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Otra Iglesia, otra religión -- Miguel Izu

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Noticias de Álava

Afligidos y desconcertados, es el sentimiento predominante de muchos cristianos en nuestro país ante la situación de la Iglesia católica («asamblea universal», significaría la expresión griega original, aunque poco de asamblea y cada vez menos de universal tiene). Sentimiento que se ha volcado en el manifiesto Ante la crisis eclesial recientemente publicado y suscrito por 300 personas que sin duda podrían ser muchas más si se quisieran solicitar más adhesiones.

Late en ese escrito el mismo deseo de otra Iglesia («deseamos una Iglesia mejor») que hace años se contiene en el esperanzado lema «Otra Iglesia es posible» que se impulsa desde movimientos como Siomos Iglesia o Redes Cristianas.

Comparto esas reflexiones, a las que quiero añadir alguna más. Difícilmente veremos otra Iglesia, y menos otra Iglesia mejor, si no extendemos el debate a qué concepto de religión abrazamos los cristianos. Porque muchos de los equívocos y contradicciones internas de la Iglesia pueden venir de ahí.

Durante buena parte de la historia de la humanidad la religión (cualquier religión) ha consistido en buena parte en un instrumento de dominación política. Poder político y poder religioso han ido unidos; el gobernante ha sido también sumo sacerdote, cuando no divinidad. Ejercer el poder sobre una sociedad ha implicado, entre otras cosas, el monopolio de la relación con lo sagrado y el monopolio en la definición de la verdad. Ley divina y ley civil han sido una misma cosa, delito y pecado dos caras de la misma moneda. En estas circunstancias, la religión ha consistido principalmente en una ideología que sirve para legitimar el orden político y social existente, el poder se ejerce en nombre de Dios. Cada comunidad política tiene una religión oficial y castiga tanto la herejía como la apostasía.

Pese a esa imposición obligatoria de unas creencias y unas normas, o precisamente por eso mismo, también ha sido normal la aparición de las disensiones religiosas. De cuando en cuando algún grupo impugna los dogmas establecidos; en unos casos logra tomar el poder y reformar la confesión religiosa a la que pertenece, las más de las veces es expulsado o debe abandonarla para crear una nueva religión. Con frecuencia esa nueva religión adopta la forma de secta; me refiero como secta al grupo religioso minoritario que se basa en la convicción de hallarse en posesión de la verdad y del bien frente al resto del mundo que encarna la mentira y el mal, y que tiende a cerrarse sobre sí mismo en actitud defensiva y habitualmente en torno a un líder carismático al que se otorga la facultad de definir los nuevos dogmas por los que se va a regir.

El cristianismo en origen no respondía a ninguna de estas dos concepciones de la religión. El evangelio que predica Jesús de Nazaret fue completamente rupturista en este sentido. No pretendía dar lugar a una nueva religión confundida con el poder político («mi reino no es de este mundo»; «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»), ni impulsar una revuelta política («guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere»), sino generar una renovación espiritual («amad a vuestros enemigos, rogad por vuestros perseguidores»; «yo quiero misericordia y no sacrificios»). Pretensión in-compatible con un orden social y político teocrático que le llevó a ser condenado a muerte. Pero tampoco pretendió fundar una nueva secta de personas puras cerrada y excluyente («no juzguéis y no seréis juzgados»; «yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores») sino anunciar un mensaje abierto a cualquier persona («la Buena Noticia será proclamada a todas las naciones»).

Por desgracia, el mensaje original ha sido adulterado demasiadas veces, y demasiadas veces dentro de la propia Iglesia. La apropiación del cristianismo por el Imperio Romano como religión oficial (y después, por tantos otros gobernantes) lo convierte en una mera ideología religiosa al servicio del poder contra la que periódicamente han de advertir, al igual que los profetas del Antiguo Testamento clamaban contra sus reyes, tantos otros profetas y renovadores que con mayor o menor éxito y acierto apelan a la vuelta a las raíces evangélicas (desde Francisco de Asís hasta Juan XXIII, pasando por Erasmo de Róterdam o Hélder Cámara, sin olvidar a Lutero y otros reformadores separados del tronco de la Iglesia católica). Apelación de la que en buena medida se nutre también el Concilio Vaticano II. Y la tentación de convertirse en nuevas sectas de minorías elegidas y selectas ha arrastrado también a lo largo de la historia a muchos grupos de cristianos y ha estado en la génesis de muchos cismas.

En el mundo moderno, el que surge de la Ilustración, ya no es aceptable una religión con pretensiones de detentar el monopolio de la verdad y mucho menos de que la verdad se pueda imponer por el poder político. Las ideas de libertad y pluralismo que forman parte de nuestra cultura política lo impiden. Pero si bien la Iglesia católica formalmente ha aceptado esas ideas todavía se resiste a ponerlas en práctica y llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Parece que le produce demasiado vértigo despegarse del poder político, le da demasiado miedo aceptar el laicismo, le cuesta demasiado imaginar un Papa que deje de ser jefe de Estado y deje de vestir como un emperador romano y de utilizar su mismo título de Sumo Pontífice , le cuesta dejar de funcionar como una monarquía absoluta. Y cuando parece que acepta, como es el caso de la jerarquía eclesiástica española, que tiene que renunciar a constituir no sólo la religión oficial sino también la religión hegemónica y privilegiada, que tiene que resignarse a un escenario de pluralidad ideológica, cultural y religiosa, le asalta la fuerte tentación de comportarse como una secta. Una secta cerrada, excluyente e intolerante. Tanto que está alejando a sus propios fieles por no ser lo suficientemente puros y obedientes.

La Iglesia tiene una gran dificultad para encajar en el mundo moderno, entre otras cosas, porque tiene una gran dificultad para renunciar a un concepto de religión que no sólo no encaja en el mundo moderno sino que ni siquiera encaja en el evangelio. La necesidad de reevangelizar el mundo moderno a la que con tanta frecuencia se apela por el Papa y por otras autoridades eclesiásticas es evidente; pero la reevangelización debería empezar por el Vaticano.

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