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Presidente Rouco -- Fernando Navarro, filósofo

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El Blog de Fernando Navarro

La Conferencia Episcopal Española ha elegido nuevamente al Cardenal de Madrid como presidente del organismo episcopal. No debería ser una noticia de primera plana en un país aconfesional como el nuestro. Sin embargo, el encumbramiento de Rouco Varela a la cúspide de la Jerarquía eclesiástica otorga un relieve más que notable en los medios de comunicación. Pero sobre todo hay muchos cristianos que se sienten subestimados en su condición de miembros responsables de su fe. Porque a la luz de esta elección surgen algunas reflexiones.

¿Una elección democrática? La pregunta resulta un pleonasmo, porque una elección sólo tiene valor cuando nace en la plaza abierta de la democracia. Cada cual, desde su conciencia, su libertad y su compromiso, decide con su voto construir el futuro de una comunidad asumiendo la parte de responsabilidad que le toca ejercer en la hechura del mañana. ¿Pero es así en la Iglesia? No. En su legislación no se dan elecciones democráticas –tampoco la papal- porque el poder del pueblo no es reconocido por la Iglesia institucional.

La verticalidad de su pirámide la constituye un poder dictatorial impuesto desde una insoportable exégesis de sus raíces. Papa-monarca. Cardenales-príncipes. Obispos-gobernantes. Pueblo-servidor-nunca-ciudadano. Pueblo-esclavo. Todo ello –se argumenta- por designio de Dios. Pero la actual pirámide está construida justo al revés de lo que quiso Jesús de Nazaret. Jesús no situó a Pedro en la cima y por debajo al resto de la comunidad, sino que lo colocó en la base para que soportara el peso de la Iglesia. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra…” Frente al evangelio apareció Constantino. El imperio fundó la cristiandad destruyendo el cristianismo. Y de esas vivimos.

La conciencia imperial inyectada en la Iglesia proclama que el poder (terrible vocablo cuando de cristianismo hablamos) le viene directamente de Dios. Y ante esta premisa todas las consecuencias, incluso la infalibilidad papal, derivan en racimo. De ahí el vino amargo del desprecio por la mujer, el miedo a toda consecución científica, el enfrentamiento con una humanidad evolucionada, el rechazo a todo cambio como valor dinámico de la existencia. Nada que no se adecue a postulados preconcebidos e inamovibles, puede ser admitido por una jerarquía teocrática, autosuficiente, magistral, que sufre como injerencia crucificante cualquier aportación de la historia.

La continuidad no viene dada por Rouco Presidente. Cualquier otro no elegido por la voluntad de la comunidad, estaría sometido a la verticalidad jerárquica, a la propia conciencia absolutista y al orgullo de quien se sabe depositario del poder y la verdad que debe imponerse a las conciencias.

Volvamos al principio de este artículo. Una sociedad aconfesional debería permanecer despreocupada de una Iglesia que se siente instalada y conforme consigo misma. Allá la elección de su jerarquía, sus esquemas internos, su vivencia ciertamente más canónica que evangélica. Pero no podemos olvidar la urdimbre entretejida entre Iglesia y sociedad civil.

Esta ósmosis fue revitalizada por el franquismo por intereses mutuos de supervivencia. Se necesitaron visceralmente para imponer la espada por la cruz y la cruz por la espada. La Iglesia no se ha adecuado a un sistema de separación. Sigue añorando aquella hipóstasis blasfema con el poder civil que le permitía la manipulación de las conciencias. A la Jerarquía católica le ofende (no la persigue) la libertad ciudadana.

Una sociedad aconfesional no es necesariamente anticristiana. Laicismo no es anticristianismo. Es autonomía, libertad, independencia de lo humano para realizarse como humano. El hombre necesita en este momento de la historia reconciliarse consigo mismo sin tutelas ajenas, sean divinas o humanas. Ha tomado conciencia de que es un ser en el mundo y esta mundaneidad se le presenta como un reto, una meta, un quehacer siempre instalado en la provisionalidad.

Y la Iglesia debe desprenderse de su complejo de persecución, reflexionar seriamente sobre sus raíces, su papel en el mundo. Vaciarse de sí misma y de la costra histórica en que se ha envuelto, salir al descampado y caminar a la sola luz de las estrellas.

Tal vez así, Presidente Rouco, empiece a ejercer una desnuda fraternidad de crucificado.

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