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PASCUA SLOW. Dolores Aleixandre

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Por si andan despistados, les cuento que el movimiento slow para vivir lentamente es el último grito en Europa. Me he enterado por el libro «Elogio de la lentitud» de Claude Honoré que me compré nada más jubilarme al ver que, a pesar de que entraba en una etapa de más tranquilidad, seguía con la prisa incorporada a mi ritmo vital. Y eso que cuando vi hace muchos años “El Evangelio según San Mateo” de Passolini no me gustó porque presentaba un Jesús caminando a toda velocidad de un sitio para otro, y mi impresión al leer el Evangelio es más bien que cuando estaba con la gente, no tenía prisa. Pienso que los relatos de Pascua tienen un toque show y uno de los rasgos del Resucitado es que parece disponer de todo el tiempo del mundo y lo dedica pausadamente a entrar en contacto con los suyos, dialogar con ellos, esperarles el tiempo que haga falta a la orilla del lago, prepararles cuidadosamente el desayuno y tomárselo con ellos.

Es quizá la escena de Emaús una de las que más calma transmite: Jesús no se apresura a darse a conocer, gasta tiempo en conversar, les hace preguntas de esas que, más que contestación, buscan entrar en contacto y pegar la hebra, les explica la Escritura y se sienta a cenar con ellos aunque, menudo fallo, no tuvieron tiempo para la sobremesa. También en el libro de los Hechos vemos al pobre Felipe corriendo detrás de la carroza del etíope para, una vez subido en ella y recobrado el aliento, dedicar tiempo a resolver sus dudas sobre el canto del Siervo (He 8,26-40).

Por aquello de la coyuntura pascual y sus licencias para la risa, me permito ofrecer una variante de cada una de esas dos escenas:

– imaginemos a un Jesús contagiado de la bacteria “textualitas acelerata” que a veces aqueja a los biblistas: en lugar de ponerse a entablar conversación con los dos caminantes y a preguntarles por las causas de su tristeza, se pone a aclararles las cosas sin más preámbulos: “- Os noto un poco decaídos, pero no vamos a andar perdiendo tiempo en que me contéis vuestras preocupaciones porque ya me las imagino, y además es tardísimo y tengo que aparecerme a los del cenáculo; así que paso directamente a explicaros lo que dijeron sobre mí Moisés y los profetas. Os resumo brevemente el estado de la cuestión en torno a la figura de Moisés según la hipótesis documentaria y, si queda tiempo, seguiré por una introducción a las tradiciones proféticas.”

– imaginemos a Felipe, contagiado de una variante de la misma bacteria, la superioritas despectiva, muy propia de los que se creen listillos. Se acerca a la carroza del etíope, le pide que la pare y se baje; entran una posada y, sentados a la mesa, Felipe le dice: – “Ya sé que estás interesado por el texto de Isaías, pero no te empeñes en hacerme preguntas sobre el cuarto canto del Siervo porque es un texto muy complejo que requiere un pausado examen histórico crítico antes de dar el paso a la hermenéutica y, como es evidente, no estás capacitado para ello. Y además para bautizarte que es de lo que se trata, no te hace ninguna falta. De todas maneras, si quieres profundizar más, lo mejor sería que elevaras una instancia a la reina Candace pidiéndole un año de excedencia en el ministerio para dedicarte a estudios bíblicos, porque además, sabiendo ya el etiópico, tienes una buena base para las lenguas.”

Afortunadamente, las cosas no fueron así: Jesús tenía tiempo y gana de que los suyos le contaran qué les pasaba, por qué estaban tristes y tenían miedo, por qué a Tomás le costaba tanto fiarse, por qué lloraba María y si habían pescado algo durante la noche…

Lo que nos ocurre hoy a nosotros, menudo notición pascual, es también importante para el que camina a nuestro lado. Podemos contárselo sin prisas, mientras recuperamos, con café, copa (y/o tisana), aquella sobremesa interrumpida de Emaús.

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