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Pobres y ricos -- Jaime Richart

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Nadie podía imaginar cuando se constituía la forma de Estado que reemplazaba a la dictadura, que la corrupción empezaría muy pronto y alcanzaría las cotas que hoy conoce todo el mundo; una corrupción que por si sola, junto al despilfarro atroz de los responsables políticos, aparte alguna causa llegada de fuera, ha provocado a su vez dramáticos niveles de pobreza en este país al lado de niveles de riqueza de unos cuantos que no existían siquiera en el oprobioso régimen dictatorial anterior.

Por sí sola esta circunstancia plantea el agravio comparativo entre la represión política que existía en aquel régimen y la libertad política y económica causantes mediatos de una catastrófica situación para millones de personas, junto a miles o centenares de miles de nuevos ricos hechos a través del sistemático saqueo de las arcas públicas por distintos métodos, todos ilícitos, pero principalmente por la malversación, la prevaricación, la evasión fiscal, la falsedad, el fraude, la estafa y en definitiva el engaño.

Pero lo que sí cabía imaginar es que al no existir gesto alguno entre los constituyentes, pero tampoco por otros a lo largo de las décadas posteriores, que favoreciese la reconciliación entre vencedores y vencidos en la no lejana guerra civil; que al seguir teniendo la Iglesia católica un protagonismo inusitado pero no entre el pueblo llano, y manteniéndose invariable la posición de las clases sociales y económicas dominantes antes, de aquella contienda y después de ella, respecto a las dominadas, la deriva de la política y de la justicia no iban a modificarse apenas a lo largo del tiempo. Las pruebas son muchas, pero descollantes ahora, están en el exhaustivo control a cargo de los descendientes de los vencedores de aquella ignominiosa guerra civil, de los parlamentos, de la economía y las finanzas, de la empresa, de la mayoría de los medios y de las instituciones clave del poder judicial: Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Constitucional y Fiscalía General del Estado.

En un país bien gobernado, la pobreza es algo que avergüenza. En un país mal gobernado, la riqueza es algo que avergüenza, decía Confucio. Pero en un país pésimamente gobernado, lo que sucede es que la pobreza se achaca a la mala suerte y la riqueza se arroja todos los días a la cara de los pobres…

El caso es que los pueblos no tienen, como se oye tan a menudo a los que pasan por espabilados y a los que pasan por intelectuales, los gobernantes que se merecen. Como no se merecían franceses y rusos aquellos sátrapas por la gracia de Dios, en el siglo XVIII los unos, y el siglo XIX los otros. Lo que merecieron aquellos gobernantes y la tuvieron, como estos, en espera de ella, es… la Revolución.

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