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Otros muchos via crucis -- Sebastián Henry Pérez

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La Voz

Esta semana estamos celebrando y viviendo la Pasión y Muerte de Jesucristo, que los hombres y mujeres cristianos debemos identificar con la de otras muchas personas que están sufriendo a consecuencia e su situación de paro por exclusión del mercado laboral, trabajo precario, economía sumergida e inmigración: victimas todas ellas del mercado de trabajo que las arroja a la cuneta como si de chatarra se tratase.

Los trabajadores y trabajadoras que padecen estas lacras sociales se sienten atacados y agredidos en su dignidad al negársele un puesto digno para cubrir las necesidades básicas de sus familias.

Y qué decir de ese llamado Tercer Mundo, en el que tantas personas mueren por falta de alimento, medicina, de un techo donde cobijarse y de la violencia inducida y materializada por sus dirigentes autóctonos o los intereses económicos de las grandes potencias. He estado en la asamblea del Movimiento Ciudadano por el Empleo de Puerto Real, y he visto y palpado la rabia y desesperación en los rostros de sus miembros, desempleados que llevan más de un mes llamando a las puertas de nuestros representantes políticos y sindicales para plantearles su situación, sin recibir respuesta efectiva alguna a la situación de paro y falta de recursos en que se encuentran. «Ya no podemos más», repiten una y otra vez.

Mi experiencia con ellos hace que no tenga más remedio que asociar sus problemas a la Pasión que ahora recordamos y que vivió, hace dos milenios, Jesús de Nazaret. Ante la falta de respuesta a sus reivindicaciones, el grupo de parados de Puerto Real ha decidido, en la asamblea del viernes día 26 de marzo, disolver el Movimiento Ciudadano por el Empleo y pasar a plantearse otro tipos de acciones individuales más contundentes, resultado de la desesperación de no saber qué hacer. En una situación socioeconómica tan grave, generada por un sistema que crea paro y pobreza, no podemos seguir mirando a otro lado, obviando el padecimiento de tantos hombres y mujeres trabajadores y pobres.

Entre todos podemos dar soluciones a sus problemas, cada cual en la medida de sus posibilidades, porque también todos -políticos, sindicalistas, empresarios, ciudadanos y ciudadanas y miembros de las comunidades cristianas- somos responsables del sufrimiento social ajeno. Basta con controlar nuestro egoísmo, posponer nuestros intereses, utilizar debidamente los recursos, suficientes para atender a tantos hermanos nuestros necesitados.

No podemos olvidar tampoco la necesidad de poner en marcha políticas económicas y sociales verdaderamente efectivas que tengan a los pobres, parados y personas en condiciones precarias en el centro de sus actuaciones. ¡Cuántos sufrimientos podríamos evitar si todos nos pusiéramos a aliviar y solucionar los problemas de los más necesitados de nuestra sociedad!
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