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¡Palabra de obispo! -- Pepe Mallo

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Tiempos de palabras viciadas
Hace tiempo que desapareció del florilegio popular la noble y caballerosa expresión “¡Palabra de honor!”. Ya nadie promete ni jura por su honor. ¿Porque ya no existe el honor (aunque proliferen puestos honoríficos y “honoris causa”) o porque ya no existe la palabra, signo de compromiso?. El sincero “te doy mi palabra” ha perdido credibilidad. Oímos tanta palabrería de charlatanes verbales y escribientes, que encontrar sinceridad en sus promesas y proclamas es como hallar una aguja en un pajar. Ya pocos creen en ofrecimientos juramentados. Diríamos que la “palabra” también se ha viciado y se ha visto infectada por la corrupción.

También las palabras “eclesiásticas”

Tras la lectura de mi introito, la mayoría de lectores pensará en los políticos. Normal. Estamos escarmentados de sus artificiosas alocuciones. Camuflan y manipulan bien la realidad. Enmascaran sutiles mentiras arriesgadas a través de mensajes sugestivamente persuasivos. No es mi intención hurgar en ese submundo. Mi consideración se adentra en otros pagos, los eclesiásticos, en el de los obispos. Se obligan a trasmitir la “palabra” (¿debería escribirlo con mayúscula?). El recorrido de la Palabra (ahora sí con mayúscula) es piramidal. La “Palabra de Dios” baja en cascada al Papa, a los obispos, a los presbíteros… Sólo ellos ostentan en la Iglesia “palabra” determinante, convincente, indiscutible. Los fieles (etimológicamente “los que tienen fe” en sus pastores) se sentirán a merced del Papa, del obispo, del párroco…, según el eco que resuene en cada circunstancia.

¿Son los obispos garantes de la Palabra?

A diario se escuchan y se leen manifiestos, sermones y peroratas de obispos, algunos vocingleros, aquejados de incontinencia verbal, desenganchados de la gente, alejados del pueblo con quien no comparten inquietudes, ni problemas ni angustias. Salieron del pueblo llano y ahora se sienten dioses en su cátedra. Todos sabemos cómo y por quién la mayoría de los obispos han llegado a tal dignidad. “Una imagen vale más que mil palabras”. Cierto. El lenguaje de muchos de los obispos resulta incomprensible para el hombre de hoy. Encerrados en sus palacios no escuchan a sus fieles. Se desenvuelven entre la norma y el dogma. Se muestran como señores feudales, dueños del rebaño, uncidos al poder, transformados en poder. Y la imagen de Iglesia que ofrecen es para taparse los ojos y los oídos, si bien ellos quieren taparnos la boca. Esgrimen normas anacrónicas, que llaman tradición, y las imponen como “palabra de Dios”. Se convierten en prisioneros de sus palabras. Hace poco, Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, afirmaba: “¡Cuánto bien nos haría a todos cuidar más nuestra lengua y no hablar más de la cuenta!”. Medir cada palabra. Les pierde eso que alguien llamó la “tentación de sí mismos”. Ceden gozosamente a la “tentación de sí mismos”. Creen que el gobierno de la Iglesia es ellos y sin ellos nada. ¿Se hace creíble la palabra de estos obispos? ¿Quién va a seguir a estos pastores de la inmisericordia? “La religión cristiana es una religión concreta, que actúa haciendo el bien, no es una «religión de palabrería», hecha de hipocresía y de vanidad. Durante la Cuaresma, Dios nos enseña el camino de los hechos, «la dialéctica evangélica entre el decir y el hacer». Lo afirmó el papa Francisco en la homilía de la misa en Santa Marta comentando el pasaje de Mt. 23, 1-12.

¿Llega con fidelidad a los creyentes de a pie la Palabra de Dios?

La Conferencia Episcopal Española ha presentado su Plan Pastoral para el período 2016-2020, con el título “Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo”. Los obispos manifiestan su deseo de orientar el trabajo de la Conferencia Episcopal a favorecer la transformación misionera de las diócesis, parroquias y comunidades. El Plan Pastoral realiza, en su primera parte, una descripción bastante acertada de la cultura dominante y de la mentalidad más extendida hoy en la sociedad:

“Entre esos rasgos se percibe la escasa valoración social de la religión, por la que personas, familias y grupos, y también instituciones públicas y políticas, prescinden de cualquier referencia religiosa por considerarla inútil e infundada. La aconfesionalidad del Estado se expresa como una secularización global de toda la sociedad.»

¿Cuándo llegará un sincero análisis, real y verdadero, “ad intra”?

Ponen el grito en el cielo, levantan la voz vigilante, recelosa, contundente y precavida cuando se plantea el pago del IBI de edificios eclesiales, cuando se insinúa la revisión del Concordato o cuando se sugiere una nueva ley de Libertad Religiosa o la implantación efectiva de la laicidad del Estado. “Pasan palabra” cuando se trata de denunciar la discriminación o anulación de personas en la sociedad y en la propia Iglesia: homosexuales, derechos de las mujeres, divorciados casados en segundas nupcias, sacerdotes casados… ¿Acaso no se atreven a abordar la reforma de la propia casa sin la que es imposible cualquier movimiento verdadero de reforma y evangelización?

A muchos contemporáneos la palabra de la Iglesia los deja indiferentes

Necesitan signos cercanos y fraternos por parte de la Iglesia para descubrir en ella la capacidad de Jesús para aliviar el sufrimiento y la crudeza de la vida. Es fácil realizar un examen unidimensional sobre laicismo y relativismo. Su descripción nace en parte de una teología retrograda y oscurantista, especulativa y desenganchada de la vida, del conocimiento del mundo y del hombre actual. El Evangelio aparece sepultado por doctrinas dogmáticas e inflexibles normativas litúrgicas. La Iglesia española vive de espaldas a la realidad. De un tiempo a esta parte, se han producido en la sociedad española cambios que la sociedad va asumiendo sin miedos ni recelos. ¿La Iglesia en España no podría hacer suyo, como gran objetivo pastoral, la tarea de regeneración de la convivencia entre los españoles? ¿Acaso no les parece a nuestros obispos un reto apasionante? ¿Acaso piensan que tal pretensión se sitúa fuera del marco evangélico? ¿Por qué tanto temor que atenaza el espíritu?

¿A quién se dirigen los obispos en su Plan Pastoral?

¿Al pueblo fiel o más bien a sí mismos? Algunas expresiones del texto lo señalan: “Queremos acercarnos a ellos [los fieles cristianos y toda la sociedad], comprender mejor sus preocupaciones y deseos, para poder ofrecerles el Evangelio de Jesús de manera más comprensible y atrayente” (n. 1). ¿Cuántos seglares (incluso curas y religiosos) leen el Proyecto Pastoral? (Sería interesante una estadística). La mayoría de parroquias y centros de culto pasan de estos documentos. El pueblo de Dios ni lo lee ni lo leerá; se siente lejos de los obispos. Como mucho, los titulares. Planes pastorales para el papel (¿justifican así sus reuniones plenarias?). Agua de borrajas, salsa de cada obispo.

¿Están seguros los obispos de que la misión que proponen está al “servicio del pueblo”?

El aviso del papa Francisco a los obispos mexicanos (y a todos) fue claro y contundente:

“Deben acercarse a la «periferia humana”, involucrarse en las comunidades parroquiales y las escuelas, dejarse de personalismos y no actuar como «príncipes». La Iglesia Católica vive dentro de la burbuja de la elite política social. La exigencia a la vida consagrada es a no instalarse y atrincherarse en la oficina de la burocracia eclesiástica enmohecedora de la vocación y apolillante de los tesoros de la gracia que gratis se recibieron.”

No se puede evangelizar de cualquier manera

Para comunicar la fuerza transformadora de Jesús no bastan palabras, son necesarios gestos, signos. Evangelizar no es solo hablar, predicar o enseñar; menos aún, juzgar, amenazar o condenar. Opino que no se precisa tanto una nueva evangelización como una evangelización nueva, nuevo método, nuevo estilo. La Iglesia de «castas», clerical, piramidal, principesca debe desaparecer. El gobierno unidireccional, el binomio “sacerdotes-laicos”, “superiores-subordinados” no es evangélico. La palabra de los obispos con frecuencia no representa la Palabra de Dios. ¿Quién querrá escuchar hoy la palabra que no se anuncia como “evangelii gaudium”, noticia gozosa, especialmente si se hace invocando el evangelio con tono autoritario y amenazador?

Un último comentario a la noticia de la Redacción de RD sobre un documento de la comisión episcopal de Doctrina de la Fe española, titulado “Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo”. En él se condena a varios prestigiosos teólogos progresistas. Parece que se piensan retirar dichas menciones por miedo al “torquemadismo”… Qué paradoja. Se habla de “Jesucristo salvador del hombre” y condenan inmisericordes. Palabra de condenación contra palabra de misericordia. ¿Palabra del Derecho Canónico o Palabra de Dios? ¡Palabra de obispo! ¿Cuándo se podrá escuchar: ¡Palabra de seglar!?

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