque siempre echare la culpa a los demás…”, resultaba impresionante, porque la decían personas machacadas por la vida, porque las recitaban personas a las que especialmente les cuesta reconocer su error, pero que allí delante de todos, delante también por supuesto de la presencia de Dios y de su hermano Jesús, iban recitando en comunidad.

“Cuantas veces te he dicho que quiero seguirte, que voy a cambiar el rumbo de mi vida, que esta vez va en serio, y sin embargo cuantas veces también todo acaba siendo igual…”, eran palabras que cobraban un sentido especial en esa mañana porque las recitaban personas que saben de fracaso, personas que saben lo que es cada día levantarse y volverse a caer, personas que llevan derrumbándose muchos años… las decían desde el corazón y seguro que el Buen Dios las escuchaba con cariño… era como si a la vez el mismo Jesús les dijera, no os preocupéis, yo os entiendo, yo sé que a veces no sois capaces de cambiar, pero contad con mi ayuda, no estáis solos, yo os acompaño siempre…era el Padre Dios el que un día más miraba a sus hijos con todo el cariño con que un Padre puede mirar a sus hijos mas queridos y a la vez más heridos; los heridos de la vida por la droga, por la culpa, por el fracaso… eran mirados como Dios solo sabe mirar, desde el amor más grande y más profundo… sin duda con el mismo amor con que Jesús miró a Pedro después de la triple negación… y desde esa mirada, dice el Evangelio, que “Pedro lloró amargamente”, la mirada de Jesús al culpable Pedro fueron capaces de arrancar de él las lágrimas más maravillosas de toda su vida, las lágrimas que le hicieron convertirse… fue el amor de Jesús a Pedro el que le hizo cambiar y mirar hacia adelante… ojalá que también nuestros muchachos sientan así a Dios en su vida, ojalá que nosotros seamos capaces de transmitirles siempre ese rostro entrañable, tierno y cercano de un Dios “que sale todos los días a buscar a sus hijos y cuando los encuentra los abraza y los come a besos.

Seguíamos rezando en el Salmo “pero no puedo dejar de confiar en ti, porque Tú eres mi vida y mi fuerza…”, y eso pronunciado por aquellos que han llevado una vida tortuosa, pero aquellos que especialmente son capaces de seguir confiando en Dios. Escuchárselo a todos en voz alta, al unísono impresiona, pero cuando lo van recitando personalmente mucho más, y sobre todo cuando vamos conociendo las historias de aquellos que van pronunciando esas palabras; escuchar esas palabras en boca de Carlos, de César, de Tomás, de Alberto… tiene un sentido diferente, no son frases hechas, son sin duda experiencia profunda de un Dios liberador que ellos sienten que les libera, y un Dios que también nos habla a nosotros a través de ellos…

La segunda misa estaba prevista para las once de la mañana y comenzó algo más tarde; en esta Eucaristía Santi iba a confirmarse y Enrique iba a hacer su Primera Comunión, venía el obispo para confirmar y confieso que todos estábamos un poco más nerviosos porque era una misa diferente, aunque en el fondo las espontaneidad de los muchachos en la cárcel siempre es imprevisible, casi como la de los niños pequeños. Comenzaron a ir llegando y como siempre el saludo, el abrazo, el preguntarnos cómo ha ido la semana, ese primer encuentro entre nosotros ya es eucarístico porque forma parte del compartir, porque en cada uno de los saludos que nos hacemos hay también mucho de Dios, de su ternura y de su misericordia. Cuando nos saludamos ya sabemos cómo estamos cada uno de nosotros, algunos aprovechan para pedir algo que necesitan o para decirnos qué ha pasado durante la semana o qué problema pueden tener, en ese saludo se nos va un poco de tiempo antes de comenzar, pero que sin duda es ya parte de la misma celebración, es un primer encuentro fraternal que nos abre a la celebración de la mañana de cada sábado. Este sábado como digo era especial, cuando llegó Santi como siempre, nos fundió a todos en un fuerte abrazo y nos dijo que estaba muy contento y de hecho se le notaba que así era.

Comenzamos la celebración, presentamos al obispo, y la primera lectura era el texto de Isaías 61 sobre el envío a los más pobres, que proclamada en boca de Santi, tenia un sentido muy especial; Enrique leyó el Salmo 22, El Señor es mi Pastor, y después proclamamos las bienaventuranzas: al escucharlas en aquel lugar algo por dentro se estremece, porque cuando proclamamos dichosos los pobres, los sufridos, los que lloran… no es algo de libro sino es tenerlos delante, en cada una de ellas podemos poner un rostro concreto y una historia concreta de cada uno de los chavales que tenemos delante, es reconocer que somos felices cada vez que pisamos esa lugar santo que se llama Navalcarnero, y es reconocer el rostro de un Dios encarnado en cada uno de ellos.

Y después del Evangelio, tras la presentación que hizo María Jesús de Santi, ante el obispo, fue él quien dio su testimonio, y de nuevo nuestros corazones se llenaron de alegría, de esperanza y por supuesto de Dios. Santi comenzó diciendo que daba gracias por ese año de preparación que había tenido, porque había conocido muchas cosas de Dios y él se quería confirmar “ para que el Espíritu me ayude a preocuparme más de los demás, para que pueda ayudarles, para que pueda hacerles felices, me quiero confirmar para estar más cerca de Dios y para que la vida cada día sea mejor para todos, y creo que si todos lo hiciéramos así todo funcionaria y sería mejor”. Santi, con sus palabras había sintetizado lo fundamental del mensaje cristiano: sentir que Dios nos quiere y que desde ahí queramos y hagamos felices a los demás, no se puede decir de manera más elocuente ni más acertada lo que significa seguir a Jesús. Pero además lo estaba proclamando alguien que sabe de sufrimiento, de dolor, de vida rota, y alguien que sabe también de amor y de lo que es dedicarse a los demás. Santi desde que lleva en prisión lo único que ha hecho ha sido eso: preocuparse de los otros, en el módulo todos cuentan con él, funcionarios y resto de compañeros, todos saben que a él pueden acudir cuando les hace falta algo, incluso muchas veces es él el que nos dice que vayamos a ver a alguien porque está mal; Santi iba recibir el Espíritu que sin duda ya ha estado con él en todo este tiempo.

Después de la homilía donde el obispo nos invitó a la confianza en Dios y a desde ahí volcarnos en los otros, llegó el momento sacramental, un momento importante; el silencio era especial en toda la sala, todos pendientes de lo que estaba allí pasando, y Dios un día más se hizo presente entre nosotros, entre aquel grupo de hombres elegidos por El, entre tantas historias de dolor y de sufrimiento el Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que dice San Pablo, se hizo una vez más presente en nuestro Navalcarnero. El paso de Dios por cada uno de nosotros se hizo presente, como sabe hacerlo, de manera suave, sencilla pero a la vez llenándolo todo. Después el momento de las peticiones, donde de nuevo todos recordaron a sus familias, a la gente que más sufre en el mundo, a los que más sufren dentro de la cárcel… fue un momento de oración y de recuerdo los unos por los otros y desde las propias necesidades más urgentes de nuestra vida.

Y llegó también como en cada celebración el momento especial de la paz, la paz como ese saludo especial y fraterno que entre todos nos damos, la paz como esa experiencia profunda de encuentro con el necesitado, que está delante de cada uno de nosotros. Esa paz que significa preguntarnos al tiempo cómo estamos, cómo nos ha ido la semana, todos nos abrazamos y deseamos lo mejor; yo creo que es también un momento muy sagrado el que vivimos en ese abrazo de la paz, porque en cada abrazo y en cada apretón de manos se hace presente el mismo Jesús que nos abraza y nos quiere, un momento de alegría, de esperanza, donde sentimos de manera diferente la presencia de Dios “en cada abrazo Dios nos abraza”.

Compartimos después la comunión, donde también Enrique participó por vez primera de ese momento; por supuesto no fue como estamos acostumbrados en las parroquias, Enrique un hombre enfermo mental, con problemas desde hace muchos años con las drogas, se acercaba de manera sencilla a recibir a Jesús en la Eucaristía, lejos ese momento de todo el follón sin sentido que organizamos cada mes de mayo en otros sitios, aquí era Jesús el que entraba en el corazón malherido pero abierto a de Enrique y en sus ojos brillaba especialmente la alegría y la acción de Gracias. Y al final de la celebración la entrega a cada uno de los dos de una Tau símbolo franciscano que también su catequista, María Jesús, franciscana, quiso especialmente entregarles, como signo de cercanía de Dios y de encuentro con los hermanos.

Terminamos, después de recibir la bendición, con el canto “Color esperanza”, un canto que en el cárcel cobra el sentido de abrirse a una esperanza especial, se trata de proclamar la esperanza en medio del dolor, y de sentir que esa esperanza es siempre posible, que nunca podemos tirar la toalla, pero que depende de todos que esa esperanza esté siempre viva y nos ayude a vivir; “que estás cansado de andar y de andar…cambiar el aire depende de ti… te ayudará vale la pena una vez más…”, escuchar esto en aquel lugar es reconocer que la vida se puede reconducir, que hay que seguir peleando, que a pesar de haberlo intentado muchas veces y haber fracasado hay que seguir hacia adelante… detrás de cada muchacho preso hay una historia de fracasos, de derrumbes… pero sin duda que hay también una historia de esperanza y de futuro; “sé que lo imposible se puede lograr…quitarse los miedos sacarlos afuera… tentar al futuro con el corazón…”, es lo que vivimos a diario en Navalcarnero, una historia de miedos, de luchas, de imposibles, de aciertos y desaciertos, pero también de alegría, de futuro, es mezclar lo horrible con el más bonito de los deseos y paisajes, en el fondo es la historia de la pascua, de muerte y resurrección, y es reconocer cada día lo que le dice el ángel a María “porque para Dios nada hay imposible”, en la cárcel vivimos cada día esa historia de los imposibles mezclados con los posibles, es mirar al futuro desde las posibilidades del día a día; nos flaquean las fuerzas y ya no podemos más, pero para eso estamos todos los otros “sé que lo imposible se puede lograr”, recordar las palabras de Jesús a Pedro cuando le dice que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja a que los ricos se salven “no te olvides que lo imposible para los hombres es posible para Dios”.

Esa es nuestra fe cada día en nuestro Navalcarnero de lucha y de esperanza, de muerte y de vida, es la historia de mirar siempre adelante; la frase que la fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, Nazaria Ignacia, decía siempre a sus monjas al terminar sus cartas “Adelante, siempre adelante”; ese adelante no podemos perderlo nunca de vista en este lugar, pero no es un adelante ingenuo, es un adelante con la confianza puesta en “que la tristeza algún día caerá”, de que con nuestro esfuerzo y la ayuda de Dios todo puede cambiar, de que como dice el apóstol, “sé de quién me he fiado”, y esa confianza nos sigue manteniendo siempre alerta porque ese Dios se nos muestra a diario en nuestra cárcel, en tantos signos de su presencia.

Esa confianza que tenemos que conquistar también cada día en la cárcel, esa confianza que supone pensar que la vida puede ser distinta, que no importa tanto el pasado, lo que hemos hecho en nuestras vidas, sino el futuro, lo que todavía nos queda por hacer y por vivir. Confianza que significa por ello creer que Dios es nuestro Padre y nos quiere como somos, que no lleva cuenta de lo que hacemos, que nos mira con cariño. En este día de San Pedro y San Pablo era el mismo Jesús el que nos miraba con tanta ternura y tanto cariño como miró a Pedro después de qué éste le negara “al instante cantó el gallo, Jesús miró a Pedro y Pedro lloró amargamente. Fueron lágrimas de amor, fueron las mejores lágrimas que arrancó sin duda el mejor amor. Y ante ese amor profundo de tanta gente que nos quiere y que no nos condena solo nos queda confiar, agradecer y llorar de emoción. “Tampoco y te condeno, vete y en adelante no peques más”, eran las palabras de Jesús a la mujer traída para ser apedreada, y es lo que nosotros también cada día intentamos transmitir a nuestros muchachos, en cada conversación, en cada encuentro, en cada abrazo….

En Navalcarnero un día más sentimos lo que dice maravillosamente Gloria Fuertes en su poema , ante la pregunta de todo ser humano: “Dios está en ti, debajo mismo de tu corbata”, esto es lo que experimentamos una vez más allá, en nuestra pequeña comunidad de la cárcel, entre tanto dolor sentimos que el Espíritu nos llegaba y nos transformaba y quisimos acogerlo, lo acogimos como lo han acogido los grandes de la historia, desde la brisa suave que transforma nuestras vidas y nos hace, como dijo Santi, hacer felices a los demás. Ojalá que el Dios de la vida que todos sentimos en este día seamos capaces de transmitirlo siempre a los demás, que en cada sonrisa, que en cada abrazo, que en cada esperanza, que en cada lágrima, que en cada fracaso, que en cada derrota, experimentemos las palabras del Evangelio “yo estoy contigo todos los días hasta el fin del mundo”.

Navalcarnero 28 de Junio de 2014

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