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Nuestros obispos ¡nos abandonan! -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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El artículo de Jesús Bastante en Religión Digital (RD) con fecha de hoy, “Rouco no quiere irse”, comienza con este párrafo vergonzoso: “Algunos obispos le tienen miedo; otros, respeto; muchos le debemos la mitra. Va a ser difícil que las cosas cambien mientras siga aquí. Porque sigue, y manda mucho». Este es el sentir de una sensible mayoría de miembros de la Conferencia Episcopal ante la actitud que, desde marzo a esta parte, está adoptando el cardenal de Madrid y ex presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco, ante dos de las claves de futuro para la Iglesia española: los cambios en la política comunicativa de la Iglesia y, sobre todo, su propia sucesión”.

Y lo llamo vergonzoso no porque la vergüenza se deba al autor del artículo, sino por lo que cuenta, y, porque a la vista de lo que vemos, tiene todos los visos de credibilidad. Bastante es un periodista valiente, sincero y honesto, y no es de los sensacionalistas que busca la sorpresa y el pasmo, sino que cuenta las cosas como las sabe, o como se las cuentan. Es decir, yo me creo lo que escribe. Aunque, a decir verdad, y a mis modo de ser y de reaccionar, una noticia como ésta, que no lo es tanto, porque ya corría por la Curia (a mí me lo dijeron en tres departamentos diferentes de la misma) el famoso chiste de las siglas JMJ, (Jornada mundial de la juventud), aplicada a Rouco como “jamás me jubilaré”. Es decir, más que la noticia sobre el Arzobispo de Madrid, , lo que llama la atención, y molesta y atormenta, es la parte que corresponde a los demás obispos.

Yo no sé si el obispo gallego quiere irse, o no. Me puedo hacer una idea. Pero para mí lo vergonzoso, lo inaceptable, y lo que demuestra que muchos de nuestros obispos no merecen serlo, es la reacción temerosa, casi de pavor paralizante, y de terror, que los prelados españoles padecen ante uno de sus pares, por muy arzobispo de Madrid y ex presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) que sea. No lo puede entender, ni lo puedo aceptar. “No tengáis miedo, yo he vencido al mundo”, nos animó el Señor. Pero, ¿de qué puede tener miedo un obispo? ¿Es tan difícil plantarse ante otro obispos y decir le: con todo respeto y amor fraterno, hermano, no estoy de acuerdo contigo en esto, ni en esto, ni en lo otro. Esto es lo que haría San Pablo, y lo que hicieron los apóstoles y los primeros discípulos en las primeras horas de la Iglesia.

Y esto es lo que intento hacer yo. Sería petulante y engreído si pretendiera ponerme como ejemplo de nada. Pero puedo decir, bien alto y bien respetuosamente, que, como pueden apreciar los lectores de este blog, digo las cosas con claridad, con respeto, sin ofender, pero sin callar nada. Esto me ha provocado algún disgusto en la Iglesia, y los sigue causando, pero no he tenido, hasta ahora, mayores problemas en mis encuentros dialécticos con D. Antonio María, y, desde luego, por las noches puedo dormir a gusto.

El contencioso actual tiene dos apartados: uno, el de la sucesión en la sede madrileña. El otro, colmo actuar, y a la mayor brevedad, con el canal 13TV, propiedad de la CEE. En el primer tema, todos podemos entender fácilmente que no solo el cardenal Rouco, sino casi todos los obispos, pretendan que su sucesor sea de su cuerda, o lo más parecido posible. Entiendo la actitud del obispo saliente, como las de otros que quieran influir en la elección del sustituto. Pero puestos a ello, bien que podrían aprovechar los obispos la oportunidad para presionar donde se deba para cambiar el poco evangélico sistema de promoción de los obispos. O, por lo menos, que expresen su opinión al respecto, y que se sepa.

Mucho más claro es claro debería ser la posición del episcopado española ante el otro tema. Es tan escandaloso, tan insoportable, tan anticristiano, el canal 13TV, sobre todo en su programa “El cascabel”, o en los informativos, que quedarse callados ante ese gravísimo error del episcopado, dejando que campee a sus anchas en medio del rebaño, y pagando, no al lobo, sino a una manada de lobos, que esa complicidad, o connivencia, o simple omisión, constituiría, en verdad, una auténtica traición a la tarea pastoral, es decir, de intentar ser un buen pastor, que les compete a los sucesores de los apóstoles.

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