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Antonio Turiel: Una visión de «Última llamada» desde dentro (cómo se gestó el Manifiesto)

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Web de Ultima Llamada

Estos días ha habido un pequeño revuelo mediático (realmente pequeño; pocas personas en la calle habrán oído de él) con el manifiesto “Última llamada”, del cual yo consto como uno de sus redactores. Rápidamente se han producido miles de adhesiones al mismo, destacando dentro de la lista de primeros firmantes algunas figuras conocidas del activismo social y de la política, fundamentalmente desde posiciones más a la izquierda. Algunas asociaciones y colectivos se han sentido sorprendidos y en algunos casos ofendidos porque no se les haya hecho partícipes de esta iniciativa, pensando quizá que ha habido un sesgo intencional en la manera que se ha presentado. También se ha visto una pequeña aunque virulenta reacción en contra del manifiesto, capitaneado por ciertas personas anónimas que ya son habituales de los círculos de la negacionía del cambio climático, exigiendo que se aporten datos concretos para apoyar lo que consideran afirmaciones exageradas e infundadas del manifiesto. Por último, muchas de las personas que han apoyado con entusiasmo el manifiesto nos han pedido que articulemos propuestas para el futuro, que demos un paso más y expliquemos cómo se ha de construir esa sociedad futura que ha de reemplazar a la civilización actual, ya decadente y en riesgo de colapso; algunas personas van más allá y nos reprochan que apuntemos al problema sin aportar en el mismo momento las soluciones.

Debo decir que toda esta pequeña agitación, esta tormenta en vaso de agua, me ha sorprendido a mi como seguro que ha sorprendido al puñado de colegas y amigos con los que estuvimos discutiendo este manifiesto durante cosa de un mes. Pueden mirar la lista de los promotores; no son más que una decena larga de profesores universitarios, de científicos, de estudiosos, de activistas ambientales. No había un gran plan detrás de la difusión del manifiesto; de hecho, al principio de empezar a discutirlo, ni siquiera teníamos claro qué queríamos hacer, más allá de denunciar que la única alternativa al austericidio que se plantea hoy en día por parte de las fuerzas políticas antagonistas son las políticas neokeynesianas, cuando a estas alturas sabemos —justamente de eso es de lo que más sabemos, de lo que somos estudiosos— que tales políticas ya no son posibles en un mundo que ya no tiene capacidad física de realizar otro ciclo expansivo. Insisto: no es que no resulte conveniente; es que es físicamente imposible. Por supuesto habrá quien ignore esa imposibilidad a pesar de la clamorosa y abundante evidencia empírica que cualquiera que indague un poco encontrará —yo mismo he escrito miles de páginas sobre el tema—; de hecho, esa ignorancia es la posición mayoritaria de la sociedad. La mayoría de la gente de la calle cree (porque éste es el discurso oficial, con sus construcciones abstractas e intangibles como PIB, prima de riesgo, tipo de interés, productividad, competitividad, etc) que la economía es una máquina que crea prosperidad y produce “crecimiento” a partir de la nada, y que simplemente ahora está averiada pero que cuando los expertos —los economistas— la arreglen volverá a funcionar de nuevo y volverán los días de leche y miel que nos procuró este inagotable cuerno de la abundancia. Lo que nosotros —científicos, estudiosos y activistas— sabemos es que en realidad esta presunta cornucopia no funciona “a partir de la nada”, sino que necesita alimentarse de enormes y crecientes cantidades de energía y materiales y que excreta enormes cantidades de residuos. Sabemos que hoy en día el suministro de energía y de materiales ya no puede aumentar más y comienza a disminuir; el problema no es, como tantas veces torticeramente se dice para confundir, si son abundantes bajo el subsuelo —“las reservas son inmensas”— o encima de él —“la energía que nos llega del Sol es 10.000 veces más de lo que consume la Humanidad”—, sino si se pueden extraer de manera suficientemente rápida y con un rendimiento suficientemente bueno, cosa que justamente sabemos que ya no es posible por más dinero (meros papeles, en realidad, que no modifican la realidad geológica y termodinámica) y tecnología (convertida en una deidad todopoderosa a la que se venera irracionalmente) que se ponga sobre la mesa. Sabemos también que los residuos de esta maquinaria inmensa que solamente busca producir más y más ciega e implacablemente ya no pueden ser asimilados y que están interfiriendo con los mecanismos sociales e incluso con los productivos; toda esa suciedad y carbonilla está empezando a obstruir los engranajes mismos de esta gargantuántica maquinaria. Es por eso que decimos que otro ciclo expansivo no es posible, y al tiempo que otro ciclo de austeridad no es justo ni deseable, y que por tanto hay que comenzar a cambiar discursos e intenciones en pos de una sociedad más justa y equilibrada, que aunque difícil de conseguir creemos posible. Ésa es, a mi entender, la intención fundamental del manifiesto.

Por dejar las cosas claras de buen principio, tengo que decir que a mi hay muchas cosas que no me gustan del manifiesto. No me gusta cómo está redactado (en un estilo muy diferente del mío), no me gusta que se señale hacia ciertos inconcretos pero supuestamente de todos conocidos culpables (para construir hay que integrar) y no me gusta su “tibieza” (no es tibio, pero yo sería más directo y radical). Pero es mucho más lo que me gusta de él que lo que no me gusta; es un documento de consenso, construido con aportaciones de diversas manos (por eso su estilo tiene ciertos trompicones, ya que se reconocen los cambios de redactor) y recoge lo fundamental de lo que aportaron las diversas personas (yo me limité, por cierto, a decir “no me gusta” una vez y “ésta me gusta más” otra). Y por encima de eso, es un intento, el enésimo —no hay nada radicalmente nuevo en “Última llamada”— de despertar a la sociedad a una realidad sobre la que no puede delegar su propia e irrenunciable responsabilidad por más tiempo. Por eso apoyo el manifiesto y por eso lo suscribo.

Y de repente el documento quedó acabado, y con la excitación de saber el trabajo completo unos y otros se aprestaron a preparar su difusión inmediata. Manuel montó la web en dos días, y los numerosos fallos y problemas que hubo durante las primeras horas los tuvo que solventar él solo como buenamente pudo y dejando de lado otras tareas. Cada uno lo difundió entre sus conocidos buscando esa lista de firmantes iniciales y tiró de los contactos que tenía para intentar una difusión lo más amplia posible. Yo me limité a intentar que mis compañeros del Oil Crash Observatory lo suscribieran, pero les avisé tan tarde que sólo unos pocos figuran; otros abrieron el espectro y contactaron con representantes políticos que consideraban más cercanos, y éstos aceptaron firmar. No creo que haya habido un sesgo intencional por el que haya una mayor representación de los sectores más de izquierda; simplemente, la nómina de contactos de esa decena de proponentes estaba escorada de esa manera. A mí personalmente me hubiera gustado contar con adhesiones de todo el espectro político entre los firmantes iniciales, puesto que el problema es completamente transversal: no existe una manera de izquierdas o de derechas de hacer frente a esta crisis de sociedad. Por eso también considero poco lógica las quejas de ciertos colectivos de no haberles avisado antes: no veo tan importante estar en la lista inicial como simplemente estar, si uno lo hace por convicción. Precisamente algunos de los primeros firmantes más conocidos incurren en una evidente contradicción cuando hace unos días suscribieron nuestro manifiesto y pocos días antes y aún pocos días después defienden públicamente una vez más las clásicas soluciones neokeynesianas para afrontar la grave crisis económica que ya es una grave crisis social y que se está convirtiendo en una grave crisis de civilización. Ésta es su contradicción, que muchos, y yo entre otros, no dejaremos de señalar. En realidad, un posible efecto positivo del manifiesto es que obligará a debatir la cuestión, al exigírsele a sus subscriptores coherencia y propuestas en la dirección necesaria.

No somos este pequeño colectivo de proponentes del manifiesto los que debemos dar una respuesta sencilla y completamente construida a este problema inmenso que lleva décadas en desarrollo y sobre el que se han escrito centenares de miles de páginas. No debemos y no podemos, puesto que cada uno de nosotros tiene una visión diferente sobre el qué hacer. En realidad, el primer paso es abrir el debate para que toda la sociedad sea consciente de la realidad, una realidad no muy cómoda pero de la que puede surgir una sociedad más plena y mejor. Para aquellos más concienciados, el segundo paso es el de unirse a alguna de las decenas de organizaciones ya existentes para trabajar en esa dirección, buscando aquéllas que sean más afines a sus inquietudes personales (asociaciones ecologistas, por los derechos sociales, por el decrecimiento, por la soberanía alimentaria, los grupos de transición, por la protección de los más débiles, etc). Y el tercer paso es exigir a nuestros representantes una toma de postura clara y activa delante de los grandes retos que tendremos que afrontar no sólo durante los próximos años, sino desde ya, desde hoy mismo.

Antonio Turiel, Julio de 2014.

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